19 de junio de 2026

Una dorsal africana de gran amplitud vuelve a extenderse por Europa

 

Los modelos meteorológicos apuntan a que ya desde hoy y durante los próximos días buena parte de Europa occidental y central se verá afectada por una intensa ola de calor. Las temperaturas alcanzarán valores excepcionalmente elevados para la época del año, como muestran tanto el Índice Extremo de Predicción (EFI) del Centro Europeo como otros productos probabilistas que señalan anomalías muy significativas sobre amplias regiones del continente.


Índice Extremo de Predicción (EFI) de temperatura máxima a 2 metros para el periodo 21-22 de junio de 2026. Los tonos rojos indican temperaturas excepcionalmente altas respecto a la climatología habitual del modelo para estas fechas. Los valores cercanos a 1 señalan una elevada probabilidad de que se alcancen registros situados entre los más extremos observados a finales de junio en amplias zonas de Europa occidental y central. (ECMWF).

La configuración atmosférica viene dominada por una potente dorsal subtropical que se extiende desde el norte de África hacia la Península Ibérica, Francia y buena parte de Europa occidental, mientras una dana permanece al oeste de Portugal y el chorro se sitúa sobre el norte de Europa. El resultado es una reorganización de la circulación atmosférica a escala continental que favorece distintos procesos de calentamiento.


Mapa previsto de 500 hPa para el 23 de junio de 2026. La imagen muestra una nueva extensión hacia el norte de una gran dorsal africana, que alcanza gran parte de Europa occidental y central. Es un ejemplo más de esas configuraciones de gran amplitud que, en varias ocasiones recientes, han permitido que masas de aire y características propias de las latitudes subtropicales se extiendan hasta muy al norte del continente. (ECMWF).

Sin embargo, detrás de este episodio no se encuentra un único mecanismo físico. Al observar los mapas de niveles medios y altos de la atmósfera aparece una situación mucho más interesante: el calor llegará por caminos diferentes según las regiones afectadas.

(Infografía realizada a través de IA)

En Europa central parece predominar el calentamiento asociado a la subsidencia. Bajo la dorsal, el aire desciende lentamente desde niveles medios de la atmósfera. Este descenso genera una inversión de subsidencia que actúa como una auténtica tapadera atmosférica. El aire de las capas bajas encuentra dificultades para ascender y renovarse, quedando atrapado cerca del suelo.

La consecuencia es importante. Bajo cielos despejados, la intensa insolación de finales de junio calienta el terreno durante horas. Ese calor se transmite al aire próximo al suelo, pero la inversión dificulta su dispersión vertical. El resultado es una acumulación progresiva de aire muy cálido en las capas bajas que puede dar lugar a jornadas especialmente sofocantes.

Más al oeste, especialmente sobre la Península Ibérica y zonas próximas del Atlántico oriental, parece imponerse otro mecanismo distinto. Aquí el protagonismo corresponde a la advección de aire muy cálido procedente del norte de África. El flujo de componente sur y sureste transporta hacia nuestras latitudes masas de aire extremadamente cálidas y secas, acompañadas probablemente de polvo sahariano en suspensión.

En estas regiones el calor no se genera únicamente sobre el territorio afectado, sino que llega continuamente desde latitudes más meridionales, reforzando el calentamiento local producido por la radiación solar.

Entre ambas áreas aparece una amplia zona de transición donde pueden coexistir en distintos grados la subsidencia, la advección cálida y el calentamiento diabático del suelo. La combinación de estos mecanismos explica la gran extensión espacial prevista para el episodio.

Las consecuencias no se limitarán a las altas temperaturas. La llegada de polvo sahariano puede favorecer cielos blanquecinos u ocres y reducir la visibilidad en algunas regiones. Además, la aproximación posterior de la dana atlántica podría favorecer la formación de tormentas de base alta y escasa precipitación, acompañadas de abundante aparato eléctrico. En estas situaciones los rayos pueden convertirse en un factor importante de riesgo de incendios forestales, especialmente si coinciden con ambientes muy secos y con episodios de viento moderado asociados al gradiente entre la dana y la dorsal.

Todo apunta a que la situación alcanzará su máxima intensidad entre comienzos y mediados de la próxima semana. Posteriormente, la progresiva aproximación de la dana hacia la Península podría introducir aire algo más fresco e inestable, favoreciendo un cierto descenso de las temperaturas.

Más allá de este episodio concreto, resulta difícil no observar una vez más cómo masas de aire y configuraciones atmosféricas típicamente subtropicales consiguen proyectarse muy al norte, alcanzando regiones europeas donde históricamente estos episodios eran menos frecuentes o menos intensos. Un único caso no permite extraer conclusiones definitivas, pero la repetición de estas situaciones durante los últimos años constituye, sin duda, un fenómeno digno de seguimiento y reflexión tal como he apuntado desde hace tiempo en sucesivas entradas de este blog

17 de junio de 2026

El Niño 2026: la señal se refuerza... y las incógnitas también

En mayo pasado publiqué un artículo en este blog sobre la posibilidad de que 2026 nos deparara un gran episodio de El Niño, y dejé la entrada abierta a la espera de las predicciones estacionales de junio del Centro Europeo. Ya salieron, y creo que merece la pena hacer una breve actualización de aquella entrada.

