17 de septiembre de 2026

Lluvias torrenciales: entre el aviso y la decisión


Las lluvias de las últimas horas en distintas zonas de Cataluña, la Comunidad Valenciana y Murcia han vuelto a dejar inundaciones, rescates y alteraciones importantes de la vida cotidiana. Y han vuelto a suscitar una pregunta que, por repetida, debería llevarnos a una reflexión profunda: ¿estamos aprovechando suficientemente la anticipación que nos ofrecen las predicciones y los avisos meteorológicos?

Desde el punto de vista atmosférico, la situación merece algún comentario. En septiembre es relativamente frecuente que el paso de una vaguada —asociada a una entrada de aire más frío en altura— favorezca tormentas fuertes en el área mediterránea, especialmente en Cataluña y, según su configuración, también en la Comunidad Valenciana y otras zonas. Pero no todas las vaguadas se estructuran de la misma manera.

En esta ocasión, lo que llamaba la atención era el desarrollo en su seno de un pequeño vórtice frío: una circulación ciclónica más concentrada, que reforzaba las condiciones favorables para la formación de tormentas intensas. Ayer me refería a ello en X como una estructura prácticamente equivalente, en algunos de sus efectos, a una dana. Era una forma de hacer comprensible su posible importancia, aunque conviene precisar la diferencia: una circulación cerrada en altura no basta, por sí sola, para hablar de una dana. En este caso, el vórtice seguía integrado en la vaguada y participaba de su traslación.

Imagen del canal infrarrojo de Meteosat de ayer 16 de septiembre a las 21 horas locales. En esos momentos se estaban registrando lluvias torrenciales en varias zonas y en especial en el área de Valencia

El matiz tiene interés porque ayuda a entender por qué una situación aparentemente no muy llamativa puede producir precipitaciones muy intensas. Ese pequeño centro puede organizar y reforzar mucho los ascensos del aire. Si encuentra humedad suficiente y condiciones favorables en las capas bajas, la respuesta tormentosa puede ser considerable. Su tamaño reducido no implica unos efectos menores.

Un factor que contribuyó a limitar la persistencia de las lluvias fue el desplazamiento de la vaguada con ese núcleo asociado. Aunque avanzaba lentamente, con ella iban cambiando las zonas más favorables para los ascensos y las precipitaciones. Tampoco parece haberse establecido una marcada circulación ciclónica en superficie que mantuviera un flujo de levante intenso y duradero hacia la costa. La permanencia del forzamiento en altura sobre una misma zona, combinada con esa alimentación húmeda sostenida en capas bajas, habría favorecido acumulaciones mayores.

En mi opinión, ahí está una de las claves de que las lluvias no hayan alcanzado la persistencia y las acumulaciones de otros grandes temporales mediterráneos, aunque sí intensidades parecidas. En cualquier caso, basta una precipitación muy concentrada en el tiempo para ocasionar problemas graves. En Cartagena, por ejemplo, las informaciones publicadas esta mañana hablan de más de sesenta litros por metro cuadrado en una hora, con inundaciones y rescates. El total del episodio cuenta, pero también cuánto cae en pocos minutos y sobre qué territorio.

Y aquí aparece la otra cuestión. Se han recogido quejas de ciudadanos de Cataluña y de la Comunidad Valenciana porque los mensajes de alerta llegaron cuando ya se estaban produciendo inundaciones. Para valorar cada actuación será necesario conocer la cronología completa, la información disponible y las decisiones adoptadas. Pero esas quejas plantean un problema general que merece atención.

¿Debe esperarse a un aviso rojo para adoptar determinadas medidas de protección? A mi juicio, un aviso naranja por lluvias intensas debería abrir ya un proceso efectivo de decisión, ajustado a la vulnerabilidad de cada zona y a las actividades previstas. No me refiero a una paralización general cada vez que aparezca ese color. Me refiero a valorar con antelación qué situaciones pueden convertirse rápidamente en peligrosas y qué medidas proporcionadas pueden evitarlo.

Cerrar un paso inundable, limitar actividades en una rambla, revisar la celebración de un acto multitudinario o informar con claridad sobre los desplazamientos previstos son decisiones diferentes, con costes y exigencias distintos. Algunas necesitan horas de preparación. Si su valoración comienza cuando el agua está entrando en las calles, una parte de la oportunidad preventiva ya se ha perdido.

Conviene distinguir, además, el aviso meteorológico de la decisión de protección civil. El primero informa del peligro previsto; la segunda debe incorporar también la exposición de las personas, las características de las cuencas, los puntos vulnerables y la evolución observada. El color es una información fundamental, pero la decisión necesita todo ese contexto.

Como he planteado en otras ocasiones, esa conexión requiere trabajo previo y vigilancia continua: predicción, radar, observaciones de lluvia, respuesta de barrancos y ramblas e información local. También requiere mensajes comprensibles, que expliquen qué puede suceder, dónde y qué conducta se pide a la población. Y todo ello exige, a mi juicio, un trabajo conjunto, coordinado y en tiempo real de meteorólogos, hidrólogos, técnicos de protección civil y comunicadores especializados en riesgos. He insistido muchas veces en esa necesidad y creo que sigue siendo una cuestión central.

La incertidumbre forma parte de la predicción, especialmente cuando hablamos de tormentas muy localizadas. Esperar a que desaparezca puede significar esperar a que el fenómeno ya esté ocurriendo. El reto es decidir qué precauciones razonables pueden tomarse mientras todavía hay tiempo.

¿Deben adoptarse medidas que alteren de forma importante la vida cotidiana con un aviso naranja, aun sabiendo que las lluvias más intensas podrían afectar solo a una parte de la zona avisada y que todavía no podemos precisar cuál? ¿Cómo graduar esas medidas según sus consecuencias y el peligro que se pretende evitar? ¿Hay que esperar a un aviso rojo que, en situaciones de evolución rápida, puede llegar con escaso margen para actuar o cuando el fenómeno ya se está produciendo?

Ese es el espacio de decisión bajo incertidumbre en el que un trabajo conjunto entre expertos puede ayudar mucho. Y para abordarlo hace falta también explicar mejor a la población por qué se toman determinadas medidas preventivas y qué limitaciones tiene la predicción. Que finalmente no ocurra nada grave en una localidad no significa necesariamente que la precaución estuviera injustificada: las decisiones deben valorarse también a la luz de la información disponible cuando se adoptaron.

Un aviso debe ayudarnos a actuar antes de que el peligro se convierta en daño. Esa es la reflexión que estas lluvias vuelven a suscitar una vez más.

15 de septiembre de 2026

Un Atlántico sin huracanes (de momento): dónde está y cómo actúa la cizalladura

A mediados de septiembre, superada ya la fecha del máximo climatológico de la temporada, el Atlántico sigue sin haber generado ningún huracán. Las tormentas tropicales que se han formado no han alcanzado esa categoría. Es una situación muy poco habitual que invita a preguntarse qué está impidiendo que las perturbaciones tropicales progresen, incluso cuando encuentran aguas suficientemente cálidas.

A primeras horas de la tarde de hoy, 15 de septiembre, no hay signos de desarrollos ciclónicos en el Atlántico tropical. Solo una pequeña zona de bajas presiones (señalada por la flecha roja) tiene algunas posibilidades de convertirse en una depresión tropical (imagen METEORED) 

Una de las principales explicaciones es la presencia de una fuerte cizalladura vertical del viento, favorecida por El Niño. Pero esa explicación puede resultar desconcertante para quien examine los mapas de niveles altos y no encuentre sobre la región de formación ningún chorro especialmente intenso. ¿Cómo puede haber tanta cizalladura sin vientos extraordinarios? Y, sobre todo, ¿cómo dificulta esa cizalladura el desarrollo de un ciclón tropical?

Para responder conviene detenerse primero en cómo se organiza y se alimenta uno de estos sistemas.

En una borrasca de latitudes medias, los contrastes horizontales de temperatura constituyen una fuente fundamental de energía, y las perturbaciones de niveles altos desempeñan un papel destacado en su desarrollo. El ciclón tropical funciona de otra manera: obtiene su energía principalmente del intercambio de calor y humedad con el océano y necesita organizar la convección alrededor de una circulación propia.

