14 de agosto de 2026

El Niño 2026: aumenta la probabilidad de un episodio histórico

El pasado 17 de junio publiqué en este blog una breve actualización sobre la evolución de El Niño 2026. La señal se había reforzado claramente, la barrera de predecibilidad de la primavera empezaba a quedar atrás y los modelos apuntaban ya hacia un episodio de gran intensidad durante el otoño y el invierno. Sin embargo, todavía quedaba abierta la cuestión fundamental: ¿hasta dónde podría llegar realmente?

El nuevo informe publicado por NOAA el 13 de agosto supone un paso importante en la respuesta. Considera que El Niño continuará fortaleciéndose hasta finales de año y atribuye una probabilidad superior al 90 por ciento a que alcance la categoría de “muy fuerte” durante el otoño y el invierno de 2026-2027.

En cualquier caso el dato verdaderamente novedoso es otro: para el trimestre octubre-noviembre-diciembre, NOAA estima en un 69 por ciento la probabilidad de que el episodio alcance un valor igual o superior a +2,5 °C en el índice RONI. De cumplirse, superaría la intensidad de todos los episodios anteriores incluidos en la serie histórica que comienza en 1950.

Conviene detenerse brevemente en este índice porque es importante para interpretar correctamente la predicción. El RONI (Relative Oceanic Niño Index) mide la anomalía térmica media durante tres meses en la región Niño 3.4 del Pacífico ecuatorial, pero resta previamente el calentamiento medio del conjunto de los océanos tropicales. Después se reajusta su variabilidad para que resulte comparable con el índice tradicional.

Dicho de una manera sencilla, el RONI no informa  únicamente sobre cuánto más caliente de lo normal está el Pacífico ecuatorial, sino cuánto más caliente está en relación con el resto de los trópicos. De ese modo intenta separar mejor la señal específica de El Niño del calentamiento generalizado de los océanos. Ya comenté esta cuestión en la entrada anterior, cuando el Centro Europeo comenzaba a incorporar este tipo de índice relativo en sus predicciones estacionales.

Por tanto, la posibilidad de alcanzar +2,5 °C resulta especialmente significativa: no sería simplemente la consecuencia de que el océano global está hoy más caliente que hace treinta o cuarenta años. Incluso descontando ese calentamiento tropical de fondo, la señal propia de El Niño podría superar a la de los grandes episodios anteriores. En la serie histórica del RONI, el Niño de 1982-83 alcanzó un máximo trimestral de +2,4 °C, mientras que los de 1997-98 y 2015-16 llegaron a +2,3 °C.

Anomalías relativas de la temperatura superficial del mar durante julio de 2026. El calentamiento se extiende por el Pacífico ecuatorial central y oriental, con valores superiores a +2 °C en amplias zonas. Fuente: NOAA/CPC.

Además, el nuevo informe muestra que ya no estamos únicamente ante una predicción de los modelos. Durante julio, el índice mensual de la región Niño 3.4 alcanzó +1,4 °C, mientras que Niño 3 llegó a +1,7 °C y Niño 1+2, junto a las costas sudamericanas, a +2,9 °C. Al mismo tiempo ha seguido aumentando el contenido de calor bajo la superficie del Pacífico ecuatorial, con anomalías locales de hasta +10 °C en profundidad y una termoclina situada claramente por debajo de su posición habitual.

Según el informe, la atmósfera también está respondiendo. Se observan anomalías de viento del oeste en niveles bajos y del este en altura, un aumento de la convección y las precipitaciones sobre el Pacífico central y oriental y una disminución sobre Indonesia. Los índices de la Oscilación del Sur fueron durante julio intensamente negativos. En conjunto, océano y atmósfera muestran ya el acoplamiento característico de un episodio de El Niño en rápido fortalecimiento.

Esta es quizás la diferencia fundamental respecto a lo señalado  hace dos meses. Entonces los modelos indicaban la posibilidad de un gran episodio, pero todavía existía una incertidumbre apreciable sobre su evolución. Ahora El Niño está plenamente establecido, la respuesta atmosférica resulta evidente y la incertidumbre principal ya no se refiere tanto a su desarrollo como a la intensidad máxima que pueda alcanzar.

Probabilidades oficiales de las distintas categorías de intensidad de El Niño previstas por NOAA. Para octubre-noviembre-diciembre, la probabilidad de un episodio muy fuerte supera ampliamente el 90 por ciento. Fuente: NOAA/CPC.

Naturalmente, una probabilidad del 69 por ciento no constituye una certeza. Tampoco un Niño excepcionalmente intenso garantiza que sus impactos sean excepcionales en todas las regiones. La propia NOAA recuerda que, cuanto mayor es la intensidad del episodio, mayor suele ser la probabilidad de que aparezcan sus efectos característicos, pero la relación nunca es automática. Esta cautela resulta especialmente necesaria en Europa y en España, donde la influencia de El Niño es mucho más indirecta y está modulada por la situación del Atlántico, la circulación euroatlántica, la estratosfera y otros muchos factores. No podemos deducir todavía cómo será nuestro próximo otoño o invierno únicamente a partir de la intensidad prevista de El Niño.

En cualquier caso, un calentamiento tan intenso del Pacífico ecuatorial puede provocar una profunda reorganización de la convección tropical y de la liberación de calor latente hacia la alta troposfera. Desde allí, sus efectos pueden propagarse mediante ondas planetarias, modificar los chorros y terminar influyendo en la circulación de latitudes medias. Por eso los próximos meses tendrán un enorme interés meteorológico y climático.

