28 de abril de 2026

Expansión tropical, ondas de Rossby y comunicación del cambio climático


Existe, a mi juicio, una paradoja en la comunicación del cambio climático. La ciencia lleva décadas documentando con rigor cómo se está transformando nuestra atmósfera, y la sociedad, en su mayoría, acepta ya que ese cambio es real. Y sin embargo, hay una desconexión profunda entre lo que la gente vive —los veranos cada vez más agobiantes, las sequías que no terminan, los episodios de lluvias extremas que se repiten— y el relato científico que llega a los medios. ¿Por qué? A mi juicio, la respuesta tiene mucho que ver con cómo funciona físicamente la atmósfera, y con cómo la ciencia "mide" esa física.

Uno de los fenómenos mejor documentados del cambio climático actual es la expansión de la célula de Hadley: el gran sistema de circulación atmosférica que domina los trópicos y subtrópicos. El aire cálido y húmedo asciende cerca del ecuador, viaja hacia los polos en la alta troposfera, y desciende seco y estabilizador en las latitudes subtropicales, generando los grandes desiertos del planeta. 

Pues bien, todo parece indicar que ese cinturón subtropical se está desplazando hacia latitudes más altas. Los estudios recientes cifran esa expansión en torno a 20-25 kilómetros por cada grado de calentamiento global. Una cifra que, presentada así, no parece impactante. Y aquí está un primer reto de comunicación: la atmósfera no se comporta como un cinturón que se desplaza uniformemente. Se comporta como un fluido que oscila, que forma ondas, que produce intrusiones profundas e irregulares. Es decir, la expansión tropical real no ocurre como un movimiento suave y gradual. Ello ocurre principalmente a través de dorsales de gran amplitud: enormes anticiclones que se extienden desde las latitudes subtropicales hasta las polares. Son esas estructuras las que traen semanas de calor extremo a Europa, o las que bloquean la llegada de lluvias al Mediterráneo, u obligan a los chorros a discurrir por latitudes anormalmente bajas, por poner ejemplos muy cercanos.

La otra cara de estas dorsales son las vaguadas, bolsas de aire frío que descienden desde latitudes septentrionales. Pero hay una asimetría crucial: las dorsales son cada vez más cálidas y las vaguadas, cada vez menos frías. El Ártico se ha calentado desproporcionadamente —el doble o el triple que el promedio global— y ya no exporta aire tan frío como antes. El resultado es que los extremos cálidos se intensifican mucho más de lo que se moderan los fríos.


Estas estructuras son las denominadas ondas de Rossby, ondas planetarias que recorren la atmósfera de oeste a este modulando el chorro extratropical. Cuando el gradiente de temperatura entre los trópicos y el Ártico se reduce —como está ocurriendo— estas ondas tienden a hacerse más lentas, más amplias y más persistentes. Un estudio reciente que analiza datos de 1950 a 2024 concluye que la frecuencia de eventos de resonancia de estas ondas planetarias se ha triplicado desde 1950.

En este contexto los índices estándar de la climatología —posición media del chorro, anchura media de la célula de Hadley, temperatura media global— están diseñados para detectar tendencias marcadas y comparables entre modelos. Son herramientas excelentes para la ciencia…pero ¿lo son para comunicar al público?

Las personas no vivimos en los promedios. Vivimos la ola de calor de julio, la dana de octubre, la inundación de Grazalema, las, a veces, continuadas sequías…. Y cuando se responde a esos eventos con cautela estadística como "no podemos atribuir ningún evento individual al cambio climático" o “probablemente estas lluvias han sido cinco veces más cuantiosas en el contexto del cambio climático”, se puede generar una desconexión entre el relato oficial y la experiencia real, algo que, paradójicamente, puede alimentar la confusión más que la claridad.

Hay además un problema técnico de fondo: los modelos climáticos han subestimado sistemáticamente la frecuencia de los bloqueos atmosféricos. Si el modelo infravalora los bloqueos, infravalora los extremos, y el mensaje que llega al público a partir de ellos, también los infravalora. En este contexto una investigación muy reciente está empezando a identificar por qué los efectos radiativos de las nubes juegan un papel más importante de lo que se pensaba en la generación de bloqueos sobre el área euroatlántica, ¿podemos y debemos explicar e introducir estos avances en la comprensión del fenómeno en el relato público y hacer ver cómo la inyección creciente de vapor desde los trópicos hacia las latitudes medias puede jugar un papel importante en la aparición de estos bloqueos que tanto nos afectan?