La señal del Niño se ha reforzado de manera notable. En mayo, los modelos apuntaban hacia un evento fuerte pero mantenían una dispersión considerable, lógica dado que las predicciones de primavera son las menos fiables del ciclo ENSO por razones bien conocidas. Ahora esa incertidumbre se ha reducido apreciablemente. En base a las nuevas predicciones la Organización Meteorológica Mundial (OMM) indicó a primeros de este mes una probabilidad de alrededor del 80% de que se desarrollen condiciones de El Niño entre junio y agosto, porcentaje que aumenta conforme avanza el año. Y el 11 de junio, NOAA emitió un aviso oficial declarando el inicio de condiciones de El Niño.

Las predicciones del ECMWF para los próximos meses muestran anomalías de temperatura superficial del mar que superan los dos grados centígrados en toda la región ENSO durante el verano, y con valores que podrían alcanzar o superar los tres grados hacia finales de año en algunos miembros del conjunto de predicción. Si se cumplen, nos situaríamos en el rango de los episodios más intensos observados desde que existen registros fiables.

Predicción multimodelo C3S (Copernicus Climate Change Service) de la anomalía media de temperatura superficial del mar para el trimestre julio-agosto-septiembre de 2026, inicializada el 1 de junio.  El dominio de los tonos rojos y granates en el Pacífico ecuatorial central y oriental refleja las anomalías positivas características de El Niño, con valores que superan los dos grados centígrados en el núcleo del episodio.  (Copernicus Climate Change Service / ECMWF).

Por otra parte hay una novedad interesante que vale la pena mencionar y que enlaza con algo que señalé en la entrada anterior. El Centro Europeo ha introducido desde el 1 de junio un nuevo índice, el llamado "Relative Niño", desarrollado con el apoyo de la OMM, que compara las anomalías de temperatura en la región Niño 3.4 no con un promedio histórico fijo, sino con el resto del trópico en el mismo momento. En cierto modo, este nuevo índice intenta responder a una cuestión cada vez más relevante: cómo distinguir la señal propia de El Niño del calentamiento generalizado que afecta al conjunto de los océanos tropicales. Pues bien, incluso con ese ajuste, que típicamente reduce las anomalías en torno a medio grado, los modelos siguen apuntando a un episodio inusualmente intenso.




Predicciones estacionales del ECMWF (plumas) inicializadas el 1 de junio de 2026 para la anomalía de temperatura superficial del mar en la región Niño 3.4. Arriba el índice clásico, referenciado a la climatología ERA5 del período 1991-2020. Abajo, el nuevo índice relativo, que descuenta el calentamiento global de fondo comparando el Pacífico ecuatorial con el conjunto del trópico. La diferencia entre ambos gráficos —en torno a medio grado en los valores máximos— refleja precisamente el efecto del calentamiento de fondo que el nuevo índice elimina. Aun así, la práctica totalidad de los miembros apunta a un evento de gran intensidad hacia finales de 2026 (ECMWF)

Eso es precisamente lo que hace que este Niño sea difícil de situar en perspectiva histórica. Los grandes referentes que solemos manejar —1997-98, 2015-16— se desarrollaron sobre un océano global sensiblemente más frío que el actual. La pregunta que dejé abierta en mayo sigue siendo importante: ¿responde hoy la atmósfera global de la misma manera a un gran forzamiento tropical que hace veinte o treinta años? 

Nadie lo sabe con certeza. Lo que sí podemos decir es que los próximos meses van a ser muy importantes desde un punto de vista científico. El Niño suele alcanzar su máxima intensidad en otoño e invierno del hemisferio norte, precisamente cuando sus efectos sobre la circulación extratropical son más pronunciados. 

Por su parte, el Joint Research Centre (JRC) de la Comisión Europea acaba de publicar un análisis de los posibles impactos del episodio en distintas regiones del mundo: calor extremo en los trópicos y subtrópicos a partir de septiembre, perturbaciones en la producción agrícola en África subsahariana, India, Australia y Brasil, presión al alza sobre los precios del trigo duro y el maíz, riesgos humanitarios en zonas ya frágiles. Sobre Europa el informe se limita a señalar, de forma genérica, que un episodio muy intenso podría favorecer temperaturas superiores a lo normal, con un calentamiento que se prolongaría hasta la primavera de 2027. España no aparece mencionada, lo cual tampoco sorprende: como ya se explicaba en la entrada anterior, la influencia del ENSO sobre la Península es indirecta y modulada por otros patrones atmosféricos, y resulta mucho más difícil de cuantificar que sus efectos sobre las regiones tropicales y subtropicales. 

En cualquier caso conviene señalar que, aún siendo fundamentales para una adecuada prevención, ese tipo de proyecciones de impacto se construyen sobre las relaciones estadísticas observadas en episodios anteriores, y si este Niño resulta ser de uno de los más intensos de la era instrumental, esas relaciones se están aplicando precisamente donde su validez es más incierta. La excepcionalidad del evento es, paradójicamente, el principal límite de cualquier estimación de sus consecuencias. Lo que sí podemos decir con confianza es que los próximos meses nos van a enseñar mucho, tanto sobre el Niño como sobre la capacidad de la atmósfera actual para responder a él de formas que quizás no conozcamos. 