El viento favorece la evaporación e incorpora humedad a las capas bajas. Ese aire converge hacia el centro y asciende en las nubes tormentosas, donde la condensación libera calor. El calentamiento, la circulación ascendente y la evacuación de masa en altura participan en el mantenimiento de un núcleo cálido y de bajas presiones. Si el sistema se organiza adecuadamente, los vientos se refuerzan y aumentan los intercambios con el mar, alimentando de nuevo la convección. Se establece así una realimentación capaz de mantener e intensificar el ciclón. 

Pero para que arranque no basta con disponer de agua cálida. Hace falta una perturbación inicial con suficiente rotación, un entorno húmedo y unas condiciones que permitan concentrar la actividad convectiva durante cierto tiempo. En el Atlántico, las ondas del este procedentes de África proporcionan muchas de esas perturbaciones, aunque no son su único origen.

Tanto la formación como el mantenimiento requieren que la dinámica y la termodinámica trabajen conjuntamente. Y uno de los factores que pueden dificultar esa coordinación es la cizalladura.

La cizalladura vertical expresa cuánto cambia el viento con la altura, tanto en intensidad como en dirección. Para valorar el entorno de los ciclones tropicales se utiliza con frecuencia la diferencia vectorial entre los vientos de 850 y 200 hectopascales, aproximadamente en la parte baja y alta de la troposfera. Pensemos en un ejemplo sencillo. Si a 850 hectopascales sopla un viento del este de 20 nudos y a 200 uno del oeste de 25, la diferencia entre ambos alcanza los 45 nudos. Ninguno de esos vientos resulta extraordinario por separado, pero sus sentidos opuestos producen una cizalladura muy fuerte. Por tanto, no hace falta encontrar una corriente en chorro llamativa para identificar un ambiente hostil al desarrollo tropical. Hay que comparar los vientos de distintos niveles. Un mapa de 200 hectopascales, por sí solo, no permite resolver esa cuestión.

La imagen que acompaña a estas líneas muestra la cizalladura media prevista por el modelo del Centro Europeo para el periodo del 15 al 20 de septiembre. En amplios sectores del Atlántico tropical aparecen valores de 40 a 50 nudos, con anomalías positivas muy acusadas. Es una señal clara de condiciones poco favorables para la organización de las perturbaciones.


Cizalladura media del viento entre 850 y 200 hPa prevista por el modelo del Centro Europeo para el periodo del 15 al 20 de septiembre de 2026. Las isolíneas indican el valor medio en nudos y el sombreado su anomalía respecto a la climatología, también en nudos. Sobre la franja tropical del Atlántico, entre los 10 y los 20 grados de latitud norte, la cizalladura se sitúa entre 40 y 50 nudos, con anomalías de 20 a 30 nudos por encima de lo normal. Los vectores señalan la dirección de esa anomalía: apuntan hacia el este, lo que refleja el carácter de componente oeste del flujo anómalo en los niveles altos. Al sur de los 10 grados, en cambio, los valores se aproximan a lo habitual. Fuente: Tropical Tidbits.

Conviene precisar qué representa: es una predicción para esos cinco días, no una reconstrucción de toda la temporada. Además, sus flechas muestran anomalías de la diferencia vectorial entre ambos niveles, no el viento de altura considerado aisladamente. Para establecer cuánto contribuye cada nivel habría que consultar también sus mapas respectivos.


¿Qué hace esa diferencia de vientos a una perturbación tropical?

La imagen habitual de un sistema al que el viento «descabeza» transmite una idea de desorganización, pero deja fuera buena parte de la explicación. La cizalladura puede inclinar la circulación, separar los centros de distintos niveles y desplazar las tormentas respecto al centro de niveles bajos. De ese modo, el calor liberado por la convección queda peor situado para reforzar una estructura común.

A ello puede añadirse otro proceso importante: la incorporación de aire ambiental más seco al interior del sistema. Una circulación bien organizada puede mantener una región central muy húmeda y relativamente protegida de su entorno. Ese aislamiento nunca es perfecto, pero facilita que la convección se regenere cerca del centro. Cuando la cizalladura altera la estructura, puede favorecer la entrada de aire de menor contenido energético y dificultar la conservación de ese núcleo húmedo.

Si el aire entrante es seco, parte de las gotas de lluvia se evapora al mezclarse con él. La evaporación enfría el aire y puede reforzar corrientes descendentes que transportan hacia las capas bajas aire con menor temperatura potencial equivalente; es decir, con una combinación de temperatura y humedad menos favorable para alimentar convección profunda.

El efecto puede alcanzar así al propio suministro del ciclón. El aire que converge hacia el centro llega en peores condiciones para sostener las tormentas que lo refuerzan. Los intercambios con el océano pueden ayudar a recuperarlo, pero, si la entrada de aire desfavorable persiste, esa recuperación puede ser insuficiente.

Esta «ventilación» del sistema es uno de los mecanismos por los que la cizalladura dificulta su desarrollo. Su importancia depende de la humedad del entorno, de la estructura de los vientos y del grado de organización de la perturbación. La inclinación del vórtice y el desplazamiento de la convección también pueden perjudicarlo sin que podamos identificar una intrusión seca como causa dominante.

Una perturbación incipiente suele ser más vulnerable que un huracán ya organizado, capaz de mantener una circulación intensa y un núcleo húmedo. Pero tampoco existe una respuesta automática: algunos ciclones consiguen reorganizarse e intensificarse bajo cizalladura, mientras otros fracasan con valores menores si concurren condiciones adicionales desfavorables.


¿Dónde entra El Niño en todo esto?

El desplazamiento de la actividad convectiva sobre el Pacífico ecuatorial modifica la circulación tropical a gran escala. Una de sus consecuencias habituales es favorecer anomalías de viento del oeste en la alta troposfera sobre el Caribe y parte del Atlántico tropical, que pueden aumentar la diferencia respecto a los vientos de niveles bajos. También puede propiciar movimientos descendentes y un ambiente más seco y estable en determinadas zonas.

Esos efectos pueden actuar conjuntamente: una mayor cizalladura dificulta la organización de las perturbaciones y un entorno seco puede agravar sus consecuencias. Sin embargo, su distribución cambia con la región y el momento. El Niño establece un contexto favorable a la reducción de la actividad atlántica, pero no determina por sí solo el destino de cada onda tropical.

En la situación actual, la fuerte cizalladura prevista es coherente con ese contexto y constituye un obstáculo importante para nuevos desarrollos. Demostrar hasta qué punto explica la escasa actividad acumulada requiere examinar también los análisis de semanas anteriores y la evolución de las perturbaciones, incluyendo su humedad y la distribución de la convección. El mapa ilustra bien el obstáculo; no permite reconstruir por sí solo toda la cadena causal de la temporada.

Quedan todavía semanas en las que pueden aparecer condiciones más favorables. La persistencia de El Niño no implica que la cizalladura se mantenga igual en toda la cuenca ni que desaparezcan las ventanas de desarrollo.

Y una temporada poco activa tampoco garantiza que no se produzca un episodio grave. Basta con que un solo sistema encuentre condiciones favorables y siga una trayectoria hacia una zona vulnerable. La ausencia de huracanes hasta ahora es llamativa; lo que suceda después sigue requiriendo una estricta vigilancia.



8 de septiembre de 2026

De la riada de Cebolla a la del Bierzo: vigilar cuencas, no solo tormentas

El sábado 8 de septiembre de 2018, durante las fiestas patronales, una avenida súbita de agua y barro recorrió en pocos minutos la localidad toledana de Cebolla. El arroyo Sangüesa, canalizado a través del casco urbano, se convirtió en un torrente que anegó viviendas y establecimientos, cortó carreteras y arrastró vehículos por las calles centrales del pueblo. 

(El Correo/R.C.)

No hubo fallecidos, aunque sí dos heridos, y los daños superaron los dos millones de euros. Ocho años después, el recuerdo de aquella tarde sigue siendo una buena ocasión para preguntarnos si, ante este tipo de inundaciones relámpago, podemos hacer algo más que anunciar con varias horas de antelación que en una zona relativamente extensa pueden producirse tormentas fuertes.