En ningún caso se trata de abandonar el rigor. Se trata de añadir un nivel de narrativa que hoy no existe de forma sistemática: la traducción en tiempo real de lo que ocurre en la atmósfera día a día al contexto climático que lo explica.

Cuando una dorsal de bloqueo lleva diez días estacionaria sobre la Península Ibérica, quizás habría que estar explicando públicamente y con claridad: qué es esa estructura, por qué está ahí, cuánto tiempo habría durado hace treinta años, y qué tiene que ver con los cambios en la circulación atmosférica que se están documentando. No tanto como probabilidad, sino como contexto físico comprensible.

Ese tipo de narrativa —entre la meteorología del presente y la climatología del cambio— es la que puede conectar  la experiencia vivida con el conocimiento científico. Y, a mi juicio, es, todavía, la gran asignatura pendiente de la comunicación climática.



13 de abril de 2026

La evolución de AEMET en un contexto de mayor complejidad meteorológica, tecnológica y social: una opinión personal

 

La Agencia Estatal de Meteorología se encuentra en un momento especialmente relevante de su historia. La reciente modificación de su estructura y la inminente designación de una nueva dirección técnica abren una oportunidad —quizá inaplazable— para replantear su papel en una sociedad cada vez más expuesta a peligros meteorológicos y climáticos.

Desde una perspectiva necesariamente externa al día a día operativo de la Agencia, pero basada en muchos años de experiencia y de observación continuada de la evolución de la meteorología mundial, me parece oportuno aportar algunas reflexiones sobre su posible evolución en el corto y medio plazo.

Los dos últimos años han sido especialmente exigentes. La sucesión de episodios adversos —danas de gran impacto, olas de calor persistentes, sequías prolongadas y fenómenos extremos cada vez más frecuentes e intensos— ha puesto a prueba tanto la capacidad operativa de AEMET como el propio sistema de avisos. Al mismo tiempo, se han abordado iniciativas relevantes como la elaboración del Plan Estratégico 2025–2029, el desarrollo de un nuevo Estatuto que redefine su estructura organizativa y diversos esfuerzos orientados al refuerzo de personal. Todo ello refleja una institución en proceso de adaptación, pero también sometida a una presión creciente que ha evidenciado algunas de sus limitaciones estructurales.

Durante décadas, AEMET ha desarrollado con notable éxito su función principal, aunque ni mucho menos la única: la predicción meteorológica y la vigilancia de fenómenos adversos. Sistemas como Meteoalerta han supuesto avances significativos en la anticipación y comunicación del peligro. Sin embargo, el contexto actual ha cambiado de forma profunda. El aumento de fenómenos extremos, la complejidad de los impactos asociados y la irrupción de nuevas tecnologías, especialmente la inteligencia artificial, obligan a ir más allá del modelo tradicional.

Uno de los principales retos es la transición desde un sistema basado en la predicción de fenómenos potencialmente adversos hacia otro centrado en la evaluación de impactos. La sociedad no necesita únicamente conocer la intensidad prevista de un fenómeno, sino comprender qué consecuencias puede tener en su entorno. Este cambio de enfoque no es trivial y requiere integrar conocimientos meteorológicos con información sobre vulnerabilidad, exposición y capacidad de respuesta.

En este proceso, el papel del predictor sigue siendo esencial. Su conocimiento del fenómeno, de su evolución y de su incertidumbre constituye la base sobre la que debe construirse cualquier evaluación de impacto. No obstante, esa evaluación requiere también la aportación de otros ámbitos —gestión de emergencias, hidrología, infraestructuras, comunicación— en un marco de colaboración estrecha y operativa. Solo a través de esa interacción es posible avanzar hacia avisos verdaderamente orientados al riesgo.

En paralelo, la irrupción de la inteligencia artificial y de importantes recursos tecnológicos en el ámbito mundial de la predicción plantea un desafío adicional. AEMET difícilmente podrá competir en velocidad de cálculo o en determinados productos puramente predictivos. Su valor diferencial debe situarse en otro ámbito: la calidad de los datos, la fiabilidad institucional y, sobre todo, reforzar su papel como elemento clave en la interpretación del impacto social de sus predicciones, en colaboración con los organismos competentes en la gestión del riesgo.