10 de junio de 2026

El dificil camino de la predicción de fenómenos extremos

Nunca en la historia hemos dispuesto de tantas herramientas para observar y predecir la atmósfera. Satélites capaces de vigilar el planeta entero, radares que detectan el desarrollo de las tormentas en tiempo real, superordenadores que ejecutan millones de cálculos por segundo e incluso sistemas de inteligencia artificial entrenados con décadas de datos meteorológicos. Y, sin embargo, los fenómenos más extremos siguen planteando enormes dificultades de predicción.

Las predicciones meteorológicas han mejorado de forma espectacular durante las últimas décadas. Los errores en la predicción de la circulación atmosférica a varios días vista son hoy mucho menores de lo que eran hace apenas treinta años. Sin embargo, cuando descendemos a escalas muy pequeñas y tratamos de anticipar dónde caerán las precipitaciones más intensas, o dónde se desarrollará una tormenta especialmente violenta seguida de una inundación repentina, las incertidumbres aumentan considerablemente.

Durante buena parte del siglo XX los meteorólogos trabajaban sin modelos numéricos. Su principal herramienta era el análisis de mapas meteorológicos y la aplicación de principios físicos para interpretar la evolución atmosférica. Aquellos predictores eran capaces de identificar configuraciones favorables para lluvias intensas, tormentas severas o temporales importantes, pero la localización exacta de los fenómenos seguía siendo extremadamente difícil. Y uno de los mejores ejemplos de cómo llegar hasta el límite con aquellos métodos es el que desarrolló Mariano Medina con su investigación sobre la posible relación entre el tercer término de la ecuación de la vorticidad y la ocurrencia de precipitaciones intensas así como su aplicación práctica.

La llegada de los modelos numéricos cambió radicalmente el panorama. A medida que aumentaban la potencia de cálculo y la resolución espacial, la atmósfera comenzó a representarse con un detalle cada vez mayor. Hoy los modelos son capaces de reproducir con notable precisión muchas de las estructuras asociadas a los fenómenos adversos. 

Sin embargo, conforme nos acercamos a los extremos aparecen nuevos problemas. Una de las razones es que algunos procesos fundamentales continúan siendo extraordinariamente complejos. La interacción entre aerosoles y nubes, la formación de gotas de lluvia y cristales de hielo, los intercambios de calor y humedad entre el mar y la atmósfera o la organización interna de algunas estructuras convectivas son mecanismos que operan a escalas muy pequeñas y cuya representación sigue siendo imperfecta.

Ello se hace especialmente evidente en algunos episodios mediterráneos de lluvias torrenciales. Los modelos pueden captar correctamente el escenario general de riesgo y, sin embargo, subestimar la intensidad final alcanzada en una zona concreta. El episodio de Valencia de octubre de 2024 constituye un buen ejemplo de esta dificultad. Los modelos identificaron una situación potencialmente muy peligrosa y anticiparon lluvias extraordinarias. Sin embargo, en algunas áreas concretas las cantidades observadas superaron ampliamente las previsiones más extremas disponibles en tiempo real. No se trató simplemente de un fallo puntual, sino de una demostración de los límites que todavía existen cuando intentamos simular procesos atmosféricos de enorme complejidad.

Además, a todo ello se añade una característica fundamental de la atmósfera: su naturaleza caótica. Pequeñas diferencias en las condiciones iniciales pueden amplificarse con rapidez y conducir a resultados muy distintos. En los fenómenos extremos, donde intervienen numerosos procesos interactuando simultáneamente, esta sensibilidad resulta todavía más acusada. Precisamente para afrontar este problema surgieron los sistemas de predicción por conjuntos o ensembles. En lugar de generar una única predicción, los modelos se ejecutan muchas veces introduciendo pequeñas variaciones en las condiciones iniciales. El resultado no es un único futuro posible, sino una familia de escenarios. 

Esta forma de trabajar ha cambiado profundamente la filosofía de la predicción meteorológica. Cada vez resulta más importante estimar probabilidades que ofrecer una única respuesta determinista. En muchas situaciones, la cuestión clave no consiste en saber si caerán exactamente 250 o 350 milímetros de lluvia en un punto determinado, sino en identificar con suficiente antelación que existe una probabilidad significativa de que se produzca un episodio potencialmente catastrófico en una zona concreta.

En los últimos años ha aparecido además un nuevo protagonista: la inteligencia artificial. Los resultados obtenidos por algunos sistemas de aprendizaje automático han sido sorprendentes y abren perspectivas extraordinarias para el futuro de la predicción meteorológica. Sin embargo, los fenómenos extremos plantean desafíos particulares. La inteligencia artificial aprende a partir de ejemplos previos. Y precisamente los fenómenos más extremos son aquellos de los que existen menos ejemplos disponibles. Una red neuronal puede haber analizado miles de borrascas ordinarias, pero apenas unos pocos episodios verdaderamente excepcionales. Además, muchos de estos fenómenos dependen de combinaciones muy particulares de procesos atmosféricos que se producen con poca frecuencia y que aparecen escasamente representadas en los datos de entrenamiento.

