31 de mayo de 2026

El verano ya no espera a junio

 La reciente ola de calor que ha afectado a buena parte de Europa vuelve a poner sobre la mesa una cuestión cada vez más evidente: el verano meteorológico se va extendiendo más allá de sus límites tradicionales. Las temperaturas excepcionalmente elevadas registradas durante estos últimos días en numerosos países europeos no solo han sorprendido por su intensidad, sino también por su precocidad.

Mapa de anomalías térmicas previstas por el modelo del Centro Europeo para la semana del 26 del mayo al 1 de junio de 2026 (ECMWF)

Aunque episodios cálidos en mayo han existido otras veces, lo que empieza a llamar la atención es su frecuencia creciente, su extensión geográfica y, sobre todo, la persistencia de determinadas configuraciones atmosféricas que favorecen estas situaciones. Entre ellas destacan las grandes dorsales subtropicales que ascienden desde el norte de África hacia Europa occidental y central, estructuras que en los últimos años parecen adquirir una presencia cada vez más recurrente y persistente.

En muchos casos no se trata simplemente de una masa de aire cálido aislada, sino de auténticas cúpulas anticiclónicas de enorme extensión capaces de bloquear durante días la circulación atlántica habitual. Bajo ellas el aire subtropical -cada vez algo más cálido- desciende, se comprime y se recalienta, mientras la insolación propia de finales de primavera hace el resto. El resultado es un ambiente plenamente veraniego en fechas que, hasta hace relativamente poco tiempo, seguían considerándose primaverales en gran parte de Europa.


La situación resulta especialmente problemática en países poco acostumbrados históricamente a temperaturas tan elevadas en mayo. En ellos las infraestructuras, viviendas, centros escolares, hospitales, sistemas de transporte o incluso hábitos sociales continúan diseñados para un clima más templado. La reciente situación vivida en el Reino Unido, partes de Alemania, Países Bajos o Escandinavia ha mostrado nuevamente esa vulnerabilidad.

España, Italia o Grecia poseen una experiencia histórica mucho mayor frente al calor intenso, aunque eso no significa que estén libres de riesgos. De hecho, también en nuestro país estas situaciones están alcanzando niveles cada vez más extremos y tempranos. Sin embargo, la cultura climática mediterránea sí ha desarrollado determinados mecanismos de adaptación —arquitectónicos, sociales y operativos— que todavía están menos presentes en otras regiones europeas.

Sin embargo, esa mayor experiencia histórica tampoco debe llevar a una falsa sensación de seguridad. Los propios países mediterráneos también necesitan reforzar todavía mucho más su adaptación a este nuevo escenario climático. La creación de más espacios de sombra en ciudades, la adecuación térmica de colegios, hospitales y edificios públicos, la mejora del aislamiento y ventilación de las viviendas o la protección de personas vulnerables durante episodios extremos serán cada vez más importantes. También será necesario revisar determinadas normativas laborales para adaptar horarios o favorecer fórmulas de teletrabajo cuando se alcancen temperaturas especialmente elevadas. A ello se suma la necesidad de una gestión mucho más cuidadosa de bosques, jardines y zonas verdes urbanas, fundamentales tanto para reducir el efecto isla de calor como para limitar el riesgo de incendios en episodios cada vez más largos e intensos de calor extremo. Esta es por tanto la cuestión fundamental: la necesidad de adaptación. Europa sigue pensando en muchos aspectos con parámetros climáticos del siglo XX, mientras la atmósfera empieza a comportarse de manera diferente cada vez con más frecuencia. 

Nada indica además que estas situaciones vayan a desaparecer en los próximos años. La propia dinámica atmosférica parece favorecer, al menos en determinadas fases, la repetición de grandes dorsales subtropicales capaces de impulsar masas de aire extremadamente cálidas hacia latitudes muy altas. Estudiar y comprender mejor esos mecanismos y adaptarse a ellos constituye probablemente uno de los grandes desafíos meteorológicos y sociales de las próximas décadas.

Quizá el verdadero problema no sea únicamente que haga más calor. El verdadero problema es que Europa sigue funcionando muchas veces como si el verano continuara empezando en junio.

26 de mayo de 2026

Grandes dorsales persistentes: entre la percepción sinóptica y la evidencia científica

 Hace ya tiempo que vengo planteando en distintas entradas de este blog una hipótesis que, al menos desde una perspectiva sinóptica y operativa, me parece difícil de ignorar: la posible recurrencia creciente de grandes dorsales atmosféricas persistentes en determinadas regiones del hemisferio norte, especialmente en el Atlántico oriental–Europa occidental y en el Pacífico occidental–Norteamérica.

Amplias dorsales subtropicales parecen extenderse cada vez con mayor frecuencia hacia latitudes medias, generando situaciones de circulación lenta, subsidencia persistente y episodios de calor extraordinariamente duraderos. En ocasiones, estas estructuras permanecen casi estacionarias durante largos periodos, configurando patrones atmosféricos de gran amplitud y escasa movilidad.