Sigue abierta, por tanto, la pregunta que se planteaba entonces: ¿responderá la atmósfera actual de la misma manera que durante los grandes episodios del siglo XX? El posible Niño de 2026-27 se desarrollará sobre unos océanos globalmente mucho más cálidos y en una atmósfera más húmeda y energética. Observar cómo interactúan ambos factores puede ser una de las cuestiones científicas más interesantes de los próximos meses.

27 de julio de 2026

Una nueva ola de calor y una vieja pregunta: ¿dónde empiezan a construirse las grandes dorsales?

 Hace unos días publiqué en este blog una reflexión titulada "¿Nacen las olas de calor europeas en los trópicos?". La idea era sencilla: quizá muchas de las grandes dorsales subtropicales que terminan dominando el tiempo europeo no nacen exclusivamente dentro de la circulación de latitudes medias, sino que reciben una aportación importante de calor y humedad procedente de latitudes mucho más bajas.

La situación que comienza a desarrollarse estos días vuelve a ofrecer un ejemplo especialmente interesante. No constituye una demostración de esa hipótesis, sino un episodio que merece ser seguido con atención porque permite observar, casi paso a paso, cómo podría establecerse esa conexión.

Los modelos prevén una nueva ola de calor que podría prolongarse varios días sobre buena parte de Europa occidental y central. El índice EFI del Centro Europeo muestra una señal muy elevada sobre Francia, Alemania y otros países vecinos, además de amplias zonas de la Península Ibérica. Todo indica que volveremos a hablar de temperaturas excepcionalmente altas. La cuestión vuelve a ser la misma: ¿dónde empieza realmente a construirse la dorsal responsable de esta situación?

Predicción del Extreme Forecast Index para las 00UTC del viernes 31 de julio (ECMWF)

La secuencia de las imágenes del canal de vapor de agua desde el día 24 hasta hoy mismo permiten seguir una evolución muy llamativa. Todo parece comenzar con un intenso desarrollo convectivo sobre el Atlántico tropical oriental. Posteriormente, esa enorme reserva de humedad no permanece ligada al sistema convectivo, sino que parece ser capturada por una pequeña circulación ciclónica situada ya en latitudes subtropicales (DS). Desde ese momento la lengua húmeda (señalada por una flecha roja) comienza a organizarse y a curvarse progresivamente hacia el nordeste.

                                                            Día 24

                                                            Día 25

                                                            Día  26

                                                  Día 27

No sabemos todavía cuál es exactamente el mecanismo físico responsable de esta transición. Mi intención no es proponer una explicación cerrada, sino llamar la atención sobre un aspecto que quizá estamos simplificando un poco. Entre la convección tropical y la circulación de latitudes medias podrían existir estructuras subtropicales intermedias —pequeñas depresiones subtropicales, ondas de Rossby de menor escala u otras perturbaciones poco estudiadas— capaces de reorganizar la enorme reserva de calor y humedad tropical antes de transferirla al flujo subtropical y, posteriormente, a la circulación de latitudes medias.

Las imágenes previstas del canal de vapor de agua para mañana y pasado sugieren que esa circulación subtropical acaba integrándose en una onda de mayor escala, reforzada además por una vaguada secundaria atlántica. Si esta evolución se confirma, la pluma húmeda quedará incorporada al flujo de gran escala y la dorsal comenzará a amplificarse sobre Europa occidental.

Simulación de imagen del canal de vapor de agua prevista para el martes a las 09 UTC


Simulación de imagen del canal de vapor de agua prevista para el miércoles a las 09 UTC

Por otra parte, resulta especialmente llamativa la rapidez con la que la isohipsa de 5920 mgp (línea más negra) asciende desde el entorno del sur de la Península hasta el sur de Francia  en apenas unas horas. Coincidiendo con la llegada de la pulsación cálida y húmeda desde latitudes subtropicales, el geopotencial aumenta con gran rapidez y la dorsal se amplifica de forma muy notable. La dinámica de la onda, la advección cálida, la subsidencia y el calentamiento diabático probablemente contribuyen conjuntamente a esa evolución, aunque el peso relativo de cada proceso sigue siendo una cuestión abierta.

Geopotencial de 500 hPa y temperatura a 850hPa de hoy lunes a las 06 UTC

Geopotencial de 500 hPa y temperatura a 850hPa previsto para mañana martes a las 00 UTC

Por supuesto, no pretendo afirmar que ésta sea la explicación de todas las grandes dorsales subtropicales. Tampoco que este episodio constituya una demostración definitiva. Lo que sí creo es que invita a mirar con más atención la franja tropical-subtropical. Durante décadas hemos estudiado con enorme detalle la dinámica de las latitudes medias. Sin embargo, quizá todavía conocemos mucho menos los mecanismos que conectan los trópicos con esas latitudes. Y es posible que precisamente en esa zona de transición se encuentre una parte importante del eslabón que aún nos falta para comprender cómo algunas grandes pulsaciones de calor y humedad tropical terminan contribuyendo a la formación de dorsales persistentes y, con ellas, de algunas de las olas de calor más importantes que afectan a Europa.

Esta cuestión adquiere, además, una importancia creciente en el contexto del calentamiento global. Unos océanos tropicales cada vez más cálidos y con mayor contenido de energía proporcionan más vapor de agua a la atmósfera y, por tanto, permiten que estas pulsaciones transporten cantidades mayores de humedad y calor latente hacia las latitudes subtropicales y medias. No sabemos todavía si este tipo de procesos será necesariamente más frecuente, porque eso dependerá también de la evolución de la circulación atmosférica y de sus mecanismos de acoplamiento. Pero sí parece razonable pensar que, cuando se produzcan, podrían ser más intensos y desempeñar un papel cada vez más importante en la rápida amplificación de grandes dorsales y en algunas olas de calor europeas. Comprenderlos y vigilarlos mejor será, por tanto, cada vez más necesario.