Todas estas herramientas encuentran además una aplicación particularmente valiosa en la vigilancia meteorológica de fenómenos adversos. La integración en tiempo real de observaciones, radares, satélites, modelos numéricos, sistemas probabilistas e inteligencia artificial permite seguir minuto a minuto la evolución de situaciones potencialmente peligrosas y emitir avisos cada vez más precisos. En muchos episodios extremos, especialmente los asociados a tormentas severas o lluvias torrenciales, la mejora más importante no consiste únicamente en anticipar el fenómeno con varios días de antelación, sino en detectar con rapidez su intensificación cuando ya ha comenzado a desarrollarse.

Por todo ello, una de las líneas de desarrollo más prometedoras consiste en combinar el conocimiento físico acumulado durante décadas con las nuevas capacidades de aprendizaje automático. Todo parece indicar que el futuro no pertenecerá exclusivamente a los modelos tradicionales ni tampoco a la inteligencia artificial por sí sola, sino a sistemas híbridos capaces de aprovechar las fortalezas de ambos enfoques.

La historia de la meteorología puede interpretarse como una lucha permanente contra la incertidumbre. Cada generación de meteorólogos hemos dispuesto de herramientas más potentes que la anterior, pero los fenómenos más extremos siguen situándose cerca de una frontera difícil de cruzar. Quizás la predicción meteorológica no consiste únicamente en eliminar la incertidumbre. Consiste también en comprenderla, medirla y aprender a convivir con ella. Al menos por ahora, los fenómenos más violentos continúan siendo la última gran frontera de la predicción meteorológica.

3 de junio de 2026

Otra forma de mirar la atmósfera

Durante los últimos años se está haciendo cada vez más evidente la enorme importancia que tienen las grandes dorsales atmosféricas en muchos de los fenómenos extremos que estamos observando. Olas de calor persistentes, bloqueos atmosféricos de larga duración, episodios de estabilidad extrema o incluso determinadas configuraciones favorables para fenómenos convectivos severos aparecen una y otra vez asociados a gigantescas ondulaciones de la circulación atmosférica que, en ocasiones, llegan a extenderse desde el norte de África hasta Escandinavia.

La imagen se ha vuelto ya familiar. Una enorme cúpula anticiclónica domina buena parte de Europa mientras las borrascas circulan muy al norte o quedan bloqueadas lejos de la Península Ibérica. Bajo esas dorsales se acumula el calor, el aire desciende lentamente, se comprime y se recalienta, favoreciendo temperaturas extraordinariamente altas durante días o incluso semanas. En muchos casos, además, estas estructuras muestran una persistencia llamativa, casi desconcertante, que está generando un creciente interés científico.

Sin embargo, cuanto más se estudian estas grandes dorsales, más evidente resulta que seguimos teniendo dificultades importantes para comprender completamente su origen, su amplificación y, sobre todo, su persistencia. Sabemos describirlas bastante bien desde el punto de vista sinóptico. Podemos observarlas en los mapas de geopotencial, seguir la posición del chorro polar o analizar la evolución de las ondas planetarias. Pero otra cuestión muy distinta es entender por qué determinadas ondulaciones terminan amplificándose de forma extraordinaria mientras otras no lo hacen, o por qué algunas estructuras permanecen prácticamente estacionarias durante tanto tiempo.

En los últimos años han surgido distintas hipótesis para tratar de explicar este comportamiento. Algunas investigaciones apuntan hacia la pérdida de hielo ártico y la disminución del gradiente térmico meridional. Otras ponen el foco en el calentamiento del Atlántico norte, en el deshielo de Groenlandia o en posibles modificaciones de la circulación oceánica. También se estudia cada vez más la interacción entre los trópicos y las latitudes medias, especialmente el papel que podrían desempeñar las intrusiones subtropicales y determinados patrones de convección tropical en la amplificación de las ondas atmosféricas.

Sin embargo, el debate sigue abierto y probablemente eso esté indicando algo importante: quizá no se trate únicamente de encontrar nuevos mecanismos físicos, sino también de revisar parcialmente la forma en que estamos observando la propia circulación atmosférica, y sobre esta cuestión ya apunté algunas reflexiones en una entrada anterior del blog.

La meteorología moderna se ha desarrollado fundamentalmente bajo una perspectiva denominada "euleriana". Dicho de forma sencilla, esta visión estudia lo que ocurre en puntos fijos de la atmósfera. Observamos cómo cambian en cada lugar variables como el viento, la temperatura, la presión o la humedad. Los mapas clásicos de geopotencial, isotacas o anomalías pertenecen a esta forma de mirar la atmósfera. Es una aproximación extraordinariamente útil y ha permitido el enorme desarrollo de la predicción meteorológica moderna. Pero algunos fenómenos atmosféricos complejos, especialmente aquellos relacionados con grandes reorganizaciones del flujo, parecen resistirse parcialmente a esta visión más estática y local.

