26 de octubre de 2026

El Niño avanza, los huracanes se reparten y los ponientes no acaban de llegar

Mientras el Mediterráneo vuelve a dejarnos imágenes de lluvias torrenciales e inundaciones, en buena parte de la vertiente atlántica peninsular se mira al cielo esperando otro tipo de lluvia: la de los frentes que entran desde el oeste, riegan extensiones amplias y se suceden durante varios días. Esa lluvia, por ahora, está faltando. Entretanto, el Pacífico oriental mantiene una intensa actividad de huracanes y el Atlántico tropical atraviesa una temporada muy poco activa. ¿Hasta qué punto están relacionadas estas situaciones? ¿Se está cumpliendo lo que se esperaba de El Niño?

Comencemos por el Pacífico. Los datos disponibles confirman que El Niño se ha desarrollado con fuerza. La actualización del Instituto Internacional de Investigación para el Clima y la Sociedad (IRI), publicada el 19 de octubre, sitúa la anomalía media de temperatura superficial de la región Niño 3.4 en unos 2,5 °C durante julio-septiembre, con valores semanales posteriores superiores a 3 °C. No son magnitudes directamente intercambiables, pero muestran una evolución clara. El calentamiento previsto se está materializando y todavía podría intensificarse.

Además, la atmósfera está respondiendo. El diagnóstico de NOAA de octubre describe modificaciones de los vientos y un desplazamiento de la convección hacia el Pacífico central y oriental, señales del acoplamiento entre el océano y la atmósfera que caracteriza al fenómeno. Por tanto, el pronóstico de un episodio importante se está cumpliendo en lo esencial. Otra cosa es establecer ya su intensidad máxima o su posición entre los mayores episodios históricos: para eso habrá que esperar y comparar índices y periodos homogéneos.

Una de sus manifestaciones más claras aparece en el contraste entre las temporadas de huracanes. Los balances provisionales del Centro Nacional de Huracanes correspondientes al 24 de octubre contabilizaban diez huracanes en el Pacífico oriental, ocho de ellos de categoría mayor, frente a un único huracán en el Atlántico, Isaías, que también alcanzó esa categoría. La diferencia resulta aún más expresiva si se considera el índice de energía ciclónica acumulada,  (ECA, o ACE por sus siglas en inglés, un índice meteorológico que mide la actividad total, la fuerza y la duración de los ciclones tropicales y huracanes) que en el Pacífico oriental superaba ampliamente el doble de lo habitual para esas fechas; en el Atlántico se situaba alrededor de un 82 % por debajo.


La evolución concuerda con el escenario que favorece El Niño y con la orientación de los pronósticos estacionales: mayor actividad en el Pacífico oriental y menor en el Atlántico. La temporada aún no ha terminado, por lo que hay que hablar de un balance provisional, no de una verificación definitiva de todas las cifras previstas.

Como comenté en septiembre, uno de los factores que pueden estar frenando la actividad atlántica es la cizalladura vertical del viento, que dificulta que las tormentas se organicen y persistan alrededor de una circulación común. Pero la influencia de El Niño no se limita a ese mecanismo: también puede favorecer movimientos descendentes y una mayor estabilidad atmosférica. Si, además, las perturbaciones encuentran aire seco en niveles medios, la convección puede debilitarse y perder continuidad, un efecto que la propia cizalladura puede acentuar. Por tanto, aunque el mar aporte energía suficiente, la atmósfera puede impedir que se aproveche para desarrollar un huracán. La escasa actividad de esta temporada es coherente con ese conjunto de condiciones desfavorables, pero precisar cuánto ha contribuido cada una requiere un análisis más completo de lo ocurrido.


Anomalías de cizalladura vertical del viento entre 200 y 850 hPa, promediadas durante los 31 días terminados el 20 de octubre de 2026. Los tonos rojos indican valores superiores a los climatológicos y los azules, inferiores. La cizalladura puede estar jugando un papel en la ausencia de huracanes pero no parece ser la única responsable. Unidades: m/s. Fuente: NOAA–Climate Prediction Center.

Al acercarnos a España, la relación deja de ser tan directa. Sería tentador atribuir también a El Niño la ausencia de temporales de poniente, pero no disponemos de una conexión tan clara como la que explica parte de la escasez de huracanes. Existen vías de influencia del Pacífico sobre la circulación europea, aunque dependen de la estación y del estado de la circulación y de los océanos. No permiten deducir automáticamente qué ocurrirá durante unas semanas concretas sobre la Península.


Un esquema de las posibles influencias sobre el clima de España que pueden enmascarar la del Niño (gráfico tomado de ni libro "Avanzando en el tiempo")

Lo que sí podemos describir es el reparto de la lluvia en lo que llevamos de año hidrológico. Según el balance de AEMET elaborado el 22 de octubre, entre los días 1 y 20 la precipitación media nacional fue de 51 milímetros, aproximadamente un 9 % superior a lo normal. Sin embargo, ese promedio esconde un contraste acusado: abundancia en zonas mediterráneas y déficits en la mitad occidental, especialmente en Galicia, Extremadura y Andalucía occidental. Una media nacional ligeramente húmeda puede convivir perfectamente con la preocupación por la falta de agua en amplias regiones.

Para valorar sus consecuencias tampoco basta con mirar los embalses. La disponibilidad de agua en el suelo tiene sus propios tiempos. Donde falta humedad para preparar las tierras, sembrar o permitir una nascencia adecuada, el problema puede adquirir carácter agrícola antes de que se manifieste una sequía hidrológica. Eso no autoriza a diagnosticar una sequía agrícola generalizada sin examinar los datos de suelo y cultivos, pero sí aconseja prestar atención a una carencia que los indicadores de reservas no reflejan necesariamente.