16 de julio de 2026

Una dorsal subtropical distinta a la de junio: verano ibérico


Durante los próximos días vamos a afrontar un nuevo episodio de temperaturas muy altas y persistentes. Según la última nota informativa de AEMET, publicada este jueves 16 de julio, la Agencia todavía no ha establecido si se superarán los umbrales necesarios para decretar oficialmente una ola de calor, ya que por ahora las predicciones no los sobrepasan. No obstante, sí espera que se alcancen valores «extraordinariamente altos» en la mayor parte del país a partir del fin de semana.

La subida clara de las temperaturas se iniciará el sábado y se intensificará de forma notable el domingo, con continuidad en los días siguientes. Los modelos apuntan a que el punto culminante podría situarse entre el martes 21 y el miércoles 22 de julio.

En esos días podrían superarse ampliamente los 40 °C en el interior de la mitad sur peninsular y alcanzarse valores de 42 a 44 °C en depresiones y valles de Andalucía y en algunos puntos de La Mancha. La propia AEMET contempla ya más de 42 °C en el valle del Guadalquivir para el domingo. Tampoco puede descartarse algún valor puntual próximo a 45 °C en las zonas habitualmente más cálidas. Son temperaturas muy elevadas y con consecuencias para la salud, el bienestar y el riesgo de incendios agravada además en muchas zonas por la presencia de calima. Sin embargo, la configuración atmosférica que las provoca es distinta de la que produjo la gran ola de calor europea de finales de junio.

En una entrada anterior del blog, titulada «Una dorsal africana de gran amplitud vuelve a extenderse por Europa», me refería a una potente dorsal subtropical norteafricana que alcanzó la Península Ibérica, Francia y buena parte de Europa occidental y central. Aquella dorsal adquirió un extraordinario desarrollo hacia el norte y llegó a reorganizar la circulación atmosférica a escala continental. El calor afectó a una enorme extensión de Europa y se manifestó mediante distintos mecanismos: advección de aire norteafricano en unas regiones, fuerte subsidencia en otras y calentamiento progresivo de las capas bajas bajo cielos despejados.




La gran dorsal norteafricana de finales de junio alcanzó Francia y amplias zonas de Europa occidental y central. Su extraordinario desarrollo meridiano dio al episodio una dimensión continental. Fuente: ECMWF.

La nueva situación es diferente. No se forma, al menos inicialmente, una dorsal estrecha y de gran amplitud que avance hasta el centro o el norte de Europa. Lo que se observa es una expansión más directa de la dorsal subtropical sobre la Península Ibérica y el Mediterráneo occidental. Es decir, ambas situaciones tienen un origen subtropical, pero no presentan la misma arquitectura atmosférica.




Situación inicial del episodio. La dorsal subtropical se encuentra reforzada sobre el norte de África y el Mediterráneo occidental, mientras una pequeña depresión fría permanece al oeste de Portugal. Fuente: ECMWF.

Así, hoy jueves 16 de julio, la dorsal subtropical aparece ya muy reforzada sobre el norte de África y el Mediterráneo occidental. En 850 hPa se observa una extensa masa de aire muy cálido, con temperaturas próximas a 28 e incluso 30 °C sobre algunas zonas norteafricanas. Sobre la Península persiste todavía un flujo de componente suroeste en niveles medios, con cierto aporte de humedad. Esa humedad favorece la presencia de bandas de nubes medias y altas, algunos desarrollos convectivos vespertinos y una sensación de bochorno especialmente acusada en las regiones mediterráneas. Al oeste de Portugal permanece una pequeña depresión fría en altura, mientras la dorsal atlántica se encuentra más alejada y separada de la subtropical. No existe, por tanto, una única estructura de altas presiones extendida desde el norte de África hasta Europa central y septentrional. De hecho, la nota de AEMET de este jueves describe todavía un contraste marcado: descenso térmico en el Cantábrico oriental, el nordeste y las comunidades mediterráneas, con tormentas localmente fuertes —acompañadas de granizo y viento fuerte— en el norte peninsular, mientras el calor intenso continúa en el este, con más de 38 °C en las zonas del Mediterráneo y el valle del Ebro.

Durante el fin de semana, el aire muy cálido comenzará a avanzar hacia el interior peninsular. La llegada de temperaturas cercanas a 28 °C en 850 hPa a los grandes valles del sur constituye una señal muy significativa. Con fuerte insolación, sin mezcla vertical profunda y condiciones locales favorables, esos valores son compatibles con máximas superficiales de 43 o 44 °C. Por su parte, la depresión fría situada al oeste de Portugal no parece ser el origen fundamental del episodio. Su papel principal consiste en ayudar a canalizar por su flanco delantero un flujo cálido de componente sur o suroeste. Por tanto, la situación básica continuará siendo la expansión de la dorsal subtropical y el desplazamiento hacia la Península de la masa de aire extremadamente cálida situada sobre el norte de África.

Entre el martes y el miércoles se producirá otro cambio importante. Tras el paso de una vaguada por latitudes próximas al norte peninsular, llegará una dorsal transitoria en niveles medios y altos. Esta modificación de la circulación permitiría que la dorsal subtropical, hasta entonces estacionada entre la Península y el Mediterráneo occidental, crezca y termine ocupando prácticamente toda España. Coincidirá probablemente con el momento de máxima extensión de la masa cálida.