Tal vez una forma sencilla de entenderlo sea imaginar una autopista vista desde un satélite. Una imagen fija nos permite observar dónde hay más tráfico o dónde existen grandes concentraciones de vehículos. Pero esa fotografía no explica necesariamente cómo se están organizando los desplazamientos, qué trayectorias siguen los coches, dónde se forman los bloqueos o qué corredores de movimiento dominan realmente el sistema. Ahí es donde entra en juego la denominada perspectiva lagrangiana (Rivoire et al., 2026)

De alguna manera, podría decirse que la visión euleriana describe la atmósfera mediante “fotografías” sucesivas del flujo. Observamos cómo cambian el viento, la temperatura o la presión en lugares concretos y en momentos determinados. En cambio, la perspectiva lagrangiana introduce de forma natural la evolución temporal porque trata de seguir el propio movimiento de las masas de aire. Ya no interesa únicamente qué ocurre sobre un punto fijo del mapa a las 12 UTC o a las 18 UTC, sino reconstruir las trayectorias atmosféricas, analizar de dónde procede el aire, cómo se desplaza durante varios días y qué estructuras dinámicas organizan realmente ese transporte.

En lugar de estudiar únicamente lo que sucede en puntos fijos de la atmósfera, la visión lagrangiana sigue el movimiento de las propias masas de aire. Lo importante ya no es solamente dónde se encuentra el viento más intenso en un instante determinado, sino cómo se desplazan las trayectorias atmosféricas, cómo se deforman, cómo se organizan y cómo transportan energía, humedad o vorticidad a lo largo del tiempo. Y este cambio de perspectiva puede resultar especialmente relevante para estudiar las grandes dorsales atmosféricas.

Desde esta nueva visión, una dorsal deja de ser únicamente una zona de altas presiones o una simple ondulación del chorro polar. Pasa a interpretarse como una estructura dinámica organizada por corredores persistentes de transporte atmosférico. Lo importante ya no es solamente la posición instantánea de la dorsal, sino el conjunto de trayectorias que alimentan continuamente esa estructura, la mantienen y reorganizan el flujo a gran escala.

La siguiente ilustración generada por inteligencia artificial compara ambas perspectivas aplicadas a una gran dorsal euro-africana:


Esto permite analizar cuestiones que desde la visión clásica aparecen de forma mucho más difusa. Por ejemplo, cómo determinadas intrusiones subtropicales son capaces de inyectar aire cálido y momento hacia latitudes altas, cómo se forman auténticos corredores persistentes de transporte atmosférico o cómo ciertas estructuras actúan como barreras dinámicas que limitan la mezcla entre masas de aire diferentes.

En los últimos años han comenzado a desarrollarse nuevas métricas destinadas precisamente a estudiar este comportamiento. Algunas de ellas analizan la rapidez con la que se separan las trayectorias atmosféricas, otras intentan identificar estructuras coherentes del flujo o regiones donde el transporte atmosférico permanece organizado durante largos periodos. También se estudian cada vez más los filamentos de vorticidad potencial, las zonas de fuerte deformación atmosférica o la persistencia dinámica de determinadas ondulaciones del chorro. Todo ello está dibujando una imagen de la atmósfera mucho más dinámica y compleja de lo que sugerían las representaciones clásicas.

Probablemente la cuestión más interesante de todas sea que este enfoque no contradice la meteorología tradicional, sino que la complementa. La visión euleriana sigue siendo imprescindible para la predicción operativa y para describir el estado instantáneo de la atmósfera. Pero la perspectiva lagrangiana podría ayudar a comprender mejor cómo se organizan realmente ciertas estructuras de gran escala y por qué determinados patrones extremos adquieren tanta persistencia.

Esta "otra forma de mirar" puede ser especialmente importante en un contexto de cambio climático, porque si el calentamiento global está alterando gradientes térmicos, modificando los intercambios entre trópicos y latitudes medias o favoreciendo nuevas configuraciones de transporte atmosférico, entonces quizá muchas de las respuestas no estén únicamente en medir cuánto aumenta la temperatura media del planeta, sino en comprender mejor cómo cambia la propia organización dinámica de la circulación atmosférica.

Tal vez el gran reto de la meteorología de las próximas décadas no sea solamente disponer de modelos más potentes o de mayor resolución, sino desarrollar una nueva forma de interpretar la atmósfera. Una visión menos estática, menos centrada en imágenes instantáneas del flujo y más orientada a comprender las trayectorias, las conexiones y las estructuras dinámicas que organizan realmente la circulación hemisférica.

Posiblemente las grandes dorsales no sean simplemente enormes zonas de altas presiones. Quizás sean la manifestación visible de mecanismos de organización atmosférica cuya dinámica profunda todavía estamos empezando a comprender.

31 de mayo de 2026

El verano ya no espera a junio

 La reciente ola de calor que ha afectado a buena parte de Europa vuelve a poner sobre la mesa una cuestión cada vez más evidente: el verano meteorológico se va extendiendo más allá de sus límites tradicionales. Las temperaturas excepcionalmente elevadas registradas durante estos últimos días en numerosos países europeos no solo han sorprendido por su intensidad, sino también por su precocidad.

Mapa de anomalías térmicas previstas por el modelo del Centro Europeo para la semana del 26 del mayo al 1 de junio de 2026 (ECMWF)

Aunque episodios cálidos en mayo han existido otras veces, lo que empieza a llamar la atención es su frecuencia creciente, su extensión geográfica y, sobre todo, la persistencia de determinadas configuraciones atmosféricas que favorecen estas situaciones. Entre ellas destacan las grandes dorsales subtropicales que ascienden desde el norte de África hacia Europa occidental y central, estructuras que en los últimos años parecen adquirir una presencia cada vez más recurrente y persistente.