Ejemplo de dorsal subtropical extremadamente amplificada y persistente sobre Europa occidental en julio de 2019 (ECMWF).

En cualquier caso, el objetivo de este artículo no es insistir nuevamente en esa hipótesis, sino reflexionar sobre una cuestión quizá más interesante: ¿por qué resulta tan difícil trasladar esta percepción sinóptica relativamente extendida a una evidencia científica sólida, coherente y ampliamente consensuada?

Lo cierto es que, pese a la abundancia creciente de trabajos sobre dinámica atmosférica y extremos climáticos, todavía no parece existir un marco conceptual verdaderamente consolidado que describa con claridad qué está ocurriendo exactamente en la circulación extratropical.

Durante las dos últimas décadas han proliferado hipótesis e interpretaciones diversas: debilitamiento del chorro asociado a la amplificación ártica, incremento de la ondulación planetaria, resonancias cuasiestacionarias o patrones recurrentes de ondas de Rossby, entre otras. Sin embargo, los resultados siguen siendo a menudo parciales, regionales o incluso contradictorios. En algunos trabajos aparecen señales relativamente claras; en otros, las tendencias desaparecen al modificar la métrica utilizada —la manera concreta de definir y cuantificar estadísticamente estos patrones atmosféricos—, el periodo analizado o el conjunto de modelos considerados. Y quizá parte del problema resida precisamente en las propias herramientas utilizadas para describir la circulación atmosférica.

Los índices clásicos —NAO, AO o los distintos índices de bloqueo— fueron diseñados para representar ciertos modos dominantes de variabilidad atmosférica simplificando enormemente la complejidad espacial de la circulación. Son herramientas extraordinariamente útiles, pero posiblemente no capturan adecuadamente configuraciones híbridas caracterizadas por gran amplitud meridional, elevada persistencia, desplazamiento latitudinal del chorro subtropical o dorsales subtropicales semiestacionarias. Es decir, es posible que estemos intentando describir cambios dinámicos complejos mediante herramientas conceptuales relativamente simples.

De hecho, una de las cuestiones que probablemente merece revisarse es la propia definición de “bloqueo atmosférico”. Durante muchos años, gran parte de la investigación se ha centrado en determinar si el cambio climático podría estar favoreciendo un aumento de bloqueos clásicos tipo omega o rex. Sin embargo, muchas de las situaciones observadas recientemente sobre Europa occidental o Norteamérica parecen corresponder más bien a grandes expansiones persistentes de la dorsal subtropical africano-atlántica, con geopotenciales muy elevados y circulación muy lenta, aunque sin cumplir necesariamente todos los criterios dinámicos clásicos utilizados en la definición canónica de bloqueo atmosférico.

Muchas de estas configuraciones comparten algunos rasgos con situaciones de bloqueo, especialmente en términos de persistencia y ralentización de la circulación. Sin embargo, en numerosos casos el flujo zonal no aparece completamente interrumpido, sino más bien muy deformado y desplazado hacia latitudes altas, mientras que la propia dorsal parece alimentarse continuamente desde regiones subtropicales mediante intensas advecciones cálidas y procesos ondulatorios de gran escala. Desde esta perspectiva, algunas de estas situaciones podrían responder más bien a configuraciones híbridas subtropicales-extratropicales que no encajan completamente en el paradigma clásico de bloqueo desarrollado para las latitudes medias-altas. Y esa diferencia puede ser importante porque, si el fenómeno dominante no fuese exactamente un incremento de bloqueos clásicos, sino una mayor persistencia de dorsales subtropicales amplias e híbridas, parte de las métricas tradicionales podrían simplemente no estar detectándolo correctamente.

Algo parecido ocurre con el concepto de “resonancia” de ondas planetarias, muy utilizado en algunos trabajos recientes. Desde un punto de vista dinámico, una resonancia estricta implica mecanismos relativamente específicos de acoplamiento energético y amplificación sostenida. Sin embargo, muchas situaciones atmosféricas podrían responder más bien a sincronizaciones de fase entre ondas. Es decir, pueden existir ondas muy amplificadas y persistentes sin necesidad de que se trate de una resonancia estricta en sentido físico. Y creo que una parte importante de algunos debates científicos actuales gira precisamente alrededor de este matiz conceptual. En muchos de estos episodios, la dorsal no aparece simplemente como una expansión cálida subtropical aislada, sino como el resultado de una compleja interacción entre distintas ondas y circulaciones atmosféricas.

Interacción entre ondas y circulaciones atmosféricas de gran escala durante la construcción de una dorsal persistente (EUMETSAT/Meteored)

Mientras tanto, la percepción sinóptica acumulada por muchos meteorólogos sigue sugiriendo que algo parece estar cambiando en determinados regímenes atmosféricos. No necesariamente en forma de modificaciones simples de la circulación media hemisférica, sino quizá en términos de persistencia, organización espacial y recurrencia de ciertos patrones ondulatorios. A este respecto no parece casual que en los últimos congresos internacionales, como la EGU General Assembly 2026, el foco empiece a desplazarse progresivamente hacia este tipo de cuestiones. Ello puede reflejar de modo implícito que las herramientas tradicionales quizá no basten para describir completamente ciertos cambios complejos de la circulación subtropical y extratropical.