La pregunta ha vuelto a cobrar actualidad este mismo verano. El 15 de agosto de 2026, una riada de agua, barro y piedras afectó a Manzanedo de Valdueza y Bouzas, en el municipio de Ponferrada. Murieron dos mujeres que se encontraban en una bodega y resultaron heridas varias personas, entre ellas dos menores de corta edad. La provincia de León estaba bajo aviso por tormentas fuertes y muy fuertes, y la Agencia de Protección Civil y Emergencias de la Junta había declarado la alerta el día anterior. Sin embargo, una vez más, la tragedia se concentró en muy poco espacio y se desarrolló con enorme rapidez. Al parecer, las primeras llamadas al 112 se recibieron a las 19:38, cuando la avenida ya estaba en marcha. La situación atmosférica general era conocida; lo verdaderamente difícil fue precisar dónde y cuándo una tormenta concreta iba a transformarse en una amenaza inmediata para una pequeña población.

Cebolla y Manzanedo no fueron episodios idénticos. En Cebolla el elemento decisivo fue la respuesta rapidísima de la pequeña cuenca del Sangüesa a una tormenta muy intensa situada, al menos durante parte del episodio, aguas arriba del pueblo. En los Montes Aquilianos, la fuerte pendiente, la abundancia de materiales sueltos y, probablemente, la huella de los incendios del verano anterior favorecieron una avenida cargada de barro, piedras y restos calcinados. Expuse entonces la hipótesis de que el crecimiento explosivo de la célula convectiva estuviera relacionado con la interacción de frentes de racha entre sí o con la orografía: la dana creó el entorno inestable y la mesoescala decidió el lugar y el momento. Pero ambos casos comparten lo esencial: cuencas pequeñas, tiempos de respuesta muy cortos, gran concentración espacial de los daños y un margen mínimo para reaccionar.


Lo que ocurrió en Cebolla

La situación sinóptica del 8 de septiembre de 2018 estaba protagonizada por una dana centrada en las proximidades de Lisboa con una amplia zona de difluencia sobre la Península. Los modelos señalaban un ambiente muy inestable y la posibilidad de precipitaciones intensas, aunque distribuidas de manera irregular. A lo largo del día se desarrollaron numerosas tormentas en el interior peninsular.

Topografía de 500 hPa/T850 hPa correspondiente a las 12 UTC del sábado 8 de septiembre (ECMWF)

Las imágenes del radar mostraron cómo, entre Toledo y Talavera, una célula inicialmente poco llamativa creció con rapidez a primeras horas de la tarde. Aumentaron las reflectividades y la estructura adquirió rasgos compatibles con una tormenta severa; otras informaciones de la época apuntaron incluso a una posible supercélula.

Ampliación de la imagen de reflectividad radar de las 16,10 horas locales (AEMET)

Cebolla no disponía de una estación meteorológica que permitiera medir de forma oficial y representativa la precipitación del episodio. Una presentación posterior de Protección Civil cita 36 milímetros en el pluviómetro de una cooperativa situada al sur del municipio, pero la distribución real de la lluvia sobre la pequeña cuenca del Sangüesa solo puede reconstruirse mediante estimaciones. Esta incertidumbre es significativa: la precipitación más intensa pudo caer aguas arriba y escapar a la observación pluviométrica directa. El agua no tiene por qué caer sobre quien va a sufrirla. Puede precipitar varios kilómetros aguas arriba, concentrarse con rapidez en un barranco o arroyo y alcanzar la población cuando allí la tormenta ya parece haber pasado o apenas se percibe. Por eso, para anticipar una inundación relámpago no basta con vigilar el cielo sobre el municipio: hay que vigilar la cuenca que desemboca en él.

Aquel día existía un aviso amarillo de AEMET por tormentas. Era un aviso coherente con la información disponible a la escala de la predicción: en una zona amplia podían desarrollarse estructuras organizadas, lluvias localmente fuertes, viento intenso o granizo, con la posibilidad de que puntualmente se superaran los umbrales previstos. El problema no es que ese primer aviso fuera innecesario o incorrecto. El problema es que un aviso meteorológico general no puede ser el último eslabón de la cadena cuando, unas horas después, el radar empieza a revelar dónde se está organizando la amenaza.

De la predicción a la vigilancia y al impacto

Los modelos numéricos han mejorado de manera extraordinaria, pero todavía no pueden señalar con muchas horas de antelación el punto exacto sobre el que descargará una célula convectiva aislada. Pueden delimitar el entorno favorable, estimar la probabilidad de tormentas intensas e incluso sugerir qué sectores presentan mayor riesgo. La localización final depende con frecuencia de mecanismos de mesoescala: una convergencia, un frente de racha, un relieve, una modificación local de la humedad o una interacción entre células.

Esa limitación no significa que, una vez iniciada la convección, no podamos ir más allá. El radar permite seguir la evolución de las células cada pocos minutos, estimar la lluvia acumulada y observar su propagación o regeneración. Si esa información se proyecta sobre las cuencas hidrográficas, y no solo sobre un mapa administrativo, puede en principio calcularse cuánta precipitación podría estar recibiendo la cabecera de un arroyo, cuál es la humedad previa del suelo, cuánto tardaría la escorrentía en alcanzar una población y qué calles, puentes, campings, sótanos o recintos festivos quedarían expuestos.

La cuestión, por tanto, consiste en organizar una vigilancia que vaya estrechando progresivamente el foco: primero una zona potencialmente favorable; después una tormenta observada por radar; a continuación una cuenca concreta que empieza a acumular agua con rapidez; finalmente, una población y unos elementos vulnerables a los que debe llegar una instrucción clara. Es una cadena meteorológica, hidrológica y de protección civil, no tres trabajos independientes.

Un sistema posible en España

España no tendría que empezar desde cero, ni mucho menos. AEMET dispone de radares, ahora muy modernos, modelos numéricos, datos de rayos y personal de vigilancia; las Confederaciones Hidrográficas mantienen redes hidrológicas y sistemas automáticos de información; los centros 112 coordinan las emergencias; Copernicus aporta indicadores europeos de inundación repentina; y ES-Alert permite enviar mensajes geolocalizados a los teléfonos de una zona sin que el ciudadano haya instalado ninguna aplicación.

 Tampoco falta el marco normativo. La nueva directriz básica de planificación de protección civil ante el riesgo de inundaciones, aprobada el pasado mes de abril, atribuye a AEMET la información y los avisos meteorológicos; a los organismos de cuenca, la información y los avisos hidrológicos en sus puntos de control; y a las autoridades autonómicas de protección civil, la declaración de las alertas hidrológicas atendiendo al impacto esperado. En el caso de Cebolla interviene la Confederación Hidrográfica del Tajo, que dispone del SAIH Tajo, con datos en tiempo real de lluvia, niveles y caudales y umbrales de aviso en sus puntos de control al superarse determinados umbrales, y que participa además, junto con la Junta de Castilla-La Mancha, en las obras de canalización del Sangüesa. En el del Bierzo interviene la Confederación Hidrográfica del Miño-Sil, que cuenta con un sistema equivalente. No estamos hablando, por tanto, de organismos inactivos ni carentes de medios de vigilancia y aviso. El problema específico de una inundación relámpago es que puede originarse en una cabecera muy pequeña, sin estación de aforo, y alcanzar una población antes de que la crecida quede reflejada en los puntos de medida situados aguas abajo.

El margen de mejora no consiste en crear otra red paralela, sino en enlazar mejor lo que ya existe y extender su capacidad a pequeñas cuencas de respuesta rápida: incorporar la lluvia observada por radar, transformarla en una estimación hidrológica aun donde no haya aforo, cruzarla con la exposición local y acelerar el paso desde la vigilancia técnica hasta la decisión de Protección Civil. La detección y la priorización pueden automatizarse; la emisión de una alerta pública debe integrarse en un protocolo muy claro entre meteorólogos, hidrólogos y responsables de emergencias. Esta es, precisamente, la función que vengo atribuyendo al Centro Estatal de Vigilancia de Riesgos Ambientales (CEVRA) que he propuesto en otras ocasiones: no un organismo que sustituya a nadie ni asuma competencias ajenas, sino un nodo permanente de integración y apoyo a la decisión, que asegure que la información meteorológica, la hidrológica y la valoración de impactos formen una sola cadena operativa en tiempo real.