¿Se vislumbra un cambio? La previsión de AEMET publicada el 23 de octubre apunta a una semana del 26 de octubre al 1 de noviembre estable y con precipitaciones inferiores a las habituales. Para el 2 al 8 de noviembre contempla, con mayor incertidumbre, una posible situación de levantes húmedos, que volvería a favorecer más al Mediterráneo que al oeste peninsular. Solo para la semana del 9 al 15 aparece la posibilidad de precipitaciones más extendidas, ya a un plazo que obliga a ser muy prudentes. No hay, por tanto, base suficiente para anunciar una llegada próxima y persistente de los ponientes, aunque tampoco para dar por perdida completamente la primera quincena de noviembre.

En este panorama queda un contraste especialmente llamativo. Mientras el Atlántico tropical ofrece tantas dificultades para organizar huracanes, en el Mediterráneo hemos observado sistemas convectivos con rasgos que recuerdan a los tropicales. El análisis de González-Alemán y Calvo-Sancho sobre el episodio catalán del 3 y 4 de octubre, publicado en el blog de AEMET, plantea precisamente un posible intento de ciclogénesis tropical. Sus experimentos muestran una fuerte dependencia del sistema respecto a las elevadas temperaturas del mar, aunque los autores dejan claro que no demuestran que esa ciclogénesis llegara a producirse

Esto añade interés al contraste, pero exige comparar fenómenos distintos. Una gran acumulación de lluvia o un vórtice convectivo no equivalen a un huracán. La escasa actividad ciclónica de toda una cuenca tampoco excluye que, en otra región y durante unas horas, coincidan condiciones favorables para una organización convectiva muy intensa. El contraste invita a estudiar los perfiles de humedad y viento, los mecanismos de ascenso y la evolución de cada sistema; por sí solo no se demuestra una conexión entre ambos escenarios aunque a veces personalmente creo que sí podría haberla.

Quizás lo más significativo de este otoño sea esa convivencia de escalas y respuestas. Podemos reconocer bastante bien la influencia de El Niño en la actividad ciclónica tropical y, al mismo tiempo, seguir teniendo grandes dificultades para precisar cuándo cambiará la circulación que nos mantiene a la espera de lluvias atlánticas. Para quienes necesitan agua en sus tierras, esa es ahora la cuestión decisiva. Y para responderla habrá que seguir mirando, además del Pacífico, cómo evolucionan las dorsales, las borrascas y los corredores de humedad mucho más cerca de nosotros.

21 de octubre de 2026

Una inteligencia artificial para las lluvias torrenciales mediterráneas

 El 18 y 19 de octubre, en fechas climatológicamente señaladas para estos episodios, la dana Adam dejó lluvias torrenciales en amplias zonas de Cataluña y de la Comunidad Valenciana. En la Safor y la Marina Alta los acumulados superaron los 500 milímetros, y en Oliva rebasaron puntualmente los 600. Oliva es la misma localidad que conserva desde noviembre de 1987 el récord español de precipitación en 24 horas. Hubo víctimas mortales e inundaciones graves. El recuerdo de la inundación del 29 de octubre de 2024 estuvo muy presente pero esta vez las instituciones reaccionaron con más prontitud y eficacia.

El episodio deja dos enseñanzas. La primera es que reconocer a tiempo una situación extraordinaria permite avisar aunque no se conozca el máximo. La segunda es que la cuantificación sigue siendo el punto débil: entre los 300 milímetros previstos y los más de 600 registrados hay una diferencia que ningún predictor puede resolver por intuición. De ahí una cuestión operativa: ¿podemos aprovechar mejor nuestros conocimientos y los datos acumulados para anticipar futuros episodios mediterráneos?

La inteligencia artificial está transformando la predicción meteorológica. Los nuevos modelos globales ofrecen resultados destacados en muchas variables y plazos, pero mantienen dificultades con la precipitación más intensa. De ahí se extrae a veces una conclusión demasiado rápida: si suavizan las lluvias excepcionales, la IA no serviría para preverlas. Creo que esa conclusión no está justificada. Sus posibilidades dependen del tipo de modelo, de la escala, de cómo se entrena y, especialmente, de los datos con los que aprende.

Muchos modelos de IA se han entrenado con reanálisis como ERA5, cuya precipitación procede del propio modelo numérico que interviene en esa reconstrucción atmosférica, y pueden heredar sus sesgos. Schmitt y colaboradores mantienen la arquitectura de un modelo y sustituyen esa referencia por estimaciones satelitales de IMERG. El modelo mejora en diversos aspectos, aunque persisten dificultades con las lluvias más intensas. El resultado muestra cuánto importa la «verdad» que se ofrece durante el aprendizaje.

En la misma línea, WeatherNext 3, de Google DeepMind y Google Research, incorpora imágenes recientes de satélites geoestacionarios, genera nuevas predicciones cada hora y aprende la precipitación de varias fuentes: el reanálisis europeo, IMERG y una reconstrucción propia que combina satélite y radar. Es un avance notable, aunque la propia Google no lo presenta como sustituto de la predicción oficial, y no demuestra por sí solo que puedan anticiparse los máximos de un episodio como el de Valencia.

En el ámbito regional, Pujol y colaboradores combinan observaciones de estaciones y predicciones de AROME y ARPEGE para estudiar lluvias intensas en Francia, incluida su región mediterránea. Su sistema híbrido supera a las alternativas basadas en una sola fuente y mantiene su capacidad de discriminación hasta umbrales muy exigentes, aunque un extremo estadístico no equivale necesariamente a los máximos de una catástrofe.