Quizá todavía nos encontramos en una fase relativamente temprana del problema, en la que la percepción sinóptica va por delante de la formalización estadística y dinámica, algo que no sería la primera vez que ocurre en meteorología. En cualquier caso, ello no significa necesariamente que esta hipótesis termine confirmándose en todos sus aspectos. Parte de las señales observadas podrían corresponder todavía a variabilidad interna insuficientemente comprendida. Pero la propia dificultad para traducir determinadas percepciones sinópticas aparentemente robustas en un cuerpo de evidencia dinámica ampliamente consensuado constituye ya, en sí misma, una cuestión científica extraordinariamente interesante y de alto impacto social. 

24 de mayo de 2026

Temporada de huracanes 2026: ¿menos actividad o más incertidumbre?

La NOAA, el Servicio Meteorológico norteamericano, ya ha presentado su previsión para la temporada atlántica de huracanes de 2026. El organismo prevé una temporada con una actividad ligeramente inferior en un 55 % a la media: estima entre 8 y 14 tormentas con nombre, de 3 a 6 huracanes y de 1 a 3 grandes huracanes. 

Conviene recordar que estas previsiones no intentan anticipar dónde impactará un ciclón concreto ni cuándo se formará exactamente. Lo que buscan es estimar si el conjunto de la cuenca atlántica presentará unas condiciones más o menos favorables para la génesis y desarrollo de ciclones tropicales. Es decir, se trata de una previsión probabilística del “entorno climático” de la temporada.

Sin embargo, detrás de esas cifras aparentemente simples se esconde una situación atmosférica y oceánica bastante más compleja de lo habitual. Este año confluyen varios factores potencialmente contrapuestos: la muy probable evolución hacia condiciones de El Niño, que normalmente inhiben o debilitan mucho la actividad ciclónica atlántica, y al mismo tiempo unas temperaturas oceánicas relativamente elevadas en amplias zonas del Atlántico tropical.

A ello se añade otra cuestión quizá menos comentada pero científicamente muy interesante: los posibles cambios recientes observados en la estructura de la circulación atmosférica de gran escala, especialmente en el comportamiento de los chorros y de las grandes ondas planetarias de Rossby, algo a lo que me refiero frecuentemente. Y en ese contexto, la pregunta es: ¿hasta qué punto siguen funcionando igual las relaciones clásicas entre ENSO, cizalladura y huracanes en un sistema climático que parece estar mostrando ciertos cambios dinámicos de fondo?

Cabe recordar que las predicciones estacionales actuales son el resultado de combinar distintos tipos de herramientas: modelos dinámicos océano-atmósfera, métodos estadísticos basados en analogías históricas, evolución prevista del ENSO, temperatura superficial del mar y muy particularmente la evolución de la cizalladura vertical del viento sobre el océano. En las últimas décadas estas previsiones han mejorado notablemente gracias al avance de los modelos acoplados y a una observación mucho más precisa del océano tropical. Sin embargo, siguen existiendo limitaciones importantes ya que la atmósfera tropical continúa siendo un sistema altamente no lineal donde pequeñas variaciones en los patrones atmosféricos pueden alterar significativamente el resultado final de la temporada.

En cualquier caso, la principal razón por la que NOAA y otros centros prevén una temporada relativamente moderada es la probable evolución hacia condiciones de El Niño durante el verano y el otoño boreales. Durante los episodios de El Niño, el aumento de la convección sobre el Pacífico ecuatorial central y oriental modifica la circulación de Walker y favorece un incremento de los vientos del oeste en altura sobre amplias zonas del Atlántico tropical y subtropical. El resultado suele ser un aumento de la cizalladura vertical del viento. Y ese factor constituye uno de los principales enemigos de los ciclones tropicales: desorganiza la estructura convectiva del sistema, desplaza las tormentas respecto al centro de circulación ciclónica y dificulta la intensificación de los huracanes.

Sin embargo, como ya apuntaba antes, la situación este año dista mucho de ser sencilla porque el Atlántico tropical continúa mostrando anomalías cálidas y un elevado contenido de calor oceánico en algunas regiones, lo que implica una gran cantidad de energía disponible para la convección tropical. Por tanto, la cuestión es evidente: ¿hasta qué punto el efecto inhibidor del Niño puede compensar el potencial energético asociado a un Atlántico todavía muy cálido?

Anomalías de temperatura superficial del mar (NOAA, 22 mayo 2026). El calentamiento progresivo del Pacífico ecuatorial asociado a El Niño contrasta con un Atlántico tropical que continúa mostrando aguas relativamente cálidas. Sin embargo, es interesante notar alguans anomalías negativas en la zona de Cabo Verde, un área tipica de generación de ciclones tropicales junto con la caribeña.

