El pasado 3 de octubre, Barcelona vivió una jornada de lluvia histórica. La estación de Can Bruixa, en Les Corts, acumuló 213 mm en 24 horas, y por primera vez una estación oficial de la ciudad superó los 200 mm en un día. El Observatori Fabra recogió 159 mm, el día de octubre más lluvioso de su serie, iniciada en 1914. Las mayores intensidades llegaron al anochecer, cuando un sistema convectivo muy activo quedó anclado sobre la costa barcelonesa.
En la imagen infrarroja de ese momento destacan los topes muy fríos de las torres convectivas junto a la costa. Pero lo más llamativo es el amplio escudo de cirros que se abre hacia el norte y el nordeste, sobre los Pirineos y el sur de Francia, describiendo un arco de curvatura anticiclónica. Es el flujo de salida en altura de los propios sistemas convectivos, con un aspecto que recuerda mucho al de los sistemas tropicales.
Esa tarde había una dana bastante débil sobre la zona de Galicia. En el área mediterránea, sin embargo, lo más destacable era un débil flujo del suroeste con una pequeña curvatura de las isohipsas sobre Cataluña. Mi interpretación es que esa curvatura podía ser la huella de un vórtice de mesoescala que se venía formando a partir de la convección de las horas previas, desarrollada algo más al sur. De ser así, parte de la perturbación que aparecía en el mapa sería consecuencia de las propias tormentas. Para confirmarlo habría que seguir con detalle su evolución, pero es una posibilidad que merece atención.
Lo que sí había era un combustible excepcional. El Mediterráneo había pasado el verano con temperaturas que rondaban los 30 °C en muchas zonas y, a comienzos de octubre, conservaba buena parte de ese calor. A ello se sumaban una columna atmosférica muy húmeda y un aporte continuado de humedad desde el sur. En un ambiente así, si la inestabilidad está disponible y no hay una barrera importante que impida los ascensos, un disparador modesto puede bastar para encender la convección.
He comentado muchas veces que el motor es la dinámica de niveles altos y el combustible el aire cálido y húmedo de capas bajas. Es un esquema útil, aunque no agota todas las posibilidades. También he señalado que un combustible de muy alta calidad, una vez liberado, puede contribuir a construir su propio motor. Este episodio parece un buen ejemplo de esa interacción.
El calor latente liberado durante horas en las torres convectivas calienta la atmósfera y modifica su circulación. En altura puede favorecer una pequeña dorsal y una salida de aire con curvatura anticiclónica, como sugería el dibujo de los cirros. Los ascensos, el calentamiento y la divergencia superior forman entonces parte de una circulación acoplada. En niveles medios, la distribución de ese calentamiento también puede contribuir a organizar un vórtice de mesoescala, una estructura que algunos modelos apuntaban y que el mapa de 500 hPa parecía dejar entrever.
La termodinámica, por tanto, no se limita a proporcionar energía para la lluvia: puede modificar la dinámica del entorno. Creo que comprender mejor cómo esta gran cantidad de humedad, al condensarse y liberar calor, altera la circulación en la que se inserta es una de las cuestiones que merecen mayor atención.
Contemplé la posibilidad de que ese vórtice diera lugar a vientos fuertes, y me equivoqué: apenas hubo rachas de unos 50 km/h. Realmente, un vórtice en niveles medios no implica por sí mismo vientos intensos en superficie. Para ello tendría que establecerse una circulación suficientemente organizada también en las capas bajas. Además, el aire enfriado por la precipitación puede dificultar la formación de un núcleo cálido junto a la superficie, aunque sus bordes también pueden favorecer nuevos desarrollos tormentosos.
Dar el salto hacia un ciclón de características tropicales requiere algo más que disponer de un mar caliente. Importan la organización de la circulación, la cizalladura y la persistencia de los intercambios de calor y humedad con el mar. En el Mediterráneo, la proximidad de tierra puede interrumpir esa evolución, pero no es el único condicionante.
Por eso, el aspecto tropical de la salida de cirros, aunque sugerente, no basta por sí mismo para hablar de un ciclón tropical ni de un medicán. Muchos medicanes se desarrollan a partir de una baja fría en altura y de una evolución posterior hacia una estructura más cálida. Aquí lo que llamaba la atención era precisamente la intensidad de la convección en un ambiente cálido y húmedo, sin una perturbación fría destacada sobre la zona.
La dana no es, como ya hemos comprobado otras veces, una condición necesaria para las lluvias torrenciales. Hay que vigilar con la misma atención la humedad de la columna, los corredores que la transportan, la convergencia en capas bajas y la posibilidad de que las tormentas se regeneren una y otra vez sobre un mismo lugar. También importa la distribución del viento con la altura, que condiciona su organización y desplazamiento.
El Mediterráneo que tenemos hoy no es el de hace unas décadas. Con un mar más caliente, el combustible puede ser tan rico y abundante que, dadas las condiciones adecuadas, un impulso inicial modesto desencadene una convección capaz de construir parte de su propia dinámica. No sé todavía si episodios como este están adquiriendo mayor frecuencia o protagonismo, y conviene no adelantar conclusiones. Pero es una pregunta que debemos empezar a hacernos ya.


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