El miércoles, tras el paso de una vaguada al norte de la Península, la dorsal subtropical se extiende sobre toda la Península. La masa de aire extraordinariamente cálida ocupa amplias zonas de España. Fuente: ECMWF.

Existe, por tanto, cierta interacción con la circulación de latitudes medias, pero es distinta de la observada en junio. Entonces se formó una gran dorsal meridiana de dimensión europea. Ahora se trata de una dorsal más transitoria que favorecería el crecimiento de la dorsal sobre España, sin proyectarla profundamente hacia Europa central.

Podemos decir, por tanto, que estamos ante una situación adversa desde el punto de vista térmico, pero no especialmente extraordinaria en su arquitectura atmosférica: un episodio muy fuerte y bien conocido del verano, centrado principalmente sobre la Península y el Mediterráneo occidental.

Hasta el miércoles 22, la evolución prevista presenta una coherencia bastante elevada entre los distintos miembros del sistema de predicción por conjuntos del Centro Europeo. Tanto el geopotencial de 500 hPa como la temperatura de 850 hPa muestran una subida clara y relativamente bien definida. Pero la incertidumbre aumenta notablemente a partir del jueves.
  


La predicción por conjuntos mantiene una evolución bastante coherente hasta el miércoles. A partir del jueves aumenta considerablemente la dispersión, tanto en la temperatura de 850 hPa como en el geopotencial de 500 hPa. Fuente: ECMWF.

La predicción de control apunta a un descenso importante de la temperatura y del geopotencial, pero numerosos miembros no respaldan una bajada tan clara y mantienen valores muy elevados durante más tiempo.

Esa bifurcación puede depender de la interacción entre la dorsal subtropical y la nueva dorsal de latitudes medias. Si ambas estructuras se refuerzan mutuamente, la dorsal podría mantenerse o crecer algo más y prolongar el episodio. Si esa interacción no se produce, la depresión fría situada al oeste de Portugal podría ser arrastrada hacia el este por la circulación general, favoreciendo una bajada de las temperaturas.

La última nota de AEMET considera más probable un descenso progresivo a partir del jueves 23, aunque las temperaturas podrían seguir siendo muy elevadas durante algunos días más en el tercio sur. No obstante, el diagrama de ensembles aconseja mantener todavía cierta prudencia sobre la rapidez y la magnitud de ese descenso.

Por tanto, y con la información disponible, parecen probables temperaturas de 43 o 44 °C en algunas de las zonas más cálidas de España. Podría alcanzarse puntualmente algún valor próximo a 45 °C, pero la configuración atmosférica actual no sugiere que pueda superarse el récord absoluto oficial de España, los 47,6 °C registrados en La Rambla, Córdoba, el 14 de agosto de 2021. 

En cualquier caso, el aspecto más preocupante no será probablemente un récord aislado, sino la persistencia: varios días consecutivos con temperaturas muy elevadas, noches con escasa recuperación térmica —con mínimas que en numerosos puntos no bajarán de 22 a 24 °C, y localmente noches tórridas por encima de 25 °C— y un riesgo de incendios que puede alcanzar niveles extremos.

Esta nueva ola de calor vuelve a mostrar que no todas las dorsales subtropicales son iguales. Algunas -sobre todo en los últimos años- se extienden de forma extraordinaria hacia el centro y norte europeo y adquieren una dimensión casi continental. Otras, como la actual, se expanden principalmente sobre la Península y generan una situación más característica —aunque muy intensa— del verano ibérico.


8 de julio de 2026

El aerosol que desaparece y el debate que se abre sobre nuestras olas de calor

 Llevamos años dando por hecho que menos contaminación es, sin matices, una buena noticia. Y lo es, desde luego, para nuestra salud. Pero la ciencia del clima está encontrando algo más incómodo: una parte de esa contaminación —los llamados aerosoles de azufre, esas partículas diminutas que salen de quemar combustibles fósiles— llevaba décadas actuando, sin que nadie lo buscara, como una especie de sombrilla parcial frente al calentamiento global. Al retirar esa sombrilla, no estamos frenando el cambio climático; estamos, en cierto modo, destapando una parte de él que llevaba tiempo escondida.

Y lo más interesante para quienes seguimos la dinámica atmosférica de cerca es que esta idea ha empezado a usarse para explicar algo muy concreto: por qué están apareciendo dorsales de calor tan extremas y persistentes en los últimos años, tanto en Europa como en otras partes del hemisferio norte.

Todo arrancó, sin que nadie lo planeara como tal, con una normativa de tráfico marítimo. En 2020 entró en vigor una regulación internacional que obligaba a los grandes barcos a usar combustible con mucho menos azufre, pensando en la salud de la población que vive cerca de puertos y costas. Pero ese azufre, al quemarse, generaba partículas que hacían las nubes marinas algo más blancas y reflectantes. Al reducir el azufre, las nubes se oscurecieron ligeramente, y llegó algo más de energía solar a la superficie del planeta.

En 2023, un investigador estadounidense fue el primero en detectar este efecto con claridad, analizando imágenes de satélite sobre una ruta marítima muy transitada. Le siguieron varios estudios en 2024 que se preguntaron algo más ambicioso: ¿puede esto adelantar el calentamiento global? Un grupo de investigadores británicos calculó que sí, que el efecto pudo adelantar el calentamiento entre dos y tres años, y lo conectaron con el hecho de que 2023 fuera un año de calor tan extraordinario. Otros estudios, más cautos, calcularon un efecto real pero más modesto. Y hay quien, todavía en 2025, argumenta que ese efecto es tan pequeño que cuesta distinguirlo de la variabilidad natural del clima. Es decir: ni siquiera este primer hallazgo está totalmente cerrado, y eso es importante tenerlo presente.