En los últimos años se ha popularizado mucho la idea de que “océanos más cálidos equivalen automáticamente a más huracanes”. Pero la realidad física es bastante más compleja. La temperatura superficial del mar es importante, sin duda, pero no actúa de forma aislada. Además de la estructura vertical del viento, la actividad ciclónica depende también de la organización de la circulación tropical, la posición de las dorsales subtropicales o la interacción entre dinámica tropical y extratropical. Es decir, importa tanto la dinámica atmosférica como la energía oceánica disponible. Y en este aspecto las incertidumbres aumentan considerablemente. En los últimos años diversos estudios han sugerido posibles modificaciones en el comportamiento de los chorros y de las grandes ondas planetarias de Rossby, con episodios más persistentes de bloqueos y ondulaciones atmosféricas de gran amplitud.

Todavía existe un debate científico importante sobre el alcance real de estos cambios y sobre su posible relación con el calentamiento global y la amplificación ártica. Pero la cuestión empieza a ser relevante también para la meteorología tropical porque los huracanes no dependen únicamente de las condiciones locales del Atlántico tropical. Dependen también de la estructura completa de la circulación planetaria, ya que un chorro más ondulado o patrones más persistentes podrían alterar la posición y fortaleza de la dorsal subtropical atlántica, la distribución regional de la cizalladura e incluso la propagación de las ondas tropicales africanas.

La cuestión es que todavía no sabemos bien hasta qué punto estas posibles reorganizaciones dinámicas pueden modificar las relaciones clásicas entre ENSO y actividad ciclónica atlántica. Y probablemente este sea uno de los aspectos más interesantes —y más inciertos— de la situación actual. Por tanto la temporada atlántica de 2026 puede convertirse en un interesante laboratorio climático donde comprobar hasta qué punto siguen funcionando los esquemas clásicos de la meteorología tropical en un sistema atmosférico posiblemente cada vez más complejo.

Vamos a seguirla.


21 de mayo de 2026

La persistencia de las grandes dorsales


Mientras escribo estas líneas, una amplia dorsal subtropical comienza a consolidarse sobre buena parte de Europa occidental. Los modelos apuntan además hacia una situación potencialmente muy persistente, no tanto por la permanencia inalterada de una única dorsal, sino por el probable relevo sucesivo de varias estructuras anticiclónicas similares a lo largo de los próximos días. Aunque cada dorsal individual pueda debilitarse o desplazarse parcialmente, la percepción global será probablemente la de un largo episodio de tiempo estable y muy cálido.

La situación a 300 hPa, hoy 21 de mayo, según el CEPPM. Se observa ya una amplia dorsal subtropical extendiéndose hacia Europa occidental.

La posible situación dentro de una semana. Pueden existir ciertas dudas respecto a la situación sobre Escandinavia y Europa oriental, pero pocas sobre la persistencia de la dorsal sobre Europa occidental.

Situaciones como esta llevan inevitablemente a plantearse una cuestión interesante: ¿estamos observando una atmósfera más propensa a los patrones persistentes?

En un artículo anterior comentaba cómo la expansión tropical y la evolución reciente de las grandes ondas atmosféricas no parecen manifestarse mediante desplazamientos suaves y uniformes de la circulación general, sino a través de ondulaciones muy amplificadas e intrusiones meridianas cada vez más profundas. Pero quizá existe otra cuestión aún más interesante: ¿están además algunas configuraciones atmosféricas durando más tiempo que antes?

En meteorología se utiliza el término “persistencia” para describir situaciones atmosféricas que tienden a mantenerse durante periodos relativamente largos. Naturalmente, no se trata de un fenómeno nuevo. Los bloqueos anticiclónicos, las dorsales subtropicales estacionarias o las largas situaciones dominadas por determinados regímenes de circulación atlántica forman parte desde siempre de la dinámica natural de la atmósfera.

Sin embargo, muchos meteorólogos tenemos la impresión de que en las últimas décadas algunas de estas configuraciones muestran una amplitud y una persistencia especialmente llamativas. Grandes dorsales que alcanzan latitudes muy altas, bloqueos muy robustos y situaciones que parecen resistirse durante días o incluso alguna semana a cualquier cambio significativo.

Naturalmente, las percepciones personales pueden inducir a error y deben contrastarse siempre con análisis objetivos y series largas de datos. Pero quizá también convenga recordar que la atmósfera no siempre expresa sus cambios mediante variaciones suaves y uniformes. Se trata de un sistema muy ondulatorio y no lineal, donde pequeñas modificaciones en determinados equilibrios pueden traducirse en configuraciones regionales muy amplificadas.

En los últimos años numerosos estudios han analizado si el calentamiento global podría estar favoreciendo algunos patrones más persistentes de circulación atmosférica. Una de las hipótesis más conocidas relaciona el fuerte calentamiento del Ártico con un debilitamiento del gradiente térmico entre las altas y las medias latitudes. Ello podría favorecer  determinadas configuraciones más amplificadas y persistentes de la circulación atmosférica de latitudes medias del hemisferio norte. 

