Mientras el Mediterráneo vuelve a dejarnos imágenes de lluvias torrenciales e inundaciones, en buena parte de la vertiente atlántica peninsular se mira al cielo esperando otro tipo de lluvia: la de los frentes que entran desde el oeste, riegan extensiones amplias y se suceden durante varios días. Esa lluvia, por ahora, está faltando. Entretanto, el Pacífico oriental mantiene una intensa actividad de huracanes y el Atlántico tropical atraviesa una temporada muy poco activa. ¿Hasta qué punto están relacionadas estas situaciones? ¿Se está cumpliendo lo que se esperaba de El Niño?
Comencemos por el Pacífico. Los datos disponibles confirman que El Niño se ha desarrollado con fuerza. La actualización del Instituto Internacional de Investigación para el Clima y la Sociedad (IRI), publicada el 19 de octubre, sitúa la anomalía media de temperatura superficial de la región Niño 3.4 en unos 2,5 °C durante julio-septiembre, con valores semanales posteriores superiores a 3 °C. No son magnitudes directamente intercambiables, pero muestran una evolución clara. El calentamiento previsto se está materializando y todavía podría intensificarse.
Además, la atmósfera está respondiendo. El diagnóstico de NOAA de octubre describe modificaciones de los vientos y un desplazamiento de la convección hacia el Pacífico central y oriental, señales del acoplamiento entre el océano y la atmósfera que caracteriza al fenómeno. Por tanto, el pronóstico de un episodio importante se está cumpliendo en lo esencial. Otra cosa es establecer ya su intensidad máxima o su posición entre los mayores episodios históricos: para eso habrá que esperar y comparar índices y periodos homogéneos.
Una de sus manifestaciones más claras aparece en el contraste entre las temporadas de huracanes. Los balances provisionales del Centro Nacional de Huracanes correspondientes al 24 de octubre contabilizaban diez huracanes en el Pacífico oriental, ocho de ellos de categoría mayor, frente a un único huracán en el Atlántico, Isaías, que también alcanzó esa categoría. La diferencia resulta aún más expresiva si se considera el índice de energía ciclónica acumulada, (ECA, o ACE por sus siglas en inglés, un índice meteorológico que mide la actividad total, la fuerza y la duración de los ciclones tropicales y huracanes) que en el Pacífico oriental superaba ampliamente el doble de lo habitual para esas fechas; en el Atlántico se situaba alrededor de un 82 % por debajo.
La evolución concuerda con el escenario que favorece El Niño y con la orientación de los pronósticos estacionales: mayor actividad en el Pacífico oriental y menor en el Atlántico. La temporada aún no ha terminado, por lo que hay que hablar de un balance provisional, no de una verificación definitiva de todas las cifras previstas.
Como comenté en septiembre, uno de los factores que pueden estar frenando la actividad atlántica es la cizalladura vertical del viento, que dificulta que las tormentas se organicen y persistan alrededor de una circulación común. Pero la influencia de El Niño no se limita a ese mecanismo: también puede favorecer movimientos descendentes y una mayor estabilidad atmosférica. Si, además, las perturbaciones encuentran aire seco en niveles medios, la convección puede debilitarse y perder continuidad, un efecto que la propia cizalladura puede acentuar. Por tanto, aunque el mar aporte energía suficiente, la atmósfera puede impedir que se aproveche para desarrollar un huracán. La escasa actividad de esta temporada es coherente con ese conjunto de condiciones desfavorables, pero precisar cuánto ha contribuido cada una requiere un análisis más completo de lo ocurrido.
Anomalías de cizalladura vertical del viento entre 200 y 850 hPa, promediadas durante los 31 días terminados el 20 de octubre de 2026. Los tonos rojos indican valores superiores a los climatológicos y los azules, inferiores. La cizalladura puede estar jugando un papel en la ausencia de huracanes pero no parece ser la única responsable. Unidades: m/s. Fuente: NOAA–Climate Prediction Center.