En muchos casos no se trata simplemente de una masa de aire cálido aislada, sino de auténticas cúpulas anticiclónicas de enorme extensión capaces de bloquear durante días la circulación atlántica habitual. Bajo ellas el aire subtropical -cada vez algo más cálido- desciende, se comprime y se recalienta, mientras la insolación propia de finales de primavera hace el resto. El resultado es un ambiente plenamente veraniego en fechas que, hasta hace relativamente poco tiempo, seguían considerándose primaverales en gran parte de Europa.


La situación resulta especialmente problemática en países poco acostumbrados históricamente a temperaturas tan elevadas en mayo. En ellos las infraestructuras, viviendas, centros escolares, hospitales, sistemas de transporte o incluso hábitos sociales continúan diseñados para un clima más templado. La reciente situación vivida en el Reino Unido, partes de Alemania, Países Bajos o Escandinavia ha mostrado nuevamente esa vulnerabilidad.

España, Italia o Grecia poseen una experiencia histórica mucho mayor frente al calor intenso, aunque eso no significa que estén libres de riesgos. De hecho, también en nuestro país estas situaciones están alcanzando niveles cada vez más extremos y tempranos. Sin embargo, la cultura climática mediterránea sí ha desarrollado determinados mecanismos de adaptación —arquitectónicos, sociales y operativos— que todavía están menos presentes en otras regiones europeas.

Sin embargo, esa mayor experiencia histórica tampoco debe llevar a una falsa sensación de seguridad. Los propios países mediterráneos también necesitan reforzar todavía mucho más su adaptación a este nuevo escenario climático. La creación de más espacios de sombra en ciudades, la adecuación térmica de colegios, hospitales y edificios públicos, la mejora del aislamiento y ventilación de las viviendas o la protección de personas vulnerables durante episodios extremos serán cada vez más importantes. También será necesario revisar determinadas normativas laborales para adaptar horarios o favorecer fórmulas de teletrabajo cuando se alcancen temperaturas especialmente elevadas. A ello se suma la necesidad de una gestión mucho más cuidadosa de bosques, jardines y zonas verdes urbanas, fundamentales tanto para reducir el efecto isla de calor como para limitar el riesgo de incendios en episodios cada vez más largos e intensos de calor extremo. Esta es por tanto la cuestión fundamental: la necesidad de adaptación. Europa sigue pensando en muchos aspectos con parámetros climáticos del siglo XX, mientras la atmósfera empieza a comportarse de manera diferente cada vez con más frecuencia. 

Nada indica además que estas situaciones vayan a desaparecer en los próximos años. La propia dinámica atmosférica parece favorecer, al menos en determinadas fases, la repetición de grandes dorsales subtropicales capaces de impulsar masas de aire extremadamente cálidas hacia latitudes muy altas. Estudiar y comprender mejor esos mecanismos y adaptarse a ellos constituye probablemente uno de los grandes desafíos meteorológicos y sociales de las próximas décadas.

Quizá el verdadero problema no sea únicamente que haga más calor. El verdadero problema es que Europa sigue funcionando muchas veces como si el verano continuara empezando en junio.

26 de mayo de 2026

Grandes dorsales persistentes: entre la percepción sinóptica y la evidencia científica

 Hace ya tiempo que vengo planteando en distintas entradas de este blog una hipótesis que, al menos desde una perspectiva sinóptica y operativa, me parece difícil de ignorar: la posible recurrencia creciente de grandes dorsales atmosféricas persistentes en determinadas regiones del hemisferio norte, especialmente en el Atlántico oriental–Europa occidental y en el Pacífico occidental–Norteamérica.

Amplias dorsales subtropicales parecen extenderse cada vez con mayor frecuencia hacia latitudes medias, generando situaciones de circulación lenta, subsidencia persistente y episodios de calor extraordinariamente duraderos. En ocasiones, estas estructuras permanecen casi estacionarias durante largos periodos, configurando patrones atmosféricos de gran amplitud y escasa movilidad.

Ejemplo de dorsal subtropical extremadamente amplificada y persistente sobre Europa occidental en julio de 2019 (ECMWF).

En cualquier caso, el objetivo de este artículo no es insistir nuevamente en esa hipótesis, sino reflexionar sobre una cuestión quizá más interesante: ¿por qué resulta tan difícil trasladar esta percepción sinóptica relativamente extendida a una evidencia científica sólida, coherente y ampliamente consensuada?

Lo cierto es que, pese a la abundancia creciente de trabajos sobre dinámica atmosférica y extremos climáticos, todavía no parece existir un marco conceptual verdaderamente consolidado que describa con claridad qué está ocurriendo exactamente en la circulación extratropical.

Durante las dos últimas décadas han proliferado hipótesis e interpretaciones diversas: debilitamiento del chorro asociado a la amplificación ártica, incremento de la ondulación planetaria, resonancias cuasiestacionarias o patrones recurrentes de ondas de Rossby, entre otras. Sin embargo, los resultados siguen siendo a menudo parciales, regionales o incluso contradictorios. En algunos trabajos aparecen señales relativamente claras; en otros, las tendencias desaparecen al modificar la métrica utilizada —la manera concreta de definir y cuantificar estadísticamente estos patrones atmosféricos—, el periodo analizado o el conjunto de modelos considerados. Y quizá parte del problema resida precisamente en las propias herramientas utilizadas para describir la circulación atmosférica.