El antecedente más próximo a lo que aquí se propone está en Italia. Grazzini y colaboradores desarrollaron MaLCoX, que se ejecuta diariamente en el servicio regional de Emilia-Romaña. Se entrena con veinte años de predicciones retrospectivas del ECMWF, realizadas con una misma versión del modelo para que sus sesgos sean homogéneos, y con precipitación observada de alta resolución. Reconoce condiciones favorables a extremos, clasifica los episodios y permite examinar qué variables pesan en cada predicción. Un detalle significativo es que los rasgos de la circulación a gran escala, y no solo los locales, aumentan su capacidad a plazos superiores a seis días. Es decir, aprovecha la mayor predictibilidad de la configuración atmosférica para anticipar el riesgo de lluvias extremas.

Son investigaciones distintas y sus resultados no pueden trasladarse automáticamente a otras regiones. Pero apuntan a posibilidades complementarias: mejores datos de aprendizaje, observaciones recientes y reconocimiento de configuraciones regionales. ¿Por qué no explorarlas de forma específica en nuestro Mediterráneo? Disponemos de redes pluviométricas, radares, satélites y un archivo largo de análisis y predicciones. Las lluvias torrenciales, aunque excepcionales en cada lugar, se repiten en distintas zonas de la cuenca, y reunir esa experiencia puede proporcionar una muestra útil. 

Hay, sin embargo, una cautela. Un sistema que aprende del pasado reconoce mejor lo que abunda en el archivo. Si algunas configuraciones están cambiando, o aparecen ahora con una frecuencia que antes no tenían, el archivo podría representarlas mal. Lo apuntan, por ejemplo, ciertos episodios recientes con rasgos de tipo tropical y sin la estructura dinámica clásica. Es una razón más para vigilar el comportamiento del sistema con los episodios recientes y para no prescindir del juicio del predictor.

Quienes hemos trabajado durante muchos años en predicción reconocemos configuraciones que favorecen el flujo de levante, otras con alimentación del sur o del sureste, situaciones condicionadas por la orografía y episodios en los que resultan decisivas la convergencia, la persistencia o la posición de una baja en altura. Esa experiencia no permite decidir si en un punto caerán 250, 400 o 700 milímetros. Pero sí señala relaciones entre la configuración atmosférica y el episodio que podemos intentar cuantificar. Un sistema de IA puede examinar muchos más casos y variables que una persona.

(Imagen conceptual creada por IA)

El primer experimento no tendría que ser un nuevo modelo de toda la atmósfera. Bastaría con enseñar a un sistema regional a relacionar las predicciones numéricas, preferentemente retrospectivas y homogéneas, con la precipitación registrada después. Las entradas deberían recoger tanto el motor como el combustible. El motor es la dinámica de niveles altos: el chorro y sus zonas de salida, la divergencia y la advección de vorticidad en 300 y 250 hPa. El combustible es el aire cálido y húmedo de capas bajas: el transporte de vapor, la humedad en 850 hPa y la temperatura del mar. A ello se sumarían el relieve, la precipitación prevista por los modelos y la información proporcionada por sus sistemas de conjuntos. La posición, la orientación y la evolución de una vaguada, una dana o un corredor húmedo contienen información que unos pocos índices resumen solo parcialmente.

La referencia sería la lluvia estimada mediante pluviómetros y radar, con controles de calidad. El aprendizaje incluiría tanto grandes episodios como situaciones aparentemente favorables que no produjeron lluvias extremas. Esos «falsos amigos» son esenciales para que cualquier configuración sugestiva no se convierta en una alarma.

La prueba decisiva sería evaluar el sistema con episodios completos que no hubiera visto durante el entrenamiento, empleando solo la información disponible antes de cada situación. Habría que compararlo con lo que ya usan los predictores, el conjunto del ECMWF y su índice de extremos, y contar sus aciertos, omisiones y falsas alarmas. Reconocer retrospectivamente un episodio no equivale a anticipar uno nuevo.

Su utilidad operativa estaría en ofrecer probabilidades de superar umbrales para zonas y periodos bien definidos, como una cuenca concreta y acumulaciones de una, seis o veinticuatro horas. Después podrían añadirse rangos plausibles de precipitación, extensión y persistencia de la lluvia, y antecedentes semejantes. Todo ello ayudaría a responder a la pregunta que el pasado fin de semana estuvo sobre la mesa en Oliva: ¿hay antecedentes en los que configuraciones parecidas terminaron produciendo bastante más de lo que preveía el modelo?

No sería realista exigir el máximo puntual exacto. Una pequeña diferencia en la posición o la persistencia de una banda cambia por completo el registro de un pluviómetro. Pero tampoco debería recaer sobre el predictor la responsabilidad de decidir intuitivamente si 300 milímetros previstos serán 200 o 600. La cuantificación necesita apoyo objetivo y probabilista.

El predictor seguiría valorando la coherencia física de los resultados, vigilando la evolución con satélite, radar y observaciones, y reconociendo los procesos mal representados. Su experiencia sería decisiva ante configuraciones nuevas, pero contaría con una memoria objetiva mucho mayor que la de cualquier persona. Y para anticipar inundaciones habría que conectar esas estimaciones con el estado de las cuencas y la exposición de las zonas afectadas.

Dos octubres casi seguidos en los que las cantidades han rozado lo extraordinario justifican avanzar por este camino e invertir los recursos necesarios -todavía escasos- y unas claras prioridades. Tenemos conocimientos, observaciones y herramientas para plantear un ensayo regional con objetivos concretos y una evaluación independiente. Nada garantiza el éxito, pero sí permite comprobar si podemos estimar mejor la probabilidad, la localización y la magnitud de una situación peligrosa. Convertir la experiencia acumulada en una ayuda verificable sería una forma concreta de mejorar la vigilancia futura.

20 de octubre de 2026

Lluvias torrenciales y danas: no es lo mismo

En los últimos años la palabra «dana» se ha instalado en el lenguaje común con una fuerza que nadie previó, hasta emplearse para casi cualquier episodio de lluvias torrenciales. Pero ambos términos no son sinónimos. Confundirlos dificulta entender cómo se producen estas lluvias, qué puede estar cambiando en ellas y que es a lo que hay que prestar más atención.