Este mismo razonamiento —menos aerosol, más calor— acaba de aplicarse a un terreno mucho más cercano a nuestro día a día: por qué Europa se calienta en verano más rápido de lo que predicen los modelos climáticos. Un equipo español del Barcelona Supercomputing Center, junto con el Met Office británico, ha publicado recientemente un estudio que reúne piezas muy sugerentes. Desde 1980, Europa ha reducido mucho las emisiones de azufre, sobre todo en la parte occidental, de forma más rápida que en la oriental. Esa diferencia habría creado un desequilibrio térmico entre el oeste y el este del continente que, según los autores, termina reforzando un patrón de circulación atmosférica muy concreto: una especie de desequilibrio en el flujo de aire de altura que favorece dorsales más marcadas justamente sobre la Europa occidental y central.

Lo más llamativo del estudio es un detalle técnico con implicaciones grandes: los modelos climáticos detectan esta señal, pero la subestiman muchísimo, como si la “escucharan” con el volumen muy bajo. Cuando los investigadores corrigen ese problema, la cifra cambia de forma notable: de atribuir solo un 17% del aumento de estas dorsales al aerosol, pasan a atribuirle un 65%. Es decir, buena parte de lo que parecía “ruido” o azar climático podría ser, en realidad, una respuesta directa —y en parte predecible— a la reducción de contaminación.

Aquí es donde entra la parte que más me interesa, porque es también donde la ciencia todavía no ofrece una respuesta cerrada. El estudio europeo identifica muy bien un tipo concreto de señal: cambios en los patrones de circulación de verano sobre Europa, vinculados a la reducción de aerosoles en el propio continente. Pero, por cómo está planteado, no puede descartar del todo otra posibilidad: que esas dorsales tan extremas formen parte también de una reorganización más amplia de la circulación hemisférica, ligada a la expansión de la franja tropical y subtropical de la atmósfera en un planeta más cálido.

¿Por qué merece la pena mantener abierta esta segunda vía? Porque estructuras muy parecidas —dorsales muy persistentes, alargadas y de gran amplitud meridiana— se han observado también en regiones alejadas entre sí, como California, el oeste de Norteamérica o el norte de China, con historias de contaminación por aerosoles muy distintas. Eso no invalida la hipótesis del aerosol europeo, pero sí sugiere que quizá no basta por sí sola para explicar toda la familia de dorsales extremas que estamos viendo.

En otras palabras: puede que en Europa la reducción de aerosoles haya reforzado una respuesta regional concreta, pero esa respuesta podría estar superpuesta a un cambio más general de la circulación del hemisferio norte. Y ahí entran otros mecanismos: expansión subtropical, ondas casi estacionarias, acoplamientos con el chorro y episodios de inyección cálida y húmeda desde latitudes bajas.


Por tanto, aparecen aquí dos ideas científicas serias conviviendo. Una dice que el calor extra en Europa —o buena parte de él— nace de un desequilibrio térmico creado por la reducción de contaminación sobre el propio continente. La otra sugiere que lo que estamos viendo es una pieza más de una reorganización mucho más grande, de escala hemisférica, ligada a la expansión de los trópicos, que se manifiesta en forma de grandes ondas atmosféricas y que explicaría por qué el mismo tipo de fenómeno aparece casi a la vez en continentes muy alejados entre sí.

De hecho, otro estudio reciente sostiene que la frecuencia de los eventos de resonancia de ondas planetarias en verano se ha triplicado aproximadamente desde mediados del siglo XX, un periodo que coincide con el aumento de los extremos estivales persistentes en el hemisferio norte. Este tipo de resultado no resuelve por sí solo el debate, pero refuerza la idea de que las dorsales extremas no deberían analizarse únicamente como fenómenos regionales aislados.

Ninguna de las dos ideas está cerrada, y probablemente no tengan por qué excluirse. La reducción de aerosoles puede estar reforzando determinados patrones regionales en Europa, mientras que el calentamiento global y la expansión subtropical pueden estar favoreciendo una atmósfera más propicia para dorsales cálidas, persistentes y muy amplificadas en distintas regiones del hemisferio norte.

Lo que sí parece claro es que el aire que respiramos y la contaminación que decidimos limpiar —con toda la razón, por salud— tienen consecuencias sobre la circulación atmosférica que apenas empezamos a entender del todo. Un tema, sin duda, que seguirá dando que hablar en los próximos años, y que seguiremos de cerca.



5 de julio de 2026

¿Nacen las olas de calor europeas en los trópicos?

En artículos anteriores he venido desarrollando la idea de que las grandes dorsales responsables de muchas de las olas de calor recientes están cambiando geométricamente: presentan una mayor amplitud meridiana, ejes más estrechos y una penetración mucho más acusada hacia latitudes altas. También he planteado que un factor importante en su rápida amplificación es el calentamiento diabático asociado a la liberación de calor latente en grandes ascensos organizados, vinculados a intensos corredores de transporte de humedad. Entre ellos destacan, aunque no de forma exclusiva, las bandas transportadoras cálidas (warm conveyor belts, WCB) de las borrascas atlánticas y, en ocasiones, de danas que llegan a situarse muy próximas al borde occidental de la dorsal, estrechando aún más el gradiente térmico y potenciando la advección cálida. Esa inyección en altura de aire de baja vorticidad potencial favorece, en definitiva, el reforzamiento de la dorsal situada corriente abajo.