Al acercarnos a España, la relación deja de ser tan directa. Sería tentador atribuir también a El Niño la ausencia de temporales de poniente, pero no disponemos de una conexión tan clara como la que explica parte de la escasez de huracanes. Existen vías de influencia del Pacífico sobre la circulación europea, aunque dependen de la estación y del estado de la circulación y de los océanos. No permiten deducir automáticamente qué ocurrirá durante unas semanas concretas sobre la Península.
Un esquema de las posibles influencias sobre el clima de España que pueden enmascarar la del Niño (gráfico tomado de ni libro "Avanzando en el tiempo")
Lo que sí podemos describir es el reparto de la lluvia en lo que llevamos de año hidrológico. Según el balance de AEMET elaborado el 22 de octubre, entre los días 1 y 20 la precipitación media nacional fue de 51 milímetros, aproximadamente un 9 % superior a lo normal. Sin embargo, ese promedio esconde un contraste acusado: abundancia en zonas mediterráneas y déficits en la mitad occidental, especialmente en Galicia, Extremadura y Andalucía occidental. Una media nacional ligeramente húmeda puede convivir perfectamente con la preocupación por la falta de agua en amplias regiones.
Para valorar sus consecuencias tampoco basta con mirar los embalses. La disponibilidad de agua en el suelo tiene sus propios tiempos. Donde falta humedad para preparar las tierras, sembrar o permitir una nascencia adecuada, el problema puede adquirir carácter agrícola antes de que se manifieste una sequía hidrológica. Eso no autoriza a diagnosticar una sequía agrícola generalizada sin examinar los datos de suelo y cultivos, pero sí aconseja prestar atención a una carencia que los indicadores de reservas no reflejan necesariamente.
¿Se vislumbra un cambio? La previsión de AEMET publicada el 23 de octubre apunta a una semana del 26 de octubre al 1 de noviembre estable y con precipitaciones inferiores a las habituales. Para el 2 al 8 de noviembre contempla, con mayor incertidumbre, una posible situación de levantes húmedos, que volvería a favorecer más al Mediterráneo que al oeste peninsular. Solo para la semana del 9 al 15 aparece la posibilidad de precipitaciones más extendidas, ya a un plazo que obliga a ser muy prudentes. No hay, por tanto, base suficiente para anunciar una llegada próxima y persistente de los ponientes, aunque tampoco para dar por perdida completamente la primera quincena de noviembre.
En este panorama queda un contraste especialmente llamativo. Mientras el Atlántico tropical ofrece tantas dificultades para organizar huracanes, en el Mediterráneo hemos observado sistemas convectivos con rasgos que recuerdan a los tropicales. El análisis de González-Alemán y Calvo-Sancho sobre el episodio catalán del 3 y 4 de octubre, publicado en el blog de AEMET, plantea precisamente un posible intento de ciclogénesis tropical. Sus experimentos muestran una fuerte dependencia del sistema respecto a las elevadas temperaturas del mar, aunque los autores dejan claro que no demuestran que esa ciclogénesis llegara a producirse
Esto añade interés al contraste, pero exige comparar fenómenos distintos. Una gran acumulación de lluvia o un vórtice convectivo no equivalen a un huracán. La escasa actividad ciclónica de toda una cuenca tampoco excluye que, en otra región y durante unas horas, coincidan condiciones favorables para una organización convectiva muy intensa. El contraste invita a estudiar los perfiles de humedad y viento, los mecanismos de ascenso y la evolución de cada sistema; por sí solo no se demuestra una conexión entre ambos escenarios aunque a veces personalmente creo que sí podría haberla.
Quizás lo más significativo de este otoño sea esa convivencia de escalas y respuestas. Podemos reconocer bastante bien la influencia de El Niño en la actividad ciclónica tropical y, al mismo tiempo, seguir teniendo grandes dificultades para precisar cuándo cambiará la circulación que nos mantiene a la espera de lluvias atlánticas. Para quienes necesitan agua en sus tierras, esa es ahora la cuestión decisiva. Y para responderla habrá que seguir mirando, además del Pacífico, cómo evolucionan las dorsales, las borrascas y los corredores de humedad mucho más cerca de nosotros.



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