Un aviso, por otra parte, solo salva vidas si se recibe, se comprende, se cree y conduce a una acción útil. Los municipios más expuestos deberían realizar campañas periódicas, señalizar rutas y zonas seguras, practicar simulacros y explicar que puede llegar una riada aunque no esté lloviendo sobre el pueblo. Y después de cada episodio habría que revisar aciertos, fallos, falsas alarmas, tiempos de decisión y respuesta ciudadana, porque un sistema de este tipo solo se afina con la experiencia real.


No es una idea futurista

La Organización Meteorológica Mundial impulsa desde hace años el Flash Flood Guidance System, que combina estimaciones de precipitación por radar y satélite con modelos hidrológicos y permite incorporar la experiencia del predictor y las observaciones locales. Su objetivo es precisamente facilitar avisos de inundación repentina en cuencas pequeñas y mejorar la cooperación entre los servicios meteorológicos, hidrológicos y de emergencias.

Tampoco es futurista el último eslabón. El mensaje geolocalizado a los teléfonos existe y ya se ha empleado en España; lo que se discutió tras la catástrofe de Valencia de octubre de 2024 no fue la disponibilidad de la herramienta, sino el momento en que se decidió utilizarla. La cuestión, una vez más, no es tecnológica.

No parece razonable pensar que un país como España no pueda asumir un sistema así. La parte más costosa de la infraestructura básica ya existe. No sería imprescindible construir una nueva red nacional paralela, sino integrar datos y responsabilidades, desarrollar la modelización de pequeñas cuencas, reforzar la vigilancia operativa, instalar sensores donde aporten verdadero valor y preparar protocolos municipales.

Conviene añadir que los avisos no sustituyen a las obras hidráulicas, a la ordenación del territorio ni a la restauración de las cuencas. En Cebolla se están invirtiendo alrededor de cinco millones de euros en soterrar unos seiscientos metros del Sangüesa y proteger el casco urbano, en obras que aún continúan. Era necesario. Pero ninguna obra elimina por completo el riesgo, del mismo modo que ningún aviso evita por sí solo una inundación. Las medidas estructurales reducen la amenaza; la vigilancia y la comunicación reducen la exposición cuando el episodio ya está en marcha. Son defensas complementarias.


Ocho años después

Nunca podremos garantizar con muchas horas de antelación que una tormenta concreta descargará exactamente sobre la cabecera de un pequeño arroyo. Tampoco podremos evitar por completo las falsas alarmas, que son el precio inevitable de cualquier sistema de este tipo y que habrá que administrar con cuidado, porque una alerta que se repite sin consecuencias deja pronto de atenderse. Pero la incertidumbre no debería obligarnos a detenernos en un mapa amarillo o naranja que abarca decenas de municipios. Cuando el radar confirma que una célula se intensifica y permanece sobre una cuenca vulnerable, la naturaleza del problema ha cambiado, y el sistema de avisos debería cambiar con ella.

A veces el margen será solo de unas decenas de minutos, y en otras ocasiones aún menor. Puede parecer poco, pero puede bastar para cortar una carretera, desalojar una planta baja, impedir el acceso a un garaje, suspender una actividad festiva o alejar a varias personas del cauce. En una inundación relámpago, ganar unos minutos y emplearlos bien puede ser la diferencia entre un gran susto y una tragedia.

Cebolla enseñó en 2018 que la riada puede llegar cuando en el propio pueblo apenas llueve. Manzanedo de Valdueza ha recordado este verano que un aviso provincial, aunque necesario, no siempre se convierte a tiempo en una alarma local. Entre ambos extremos hay un espacio concreto para mejorar: vigilar las pequeñas cuencas, integrar meteorología e hidrología, traducir el peligro en impactos y hacer llegar instrucciones inequívocas a quienes están en riesgo. La tecnología existe y las instituciones y las redes básicas también. Lo que falta es organizar el tránsito desde la predicción general hasta la protección concreta de un pueblo.

Ocho años después de Cebolla, la cuestión ya no es si podemos hacerlo, sino cuánto tardaremos en decidirnos.







31 de agosto de 2026

Septiembre, el mes que no sabemos dónde colocar: ¿qué otoño nos espera?


El 1 de septiembre comienza el otoño climatológico, aunque el astronómico no llegará hasta bien avanzado el mes. La división en estaciones completas de tres meses —septiembre, octubre y noviembre— facilita enormemente el estudio del clima, pero cada vez refleja peor lo que realmente vivimos en España.

Septiembre conserva muchos rasgos veraniegos: días todavía largos, temperaturas elevadas, noches cálidas junto al Mediterráneo y un mar que guarda buena parte del calor acumulado durante el verano. AEMET estima que, desde la década de 1980, el verano térmico se ha alargado aproximadamente diez días por década. Es decir, septiembre sigue siendo climatológicamente otoño, pero una parte creciente del mes se comporta térmicamente como una prolongación del verano.


Y sin embargo es también, y al mismo tiempo, el mes en que se abre la temporada de las grandes lluvias mediterráneas. Esa doble condición —la de despedida del verano y la de puerta de entrada del otoño con frecuencia más violento— es lo que hace de septiembre un mes difícil de anticipar y, sobre todo, difícil de resumir en unos mapas.


Un mes de grandes contrastes

La historia reciente ofrece numerosos ejemplos de la persistencia del calor veraniego durante septiembre. Los días 1 y 2 de septiembre de 2014 se superaron los 40 °C en distintos puntos de España: Córdoba/aeropuerto alcanzó 41,8 °C y Granada/aeropuerto 41,6 °C. Todavía más excepcional fue la ola de calor del 3 al 7 de septiembre de 2016. Córdoba/aeropuerto llegó a 45,4 °C el día 6, mientras que Sevilla/aeropuerto registró 44,8 °C y Murcia 44,6 °C el día 5. Más de treinta y cinco observatorios principales batieron entonces sus récords de temperatura máxima para septiembre.

Pero septiembre es también uno de los meses más propicios para las lluvias torrenciales, especialmente en las regiones mediterráneas. Entre el 10 y el 15 de septiembre de 2019, una dana provocó inundaciones catastróficas en el sureste peninsular. Durante el episodio se acumularon 521,6 mm en Orihuela, según la red SAIH del Segura, y 482,8 mm en Gaianes, perteneciente a la red de AEMET. Más recientemente, la dana de los días 2 al 4 de septiembre de 2023 dejó 188,8 mm en San Rafael y 119 mm en Toledo. En esta última ciudad llegaron a recogerse 22,8 mm en solo diez minutos, una cantidad equivalente a una intensidad de 136,8 mm por hora si ese ritmo se hubiera mantenido.

Septiembre conserva, por tanto, un carácter marcadamente dual: puede prolongar el calor más intenso del verano y, al mismo tiempo, inaugurar la época de los grandes episodios de precipitación mediterránea y de las tormentas torrenciales en el interior peninsular. Conviene tener presente esa dualidad al leer lo que expongo a continuación, porque ninguna predicción estacional está construida para captarla adecuadamente.


Lo que anticipa la predicción subestacional

El boletín mensual publicado por AEMET el 27 de agosto, elaborado a partir del sistema de predicción subestacional del Centro Europeo, abarca del 31 de agosto al 20 de septiembre. Su señal más coherente es la de unas temperaturas medias semanales superiores a las habituales durante las tres semanas consideradas.

Anomalías previstas de precipitación acumulada (izquierda) y temperatura media a 2 metros (derecha) para las semanas del 31 de agosto al 6 de septiembre, del 7 al 13 y del 14 al 20 de septiembre de 2026. Las zonas en blanco indican que la predicción no difiere significativamente de la climatología del modelo. Fuente: AEMET, a partir del EPS subestacional del Centro Europeo.

La anomalía cálida aparece en la práctica totalidad de España, aunque cambia de intensidad y distribución de una semana a otra. Durante la primera destaca especialmente en la mitad oriental peninsular y el entorno mediterráneo; posteriormente se mantiene en amplias zonas del país y continúa siendo positiva, aunque algo más moderada, durante la tercera semana.