Cuando en los años noventa sustituimos «gota fría» por «dana» en el Instituto Nacional de Meteorología, lo hicimos por razones exclusivamente técnicas, sin imaginar la repercusión social que el término alcanzaría bastantes años después. Una de las confusiones que se pretendía evitar era precisamente la identificación entre gota fría y lluvia torrencial. Había gotas frías sin lluvias torrenciales y lluvias torrenciales sin gota fría. Hoy ocurre lo mismo con la dana, y conviene volver a lo básico.

Las lluvias torrenciales proceden de nubes convectivas: a veces células tormentosas aisladas y otras veces grandes sistemas convectivos que abarcan decenas o incluso cientos de kilómetros. Son ellas las causantes directas de la precipitación. La dana -una borrasca en niveles medios y altos de la atmósfera- cuando existe, lo que hace es crear o reforzar, sobre todo en su parte delantera, las condiciones para que esas nubes se formen.

Para desarrollarse, estas nubes necesitan dos cosas. La primera es el combustible: aire cálido y, sobre todo, muy húmedo en las capas bajas. Su valor está en la energía que almacena como vapor de agua. Al ascender, el vapor se condensa y libera calor latente, que mantiene el aire de la nube más cálido que su entorno y acelera su subida. El proceso se alimenta a sí mismo, y así se forman nubes de varios kilómetros de espesor capaces de descargar lluvias de enorme intensidad.

La segunda es el motor, algo que obligue a ese aire a ascender. Uno de los más eficaces es la zona delantera de una dana. Allí la dinámica de niveles altos favorece ascensos amplios y persistentes, y el aire frío en altura hace más inestable la atmósfera. Como este motor ha intervenido en buena parte de los grandes episodios conocidos, se ha tendido a asociar dana y lluvia torrencial. Pero no es el único. La convergencia de vientos en capas bajas, las brisas o el choque del flujo húmedo con el relieve pueden dar el primer empujón. Basta con que en altura no haya condiciones que se opongan; a veces es suficiente con que dejen crecer.



La cantidad final depende además de la persistencia. Un aguacero intenso que pasa en media hora deja mucha menos agua que un sistema que se regenera durante horas sobre la misma zona. Las grandes acumulaciones nacen de esa combinación de intensidad y permanencia.

Lo que parece estar cambiando es, ante todo, el combustible. El aire de capas altas que con frecuencia participa en estos desarrollos tiene muy a menudo un origen subtropical con un claro transporte de humedad. Esto sería coherente con la expansión de la atmósfera tropical hacia el norte, probablemente asociada al cambio climático. A ello se suma un Mediterráneo cada vez más cálido tras las olas de calor marinas que ha sufrido y que. mantiene sobre el un importante estrato de aire muy húmedo. Pues bien, la impresión es que estos episodios pueden producirse cada vez más sin la estructura clásica de la dana: con un combustible así, cualquier forzamiento moderado, incluso en capas bajas, basta para desencadenar ascensos muy potentes.

En algunos episodios recientes se observa algo más. La liberación de energía es tan intensa que parece generar una estructura dinámica propia entre los cumulonimbos. El combustible, una vez liberado, se convierte en motor y da al sistema vida propia. Las imágenes de satélite muestran nubes y cumulonimbos que recuerdan mucho a los tropicales, con salidas de cirros en altura señalando una importante difluencia en niveles altos. Da la impresión de que estos sistemas intentarían organizar circulaciones cerradas, como ocurre en los mares tropicales cuando nacen las depresiones y las tormentas tropicales.

Probablemente no lo consiguen del todo porque, entre otras razones el Mediterráneo es una cuenca pequeña, rodeada de tierra, que corta la alimentación que una circulación de ese tipo necesitaría para madurar. Tampoco deben confundirse con los medicanes, que nacen bajo una baja fría en altura. Pero sí parece que el Mediterráneo muestra una tendencia a tropicalizarse, al menos mientras conserve temperaturas como las de este verano. Es un tipo de desarrollo que debemos observar y estudiar mucho mejor.

Queda una cuestión todavía abierta: hasta qué punto el cambio climático está modificando las circulaciones de niveles altos. Las configuraciones parecen más onduladas, con dorsales potentes y persistentes que producen olas de calor en tierra y en el mar, como las del pasado verano en el interior de Europa y en el Mediterráneo occidental. Y al ser bastante estacionarias, los embolsamientos fríos que aparecen en su flanco pueden quedar también detenidos, sumando la persistencia del motor a la mayor energía del combustible. Por tanto el cambio climático podría estar actuando así por dos vías: mejorando el combustible y favoreciendo configuraciones de altura más persistentes y adecuadas para fenómenos extremos.

Por todo ello parece más adecuado hablar de temporales de lluvias intensas que identificar cada episodio con una dana, un río atmosférico o una ciclogénesis explosiva. Esas estructuras son motores posibles, a veces decisivos, pero no son la lluvia. Lo que la produce es siempre la convección alimentada por aire cálido y húmedo. Tenerlo presente ayuda a no bajar la guardia cuando la dana no aparece en el mapa, algo que quizás empiece a ser cada vez más frecuente.

Y algo más a señalar: las lluvias torrenciales con sus inundaciones relámpago tienden a ser más intensas y frecuentes en otras zonas peninsulares con cantidades registradas casi desconocidas en esas zonas que a veces están superando el centenar de milímetros. Probablemente, ese "combustible mejorado" está afectando también a las tormentas que las provocan. Ahora ya no solo hay que tener en cuenta el Mediterráneo.