Los índices clásicos —NAO, AO o los distintos índices de bloqueo— fueron diseñados para representar ciertos modos dominantes de variabilidad atmosférica simplificando enormemente la complejidad espacial de la circulación. Son herramientas extraordinariamente útiles, pero posiblemente no capturan adecuadamente configuraciones híbridas caracterizadas por gran amplitud meridional, elevada persistencia, desplazamiento latitudinal del chorro subtropical o dorsales subtropicales semiestacionarias. Es decir, es posible que estemos intentando describir cambios dinámicos complejos mediante herramientas conceptuales relativamente simples.

De hecho, una de las cuestiones que probablemente merece revisarse es la propia definición de “bloqueo atmosférico”. Durante muchos años, gran parte de la investigación se ha centrado en determinar si el cambio climático podría estar favoreciendo un aumento de bloqueos clásicos tipo omega o rex. Sin embargo, muchas de las situaciones observadas recientemente sobre Europa occidental o Norteamérica parecen corresponder más bien a grandes expansiones persistentes de la dorsal subtropical africano-atlántica, con geopotenciales muy elevados y circulación muy lenta, aunque sin cumplir necesariamente todos los criterios dinámicos clásicos utilizados en la definición canónica de bloqueo atmosférico.

Muchas de estas configuraciones comparten algunos rasgos con situaciones de bloqueo, especialmente en términos de persistencia y ralentización de la circulación. Sin embargo, en numerosos casos el flujo zonal no aparece completamente interrumpido, sino más bien muy deformado y desplazado hacia latitudes altas, mientras que la propia dorsal parece alimentarse continuamente desde regiones subtropicales mediante intensas advecciones cálidas y procesos ondulatorios de gran escala. Desde esta perspectiva, algunas de estas situaciones podrían responder más bien a configuraciones híbridas subtropicales-extratropicales que no encajan completamente en el paradigma clásico de bloqueo desarrollado para las latitudes medias-altas. Y esa diferencia puede ser importante porque, si el fenómeno dominante no fuese exactamente un incremento de bloqueos clásicos, sino una mayor persistencia de dorsales subtropicales amplias e híbridas, parte de las métricas tradicionales podrían simplemente no estar detectándolo correctamente.

Algo parecido ocurre con el concepto de “resonancia” de ondas planetarias, muy utilizado en algunos trabajos recientes. Desde un punto de vista dinámico, una resonancia estricta implica mecanismos relativamente específicos de acoplamiento energético y amplificación sostenida. Sin embargo, muchas situaciones atmosféricas podrían responder más bien a sincronizaciones de fase entre ondas. Es decir, pueden existir ondas muy amplificadas y persistentes sin necesidad de que se trate de una resonancia estricta en sentido físico. Y creo que una parte importante de algunos debates científicos actuales gira precisamente alrededor de este matiz conceptual. En muchos de estos episodios, la dorsal no aparece simplemente como una expansión cálida subtropical aislada, sino como el resultado de una compleja interacción entre distintas ondas y circulaciones atmosféricas.

Interacción entre ondas y circulaciones atmosféricas de gran escala durante la construcción de una dorsal persistente (EUMETSAT/Meteored)

Mientras tanto, la percepción sinóptica acumulada por muchos meteorólogos sigue sugiriendo que algo parece estar cambiando en determinados regímenes atmosféricos. No necesariamente en forma de modificaciones simples de la circulación media hemisférica, sino quizá en términos de persistencia, organización espacial y recurrencia de ciertos patrones ondulatorios. A este respecto no parece casual que en los últimos congresos internacionales, como la EGU General Assembly 2026, el foco empiece a desplazarse progresivamente hacia este tipo de cuestiones. Ello puede reflejar de modo implícito que las herramientas tradicionales quizá no basten para describir completamente ciertos cambios complejos de la circulación subtropical y extratropical.

Quizá todavía nos encontramos en una fase relativamente temprana del problema, en la que la percepción sinóptica va por delante de la formalización estadística y dinámica, algo que no sería la primera vez que ocurre en meteorología. En cualquier caso, ello no significa necesariamente que esta hipótesis termine confirmándose en todos sus aspectos. Parte de las señales observadas podrían corresponder todavía a variabilidad interna insuficientemente comprendida. Pero la propia dificultad para traducir determinadas percepciones sinópticas aparentemente robustas en un cuerpo de evidencia dinámica ampliamente consensuado constituye ya, en sí misma, una cuestión científica extraordinariamente interesante y de alto impacto social. 

24 de mayo de 2026

Temporada de huracanes 2026: ¿menos actividad o más incertidumbre?

La NOAA, el Servicio Meteorológico norteamericano, ya ha presentado su previsión para la temporada atlántica de huracanes de 2026. El organismo prevé una temporada con una actividad ligeramente inferior en un 55 % a la media: estima entre 8 y 14 tormentas con nombre, de 3 a 6 huracanes y de 1 a 3 grandes huracanes. 

Conviene recordar que estas previsiones no intentan anticipar dónde impactará un ciclón concreto ni cuándo se formará exactamente. Lo que buscan es estimar si el conjunto de la cuenca atlántica presentará unas condiciones más o menos favorables para la génesis y desarrollo de ciclones tropicales. Es decir, se trata de una previsión probabilística del “entorno climático” de la temporada.