En precipitación, el sesgo seco resulta más reconocible durante la primera semana y, con menor claridad, entre el 7 y el 13 de septiembre. En la tercera semana aparecen amplias zonas en blanco, lo que significa que el conjunto de predicciones no ofrece allí una señal estadísticamente diferenciada de la climatología del modelo. No sería correcto, por tanto, anunciar un septiembre seco en su conjunto. Podemos hablar de un comienzo probablemente cálido y con precipitaciones inferiores a las habituales, seguido de una incertidumbre creciente, especialmente en lo relativo a las lluvias.


El otoño de 2026 según Copernicus

La actualización del 10 de agosto del sistema estacional de Copernicus señala una probabilidad elevada de que el otoño sea más cálido de lo normal en gran parte de Europa.

Probabilidad de que la temperatura media del trimestre septiembre-noviembre de 2026 se sitúe entre el 20 % de los valores más cálidos de la climatología del sistema. Predicción multimodelo inicializada el 1 de agosto de 2026. Los colores representan probabilidades, no anomalías térmicas expresadas en grados. Fuente: Copernicus Climate Change Service, implementado por ECMWF.

Como se apunta, el mapa no representa directamente una anomalía en grados, sino la probabilidad de que la temperatura media del trimestre septiembre-noviembre se sitúe entre el 20 % de los valores más altos de la climatología del sistema. En gran parte de España y del sur y oeste de Europa esa probabilidad se encuentra entre el 50 y el 70 %, alcanzando valores todavía mayores en algunas zonas próximas. Se trata de una señal térmica bastante consistente. Esto no significa que todo el otoño vaya a ser continuamente cálido: podrán producirse descensos bruscos, episodios fríos e incluso heladas tempranas. La predicción se refiere únicamente al balance medio del conjunto de los tres meses.

Para el oeste y el sur de Europa aparece también una señal favorable a unas precipitaciones superiores al promedio. Sin embargo, Copernicus advierte expresamente de que, en Europa, la incertidumbre es mayor y la capacidad predictiva de la precipitación sensiblemente menor que en las regiones tropicales.

Categoría de precipitación acumulada más probable (terciles) para el trimestre septiembre-noviembre de 2026 en Europa. Los tonos indican la probabilidad de que el trimestre resulte más húmedo, más seco o próximo a lo normal respecto a la climatología del sistema, no la cuantía de la anomalía en milímetros. Las zonas sin color no presentan una categoría dominante. Predicción multimodelo inicializada el 1 de agosto de 2026. Fuente: Copernicus Climate Change Service, implementado por ECMWF.

Traducido a España, el calor es la parte más sólida de la predicción. En cuanto a las lluvias, el escenario húmedo en algunas zonas del centro y sur peninsular constituye una posibilidad que habrá que vigilar, no una certeza.


El Niño como contexto

El Niño se está intensificando. En su boletín sobre el clima estacional mundial del 31 de julio, la Organización Meteorológica Mundial indicaba que el episodio seguirá ganando fuerza de manera constante hasta convertirse en un evento de intensidad fuerte entre agosto y octubre, con anomalías medias estacionales de la temperatura superficial del mar previstas por encima de 2,9 °C en las principales regiones de monitoreo. La probabilidad de que las condiciones se mantengan al menos hasta noviembre es muy alta. La próxima actualización específica del boletín está prevista para principios de septiembre, de modo que lo que aquí se comenta corresponde a la información disponible a finales de agosto.

En cualquier caso, la influencia directa de El Niño sobre la Península Ibérica es mucho menos clara que sobre las regiones tropicales. Puede modificar la circulación atmosférica a gran escala y favorecer determinados patrones, pero no permite afirmar por sí solo que el otoño español vaya a ser lluvioso, seco o especialmente tormentoso. Cada episodio es diferente, y sus posibles efectos sobre Europa dependen de la interacción con otros elementos: la circulación del Atlántico norte, la posición y la ondulación del chorro, los bloqueos, las temperaturas superficiales del Atlántico y del Mediterráneo y la propia evolución de la circulación subtropical.


La pregunta que los mapas no responden

Hasta aquí, los productos. Pero un mapa de probabilidades estacionales dice qué balance es más probable; no dice cómo se llegaría a él. Y en España, sobre todo en septiembre y octubre, esa diferencia lo es todo.

Un otoño lluvioso no implica necesariamente precipitaciones frecuentes y bien repartidas. Unos pocos episodios intensos pueden decidir el balance de toda la estación, y de hecho es lo que suele ocurrir en la fachada mediterránea. La señal húmeda de Copernicus, si llega a verificarse, podría concretarse en dos o tres situaciones de lluvias intensas. El resto del trimestre podría ser perfectamente anodino.

En cualquier caso, no cabe dar por supuesto de qué clase de lluvias hablamos. La señal húmeda se concentra en los dos tercios septentrionales de la Península y apenas alcanza a Andalucía, y ese reparto no es el que cabría esperar de un otoño dominado por los episodios mediterráneos, que afectan sobre todo a la fachada oriental y al sureste. Encajaría mejor con una circulación del oeste relativamente activa, con paso de frentes atlánticos y precipitaciones más repartidas y menos concentradas.

No es una conclusión, y conviene decirlo con claridad. Los límites de una previsión estacional no son fronteras físicas, y la escasa fiabilidad de la precipitación en nuestras latitudes desaconseja apurar demasiado el argumento geográfico. Pero sirve para recordar algo que a menudo se olvida: un otoño más húmedo de lo normal en España puede llegar por vías muy distintas, y la atlántica y la mediterránea responden a configuraciones de la circulación en altura prácticamente opuestas. El mapa nos dice que probablemente llueva más de lo habitual; no nos dice por cuál de las dos.

En el caso de la vía mediterránea, que es la que más consecuencias suele tener, merece la pena preguntarse qué tendría que ocurrir para que se materialice. Y aquí conviene separar, como he hecho tantas veces, el combustible del motor.

El combustible está asegurado, y de una calidad excepcional. El Mediterráneo llega a septiembre con anomalías térmicas muy elevadas, después de un verano en el que la Península ha permanecido buena parte del tiempo bajo un flujo subtropical húmedo del suroeste en niveles medios. Aire cálido y muy húmedo en las capas bajas - y más si también es así en capas medias- es exactamente lo que alimenta un episodio torrencial una vez desencadenado.

Pero el combustible, por sí solo, no hace nada. Hace falta el motor: la dinámica de los niveles altos, la advección de vorticidad, la divergencia en altura que libera el desarrollo y permite que toda la energía almacenada abajo se ponga en movimiento. Un mar cálido no genera una dana; garantiza que, cuando llegue, disponga de más recursos.

De este modo la pregunta pertinente para las próximas semanas no es cuánto calor queda en el Mediterráneo, sino cuándo y cómo se reorganiza la circulación en altura. Habrá que vigilar tres cosas. La primera, si la dorsal subtropical, desplazada hacia el Mediterráneo durante gran parte del verano, se retira, se debilita o simplemente cambia de posición. La segunda, cuándo llegan las primeras irrupciones frías significativas en niveles altos, porque serán las que encuentren un mar todavía en condiciones veraniegas. Y la tercera, cómo se comporta la circulación subtropical, todavía expandida hacia el norte al final del verano. Si esa configuración se mantiene, cabe la posibilidad de que algunas de las vaguadas que se desarrollen en ella se aproximen alcancen nuestras latitudes y lleguen a interaccionar con el Mediterráneo, con precipitaciones que podrían ser significativas. No es un mecanismo que pueda darse por establecido, ni algo que ocurra de manera sistemática, pero sí una de las cosas que conviene seguir con atención en las próximas semanas.

De todo lo expuesto queda claro por qué la señal cálida de las predicciones estacionales es mucho más robusta que la húmeda. La temperatura responde al balance medio, y un balance medio es justamente lo que un modelo estacional sabe estimar. La precipitación, en cambio, se juega en unos pocos acontecimientos discretos que ningún sistema estacional resuelve. No es un defecto: es la naturaleza del problema.