Esto exige reforzar varios pilares. En primer lugar, la predicción operativa, que sigue siendo el núcleo del sistema, debe evolucionar hacia un modelo más experto, basado en un mayor manejo de la incertidumbre y apoyado en herramientas avanzadas, incluyendo la inteligencia artificial. En segundo lugar, es imprescindible mejorar la formación de los predictores, ampliando su capacidad para trabajar en entornos cada vez más probabilísticos y multidisciplinares.

Junto a ello, la climatología debe adquirir un papel todavía más central. No solo como disciplina de análisis del pasado, sino como herramienta operativa para la toma de decisiones. En este sentido, la continuidad, calidad y homogeneidad de las redes de observación constituyen un elemento esencial, ya que sustentan tanto el conocimiento del clima como la detección de cambios y tendencias. A su vez, el desarrollo de servicios climáticos orientados a sectores como la energía, la agricultura, el agua o la salud constituye una línea estratégica de primer orden -que ya se está desarrollando- y en la que se debe progresar. Por otra parte, en un contexto de cambio climático, AEMET puede y debe mantenerse como el referente nacional en la provisión de información climática aplicada, integrando proyecciones, escenarios y datos históricos en productos útiles para la planificación y la adaptación.

En este mismo marco, resulta imprescindible reforzar la investigación coordinada en España sobre los cambios que se están produciendo en las circulaciones atmosféricas de niveles altos. La evolución de los chorros polar y subtropical, la mayor persistencia de determinados patrones de bloqueo, la posible modificación en la frecuencia e intensidad de las danas o los cambios en la interacción entre masas de aire son cuestiones de enorme relevancia. Estos procesos, aún no completamente comprendidos, tienen un impacto directo en la génesis y comportamiento de muchos de nuestros fenómenos adversos. AEMET, en colaboración con universidades y centros de investigación, debería desempeñar un papel dinamizador en este ámbito, orientando la investigación hacia problemas concretos de interés operativo y facilitando la transferencia efectiva de conocimiento hacia la predicción y los sistemas de aviso.

Pero probablemente el cambio más profundo no sea tecnológico, sino cultural. La evolución hacia un sistema verdaderamente orientado a impactos requiere una nueva cultura operativa basada en el trabajo conjunto, el lenguaje común y la toma de decisiones compartida. Esto implica superar inercias organizativas y avanzar hacia modelos más integrados.

En este sentido, cabe plantear la conveniencia de estructuras operativas multidisciplinares que permitan esa integración en tiempo real, tal como el proyecto CEVRA (Centro Estatal de Vigilancia de Riesgos Ambientales) que propuse tras las inundaciones de Valencia de octubre de 2024. No obstante, en un sistema descentralizado como el español, esta aproximación debería complementarse necesariamente con estructuras análogas de ámbito regional, estrechamente conectadas con el nivel estatal. El conocimiento local, la proximidad al territorio y la responsabilidad operativa en la gestión de las emergencias hacen imprescindible que la evaluación de impactos se realice en gran medida en ese nivel. En este contexto, un modelo en red, que combine un nodo estatal de integración, planificación, coordinación, formación y estudio con nodos regionales operativos, podría ofrecer una respuesta más eficaz y adaptada a la complejidad de nuestro territorio.

Finalmente, no puede olvidarse el papel de la comunicación. La información sobre riesgos debe ser clara, comprensible y orientada a la acción. No basta con informar; es necesario que el mensaje sea entendido y utilizado correctamente por la población y por los responsables de la toma de decisiones.

La llegada de una nueva dirección en AEMET constituye, por tanto, una ocasión idónea para abordar estos retos. No se trata de cuestionar lo realizado hasta ahora, sino de construir sobre ello un sistema más integrado, más útil y adaptado a las necesidades actuales.

En definitiva, AEMET no debe limitarse a predecir el tiempo. Debe aspirar a reforzar su papel como elemento clave en la interpretación del impacto social de sus predicciones, en colaboración con los organismos competentes en la gestión del riesgo; consolidar su papel en la climatología aplicada, impulsar la investigación atmosférica relevante y contribuir de forma decisiva, desde su ámbito competencial, a la mejora del sistema de gestión del riesgo meteorológico y climático en España. Ese es el verdadero salto cualitativo que, a mi juicio, el momento actual demanda.