Pero quizá haya llegado el momento de dar un paso más y preguntarse por el origen de toda la "cadena" atmosférica.

Si las grandes dorsales se alimentan de inyecciones de aire cálido y muy húmedo procedente de latitudes bajas, ¿qué pone realmente en marcha esas inyecciones? ¿Por qué, en determinados momentos, la atmósfera tropical parece "pulsar" hacia las latitudes medias? ¿Y existen razones para pensar que esas pulsaciones pueden estar intensificándose?

El punto de partida es bien conocido. El balance radiativo del planeta es excedentario en los trópicos y deficitario en las latitudes altas. La atmósfera y los océanos compensan continuamente ese desequilibrio transportando energía hacia los polos. En la atmósfera intervienen la circulación de Hadley, las ondas de Rossby, los sistemas de borrascas y anticiclones y toda la maquinaria de la circulación general.

Sin embargo, ese transporte no se produce como un flujo uniforme y difuso. Una parte muy importante se organiza en estructuras extraordinariamente concentradas en el espacio y en el tiempo. Los ríos atmosféricos constituyen un buen ejemplo: filamentos relativamente estrechos que canalizan la mayor parte del transporte de vapor de agua hacia las latitudes medias. Trabajos recientes muestran, además, que estos transportes no siguen trayectorias aleatorias, sino que se organizan a lo largo de corredores preferentes que conectan las regiones tropicales y subtropicales con latitudes más altas.

Desde esta perspectiva, quizá la imagen de las "pulsaciones" no sea solamente una metáfora. Refleja bastante bien la forma en que la atmósfera organiza una parte muy importante del transporte de humedad y, con él, del transporte de energía.

Este aspecto adquiere una relevancia especial en un clima que se calienta. La teoría y las observaciones muestran que el incremento del transporte energético hacia los polos se produce principalmente mediante la componente de calor latente. Una atmósfera más cálida contiene más vapor de agua —aproximadamente un 7 % más por cada grado de calentamiento, según la relación de Clausius-Clapeyron— y cada una de estas pulsaciones transporta más energía que hace unas décadas. Diversos estudios indican, además, que el transporte "seco" tiende, en promedio, a disminuir parcialmente como mecanismo de compensación. En otras palabras, la atmósfera parece estar desplazando una fracción creciente del transporte energético hacia el calor latente.

La siguiente pregunta -que a mí siempre me ha inquietado-  resulta todavía más interesante: ¿qué organiza esas pulsaciones?

La respuesta parece estar lejos de ser única. Todo apunta a una jerarquía de mecanismos que interactúan entre sí. Entre ellos destaca la variabilidad organizada de la convección tropical. La Oscilación de Madden-Julian (MJO), junto con las distintas ondas ecuatoriales acopladas a la convección, reorganiza periódicamente enormes regiones convectivas. El intenso calentamiento diabático asociado genera divergencia en altura, modifica la circulación tropical y puede excitar ondas de Rossby que, en determinadas configuraciones, consiguen acoplarse con el chorro subtropical e inyectar energía en la guía de ondas de las latitudes medias. Estudios recientes muestran además que esa conexión entre la MJO y los grandes corredores de transporte de humedad existe, aunque probablemente no sea el único mecanismo implicado y dependa del grado de acoplamiento entre los trópicos y la circulación extratropical.

Esquema conceptual generado con inteligencia artificial que representa, de forma simplificada, la hipótesis planteada en este artículo sobre el posible papel de las pulsaciones organizadas de humedad y energía desde las regiones tropicales en la amplificación de las grandes dorsales y, con ello, en algunos episodios de olas de calor. Se trata de una representación conceptual, no de la reconstrucción de un caso meteorológico concreto.

A ello se añaden otros procesos regionales, como la actividad monzónica estival —por ejemplo sobre África occidental—, capaz de generar importantes exportaciones de humedad y perturbaciones que posteriormente interactúan con la circulación subtropical.

Un tercer mecanismo correspondería a la recurvatura de ciclones tropicales y su transición extratropical. En estos casos se producen inyecciones extremadamente intensas de calor latente y de aire de baja vorticidad potencial en niveles altos, capaces de amplificar de forma espectacular las dorsales situadas corriente abajo.

¿Está el calentamiento global reforzando estas pulsaciones? Conviene distinguir aquí entre lo que parece bien establecido y lo que continúa siendo objeto de investigación.

La componente termodinámica ofrece pocas dudas: una atmósfera más cálida transporta más vapor y, por tanto, más calor latente en cada episodio. La dinámica, sin embargo, resulta bastante más compleja. Algunas investigaciones detectan un desplazamiento hacia el polo de la actividad de los ríos atmosféricos durante el invierno de ambos hemisferios, mientras otras ponen el acento en cambios en el acoplamiento entre la convección tropical, el chorro subtropical y las ondas de Rossby. Tampoco existe todavía un consenso sobre cómo evolucionará la propia MJO o sobre el peso relativo de los distintos mecanismos de acoplamiento tropical-extratropical.

En este contexto cobra interés otra hipótesis que he venido comentando en este blog. Si la célula de Hadley continúa ensanchándose, la región donde el flujo saliente tropical puede interactuar con el chorro subtropical tendería a desplazarse hacia latitudes más altas. Si, además, durante el verano el chorro se vuelve más ondulado y receptivo, cada una de estas pulsaciones dispondría de un entorno más favorable para amplificar determinadas ondas y, en algunos casos, favorecer el desarrollo de grandes dorsales.