Un otoño con bastantes zonas quemadas

Hay una circunstancia añadida que este año no se puede pasar por alto. Los grandes incendios de julio en Madrid, Ávila y Toledo dejaron extensas superficies sin cubierta vegetal y con suelos alterados, mucho menos capaces de retener el agua. Cuando lleguen las primeras tormentas otoñales de cierta entidad, no encontrarán el terreno de siempre. No hace falta ir muy lejos para ver de qué hablamos. El episodio del río Meruelo, el pasado 15 de agosto, mostró con toda crudeza lo que una tromba localizada puede provocar sobre una cuenca quemada el año anterior: una riada súbita, con dos víctimas mortales, generada por cantidades de agua que sobre un terreno íntegro habrían tenido consecuencias mucho menores.

Es un aspecto que merecería tratamiento propio. Baste señalar aquí que, en las zonas afectadas por los incendios de este verano, el umbral de precipitación capaz de causar daños ha bajado de manera apreciable, y que conviene tenerlo presente durante todo el otoño y no solo durante los episodios más espectaculares.


En resumen

El mensaje inicial del otoño podría formularse así. Septiembre comienza con una prolongación bastante clara del calor veraniego. El conjunto de la estación presenta una señal cálida fuerte y una posible tendencia húmeda considerablemente más incierta. Mientras tanto, como demuestra la historia reciente, septiembre puede pasar en muy pocos días del calor extremo a las lluvias torrenciales. Este año, además, sobre un terreno que en algunas comarcas ya no es el que era.


21 de agosto de 2026

Una atmósfera preparada para los "reventones"

Durante la tarde de ayer, 20 de agosto, se desarrollaron potentes tormentas en distintas zonas de las comunidades de Murcia y Valencia. Algunas de ellas produjeron lluvias torrenciales, granizo y, sobre todo, violentas ráfagas descendentes que, al alcanzar el suelo, se expandieron horizontalmente y ocasionaron daños importantes.


La imagen visible muestra los potentes cumulonimbos desarrollados sobre Murcia y el interior de Valencia durante la tarde. Sus compactas y brillantes cimas revelan el gran desarrollo vertical alcanzado por unas tormentas que después avanzaron hacia las comarcas valencianas y el litoral. De ellas descendieron las violentas corrientes de aire que originaron los reventones.

En la provincia de Valencia se registraron rachas de hasta 149 km/h en Sumacàrcer y 143 km/h en Alzira, además de valores superiores a 100 km/h en otras localidades de La Ribera. En Polinyà de Xúquer, el paso de la tormenta hizo descender la temperatura casi veinte grados, desde 37,7 hasta 18,1 ºC. En Murcia, las tormentas dejaron también fuertes aguaceros y rachas que alcanzaron los 92 km/h en Jumilla.

Pero ¿por qué la atmósfera estaba tan predispuesta a producir este tipo de fenómenos?

Durante los días anteriores habíamos seguido la evolución de una dana situada al suroeste de la Península. A lo largo del jueves dejó de comportarse como una depresión aislada y fue progresivamente capturada y absorbida por la circulación del chorro extratropical.


Imagen del canal de vapor de agua de Meteosat durante las horas centrales del 20 de agosto. La antigua dana atravesaba el sureste peninsular mientras comenzaba a ser capturada por la circulación del chorro extratropical. A su paso encontró abundante humedad en niveles medios y aportó el impulso dinámico que activó el rápido desarrollo de las tormentas.

En ese proceso, la perturbación cruzó el sureste peninsular durante las horas centrales del día y primeras de la tarde. Su llegada aportó el impulso dinámico necesario para favorecer los movimientos ascendentes y vencer la inhibición que hasta entonces había dificultado el desarrollo de tormentas profundas. La dana actuó, por tanto, como el mecanismo que puso en marcha la convección, pero encontró una atmósfera que ya acumulaba mucha energía y, sobre todo, una gran cantidad de humedad.

Como había comentado en una entrada anterior, durante estos últimos días se había producido una importante llegada de aire húmedo desde latitudes tropicales y subtropicales. Buena parte de esa humedad se encontraba en niveles medios de la troposfera, mientras que en las capas más próximas al suelo persistía un aire extremadamente cálido y relativamente seco.

En ese contexto los grandes cumulonimbos que se desarrollaron contenían abundante agua y hielo. Al comenzar las precipitaciones, una parte de esa agua cayó a través de una capa inferior muy cálida y relativamente seca. La evaporación de las gotas enfrió el aire circundante, lo hizo más denso y favoreció su descenso. A ello se añadieron el peso de la propia precipitación y el arrastre hacia abajo del aire contenido en la tormenta. La corriente descendente fue acelerándose hasta chocar con el suelo y extenderse violentamente en todas direcciones. Eso es, en esencia, un reventón o downburst.

Cuando buena parte de la precipitación se evapora antes de alcanzar la superficie hablamos de un reventón seco. Cuando la corriente descendente llega acompañada por un fuerte aguacero se trata de un reventón húmedo. Entre ambos existen situaciones intermedias, y una misma organización tormentosa puede producir comportamientos diferentes a medida que atraviesa zonas con distintas condiciones de humedad.

En buena parte de Valencia predominaron claramente los reventones húmedos: hubo precipitaciones intensas y descensos térmicos muy acusados. En otras zonas, donde la capa inferior era más seca o la precipitación menos abundante, pudieron producirse reventones secos o mixtos.

Ya el sondeo atmosférico de Murcia de las 00 UTC del día 20 mostraban muy bien cómo se estaba preparando la situación. En el aparecía una importante cantidad de humedad en niveles medios, suficiente para alimentar nubes de gran desarrollo vertical, mientras que por debajo existía una capa profunda, cálida y bastante más seca. Las bases de las nubes podían situarse en torno a los 3000 metros, dejando un largo recorrido durante el cual la precipitación podía evaporarse y acelerar las corrientes descendentes.

El sondeo de Murcia de las 00 UTC mostraba, varias horas antes de las tormentas, una atmósfera muy predispuesta a producir fuertes corrientes descendentes: abundante humedad en niveles medios sobre una profunda capa inferior cálida y relativamente seca. El DCAPE superaba los 1700 J/kg, un valor muy elevado. La “escopeta” estaba cargada; el paso de la dana actuó después como gatillo.

La inestabilidad disponible para los ascensos era suficiente, aunque no extraordinaria. El dato verdaderamente llamativo estaba en la predisposición para los descensos. Uno de los índices utilizados para valorar este potencial, el DCAPE, superaba los 1700 J/kg, un valor muy elevado que indicaba la posibilidad de corrientes descendentes especialmente intensas.

También el contenido total de vapor de agua de la columna atmosférica era considerable, próximo a 37 mm de agua precipitable. La combinación era, por tanto, muy eficaz: bastante humedad para generar cumulonimbos y precipitación abundante, pero una capa inferior profunda y seca capaz de evaporar parte de esa precipitación y acelerar el aire hacia el suelo.

Estos índices no anunciaban por sí solos una racha concreta de 100 o 150 km/h ni aseguraban que los reventones fueran a producirse. Mostraban una fuerte predisposición. Hacía falta además que se desarrollaran tormentas suficientemente potentes, y ese impulso llegó con el paso de la antigua dana y su incorporación a la circulación general.

Lo ocurrido fue, por tanto, el resultado de la coincidencia de varios ingredientes: calor extremo en superficie, abundante humedad disponible en niveles medios, una capa inferior cálida y relativamente seca y, finalmente, el forzamiento dinámico aportado por la antigua dana.

La perturbación levantó los grandes cumulonimbos, pero fueron la estructura vertical de humedad y temperatura y la gran energía potencial para los movimientos descendentes las que convirtieron algunas de aquellas tormentas en auténticas máquinas productoras de viento. No era tanto una atmósfera excepcionalmente “cargada” para los ascensos como una atmósfera extraordinariamente preparada para descargar hacia abajo.

20 de agosto de 2026

Una borrasca casi tropical en agosto: anatomía de una seclusión cálida

 La secuencia de cuatro imágenes que acompaña a esta entrada corresponde a la evolución prevista por el modelo del Centro Europeo de Predicción a Medio Plazo  para una pequeña perturbación situada inicialmente en pleno Atlántico vista a través de la simulación de imágenes del canal de absorción de vapor de agua de Meteosat. Su desarrollo resulta bastante singular, tanto por la época del año como por la rapidez con que se organiza y se desplaza hacia la Península Ibérica.