Sin embargo, la cuestión dista mucho de estar completamente resuelta. Otros investigadores subrayan que las observaciones todavía son relativamente cortas, que la variabilidad natural de la circulación atmosférica es enorme y que los resultados dependen mucho de las regiones estudiadas y de la metodología utilizada. De hecho, no existe actualmente un consenso claro sobre una ralentización general de la circulación atmosférica en el hemisferio norte.

Probablemente el problema sea más complejo. La circulación atmosférica no depende únicamente del Ártico. También influyen las temperaturas oceánicas, la evolución de los trópicos, las interacciones entre océano y atmósfera o incluso los intercambios entre la troposfera y la estratosfera.

Desde una perspectiva sinóptica, parece observarse con creciente frecuencia la aparición de estructuras complejas de chorros múltiples o ramificados, en las que distintas ramas intensas de la circulación del oeste interactúan sobre un amplio rango latitudinal. En ocasiones, las circulaciones subtropical y polar parecen incluso entrar parcialmente en fase, reforzando conjuntamente grandes dorsales persistentes y bloqueos muy robustos. Quizá la expansión tropical no se esté manifestando únicamente mediante desplazamientos medios de la circulación, sino también a través de una reorganización más compleja y continua del conjunto del sistema de chorros atmosféricos.

Estas configuraciones podrían favorecer además episodios de circulación cuasi resonante, en los que determinadas ondas planetarias permanecen muy amplificadas y casi estacionarias durante largos periodos, favoreciendo así episodios extremos persistentes.

Y aquí aparece probablemente la cuestión más importante. Aunque los cambios dinámicos fueran relativamente modestos, una atmósfera más cálida amplifica enormemente las consecuencias de cualquier situación persistente. Una dorsal subtropical estacionaria produce hoy olas de calor más intensas; una situación de lluvias persistentes descarga sobre mares más cálidos y atmósferas con mayor contenido de vapor de agua; y una sequía prolongada encuentra unos suelos más recalentados y secos que hace algunas décadas.

Quizá la cuestión importante no sea si la atmósfera se mueve menos, sino si determinadas configuraciones tienen hoy más facilidad para amplificarse, reforzarse mutuamente y permanecer ancladas durante largos periodos. Es una cuestión todavía abierta, pero también una de las más interesantes de la meteorología actual.

17 de mayo de 2026

Entre la física y los algoritmos: el futuro de la predicción meteorológica

La irrupción de la inteligencia artificial en la predicción meteorológica constituye probablemente el cambio conceptual más importante en este campo desde el desarrollo de los modelos numéricos modernos. Durante décadas, la mejora de las predicciones estuvo ligada casi exclusivamente al aumento de resolución, la mejora de los sistemas de observación y el perfeccionamiento de los modelos físicos que resuelven las ecuaciones de la atmósfera. Sin embargo, en muy pocos años han aparecido modelos basados en aprendizaje automático capaces de competir con los sistemas numéricos clásicos en numerosos parámetros y horizontes temporales.

No se trata ya de experimentos académicos marginales. Sistemas como GraphCast, Pangu-Weather o el reciente AIFS del ECMWF muestran que una parte importante de la predictibilidad atmosférica puede ser aprendida estadísticamente a partir de enormes volúmenes de datos históricos. La cuestión ya no es si la inteligencia artificial tendrá un papel importante en meteorología, porque eso parece fuera de duda. La verdadera cuestión es cómo transformará el propio concepto de predicción meteorológica y cuál será el papel futuro de los predictores humanos en un entorno crecientemente automatizado.

En algunos aspectos, las capacidades de estos sistemas resultan extraordinarias. Su velocidad de cálculo, su bajo coste computacional y su capacidad para generar enormes conjuntos probabilistas abren posibilidades impensables hace muy pocos años. Además, la evolución reciente está siendo extremadamente rápida. Los primeros modelos basados en IA podían ser vistos esencialmente como sistemas estadísticos sofisticados, muy eficaces en determinados contextos, pero relativamente ajenos a la comprensión física del sistema atmosférico. Sin embargo, esa frontera empieza ya a difuminarse.

Cada vez aparecen más arquitecturas híbridas que incorporan restricciones dinámicas, conservación de magnitudes físicas o esquemas de aprendizaje guiados por principios físicos. Todo indica que el futuro más probable no será una sustitución pura de la modelización dinámica tradicional, sino una creciente hibridación entre modelos físicos e inteligencia artificial.

La inteligencia artificial podría incluso acabar desempeñando un papel relevante no solo en la predicción, sino también en el descubrimiento físico, identificando regularidades, acoplamientos o comportamientos emergentes difíciles de detectar mediante aproximaciones tradicionales. Es posible que estemos entrando en una nueva etapa de síntesis entre dinámica atmosférica, estadística avanzada y aprendizaje automático.

