En los últimos años la palabra «dana» se ha instalado en el lenguaje común con una fuerza que nadie previó, hasta emplearse para casi cualquier episodio de lluvias torrenciales. Pero ambos términos no son sinónimos. Confundirlos dificulta entender cómo se producen estas lluvias, qué puede estar cambiando en ellas y que es a lo que hay que prestar más atención.
Cuando en los años noventa sustituimos «gota fría» por «dana» en el Instituto Nacional de Meteorología, lo hicimos por razones exclusivamente técnicas, sin imaginar la repercusión social que el término alcanzaría bastantes años después. Una de las confusiones que se pretendía evitar era precisamente la identificación entre gota fría y lluvia torrencial. Había gotas frías sin lluvias torrenciales y lluvias torrenciales sin gota fría. Hoy ocurre lo mismo con la dana, y conviene volver a lo básico.
Las lluvias torrenciales proceden de nubes convectivas: a veces células tormentosas aisladas y otras veces grandes sistemas convectivos que abarcan decenas o incluso cientos de kilómetros. Son ellas las causantes directas de la precipitación. La dana -una borrasca en niveles medios y altos de la atmósfera- cuando existe, lo que hace es crear o reforzar, sobre todo en su parte delantera, las condiciones para que esas nubes se formen.
Para desarrollarse, estas nubes necesitan dos cosas. La primera es el combustible: aire cálido y, sobre todo, muy húmedo en las capas bajas. Su valor está en la energía que almacena como vapor de agua. Al ascender, el vapor se condensa y libera calor latente, que mantiene el aire de la nube más cálido que su entorno y acelera su subida. El proceso se alimenta a sí mismo, y así se forman nubes de varios kilómetros de espesor capaces de descargar lluvias de enorme intensidad.
La segunda es el motor, algo que obligue a ese aire a ascender. Uno de los más eficaces es la zona delantera de una dana. Allí la dinámica de niveles altos favorece ascensos amplios y persistentes, y el aire frío en altura hace más inestable la atmósfera. Como este motor ha intervenido en buena parte de los grandes episodios conocidos, se ha tendido a asociar dana y lluvia torrencial. Pero no es el único. La convergencia de vientos en capas bajas, las brisas o el choque del flujo húmedo con el relieve pueden dar el primer empujón. Basta con que en altura no haya condiciones que se opongan; a veces es suficiente con que dejen crecer.
La cantidad final depende además de la persistencia. Un aguacero intenso que pasa en media hora deja mucha menos agua que un sistema que se regenera durante horas sobre la misma zona. Las grandes acumulaciones nacen de esa combinación de intensidad y permanencia.
Lo que parece estar cambiando es, ante todo, el combustible. El aire de capas altas que con frecuencia participa en estos desarrollos tiene muy a menudo un origen subtropical con un claro transporte de humedad. Esto sería coherente con la expansión de la atmósfera tropical hacia el norte, probablemente asociada al cambio climático. A ello se suma un Mediterráneo cada vez más cálido tras las olas de calor marinas que ha sufrido y que. mantiene sobre el un importante estrato de aire muy húmedo. Pues bien, la impresión es que estos episodios pueden producirse cada vez más sin la estructura clásica de la dana: con un combustible así, cualquier forzamiento moderado, incluso en capas bajas, basta para desencadenar ascensos muy potentes.
En algunos episodios recientes se observa algo más. La liberación de energía es tan intensa que parece generar una estructura dinámica propia entre los cumulonimbos. El combustible, una vez liberado, se convierte en motor y da al sistema vida propia. Las imágenes de satélite muestran nubes y cumulonimbos que recuerdan mucho a los tropicales, con salidas de cirros en altura señalando una importante difluencia en niveles altos. Da la impresión de que estos sistemas intentarían organizar circulaciones cerradas, como ocurre en los mares tropicales cuando nacen las depresiones y las tormentas tropicales.
Probablemente no lo consiguen del todo porque, entre otras razones el Mediterráneo es una cuenca pequeña, rodeada de tierra, que corta la alimentación que una circulación de ese tipo necesitaría para madurar. Tampoco deben confundirse con los medicanes, que nacen bajo una baja fría en altura. Pero sí parece que el Mediterráneo muestra una tendencia a tropicalizarse, al menos mientras conserve temperaturas como las de este verano. Es un tipo de desarrollo que debemos observar y estudiar mucho mejor.
Queda una cuestión todavía abierta: hasta qué punto el cambio climático está modificando las circulaciones de niveles altos. Las configuraciones parecen más onduladas, con dorsales potentes y persistentes que producen olas de calor en tierra y en el mar, como las del pasado verano en el interior de Europa y en el Mediterráneo occidental. Y al ser bastante estacionarias, los embolsamientos fríos que aparecen en su flanco pueden quedar también detenidos, sumando la persistencia del motor a la mayor energía del combustible. Por tanto el cambio climático podría estar actuando así por dos vías: mejorando el combustible y favoreciendo configuraciones de altura más persistentes y adecuadas para fenómenos extremos.
Por todo ello parece más adecuado hablar de temporales de lluvias intensas que identificar cada episodio con una dana, un río atmosférico o una ciclogénesis explosiva. Esas estructuras son motores posibles, a veces decisivos, pero no son la lluvia. Lo que la produce es siempre la convección alimentada por aire cálido y húmedo. Tenerlo presente ayuda a no bajar la guardia cuando la dana no aparece en el mapa, algo que quizás empiece a ser cada vez más frecuente.
Y algo más a señalar: las lluvias torrenciales con sus inundaciones relámpago tienden a ser más intensas y frecuentes en otras zonas peninsulares con cantidades registradas casi desconocidas en esas zonas que a veces están superando el centenar de milímetros. Probablemente, ese "combustible mejorado" está afectando también a las tormentas que las provocan. Ahora ya no solo hay que tener en cuenta el Mediterráneo.

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