En agosto, cuando aparece una borrasca de aspecto casi tropical moviéndose hacia Europa, lo más habitual es que proceda de la recurva de un ciclón tropical formado mucho más al sur. No es este el caso. La perturbación nace en latitudes medias, dentro de la propia circulación atlántica, y experimenta una rápida transformación que probablemente llegará a alcanzar el rango de ciclogénesis explosiva.


En la imagen "real" de primera hora de esta tarde todavía aparece cómo una onda en proceso de organización. Sin embargo, ya puede distinguirse al oeste una entrada de aire seco asociada a una perturbación en niveles altos. En el canal de vapor de agua, esa zona oscura no representa solamente una masa seca: también permite seguir el descenso de aire desde las proximidades de la tropopausa y la correspondiente anomalía de vorticidad potencial, que actúa como germen dinámico de la ciclogénesis.


Si utilizamos ahora las imágenes simuladas observamos como durante el viernes la perturbación se organiza rápidamente. La intrusión seca penetra por su parte posterior y comienza a arrollarse alrededor del centro, mientras que por delante se intensifican los ascensos, la nubosidad y la precipitación. El proceso continúa durante las horas siguientes y da lugar el sábado a una estructura extraordinariamente compacta, con una apariencia que recuerda a la de un pequeño ciclón tropical.


Sin embargo, el aparente “ojo” no es necesariamente un ojo tropical. Se trata fundamentalmente del aire seco y descendente que ha terminado envolviendo el centro de la circulación, mientras una banda nubosa muy activa se arrolla a su alrededor.

Esta configuración puede dar lugar a lo que se denomina una seclusión cálida. En la fase madura de algunas borrascas extratropicales, el aire relativamente cálido que inicialmente ocupaba su sector delantero acaba rodeando el centro y queda aislado allí, envuelto por aire más frío. Se forma así un pequeño núcleo cálido en niveles bajos y la borrasca puede adquirir durante unas horas una estructura bastante simétrica y un aspecto casi tropical.

La temperatura anómalamente elevada de amplias zonas del Atlántico probablemente favorece este proceso. Un océano más cálido aporta más humedad y energía, refuerza la convección y permite que la liberación de calor latente contribuya decisivamente a la profundización de la baja. Pero ese aporte oceánico no es el origen primero de la perturbación, que continúa ligado a la circulación en altura y a una anomalía fría de niveles medios y altos.

El diagrama de fases previsto a partir del modelo del Centro Europeo apoya esta evolución. La borrasca comienza como una estructura fría, frontal y muy asimétrica. Después desarrolla un núcleo cálido en niveles bajos, pierde gran parte de su asimetría e incluso entra brevemente en el sector correspondiente a una circulación cálida y casi simétrica.


Diagrama de fases previsto a partir del modelo del Centro Europeo para la evolución de esta borrasca. El eje horizontal indica si su núcleo es frío —valores negativos— o cálido —positivos— en la capa comprendida entre 900 y 600 hPa. El eje vertical mide su asimetría térmica: valores altos corresponden a una circulación frontal y claramente extratropical, mientras que por debajo de 10 aproximadamente la estructura se considera casi simétrica. La trayectoria comienza en A como una depresión fría y muy asimétrica, evoluciona después hacia un núcleo cálido en niveles bajos y llega a entrar fugazmente en el cuadrante cálido y simétrico, antes de finalizar en Z recuperando cierta asimetría. Este breve paso no significa que se convierta en un ciclón tropical: el gráfico solo representa los niveles bajos y medios, mientras que en niveles superiores persiste una depresión fría. El conjunto es característico de una seclusión cálida o de una corta fase híbrida, pero no de un ciclón tropical de núcleo cálido profundo. Fuente: Cyclone Phase Space, Florida State University.

¿Por qué no llega entonces a convertirse en un verdadero ciclón tropical? Porque ese núcleo cálido es poco profundo y transitorio. En niveles medios y altos continúa presente una depresión fría, y la circulación sigue relacionada con el chorro y con los contrastes térmicos propios de una ciclogénesis extratropical. Además, las aguas sobre las que se desplaza, aunque anómalamente cálidas, no alcanzan las temperaturas tropicales y el sistema dispone de muy poco tiempo para reorganizar toda su estructura vertical.

Por tanto, en este caso, lo más adecuado sería hablar de una ciclogénesis extratropical muy rápida, intensamente reforzada por procesos convectivos y diabáticos, que atraviesa una breve fase de seclusión cálida y adquiere algunas características híbridas. Se aproxima mucho a una estructura subtropical, pero no parece completar la transformación hacia un ciclón de núcleo cálido profundo.


El domingo pierde ya su espectacular aspecto compacto y queda integrado en una depresión fría al oeste de la Península. Una evolución rápida, poco frecuente en agosto y especialmente interesante por mostrar hasta qué punto pueden aproximarse —sin llegar a confundirse por completo— los mecanismos extratropicales y tropicales.

En cualquier caso, y más allá de su naturaleza física concreta esta borrasca va a generar en las zonas afectadas vientos fuertes y precipitaciones abundantes y a veces intensas. Conviene estar muy al tanto de las predicciones y avisos de AEMET.

19 de agosto de 2026

Un verano "pesado": la firma del aire subtropical húmedo


Creo que este verano se está hablando menos de récords y más de sensaciones. El comentario más frecuente no es tanto «¡qué barbaridad de temperaturas!» como «¡qué verano tan pesado!». Y las dos percepciones contienen una parte importante de verdad.

Las temperaturas máximas, aun siendo muy elevadas, no han alcanzado los registros absolutos de otros veranos recientes. El valor más alto de julio en la red principal de AEMET fueron los 44,2 grados de Murcia, lejos de los 46 o 47 grados alcanzados en algunos grandes episodios anteriores. Y, sin embargo, julio de 2026, empatado con el de 2022, ha sido el mes más cálido de toda la serie histórica, con una temperatura media peninsular de 25,7 grados.

Un mes récord en su temperatura media que no lo es en sus máximas absolutas puede parecer una contradicción. No lo es. Es, ante todo, la firma de un calor muy persistente, con escasos alivios y noches que en muchas zonas apenas han permitido recuperarse. Pero cabe preguntarse si existe además otro rasgo característico: una atmósfera más húmeda de lo habitual que, sin elevar necesariamente las máximas hasta valores extremos, haya contribuido a sostener temperaturas nocturnas muy altas y a producir esa sensación de bochorno continuo. Esa es la hipótesis que quiero plantear.

Conviene precisar de entrada que este verano ha tenido, al menos hasta ahora, dos regímenes algo diferentes. La gran ola de finales de junio respondió en buena medida a una situación clásica: una dorsal potente sobre la Península, aire muy cálido y predominantemente seco, fuerte subsidencia, insolación abundante y temperaturas máximas disparadas muy por encima de lo normal.

A partir de julio, y quizá de una manera todavía más perceptible durante agosto, la configuración ha sido distinta en bastantes ocasiones. La dorsal subtropical de niveles altos —esa gran elevación cálida de la troposfera que gobierna buena parte de nuestros veranos— no se ha situado siempre directamente sobre la Península, sino desplazada con frecuencia hacia el Mediterráneo occidental. España ha quedado entonces en su flanco occidental, bajo una circulación de componente sur o suroeste en niveles medios y altos.

Se trataba de aire cálido de origen subtropical, pero no siempre de la masa sahariana seca que asociamos a las máximas más extremas. En diferentes episodios, las imágenes de vapor de agua y los perfiles verticales han mostrado la llegada de aire con un contenido apreciable de humedad en niveles medios, aproximadamente entre 600 y 700 hPa. En algunos casos se podían seguir incluso bandas o pulsaciones húmedas que remontaban desde latitudes tropicales y subtropicales por el oeste de África y alcanzaban la Península.

En la modulación de ese flujo han intervenido también algunas danas situadas al oeste, sobre el Atlántico próximo. Mientras permanecían en esa zona, su circulación contribuía a canalizar hacia la Península el aire subtropical húmedo por su flanco delantero. Algunas de esas depresiones podrían encajar en lo que en mi libro sobre las danas denominé danas de carácter subtropical, aunque esta es otra cuestión que requeriría una discusión más amplia.