En este contexto comienza a emerger un debate especialmente delicado: ¿qué valor diferencial podrá seguir aportando el predictor humano?

La respuesta no resulta sencilla. Durante décadas, el predictor humano desempeñó un papel esencial en un entorno donde los modelos presentaban limitaciones importantes. Sin embargo, a medida que los sistemas automáticos mejoran, parte del valor añadido tradicional de la intervención humana puede ir reduciéndose, al menos en situaciones rutinarias.

Y sin embargo, tampoco parece razonable concluir que el predictor humano vaya a desaparecer. La atmósfera sigue siendo un sistema extraordinariamente complejo, especialmente en situaciones extremas, raras o poco representadas en los datos históricos donde los modelos IA actuales siguen mostrando algunas limitaciones importantes. Es precisamente en esos escenarios donde la comprensión física profunda, la interpretación dinámica y la capacidad para detectar incoherencias pueden seguir teniendo un enorme valor.

Quizá el problema ya no sea “IA frente a predictor humano”, sino otro muy distinto: qué tipo de predictor humano podrá seguir siendo útil en la era de la inteligencia artificial. Y aquí aparece una paradoja preocupante. Cuanto mejores son los sistemas automáticos, menos se ejercita en ocasiones el razonamiento físico profundo de los predictores. La automatización creciente puede acabar debilitando precisamente aquellas capacidades necesarias para supervisar críticamente a la propia inteligencia artificial.

Durante décadas, la meteorología sinóptica obligaba a construir mentalmente la evolución atmosférica a partir de observaciones, diagnosis dinámicas e interpretación física. Ese entrenamiento generaba una cierta autonomía intelectual frente a los modelos. Sin embargo, si la práctica operativa deriva progresivamente hacia la simple interpretación de productos ya procesados por algoritmos, el predictor puede acabar convirtiéndose en un mero intermediario entre la máquina y el usuario final.

Y entonces surge una cuestión esencial: ¿cómo podrá cuestionarse una salida automática si ya no existe una comprensión física suficientemente sólida para hacerlo?

Paradójicamente, la inteligencia artificial podría no reducir las necesidades de formación avanzada de los meteorólogos, sino aumentarlas. En un entorno crecientemente automatizado, quizá sobreviva menos el predictor rutinario y mucho más el meteorólogo con gran capacidad dinámica, probabilista y crítica. El predictor del futuro podría parecerse menos al generador artesanal de pronósticos y mucho más a un analista de incertidumbre, supervisor de sistemas complejos e intérprete físico de modelos cada vez más sofisticados y parcialmente opacos.

Así lo ve la IA...

Eso exigirá probablemente reforzar conocimientos en dinámica atmosférica, meteorología sinóptica, teoría de la predictibilidad, análisis probabilista o diagnóstico físico de modelos. Pero también obligará a incorporar nuevos conocimientos relacionados con el aprendizaje automático, la gestión masiva de datos y la interpretación crítica de sistemas IA. La formación del futuro predictor deberá combinar así comprensión física profunda de la atmósfera con capacidad para interpretar críticamente sistemas automáticos cada vez más complejos.

La transición ya ha comenzado y probablemente transformará profundamente no solo las herramientas de predicción, sino también la propia manera de entender qué significa hoy ‘predecir’ la atmósfera.

13 de mayo de 2026

Chorros atmosféricos en reorganización: ¿qué papel podría desempeñar la AMOC?

 La reciente publicación en Science Advances de un trabajo que apunta a un posible debilitamiento mucho más intenso de la AMOC (Atlantic Meridional Overturning Circulation) ha vuelto a situar en primer plano una cuestión fundamental para la dinámica climática del hemisferio norte: ¿podría estar entrando el Atlántico Norte en una fase de cambio estructural importante? 

Como suele ocurrir, algunos titulares han derivado rápidamente hacia escenarios de “colapso” de la circulación atlántica. Sin embargo, la cuestión científica real es bastante más compleja —y probablemente más interesante— que una simple dicotomía entre estabilidad y colapso.

En varias entradas recientes de este blog he comentado que la circulación atmosférica del hemisferio norte parece estar mostrando desde hace algunos años comportamientos difíciles de interpretar únicamente desde una visión lineal y gradualista del cambio climático y que podrían apuntar a procesos más complejos de reorganización dinámica de escala hemisférica. Y es precisamente aquí donde el nuevo debate sobre la AMOC adquiere especial interés.


Anomalías térmicas persistentes en el Atlántico Norte y configuraciones recientes de doble chorro podrían formar parte de un marco dinámico hemisférico más complejo de lo que tradicionalmente se asumía. La posible relación entre ambos procesos sigue siendo por ahora altamente especulativa.

La AMOC suele describirse de forma simplificada como una gigantesca cinta transportadora oceánica que lleva aguas cálidas superficiales hacia el Atlántico Norte y devuelve aguas profundas frías hacia el sur. Pero físicamente representa bastante más que eso: la circulación atlántica constituye uno de los grandes organizadores térmicos del hemisferio norte. No solo redistribuye calor: ayuda a configurar gradientes térmicos oceánicos y atmosféricos que condicionan la posición, intensidad y estructura de los grandes chorros atmosféricos y de las trayectorias ciclónicas atlánticas.