Este marco conceptual de pulsaciones más húmedas, posiblemente originadas en una circulación tropical cada vez más energética, actuando sobre una atmósfera extratropical potencialmente más receptiva, encaja, al menos de forma cualitativa, con algunas de las características que venimos observando en muchas de las grandes dorsales de los últimos veranos: mayor amplitud meridiana, ejes más estrechos y una penetración mucho más acusada hacia el norte.

Por supuesto no pretendo presentar esta secuencia como una cadena causal demostrada. La parte termodinámica está sólidamente respaldada; la dinámica continúa siendo un terreno abierto, en rápida evolución y lleno de interrogantes. Pero precisamente por eso me parece una línea de investigación realmente interesante.

Por tanto las olas de calor europeas no parece que nazcan realmente sobre Europa. Probablemente empiecen a gestarse mucho antes, en la forma en que la atmósfera tropical organiza la exportación de su exceso de energía hacia latitudes más altas. Comprender ese primer eslabón de la cadena puede ser una de las claves para entender mejor algunos de los episodios extremos que estamos viviendo.

28 de junio de 2026

La Plataforma Estatal de Servicios Climáticos y el reto de comprender la atmósfera

Hace unos días, en plena ola de calor histórica, AEMET y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) presentaron en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo la nueva Plataforma Estatal de Servicios Climáticos. El momento no podía ser más oportuno: mientras el termómetro batía récords en buena parte de España, se ponía en marcha una herramienta en la que numerosos profesionales han trabajado con dedicación durante años. Este artículo quiere ser, ante todo, un reconocimiento a ese esfuerzo colectivo y también una reflexión sobre lo que esta iniciativa representa y sobre el camino que, en mi opinión, aún queda por recorrer.

La plataforma reúne en un solo entorno doce servicios temáticos de acceso libre y gratuito: extremos de temperatura y olas de calor, sequía meteorológica, precipitaciones extremas, peligro de incendio, viento, radiación solar, indicadores agroclimáticos, predicción estacional y proyecciones de cambio climático, con datos históricos desde 1961, visores cartográficos interactivos y herramientas de descarga para usuarios técnicos.



Creo que tanto para las administraciones como para los sectores económicos y el público interesado esto supone un salto cualitativo real. Información que hasta ahora estaba dispersa entre distintas bases de datos y productos de acceso desigual queda ahora reunida, visualizada y disponible en un único portal.

Resulta especialmente valioso el servicio de extremos de temperatura y olas de calor, que permite analizar la intensidad, duración y frecuencia de estos episodios y situar un evento concreto dentro de su contexto histórico. En un junio como este, esa capacidad tiene un valor inmediato y muy práctico. Entre los servicios que sus impulsores consideran pioneros en Europa figura además el de atribución de extremos cálidos al cambio climático, es decir, la estimación de hasta qué punto el calentamiento global ha influido en la probabilidad o intensidad de un episodio concreto. Que esta información pueda ofrecerse de forma operativa y permanente para España constituye, sin duda, un avance importante.

Vale la pena detenerse un momento en cómo funciona este servicio de atribución, porque su metodología ayuda a entender tanto su alcance como el tipo de preguntas que puede responder. La plataforma utiliza un enfoque estadístico basado en observaciones: analiza las series históricas y compara la probabilidad de un evento en el clima actual frente a la que habría tenido en períodos anteriores más fríos. Es un método sólido, adecuado para un servicio operativo y capaz de proporcionar resultados prácticamente de forma inmediata.

Existe, sin embargo otro enfoque, metodológicamente distinto, utilizado por el grupo internacional World Weather Attribution (WWA), que precisamente esta semana ha publicado su análisis sobre la ola de calor de junio de 2026 y a el me referí en esta entrada del blog. En este caso se emplean modelos climáticos para simular tanto el clima actual como un clima sin influencia humana y comparar la frecuencia del episodio en ambos escenarios. La diferencia metodológica es importante, aunque no invalida en absoluto lo que ofrece la plataforma española. Se trata, simplemente, de herramientas complementarias con objetivos diferentes.

En cualquier caso, reconociendo sinceramente lo mucho que se ha conseguido, quizá haya una dimensión que todavía está poco representada y cuya importancia se pone especialmente de manifiesto en episodios como el actual: el estudio de los mecanismos dinámicos que explican por qué se producen los fenómenos extremos.

La investigación española ha desarrollado con gran solidez la climatología estadística, la modelización numérica y los servicios operativos. Sin embargo, comprender plenamente cómo está cambiando nuestra atmósfera exige integrar esa información con el estudio de la circulación general: la evolución de los chorros, las dorsales subtropicales, los bloqueos atmosféricos o el transporte meridional de calor y humedad.

En este sentido, la plataforma puede afirmar, con todo rigor, que las olas de calor son hoy más frecuentes e intensas, que este junio ha sido excepcional o que el cambio climático ha incrementado su severidad. Todo ello es necesario y extraordinariamente valioso. Pero no puede responder —porque no es ese su objetivo— si los patrones de circulación responsables de estos episodios están experimentando cambios estructurales, si las dorsales subtropicales se desplazan hacia el norte con mayor frecuencia y persistencia o si determinados mecanismos de retroalimentación están amplificando los bloqueos más allá de lo que cabría esperar por el simple calentamiento de fondo. Son preguntas diferentes, pero igualmente relevantes para comprender y proyectar el clima del futuro.