Los desplazamientos y pasos de esas danas han proporcionado también refrescamientos pasajeros y, cuando la dinámica ha sido suficiente, episodios tormentosos importantes como hemos comprobado muy recientemente. Por su parte, las vaguadas más claramente ligadas a la circulación polar han bajado poco de latitud durante gran parte del verano. Solo ahora, ya avanzada la segunda mitad de agosto, comenzamos a recibir masas de aire y perturbaciones conectadas de una forma más directa con el chorro polar.

¿Por qué una atmósfera más húmeda puede producir un verano tan pesado sin provocar necesariamente máximas de 46 o 47 grados?

Durante la noche, la superficie pierde calor mediante la emisión de radiación infrarroja. Si la atmósfera está seca y el cielo permanece despejado, esa pérdida radiativa es más eficaz. En cambio, una troposfera cálida y húmeda —especialmente en las capas bajas y con mayor eficacia todavía cuando aparecen velos o nubes— aumenta la radiación infrarroja que la atmósfera devuelve hacia la superficie. Es la llamada contrarradiación atmosférica. La pérdida neta de calor se reduce y el enfriamiento nocturno se hace más lento.

No significa que la humedad de 600 o 700 hPa determine por sí sola la temperatura mínima. Intervienen también el viento, la nubosidad, la humedad de las capas próximas al suelo, la temperatura de partida y las características de cada lugar. Pero una columna cálida y húmeda en profundidad crea condiciones mucho menos favorables para que la noche refresque. Las mínimas se mantienen elevadas y se encadenan noches tropicales o tórridas sin apenas recuperación.

Durante el día, el efecto puede ser diferente. Las máximas más extraordinarias requieren normalmente una combinación muy concreta: el eje de la dorsal sobre la Península, fuerte subsidencia, aire sahariano muy seco, cielo despejado y una capa de mezcla profunda y reseca. Es la situación que permite aprovechar al máximo la insolación y llevar las temperaturas hasta los valores más extremos.

Con la dorsal desplazada hacia el Mediterráneo y la Península bajo un flujo húmedo del sur o suroeste, esa receta no se ha dado con la misma pureza. La humedad en niveles medios ha favorecido en ocasiones velos, bancos de altocúmulos y nubosidad de origen subtropical. A ello se han sumado distintas intrusiones de polvo africano. Nubes y calima pueden reducir parcialmente la radiación solar que alcanza la superficie y contener algo las temperaturas máximas, aunque estas continúen siendo muy elevadas.

El resultado podría ser una menor amplitud térmica diaria: máximas muy altas, pero no necesariamente excepcionales, combinadas con mínimas persistentemente elevadas. Es una posibilidad que habrá que comprobar cuando dispongamos del balance completo del verano y podamos comparar por separado las anomalías de las máximas y las mínimas.

Existe además otro mecanismo, menos evidente, que puede explicar por qué la sensación de bochorno ha llegado también al interior peninsular.

Durante las horas centrales del día, la capa límite convectiva crece y mezcla el aire próximo al suelo con el situado por encima. Cuando sobre ella se encuentra la masa sahariana seca clásica, esa mezcla reseca las capas bajas y hace caer los puntos de rocío durante la tarde. Es el calor seco tradicional de la Meseta: muy duro, pero con una evaporación del sudor relativamente eficaz y con frecuencia acompañado de un enfriamiento nocturno más apreciable.

Pero si el aire que la capa de mezcla incorpora desde arriba contiene más humedad, ese secado se debilita. La humedad de niveles medios no necesita «bajar» activamente hasta el suelo: le basta con que el aire mezclado desde arriba deje de ser tan seco como de costumbre. Los puntos de rocío pueden mantenerse más elevados durante la tarde y la evaporación del sudor pierde eficacia. El cuerpo permanece húmedo y el calor se hace mucho más difícil de soportar, incluso aunque el termómetro marque algunos grados menos que durante una gran entrada sahariana.

A esa contribución desde niveles medios se ha añadido otra desde abajo. El Mediterráneo ha presentado este verano temperaturas superficiales extraordinariamente altas. Un mar tan cálido aporta calor y vapor de agua a las capas bajas y favorece noches especialmente duras en Baleares y en toda la fachada mediterránea.

Además, en esta época veraniega se suele observar una débil circulación de componente este en las capas más bajas sobre parte del interior peninsular. Está relacionada con la baja térmica que se forma sobre la Península durante el verano: un pequeño régimen de circulación térmica, casi monzónica, que aspira hacia el interior aire procedente del área mediterránea. Es una aportación somera y su alcance depende mucho de la orografía y de la situación de cada día, pero puede sumarse al flujo húmedo existente en niveles medios.

De ese modo, por dos caminos diferentes, la columna atmosférica puede ir enriqueciéndose en humedad: desde arriba, mediante la circulación subtropical del sur o suroeste, y desde abajo, por las brisas y los flujos marítimos procedentes de un Mediterráneo excepcionalmente cálido. El bochorno que sentimos en superficie sería el resultado final de esa combinación.


Podría pensarse que una atmósfera tan cálida y húmeda debería haber producido muchas más tormentas. Sin embargo, la humedad es solo uno de los ingredientes. Durante buena parte del tiempo ha faltado un mecanismo suficientemente eficaz de disparo: una vaguada, una dana bien situada, una fuerte advección de vorticidad o una línea de convergencia que pusiera en marcha el desarrollo convectivo. Además, la propia subsidencia asociada a la dorsal puede establecer una especie de tapadera en niveles medios e impedir que la convección se desarrolle libremente. Ha habido humedad y, en ocasiones, bastante energía potencial, pero con poco motor y a veces también con una tapadera difícil de romper. El resultado ha sido abundancia de velos, altocúmulos, calima, alguna tormenta seca o poco eficiente y una atmósfera espesa y pesada. Cuando el motor dinámico ha aparecido, aunque solo fuera durante unas horas al paso de una dana o de una línea de inestabilidad, se ha comprobado lo que podía dar de sí esa columna cálida y húmeda: grandes desarrollos tormentosos, fuertes rachas de viento y precipitaciones localmente muy intensas.

Los datos publicados por AEMET muestran ya la persistencia extraordinaria del calor. Julio fue el mes más cálido de la serie histórica sin que ninguna estación principal superase los 44,2 grados. En una de cada tres estaciones se batió el récord de temperatura media mensual de julio y, en una de cada seis, fueron récord simultáneamente la media de las máximas y la de las mínimas. La señal nocturna resulta especialmente llamativa en el área mediterránea. Distintos observatorios de Mallorca y Menorca registraron como tropicales las 31 noches del mes. Capdepera contabilizó 26 noches tórridas, con mínimas superiores a 25 grados, cuando lo normal son solo tres. Son cifras que expresan mejor que ninguna máxima aislada la falta de descanso térmico que ha caracterizado este verano.

En cualquier caso, la comprobación más detallada de la hipótesis queda pendiente. Los reanálisis deberán mostrar si durante julio y agosto existió realmente una anomalía positiva de humedad específica o de contenido de vapor en torno a 700 hPa sobre la Península. También habrá que comprobar si los puntos de rocío de las tardes del interior fueron superiores a los habituales y si, descontando el episodio más seco y clásico de finales de junio, la anomalía de las temperaturas mínimas superó a la de las máximas o se redujo de manera significativa la amplitud térmica diaria. De este modo, el avance climático de agosto y el balance completo del verano permitirán saber hasta qué punto los datos confirman esta interpretación.

Y queda la pregunta de fondo, relacionada con lo que vengo comentando desde hace tiempo en este blog: si la reorganización de las circulaciones de niveles altos —dorsales desplazadas, danas semiestacionarias por el flanco atlántico y corredores de humedad que remontan desde latitudes tropicales y subtropicales— puede favorecer que se repitan veranos de este tipo. Veranos que quizá no batan récords absolutos de temperatura máxima, pero sí de temperatura media y de persistencia; menos abrasadores durante unas pocas horas de la tarde, pero más asfixiantes durante todo el día y, sobre todo, durante toda la noche.

Si fuera así, tendríamos que empezar a valorar nuestros veranos no solo por lo que marcan los termómetros a las cuatro de la tarde, sino también por lo que dejan de bajar a las seis de la mañana.