Por ello, un debilitamiento importante de la AMOC no implicaría únicamente “menos calor hacia Europa”, sino probablemente modificaciones más amplias en la organización de la dinámica hemisférica.

La hipótesis de un debilitamiento de la circulación atlántica no es nueva. Desde hace décadas muchos modelos climáticos sugieren que el calentamiento global y el aporte creciente de agua dulce procedente del deshielo groenlandés tenderían a dificultar la formación de aguas profundas en el Atlántico Norte. Sin embargo, demostrar observacionalmente ese debilitamiento resulta mucho más complicado.

Las observaciones directas relativamente completas de la AMOC comienzan en 2004 con el sistema RAPID situado en torno a 26.5ºN. Y poco más de veinte años constituyen una serie demasiado corta para un sistema caracterizado por una enorme variabilidad natural multidecenal. Buena parte de las evidencias provienen de indicadores indirectos tales como patrones de temperatura superficial del Atlántico, cambios de salinidad, reconstrucciones paleoclimáticas, variaciones regionales del nivel del mar, o el conocido “warming hole” subpolar atlántico.

De acuerdo con todo ello muchos trabajos apuntan hacia una AMOC más débil que a mediados del siglo XX, aunque siguen existiendo incertidumbres importantes sobre la magnitud real del debilitamiento, la separación entre variabilidad natural y tendencia forzada, y la posible proximidad -o no- a umbrales críticos.

En este contexto, el nuevo trabajo publicado en Science Advances no resulta especialmente novedoso por afirmar que la AMOC pueda debilitarse. Sí lo es, en cambio, el enfoque utilizado: los autores restringen los modelos climáticos mediante observaciones reales del Atlántico Norte, seleccionando aquellos que mejor reproducen determinados patrones observados de temperatura y salinidad oceánica. El hallazgo clave es que precisamente esos modelos —los más fieles a las observaciones actuales— son los que proyectan un debilitamiento más intenso de la AMOC durante este siglo, que podría acercarse al 50% hacia finales de siglo bajo escenarios de altas emisiones. 

El artículo sugiere, por tanto, que la media de los modelos climáticos podría estar subestimando la vulnerabilidad real de la circulación atlántica. Aunque el artículo no identifica ningún umbral crítico concreto, sí se enmarca en un contexto científico donde crece el interés por posibles respuestas no lineales y cambios de régimen en grandes componentes del sistema climático. Conviene recordar, no obstante, que las proyecciones más intensas del estudio corresponden a escenarios de emisiones muy elevadas, cuya plausibilidad como trayectoria central del siglo XXI es actualmente objeto de creciente debate.

Sin embargo, quizá la cuestión más interesante no sea únicamente cuánto podría debilitarse la AMOC, sino cómo interactuaría dicha evolución con otros grandes cambios actualmente observados en el sistema climático.

Desde hace años numerosos trabajos sugieren una expansión de la atmósfera tropical y un desplazamiento hacia latitudes más altas de circulaciones tropicales y subtropicales. En principio, este proceso tendería a favorecer una cierta migración hacia los polos de los chorros así como una expansión de la dinámica subtropical. Pero, a la vez, un debilitamiento significativo de la AMOC podría introducir en el Atlántico Norte efectos regionales parcialmente distintos como enfriamientos, reorganización de gradientes térmicos, aumento regional de la baroclinidad o alteraciones en la propagación de ondas planetarias. De este modo, la circulación hemisférica podría estar respondiendo no a un único forzamiento dominante, sino a la interacción compleja entre procesos dinámicos parcialmente contrapuestos.

En cualquier caso cabe insistir que esta hipótesis es altamente especulativa. La expansión tropical está relativamente bien documentada y el posible debilitamiento futuro de la AMOC resulta cada vez más plausible en numerosos modelos. Pero la existencia de señales observacionales robustas de debilitamiento actual sigue siendo debatida, y su posible influencia concreta sobre la reorganización reciente de los chorros atmosféricos continúa siendo todavía muy incierta. Todo ello podría sugerir no tanto una simple tendencia lineal, sino una creciente complejidad estructural del sistema atmosférico hemisférico.

Tal vez el gran desafío actual no consista únicamente en cuantificar cuánto cambia el clima, sino en comprender cómo podrían reorganizarse los propios mecanismos dinámicos que estructuran la circulación general. Y quizá esa sea precisamente una de las cuestiones más sugerentes que plantea el nuevo debate sobre la AMOC: no solo cuánto puede cambiar la circulación atlántica, sino cómo su evolución podría interactuar con otros procesos globales dentro de un sistema climático profundamente acoplado y potencialmente cada vez más no lineal.



10 de mayo de 2026

¿Está cambiando el debate climático?