9 de octubre de 2026

Avanzando en el tiempo, mi nuevo libro

 El próximo 22 de octubre presentaré en la librería Desnivel de Madrid mi nuevo libro, "Avanzando en el tiempo. Comprender la atmósfera entre la ciencia clásica y la inteligencia artificial". Antes de ese encuentro, me gustaría contar a los lectores de este blog cómo ha surgido, qué he querido recoger en sus páginas y de qué maneras pueden acercarse a él.


Han pasado más de diez años desde la publicación de mi tercer libro "Compartiendo el tiempo". Durante ese periodo he seguido observando la atmósfera, escribiendo y reflexionando sobre muchos de los asuntos que ya aparecían allí. Algunos han vuelto una y otra vez a estas entradas, pero con nuevas preguntas y en un contexto bastante distinto. Poco a poco fui sintiendo la necesidad de reunir esas reflexiones y darles un desarrollo más amplio y sosegado.

De ahí nace este libro. Quienes conozcan "Compartiendo el tiempo" reconocerán temas e incluso títulos, aunque encontrarán una nueva mirada sobre ellos, junto con capítulos nuevos. La evolución de la atmósfera, los avances de la investigación y la llegada de herramientas que hace una década apenas podíamos imaginar justificaban volver sobre aquellas cuestiones y plantearse otras.

Una de las preocupaciones que recorre sus páginas es qué está sucediendo con la circulación atmosférica. La persistencia de algunas dorsales, la expansión hacia latitudes más altas de la influencia tropical o las posibles modificaciones en las trayectorias de las borrascas suscitan preguntas que me interesan especialmente. He procurado acercarme a ellas desde la experiencia de la observación y la predicción, poniéndolas en relación con las aportaciones de la investigación y manteniendo abiertas las cuestiones para las que todavía no hay respuestas suficientemente claras.


La inteligencia artificial constituye otro de los grandes hilos del libro. Su llegada a la meteorología abre posibilidades que afectan tanto a la elaboración de predicciones como al estudio de la atmósfera. Me interesa especialmente reflexionar sobre cómo integrar esas posibilidades con el conocimiento físico y la experiencia: qué podemos aprender de estas herramientas, cómo interpretar sus resultados y qué formación y criterio necesitamos para utilizarlas adecuadamente.


Porque a lo largo de todo ese recorrido reaparece una convicción: disponer de más información y de mejores predicciones hace aún más valiosa la capacidad de comprender. Observar con atención, formular preguntas, relacionar fenómenos y valorar las limitaciones de una respuesta siguen siendo tareas esenciales. Esa mirada humana, tan ligada a la diagnosis meteorológica, ocupa un lugar importante en el libro.



¿Y cómo leerlo? Sus cincuenta capítulos tienen suficiente autonomía para que cada lector pueda elegir su propio recorrido. Se puede comenzar por el primero y continuar hasta el último, pasando de la predicción a los fenómenos extremos, de ahí a la comunicación meteorológica o a las nuevas herramientas. En esa lectura, algunos asuntos reaparecen más adelante desde otra perspectiva, ligados a situaciones y problemas diferentes. Esa vuelta sobre determinadas ideas forma parte de la manera en que he querido construir la obra.

También se puede abrir el libro por un capítulo que despierte curiosidad y seguir después por cualquier otro. Y, para quienes prefieran una lectura más agrupada, he preparado una guía que permite reunir capítulos de asuntos afines y recorrer de forma más continuada un mismo ámbito. La intención es facilitar distintas maneras de acercarse al texto, según los intereses y el tiempo de cada lector.

Hay, además, una singularidad que quiero compartir con toda claridad. La inteligencia artificial ha sido también una herramienta de trabajo durante la elaboración del libro. Claude y ChatGPT me han servido como interlocutores para contrastar hipótesis, explorar perspectivas, ordenar argumentos, generar imágenes y buscar formas más claras de expresar algunas ideas. Ha sido una experiencia muy sugerente, en la que la selección, la valoración crítica, el formato final y la responsabilidad sobre lo escrito siempre han sido mías. Hablar de estas herramientas mientras aprendía a trabajar con ellas ha añadido una dimensión muy particular al proyecto.

He tenido la fortuna de contar con el prólogo de Mónica López y con la cuidadosa revisión científica de Ricardo García Herrera, a quienes agradezco profundamente su dedicación. 

"Avanzando en el tiempo" continúa, en el fondo, la conversación que mantengo desde hace años con los lectores de mi blog. Mi deseo es que ayude a comprender un poco mejor la atmósfera y que suscite preguntas, observaciones y ganas de seguir aprendiendo. 

El 22 de octubre, en la librería Desnivel, tendremos ocasión de compartir algunas de esas reflexiones. Me alegrará mucho encontrar allí a quienes tengan posibilidad de asistir. Me acompañarán Mónica López y José Miguel Viñas. Un verdadero lujo poder contar con ellos para mantener entre todos un interesante diálogo.

El libro consta de 423 páginas, 50 ilustraciones a todo color y alrededor de 150 referencias bibliográficas. 

Está ya disponible en la página web de la Librería Desnivel: 

https://www.libreriadesnivel.com/agenda/avanzando-en-el-tiempo-de-angel-rivera/452/

Lluvias torrenciales sin danas

El pasado 3 de octubre, Barcelona vivió una jornada de lluvia histórica. La estación de Can Bruixa, en Les Corts, acumuló 213 mm en 24 horas, y por primera vez una estación oficial de la ciudad superó los 200 mm en un día. El Observatori Fabra recogió 159 mm, el día de octubre más lluvioso de su serie, iniciada en 1914. Las mayores intensidades llegaron al anochecer, cuando un sistema convectivo muy activo quedó anclado sobre la costa barcelonesa.


