La NOAA, el Servicio Meteorológico norteamericano, ya ha presentado su previsión para la temporada atlántica de huracanes de 2026. El organismo prevé una temporada con una actividad ligeramente inferior en un 55 % a la media: estima entre 8 y 14 tormentas con nombre, de 3 a 6 huracanes y de 1 a 3 grandes huracanes.
Conviene recordar que estas previsiones no intentan anticipar dónde impactará un ciclón concreto ni cuándo se formará exactamente. Lo que buscan es estimar si el conjunto de la cuenca atlántica presentará unas condiciones más o menos favorables para la génesis y desarrollo de ciclones tropicales. Es decir, se trata de una previsión probabilística del “entorno climático” de la temporada.
Sin embargo, detrás de esas cifras aparentemente simples se esconde una situación atmosférica y oceánica bastante más compleja de lo habitual. Este año confluyen varios factores potencialmente contrapuestos: la muy probable evolución hacia condiciones de El Niño, que normalmente inhiben o debilitan mucho la actividad ciclónica atlántica, y al mismo tiempo unas temperaturas oceánicas relativamente elevadas en amplias zonas del Atlántico tropical.
A ello se añade otra cuestión quizá menos comentada pero científicamente muy interesante: los posibles cambios recientes observados en la estructura de la circulación atmosférica de gran escala, especialmente en el comportamiento de los chorros y de las grandes ondas planetarias de Rossby, algo a lo que me refiero frecuentemente. Y en ese contexto, la pregunta es: ¿hasta qué punto siguen funcionando igual las relaciones clásicas entre ENSO, cizalladura y huracanes en un sistema climático que parece estar mostrando ciertos cambios dinámicos de fondo?
Cabe recordar que las predicciones estacionales actuales son el resultado de combinar distintos tipos de herramientas: modelos dinámicos océano-atmósfera, métodos estadísticos basados en analogías históricas, evolución prevista del ENSO, temperatura superficial del mar y muy particularmente la evolución de la cizalladura vertical del viento sobre el océano. En las últimas décadas estas previsiones han mejorado notablemente gracias al avance de los modelos acoplados y a una observación mucho más precisa del océano tropical. Sin embargo, siguen existiendo limitaciones importantes ya que la atmósfera tropical continúa siendo un sistema altamente no lineal donde pequeñas variaciones en los patrones atmosféricos pueden alterar significativamente el resultado final de la temporada.
En cualquier caso, la principal razón por la que NOAA y otros centros prevén una temporada relativamente moderada es la probable evolución hacia condiciones de El Niño durante el verano y el otoño boreales. Durante los episodios de El Niño, el aumento de la convección sobre el Pacífico ecuatorial central y oriental modifica la circulación de Walker y favorece un incremento de los vientos del oeste en altura sobre amplias zonas del Atlántico tropical y subtropical. El resultado suele ser un aumento de la cizalladura vertical del viento. Y ese factor constituye uno de los principales enemigos de los ciclones tropicales: desorganiza la estructura convectiva del sistema, desplaza las tormentas respecto al centro de circulación ciclónica y dificulta la intensificación de los huracanes.
Sin embargo, como ya apuntaba antes, la situación este año dista mucho de ser sencilla porque el Atlántico tropical continúa mostrando anomalías cálidas y un elevado contenido de calor oceánico en algunas regiones, lo que implica una gran cantidad de energía disponible para la convección tropical. Por tanto, la cuestión es evidente: ¿hasta qué punto el efecto inhibidor del Niño puede compensar el potencial energético asociado a un Atlántico todavía muy cálido?
En los últimos años se ha popularizado mucho la idea de que “océanos más cálidos equivalen automáticamente a más huracanes”. Pero la realidad física es bastante más compleja. La temperatura superficial del mar es importante, sin duda, pero no actúa de forma aislada. Además de la estructura vertical del viento, la actividad ciclónica depende también de la organización de la circulación tropical, la posición de las dorsales subtropicales o la interacción entre dinámica tropical y extratropical. Es decir, importa tanto la dinámica atmosférica como la energía oceánica disponible. Y en este aspecto las incertidumbres aumentan considerablemente. En los últimos años diversos estudios han sugerido posibles modificaciones en el comportamiento de los chorros y de las grandes ondas planetarias de Rossby, con episodios más persistentes de bloqueos y ondulaciones atmosféricas de gran amplitud.
Todavía existe un debate científico importante sobre el alcance real de estos cambios y sobre su posible relación con el calentamiento global y la amplificación ártica. Pero la cuestión empieza a ser relevante también para la meteorología tropical porque los huracanes no dependen únicamente de las condiciones locales del Atlántico tropical. Dependen también de la estructura completa de la circulación planetaria, ya que un chorro más ondulado o patrones más persistentes podrían alterar la posición y fortaleza de la dorsal subtropical atlántica, la distribución regional de la cizalladura e incluso la propagación de las ondas tropicales africanas.
La cuestión es que todavía no sabemos bien hasta qué punto estas posibles reorganizaciones dinámicas pueden modificar las relaciones clásicas entre ENSO y actividad ciclónica atlántica. Y probablemente este sea uno de los aspectos más interesantes —y más inciertos— de la situación actual. Por tanto la temporada atlántica de 2026 puede convertirse en un interesante laboratorio climático donde comprobar hasta qué punto siguen funcionando los esquemas clásicos de la meteorología tropical en un sistema atmosférico posiblemente cada vez más complejo.
Vamos a seguirla.