Sin embargo, detrás de esas cifras aparentemente simples se esconde una situación atmosférica y oceánica bastante más compleja de lo habitual. Este año confluyen varios factores potencialmente contrapuestos: la muy probable evolución hacia condiciones de El Niño, que normalmente inhiben o debilitan mucho la actividad ciclónica atlántica, y al mismo tiempo unas temperaturas oceánicas relativamente elevadas en amplias zonas del Atlántico tropical.

A ello se añade otra cuestión quizá menos comentada pero científicamente muy interesante: los posibles cambios recientes observados en la estructura de la circulación atmosférica de gran escala, especialmente en el comportamiento de los chorros y de las grandes ondas planetarias de Rossby, algo a lo que me refiero frecuentemente. Y en ese contexto, la pregunta es: ¿hasta qué punto siguen funcionando igual las relaciones clásicas entre ENSO, cizalladura y huracanes en un sistema climático que parece estar mostrando ciertos cambios dinámicos de fondo?

Cabe recordar que las predicciones estacionales actuales son el resultado de combinar distintos tipos de herramientas: modelos dinámicos océano-atmósfera, métodos estadísticos basados en analogías históricas, evolución prevista del ENSO, temperatura superficial del mar y muy particularmente la evolución de la cizalladura vertical del viento sobre el océano. En las últimas décadas estas previsiones han mejorado notablemente gracias al avance de los modelos acoplados y a una observación mucho más precisa del océano tropical. Sin embargo, siguen existiendo limitaciones importantes ya que la atmósfera tropical continúa siendo un sistema altamente no lineal donde pequeñas variaciones en los patrones atmosféricos pueden alterar significativamente el resultado final de la temporada.

En cualquier caso, la principal razón por la que NOAA y otros centros prevén una temporada relativamente moderada es la probable evolución hacia condiciones de El Niño durante el verano y el otoño boreales. Durante los episodios de El Niño, el aumento de la convección sobre el Pacífico ecuatorial central y oriental modifica la circulación de Walker y favorece un incremento de los vientos del oeste en altura sobre amplias zonas del Atlántico tropical y subtropical. El resultado suele ser un aumento de la cizalladura vertical del viento. Y ese factor constituye uno de los principales enemigos de los ciclones tropicales: desorganiza la estructura convectiva del sistema, desplaza las tormentas respecto al centro de circulación ciclónica y dificulta la intensificación de los huracanes.

Sin embargo, como ya apuntaba antes, la situación este año dista mucho de ser sencilla porque el Atlántico tropical continúa mostrando anomalías cálidas y un elevado contenido de calor oceánico en algunas regiones, lo que implica una gran cantidad de energía disponible para la convección tropical. Por tanto, la cuestión es evidente: ¿hasta qué punto el efecto inhibidor del Niño puede compensar el potencial energético asociado a un Atlántico todavía muy cálido?

Anomalías de temperatura superficial del mar (NOAA, 22 mayo 2026). El calentamiento progresivo del Pacífico ecuatorial asociado a El Niño contrasta con un Atlántico tropical que continúa mostrando aguas relativamente cálidas. Sin embargo, es interesante notar alguans anomalías negativas en la zona de Cabo Verde, un área tipica de generación de ciclones tropicales junto con la caribeña.

En los últimos años se ha popularizado mucho la idea de que “océanos más cálidos equivalen automáticamente a más huracanes”. Pero la realidad física es bastante más compleja. La temperatura superficial del mar es importante, sin duda, pero no actúa de forma aislada. Además de la estructura vertical del viento, la actividad ciclónica depende también de la organización de la circulación tropical, la posición de las dorsales subtropicales o la interacción entre dinámica tropical y extratropical. Es decir, importa tanto la dinámica atmosférica como la energía oceánica disponible. Y en este aspecto las incertidumbres aumentan considerablemente. En los últimos años diversos estudios han sugerido posibles modificaciones en el comportamiento de los chorros y de las grandes ondas planetarias de Rossby, con episodios más persistentes de bloqueos y ondulaciones atmosféricas de gran amplitud.

Todavía existe un debate científico importante sobre el alcance real de estos cambios y sobre su posible relación con el calentamiento global y la amplificación ártica. Pero la cuestión empieza a ser relevante también para la meteorología tropical porque los huracanes no dependen únicamente de las condiciones locales del Atlántico tropical. Dependen también de la estructura completa de la circulación planetaria, ya que un chorro más ondulado o patrones más persistentes podrían alterar la posición y fortaleza de la dorsal subtropical atlántica, la distribución regional de la cizalladura e incluso la propagación de las ondas tropicales africanas.

La cuestión es que todavía no sabemos bien hasta qué punto estas posibles reorganizaciones dinámicas pueden modificar las relaciones clásicas entre ENSO y actividad ciclónica atlántica. Y probablemente este sea uno de los aspectos más interesantes —y más inciertos— de la situación actual. Por tanto la temporada atlántica de 2026 puede convertirse en un interesante laboratorio climático donde comprobar hasta qué punto siguen funcionando los esquemas clásicos de la meteorología tropical en un sistema atmosférico posiblemente cada vez más complejo.

Vamos a seguirla.