En la imagen infrarroja de ese momento destacan los topes muy fríos de las torres convectivas junto a la costa. Pero lo más llamativo es el amplio escudo de cirros que se abre hacia el norte y el nordeste, sobre los Pirineos y el sur de Francia, describiendo un arco de curvatura anticiclónica. Es el flujo de salida en altura de los propios sistemas convectivos, con un aspecto que recuerda mucho al de los sistemas tropicales.


Esa tarde había una dana bastante débil sobre la zona de Galicia. En el área mediterránea, sin embargo, lo más destacable era un débil flujo del suroeste con una pequeña curvatura de las isohipsas sobre Cataluña. Mi interpretación es que esa curvatura podía ser la huella de un vórtice de mesoescala que se venía formando a partir de la convección de las horas previas, desarrollada algo más al sur. De ser así, parte de la perturbación que aparecía en el mapa sería consecuencia de las propias tormentas. Para confirmarlo habría que seguir con detalle su evolución, pero es una posibilidad que merece atención.

Lo que sí había era un combustible excepcional. El Mediterráneo había pasado el verano con temperaturas que rondaban los 30 °C en muchas zonas y, a comienzos de octubre, conservaba buena parte de ese calor. A ello se sumaban una columna atmosférica muy húmeda y un aporte continuado de humedad desde el sur. En un ambiente así, si la inestabilidad está disponible y no hay una barrera importante que impida los ascensos, un disparador modesto puede bastar para encender la convección.

He comentado muchas veces que el motor es la dinámica de niveles altos y el combustible el aire cálido y húmedo de capas bajas. Es un esquema útil, aunque no agota todas las posibilidades. También he señalado que un combustible de muy alta calidad, una vez liberado, puede contribuir a construir su propio motor. Este episodio parece un buen ejemplo de esa interacción.

El calor latente liberado durante horas en las torres convectivas calienta la atmósfera y modifica su circulación. En altura puede favorecer una pequeña dorsal y una salida de aire con curvatura anticiclónica, como sugería el dibujo de los cirros. Los ascensos, el calentamiento y la divergencia superior forman entonces parte de una circulación acoplada. En niveles medios, la distribución de ese calentamiento también puede contribuir a organizar un vórtice de mesoescala, una estructura que algunos modelos apuntaban y que el mapa de 500 hPa parecía dejar entrever.

La termodinámica, por tanto, no se limita a proporcionar energía para la lluvia: puede modificar la dinámica del entorno. Creo que comprender mejor cómo esta gran cantidad de humedad, al condensarse y liberar calor, altera la circulación en la que se inserta es una de las cuestiones que merecen mayor atención.

Contemplé la posibilidad de que ese vórtice diera lugar a vientos fuertes, y me equivoqué: apenas hubo rachas de unos 50 km/h. Realmente, un vórtice en niveles medios no implica por sí mismo vientos intensos en superficie. Para ello tendría que establecerse una circulación suficientemente organizada también en las capas bajas. Además, el aire enfriado por la precipitación puede dificultar la formación de un núcleo cálido junto a la superficie, aunque sus bordes también pueden favorecer nuevos desarrollos tormentosos.

Dar el salto hacia un ciclón de características tropicales requiere algo más que disponer de un mar caliente. Importan la organización de la circulación, la cizalladura y la persistencia de los intercambios de calor y humedad con el mar. En el Mediterráneo, la proximidad de tierra puede interrumpir esa evolución, pero no es el único condicionante.

Por eso, el aspecto tropical de la salida de cirros, aunque sugerente, no basta por sí mismo para hablar de un ciclón tropical ni de un medicán. Muchos medicanes se desarrollan a partir de una baja fría en altura y de una evolución posterior hacia una estructura más cálida. Aquí lo que llamaba la atención era precisamente la intensidad de la convección en un ambiente cálido y húmedo, sin una perturbación fría destacada sobre la zona.

La dana no es, como ya hemos comprobado otras veces, una condición necesaria para las lluvias torrenciales. Hay que vigilar con la misma atención la humedad de la columna, los corredores que la transportan, la convergencia en capas bajas y la posibilidad de que las tormentas se regeneren una y otra vez sobre un mismo lugar. También importa la distribución del viento con la altura, que condiciona su organización y desplazamiento.

El Mediterráneo que tenemos hoy no es el de hace unas décadas. Con un mar más caliente, el combustible puede ser tan rico y abundante que, dadas las condiciones adecuadas, un impulso inicial modesto desencadene una convección capaz de construir parte de su propia dinámica. No sé todavía si episodios como este están adquiriendo mayor frecuencia o protagonismo, y conviene no adelantar conclusiones. Pero es una pregunta que debemos empezar a hacernos ya.

21 de septiembre de 2026

Pressure y el valor del predictor ·en la era de la inteligencia artificial

 El reciente estreno de la película Pressure, dirigida por Anthony Maras, vuelve a poner ante el público una de las situaciones más comprometidas de la historia de la predicción meteorológica. La película, con Andrew Scott en el papel del meteorólogo James Stagg y Brendan Fraser en el de Eisenhower, se centra en las setenta y dos horas anteriores al desembarco de Normandía. Su llegada a los cines españoles ofrece una buena ocasión para reflexionar sobre la responsabilidad de quienes deben asesorar cuando el tiempo atmosférico condiciona una decisión trascendental.


No hace falta desvelar el desarrollo de la película para recordar el hecho histórico. El desembarco previsto para el 5 de junio de 1944 se aplazó al día siguiente por las condiciones meteorológicas. Stagg tuvo que integrar las valoraciones de distintos equipos, que no siempre coincidían, y trasladar su asesoramiento a Eisenhower, a quien correspondía la decisión militar. Entre esos equipos estaba el del estadounidense Irving Krick, partidario de mantener la fecha prevista y defensor de un método basado en la búsqueda de situaciones análogas en el pasado. Frente a él, los meteorólogos británicos razonaban sobre la evolución dinámica de las borrascas atlánticas. Esa tensión entre dos maneras de entender la predicción tiene hoy un eco inesperado.

