El pasado 17 de junio publiqué en este blog una breve actualización sobre la evolución de El Niño 2026. La señal se había reforzado claramente, la barrera de predecibilidad de la primavera empezaba a quedar atrás y los modelos apuntaban ya hacia un episodio de gran intensidad durante el otoño y el invierno. Sin embargo, todavía quedaba abierta la cuestión fundamental: ¿hasta dónde podría llegar realmente?
El nuevo informe publicado por NOAA el 13 de agosto supone un paso importante en la respuesta. Considera que El Niño continuará fortaleciéndose hasta finales de año y atribuye una probabilidad superior al 90 por ciento a que alcance la categoría de “muy fuerte” durante el otoño y el invierno de 2026-2027.
En cualquier caso el dato verdaderamente novedoso es otro: para el trimestre octubre-noviembre-diciembre, NOAA estima en un 69 por ciento la probabilidad de que el episodio alcance un valor igual o superior a +2,5 °C en el índice RONI. De cumplirse, superaría la intensidad de todos los episodios anteriores incluidos en la serie histórica que comienza en 1950.
Conviene detenerse brevemente en este índice porque es importante para interpretar correctamente la predicción. El RONI (Relative Oceanic Niño Index) mide la anomalía térmica media durante tres meses en la región Niño 3.4 del Pacífico ecuatorial, pero resta previamente el calentamiento medio del conjunto de los océanos tropicales. Después se reajusta su variabilidad para que resulte comparable con el índice tradicional.
Dicho de una manera sencilla, el RONI no informa únicamente sobre cuánto más caliente de lo normal está el Pacífico ecuatorial, sino cuánto más caliente está en relación con el resto de los trópicos. De ese modo intenta separar mejor la señal específica de El Niño del calentamiento generalizado de los océanos. Ya comenté esta cuestión en la entrada anterior, cuando el Centro Europeo comenzaba a incorporar este tipo de índice relativo en sus predicciones estacionales.
Por tanto, la posibilidad de alcanzar +2,5 °C resulta especialmente significativa: no sería simplemente la consecuencia de que el océano global está hoy más caliente que hace treinta o cuarenta años. Incluso descontando ese calentamiento tropical de fondo, la señal propia de El Niño podría superar a la de los grandes episodios anteriores. En la serie histórica del RONI, el Niño de 1982-83 alcanzó un máximo trimestral de +2,4 °C, mientras que los de 1997-98 y 2015-16 llegaron a +2,3 °C.
Anomalías relativas de la temperatura superficial del mar durante julio de 2026. El calentamiento se extiende por el Pacífico ecuatorial central y oriental, con valores superiores a +2 °C en amplias zonas. Fuente: NOAA/CPC.
Además, el nuevo informe muestra que ya no estamos únicamente ante una predicción de los modelos. Durante julio, el índice mensual de la región Niño 3.4 alcanzó +1,4 °C, mientras que Niño 3 llegó a +1,7 °C y Niño 1+2, junto a las costas sudamericanas, a +2,9 °C. Al mismo tiempo ha seguido aumentando el contenido de calor bajo la superficie del Pacífico ecuatorial, con anomalías locales de hasta +10 °C en profundidad y una termoclina situada claramente por debajo de su posición habitual.
Según el informe, la atmósfera también está respondiendo. Se observan anomalías de viento del oeste en niveles bajos y del este en altura, un aumento de la convección y las precipitaciones sobre el Pacífico central y oriental y una disminución sobre Indonesia. Los índices de la Oscilación del Sur fueron durante julio intensamente negativos. En conjunto, océano y atmósfera muestran ya el acoplamiento característico de un episodio de El Niño en rápido fortalecimiento.
Esta es quizás la diferencia fundamental respecto a lo señalado hace dos meses. Entonces los modelos indicaban la posibilidad de un gran episodio, pero todavía existía una incertidumbre apreciable sobre su evolución. Ahora El Niño está plenamente establecido, la respuesta atmosférica resulta evidente y la incertidumbre principal ya no se refiere tanto a su desarrollo como a la intensidad máxima que pueda alcanzar.
Probabilidades oficiales de las distintas categorías de intensidad de El Niño previstas por NOAA. Para octubre-noviembre-diciembre, la probabilidad de un episodio muy fuerte supera ampliamente el 90 por ciento. Fuente: NOAA/CPC.
Naturalmente, una probabilidad del 69 por ciento no constituye una certeza. Tampoco un Niño excepcionalmente intenso garantiza que sus impactos sean excepcionales en todas las regiones. La propia NOAA recuerda que, cuanto mayor es la intensidad del episodio, mayor suele ser la probabilidad de que aparezcan sus efectos característicos, pero la relación nunca es automática. Esta cautela resulta especialmente necesaria en Europa y en España, donde la influencia de El Niño es mucho más indirecta y está modulada por la situación del Atlántico, la circulación euroatlántica, la estratosfera y otros muchos factores. No podemos deducir todavía cómo será nuestro próximo otoño o invierno únicamente a partir de la intensidad prevista de El Niño.
En cualquier caso, un calentamiento tan intenso del Pacífico ecuatorial puede provocar una profunda reorganización de la convección tropical y de la liberación de calor latente hacia la alta troposfera. Desde allí, sus efectos pueden propagarse mediante ondas planetarias, modificar los chorros y terminar influyendo en la circulación de latitudes medias. Por eso los próximos meses tendrán un enorme interés meteorológico y climático.
Sigue abierta, por tanto, la pregunta que se planteaba entonces: ¿responderá la atmósfera actual de la misma manera que durante los grandes episodios del siglo XX? El posible Niño de 2026-27 se desarrollará sobre unos océanos globalmente mucho más cálidos y en una atmósfera más húmeda y energética. Observar cómo interactúan ambos factores puede ser una de las cuestiones científicas más interesantes de los próximos meses.