Un reciente artículo publicado en Geoscientific Model Development (GMD) sobre el diseño experimental de CMIP7 —la próxima generación de simulaciones climáticas internacionales— parece confirmar un cambio de enfoque que ya venía apuntándose desde hace algunos años. El escenario SSP5-8.5, durante mucho tiempo ampliamente utilizado como referencia principal de altas emisiones, pierde protagonismo frente a trayectorias consideradas hoy más plausibles y ligadas a políticas actuales, mientras adquieren mayor importancia escenarios de estabilización y sobrepasamiento temporal (‘overshoot’) de determinados umbrales térmicos.(Véase especialmente la discusión sobre los escenarios Fast Track y la selección de trayectorias prioritarias en CMIP7)

Como meteorólogo y observador desde hace muchos años de la dinámica atmosférica, creo que merece la pena detenerse un momento a analizar qué hay realmente detrás de estas afirmaciones.

Durante bastante tiempo, el escenario RCP8.5 ocupó un lugar central en numerosos estudios climáticos. Se trataba de una trayectoria de emisiones muy elevada, basada en un crecimiento muy intenso y sostenido del uso de combustibles fósiles, especialmente del carbón. Aunque originalmente fue concebido como un escenario extremo o de referencia alta, con el paso de los años acabó utilizándose con frecuencia casi como escenario de referencia.

Sin embargo, diversos investigadores vienen señalando desde hace tiempo que esa trayectoria parece hoy menos plausible que hace una década. La expansión de las energías renovables, la electrificación, algunos cambios tecnológicos y la propia evolución demográfica mundial hacen pensar que el crecimiento extremo y continuado de emisiones implícito en SSP5-8.5 podría no llegar a producirse.

El propio diseño de los escenarios que se utilizarán en CMIP7, la próxima gran generación de experimentos climáticos internacionales, parece reflejar ya este cambio de enfoque. Los escenarios extremos siguen existiendo, pero pierden protagonismo frente a trayectorias consideradas más compatibles con las políticas y tendencias actuales.

Hasta aquí podría parecer que las noticias son relativamente tranquilizadoras. Pero la realidad es más compleja. Si, paradójicamente, algunos escenarios extremos de emisiones parecen menos probables, la evolución reciente de las temperaturas globales está siendo extraordinariamente rápida. El planeta ha registrado en los últimos años anomalías térmicas muy elevadas y se ha aproximado temporalmente al umbral de +1,5 ºC respecto al período de referencia preindustrial utilizado habitualmente por el IPCC (1850-1900).

Parte de esta aceleración puede explicarse por factores conocidos: el episodio de El Niño, el aumento continuo de gases de efecto invernadero o la reducción reciente de aerosoles atmosféricos asociada a cambios en los combustibles marítimos. Pero existe también un debate creciente sobre si algunos procesos del sistema climático podrían estar respondiendo de forma más intensa o compleja de lo esperado.

Y aquí es donde, en mi opinión, aparecen algunas de las cuestiones más interesantes. La temperatura media global es un indicador fundamental, pero la atmósfera real no funciona únicamente a base de medias globales. Los meteorólogos convivimos diariamente con estructuras dinámicas complejas: chorros, ondas planetarias, bloqueos, descuelgues fríos, dorsales persistentes, reorganizaciones de la circulación hemisférica…Y precisamente algunos de los fenómenos más llamativos observados en los últimos años parecen estar relacionados no solo con un aumento uniforme del calor, sino con cambios en la persistencia y configuración de ciertos patrones atmosféricos.

NASA's Goddard Space Flight Center 

No está nada claro todavía hasta qué punto los modelos climáticos actuales representan correctamente estas respuestas dinámicas regionales. De hecho, muchos modelos reproducen razonablemente bien la evolución térmica global, pero muestran más incertidumbres cuando se trata de circulación atmosférica, bloqueos o comportamiento de los chorros.

Por eso quizá el debate climático de los próximos años ya no girará únicamente alrededor de preguntas como ¿alcanzaremos 2,5 ºC o 4 ºC en 2100? sino ¿cómo está cambiando la dinámica atmosférica?,  ¿están aumentando ciertos patrones persistentes? o ¿estamos subestimando algunos mecanismos regionales?

No creo que nadie tenga todavía la respuesta a estas cuestiones, pero sí creo que conviene evitar dos simplificaciones opuestas. La primera sería pensar que, porque algunos escenarios extremos de emisiones pierdan plausibilidad, el problema climático estaba exagerado y deja de ser preocupante. La segunda sería transmitir una sensación de certeza absoluta sobre procesos atmosféricos y oceánicos que siguen siendo extraordinariamente complejos.

Quizá el momento actual exige precisamente algo que no siempre abunda en el debate público: prudencia, observación y capacidad para convivir con la incertidumbre científica sin dejar de tomar en serio las señales que muestra la atmósfera real. Más allá de gráficos, escenarios y debates académicos, la atmósfera sigue hablándonos cada día y algunos de sus mensajes recientes merecen, al menos, atención.