La Plataforma Estatal de Servicios Climáticos constituye un magnífico punto de partida. El siguiente paso sería seguir incorporando nuevas herramientas, nuevos conocimientos y nuevas líneas de investigación que permitan integrar estas distintas perspectivas. Porque comprender un fenómeno exige conocer tanto su evolución estadística como los mecanismos físicos que lo generan.

26 de junio de 2026

Atribución y dinámica: dos miradas sobre la ola de calor

Mientras aún estamos analizando los mecanismos dinámicos de esta histórica ola de calor de junio de 2026 —como hacía en los dos últimos artículos de este blog—, el grupo científico World Weather Attribution (WWA) ha publicado hoy viernes, 26 de junio, un informe de atribución que merece atención. Su título no deja lugar a dudas: «Las emisiones de combustibles fósiles han empeorado rápidamente las olas de calor europeas en pocas décadas».

Topografía del geopotencial en 500 hPa (ERA5/ECMWF) sobre Europa occidental, del 19 al 30 de junio de 2026. La secuencia muestra el establecimiento y notable persistencia de la dorsal subtropical, con valores que superan los 5840 mgp en los días de mayor intensidad hasta ahora (21-23 de junio), y la presencia simultánea de la dana al oeste de la Península durante los primeros días. Los últimos paneles incorporan predicción, apuntando a una prolongación del episodio hasta final de mes.

La metodología de la WWA es conocida: se comparan dos «mundos virtuales» mediante modelos climáticos, uno con el calentamiento actual y otro sin las emisiones de gases de efecto invernadero, y se cuantifica cuánto más probable e intensa es la ola de calor en el mundo real. El resultado para este episodio es contundente: las temperaturas alcanzadas en junio de 2026 habrían resultado virtualmente imposibles en 1976. En 2003 —el año de la gran ola de calor que causó más de 70.000 muertes en Europa— un episodio como este habría sido unas diez veces menos probable durante el día y más de cien veces menos probable por la noche.

En mi opinión es un estudio legítimo y valioso, pero tiene un límite importante que conviene señalar: no analiza las causas físicas en detalle. El informe describe la situación como una advección del sur sobre un patrón de circulación en buena medida similar a los precedentes históricos, y concluye que lo que ha cambiado es el «suelo» sobre el que actúa ese patrón: la temperatura de base del clima. Eso es correcto y, probablemente, tampoco forma parte de los objetivos de la WWA ir más allá, pero deja abierta una cuestión distinta: ¿por qué esos patrones de circulación parecen cada vez más eficaces para producir episodios extremos?

Como he argumentado en este blog, hay algo más que una simple advección del sur actuando aquí. Las estructuras de circulación que dan lugar a estos episodios —dorsales subtropicales de gran amplitud meridiana, patrones de bloqueo cada vez más persistentes, acoplamientos entre sistemas como la dana y la dorsal que potencian y canalizan el flujo cálido— no solo trabajan sobre una temperatura de base más alta. Es posible que estas estructuras sean en sí mismas más frecuentes, más intensas y más duraderas precisamente como consecuencia de los cambios en la circulación general que acompañan al calentamiento de la troposfera tropical y subtropical. No es solo que la temperatura de base esté más caliente, sino que las configuraciones atmosféricas responsables de transportar y mantener ese calor también parecen estar cambiando.

A ello se añade una dimensión que merece atención específica: estas circulaciones meridianas de gran amplitud no solo transportan calor. Transportan también vapor de agua en cantidades significativas, procedente de fuentes tropicales y subtropicales cada vez más cálidas y, por tanto, más húmedas. Ese incremento de humedad en latitudes medias no es un acompañante pasivo: puede potenciar los procesos diabáticos —la liberación de calor latente en las zonas de ascenso— que a su vez contribuyen al reforzamiento y mantenimiento de las propias dorsales. Y sobre las personas, la combinación de calor y humedad elevada produce un estrés térmico real muy superior al que refleja el termómetro seco. Es una pieza del puzle que la atribución estadística tampoco recoge, y que la dinámica atmosférica clásica tiende a subestimar, pero que resulta fundamental para comprender lo que está ocurriendo realmente.

La otra dimensión que el informe sí toca, y que merece una reflexión aparte, es la de la vulnerabilidad. El análisis de la WWA sobre el estrés térmico en 854 ciudades europeas —con el 45% de ellas batiendo récords de temperatura de termómetro húmedo— pone de manifiesto algo que resulta llamativo: Europa sigue siendo un continente notablemente poco preparado para el calor extremo. 

Entre esas carencias una de las más evidentes es la todavía escasa implantación de sistemas de refrigeración en buena parte del centro y norte de Europa. Esa resistencia, comprensible quizá en otro contexto histórico, debe probablemente revisarse. La adaptación al calor extremo debe ser una prioridad absoluta para los gobiernos europeos: desde el diseño de edificios y espacios urbanos hasta los sistemas de alerta sanitaria, pasando por la revisión de infraestructuras de transporte y energía que claramente no fueron concebidas para estas condiciones. Lo que era excepcional se está convirtiendo en recurrente. Y lo recurrente exige respuestas estructurales, no improvisaciones.

La ciencia de atribución y el análisis sinóptico llegan, desde caminos distintos, a la misma conclusión de fondo: lo que estamos viviendo no es meteorología extrema en un clima estable. Es meteorología extrema en un clima que está cambiando más rápido de lo que muchos imaginaban, y cuyos mecanismos dinámicos siguen siendo uno de los grandes desafíos científicos de nuestro tiempo.