Coincidiendo con la película, Andrew Charlton-Perez y sus colaboradores, entre ellos Adrian Simmons, durante muchos años en el Centro Europeo de Predicción a Plazo Medio, han publicado en Weather un estudio que reconstruye aquellas predicciones con AIFS-ENS, el sistema de predicción por conjuntos basado en inteligencia artificial del Centro Europeo. El conjunto de cincuenta miembros habría respaldado el aplazamiento, porque mostraba un riesgo real de vientos peligrosos para el día 5. Para el día 6, en cambio, alejaba la borrasca hacia el mar de Noruega con excesiva rapidez y ofrecía una mejoría más favorable de lo que finalmente fue. No ocultaba del todo el riesgo: las predicciones del día 5 aún daban en torno a un 30 % de probabilidad de viento fuerte en las playas, además de abundante nubosidad.

Los propios autores recuerdan que estos sistemas son también, en esencia, predicciones por análogos. Una red neuronal aprende de décadas de mapas observados cómo evolucionaron situaciones parecidas y proyecta esa experiencia sobre el presente. Krick no disponía de nada comparable, pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: hasta qué punto el pasado basta para anticipar una atmósfera concreta que puede comportarse de forma singular.

La reconstrucción tiene además una limitación interesante. Parte del reanálisis ERA5, que incorpora menos observaciones que las disponibles en 1944. Los autores comparan sus resultados con registros de presión de Tórshavn, en las islas Feroe, recién digitalizados, y encuentran que el reanálisis pudo subestimar la profundidad de la borrasca o situarla algo desplazada al norte de Escocia. Es decir, una parte del error podría proceder del estado inicial y no del modelo. Su análisis de sensibilidad señala precisamente esa zona como aquella donde más información habría sido valiosa.

El artículo se cierra reivindicando predictores muy preparados, capaces de examinar críticamente y combinar modelos físicos y de inteligencia artificial, con el apoyo de una red mundial de observación. Los autores consideran que esa necesidad nunca ha sido mayor. Es una conclusión sobre la que merece la pena detenerse, porque exige mucho de la meteorología operativa. Disponer de más productos no resuelve por sí solo cómo utilizarlos. El predictor necesita entender qué situación tiene delante, qué procesos pueden resultar decisivos y hasta qué punto las distintas soluciones son compatibles con lo que va mostrando la atmósfera.

La predicción por conjuntos ofrece una forma especialmente valiosa de plantear las alternativas, pero una probabilidad solo es útil si quien la recibe comprende a qué se refiere, para qué lugar y periodo se calcula y qué consecuencias tendría que se materializara. Ese 30 % de viento fuerte sobre las playas de Normandía lo ilustra bien. Eisenhower no necesitaba un porcentaje, sino saber si las lanchas podrían llegar a la costa y si la nubosidad permitiría el apoyo aéreo. Hoy ocurre lo mismo con quien debe decidir si suspende una actividad, moviliza recursos o mantiene una operación. Hace falta una conversación en la que las necesidades del usuario también orienten la interpretación meteorológica.

Por eso la reivindicación del predictor debe ir acompañada de una exigencia de formación. Quien trabaja con estos sistemas necesita conocer sus posibilidades y sus limitaciones, y mantener vivo el conocimiento de la dinámica atmosférica. La formación sinóptica tiene aquí un lugar esencial. Mirar un mapa debería llevarnos a formular preguntas sobre la evolución de la atmósfera. Cuando varias soluciones coinciden, hay que preguntarse qué sostiene esa coincidencia; cuando divergen, qué proceso explica la diferencia y qué observaciones ayudarían a aclararla, como las de aquella estación de las Feroe. La incorporación de la inteligencia artificial debería reforzar esa curiosidad y esa capacidad de diagnóstico, no sustituirlas.

Esa exigencia alcanza también a las instituciones meteorológicas. Si consideramos necesario ese criterio profesional, debemos dedicar recursos a formarlo y a conservarlo. Eso implica dar tiempo para estudiar situaciones y contrastar lo previsto con lo sucedido, facilitar la relación entre investigación y predicción operativa y cuidar la transmisión de experiencia entre generaciones. Implica también seguir invirtiendo en observación, y no solo en la actual: el propio estudio muestra cuánto puede enseñarnos todavía el rescate de registros antiguos. La disponibilidad de una herramienta avanzada es solo el comienzo de su incorporación efectiva a un servicio.

Pressure puede servir así como punto de partida para una reflexión que va mucho más allá de aquel episodio histórico. En la madrugada del 5 de junio de 1944, Stagg tuvo que explicar lo que sabía, reconocer lo que todavía no sabía y ayudar a decidir bajo incertidumbre. Ese debería ser también el horizonte de nuestra relación con la inteligencia artificial: aprovechar su capacidad para que el asesoramiento meteorológico sea cada vez más sólido, comprensible y útil. Ahí sigue habiendo un trabajo humano que debemos cuidar.


17 de septiembre de 2026

Lluvias torrenciales: entre el aviso y la decisión


Las lluvias de las últimas horas en distintas zonas de Cataluña, la Comunidad Valenciana y Murcia han vuelto a dejar inundaciones, rescates y alteraciones importantes de la vida cotidiana. Y han vuelto a suscitar una pregunta que, por repetida, debería llevarnos a una reflexión profunda: ¿estamos aprovechando suficientemente la anticipación que nos ofrecen las predicciones y los avisos meteorológicos?

Desde el punto de vista atmosférico, la situación merece algún comentario. En septiembre es relativamente frecuente que el paso de una vaguada —asociada a una entrada de aire más frío en altura— favorezca tormentas fuertes en el área mediterránea, especialmente en Cataluña y, según su configuración, también en la Comunidad Valenciana y otras zonas. Pero no todas las vaguadas se estructuran de la misma manera.

En esta ocasión, lo que llamaba la atención era el desarrollo en su seno de un pequeño vórtice frío: una circulación ciclónica más concentrada, que reforzaba las condiciones favorables para la formación de tormentas intensas. Ayer me refería a ello en X como una estructura prácticamente equivalente, en algunos de sus efectos, a una dana. Era una forma de hacer comprensible su posible importancia, aunque conviene precisar la diferencia: una circulación cerrada en altura no basta, por sí sola, para hablar de una dana. En este caso, el vórtice seguía integrado en la vaguada y participaba de su traslación.

Imagen del canal infrarrojo de Meteosat de ayer 16 de septiembre a las 21 horas locales. En esos momentos se estaban registrando lluvias torrenciales en varias zonas y en especial en el área de Valencia

El matiz tiene interés porque ayuda a entender por qué una situación aparentemente no muy llamativa puede producir precipitaciones muy intensas. Ese pequeño centro puede organizar y reforzar mucho los ascensos del aire. Si encuentra humedad suficiente y condiciones favorables en las capas bajas, la respuesta tormentosa puede ser considerable. Su tamaño reducido no implica unos efectos menores.

Un factor que contribuyó a limitar la persistencia de las lluvias fue el desplazamiento de la vaguada con ese núcleo asociado. Aunque avanzaba lentamente, con ella iban cambiando las zonas más favorables para los ascensos y las precipitaciones. Tampoco parece haberse establecido una marcada circulación ciclónica en superficie que mantuviera un flujo de levante intenso y duradero hacia la costa. La permanencia del forzamiento en altura sobre una misma zona, combinada con esa alimentación húmeda sostenida en capas bajas, habría favorecido acumulaciones mayores.

En mi opinión, ahí está una de las claves de que las lluvias no hayan alcanzado la persistencia y las acumulaciones de otros grandes temporales mediterráneos, aunque sí intensidades parecidas. En cualquier caso, basta una precipitación muy concentrada en el tiempo para ocasionar problemas graves. En Cartagena, por ejemplo, las informaciones publicadas esta mañana hablan de más de sesenta litros por metro cuadrado en una hora, con inundaciones y rescates. El total del episodio cuenta, pero también cuánto cae en pocos minutos y sobre qué territorio.

Y aquí aparece la otra cuestión. Se han recogido quejas de ciudadanos de Cataluña y de la Comunidad Valenciana porque los mensajes de alerta llegaron cuando ya se estaban produciendo inundaciones. Para valorar cada actuación será necesario conocer la cronología completa, la información disponible y las decisiones adoptadas. Pero esas quejas plantean un problema general que merece atención.

¿Debe esperarse a un aviso rojo para adoptar determinadas medidas de protección? A mi juicio, un aviso naranja por lluvias intensas debería abrir ya un proceso efectivo de decisión, ajustado a la vulnerabilidad de cada zona y a las actividades previstas. No me refiero a una paralización general cada vez que aparezca ese color. Me refiero a valorar con antelación qué situaciones pueden convertirse rápidamente en peligrosas y qué medidas proporcionadas pueden evitarlo.

Cerrar un paso inundable, limitar actividades en una rambla, revisar la celebración de un acto multitudinario o informar con claridad sobre los desplazamientos previstos son decisiones diferentes, con costes y exigencias distintos. Algunas necesitan horas de preparación. Si su valoración comienza cuando el agua está entrando en las calles, una parte de la oportunidad preventiva ya se ha perdido.

Conviene distinguir, además, el aviso meteorológico de la decisión de protección civil. El primero informa del peligro previsto; la segunda debe incorporar también la exposición de las personas, las características de las cuencas, los puntos vulnerables y la evolución observada. El color es una información fundamental, pero la decisión necesita todo ese contexto.

Como he planteado en otras ocasiones, esa conexión requiere trabajo previo y vigilancia continua: predicción, radar, observaciones de lluvia, respuesta de barrancos y ramblas e información local. También requiere mensajes comprensibles, que expliquen qué puede suceder, dónde y qué conducta se pide a la población. Y todo ello exige, a mi juicio, un trabajo conjunto, coordinado y en tiempo real de meteorólogos, hidrólogos, técnicos de protección civil y comunicadores especializados en riesgos. He insistido muchas veces en esa necesidad y creo que sigue siendo una cuestión central.

La incertidumbre forma parte de la predicción, especialmente cuando hablamos de tormentas muy localizadas. Esperar a que desaparezca puede significar esperar a que el fenómeno ya esté ocurriendo. El reto es decidir qué precauciones razonables pueden tomarse mientras todavía hay tiempo.

¿Deben adoptarse medidas que alteren de forma importante la vida cotidiana con un aviso naranja, aun sabiendo que las lluvias más intensas podrían afectar solo a una parte de la zona avisada y que todavía no podemos precisar cuál? ¿Cómo graduar esas medidas según sus consecuencias y el peligro que se pretende evitar? ¿Hay que esperar a un aviso rojo que, en situaciones de evolución rápida, puede llegar con escaso margen para actuar o cuando el fenómeno ya se está produciendo?

Ese es el espacio de decisión bajo incertidumbre en el que un trabajo conjunto entre expertos puede ayudar mucho. Y para abordarlo hace falta también explicar mejor a la población por qué se toman determinadas medidas preventivas y qué limitaciones tiene la predicción. Que finalmente no ocurra nada grave en una localidad no significa necesariamente que la precaución estuviera injustificada: las decisiones deben valorarse también a la luz de la información disponible cuando se adoptaron.

Un aviso debe ayudarnos a actuar antes de que el peligro se convierta en daño. Esa es la reflexión que estas lluvias vuelven a suscitar una vez más.