La tarde del pasado sábado 15 de agosto, entre las 19 y las 19:30 horas, una precipitación torrencial descargó sobre varias pequeñas cabeceras de los Montes Aquilianos, muy cerca de Ponferrada. En Manzanedo de Valdueza, situado en un valle lateral de la cuenca del río Oza, una avenida de agua, barro y derrubios alcanzó el pueblo y causó la muerte de dos personas. Al mismo tiempo, en la vecina cuenca del Meruelo, el río se desbordó a su paso por Bouzas y ocasionó importantes daños materiales. En ambas zonas, las laderas habían perdido buena parte de su vegetación como consecuencia de los incendios del año pasado.
En la imagen de satélite de esa hora puede identificarse —de forma aproximada— el cumulonimbo responsable: una nube pequeña en extensión horizontal, pero cuyo desarrollo vertical era extraordinario, como mostraban en ese momento los "echotops" del radar de AEMET, con topes que muy probablemente superaban los doce kilómetros de altura.
Imagen del canal visible del Meteosat en la tarde del sábado 15 de agosto hacia las 19,20 horas. La flecha señala —con localización necesariamente aproximada— el cumulonimbo, quizá más de uno, que descargó la tromba en cuestión. Obsérvese su reducida extensión horizontal en comparación con los grandes conjuntos nubosos que lo rodean. Sin embargo, la sombra que proyecta a su derecha indica un potente desarrollo vertical.
Producto "echotops" del radar de AEMET a esa misma hora, que muestra la altura máxima alcanzada por los ecos. Los píxeles morados inmediatos a Ponferrada corresponden a topes que superaban probablemente los doce kilómetros. Llama la atención que, en cambio, la reflectividad de las capas bajas fuera en esos momentos —y siguiera siéndolo en las imágenes posteriores— poco significativa. La explicación podría ser que la zona queda lejos de los radares de A Coruña y de Palencia y parcialmente apantallada por las montañas que rodean el Bierzo: a esas distancias, el haz más bajo del radar muestrea ya a tres o cuatro kilómetros de altura y no "ve" lo que ocurre por debajo. Una vigilancia que atendiera únicamente a la reflectividad no habría encontrado motivo de especial alarma; eran los echotops los que revelaban la verdadera magnitud de lo que estaba ocurriendo.
¿Dónde y por qué se formó una tormenta así? Los análisis de altura de ese día ofrecen la clave: el episodio se produjo en la zona delantera de una dana que se había "cerrado" a lo largo de esa misma mañana, como muestran los análisis de 500 hPa de seis en seis horas y confirman, dentro de lo que permite una atmósfera tan convectiva, las imágenes de vapor de agua. Lo ocurrido aquella tarde es, a mi modo de ver, un magnífico ejemplo de cómo una catástrofe de este tipo no la produce un solo mecanismo, sino una cadena de acontecimientos en la que intervienen escalas atmosféricas muy distintas —y, al final, hasta el propio estado del terreno—. Recorrer esa cadena, eslabón a eslabón, es el propósito de esta entrada.
Análisis del geopotencial de 500 hPa del modelo del Centro Europeo de las 18 UTC del sábado 15. La dana aparece ya cerrada sobre el oeste peninsular con una circulación propia pero débil, mientras la corriente general del oeste discurre muy al norte, sobre las Islas Británicas. El episodio de la pequeña cuenca del Meruelo se gestó en su zona delantera, sobre el cuadrante noroeste peninsular.
Quienes siguen este blog conocen ya el esquema que utilizo habitualmente para explicar las grandes precipitaciones: hace falta un combustible, que es el aire cálido y húmedo de las capas bajas, y hace falta un motor, que es la dinámica de los niveles altos de la troposfera, capaz de poner ese aire en movimiento ascendente y de mantenerlo. La tarde del sábado 15 el combustible estaba garantizado por unos días previos muy calurosos. La cuestión interesante estaba en el motor, y en este caso el motor era una dana en su primer día de vida.
Recordemos el proceso de formación. Una vaguada de los niveles altos —ese entrante de aire frío que en los mapas de 300 o 500 hPa se dibuja como una "V" apuntando hacia el sur— puede profundizarse tanto que su parte más meridional acaba estrangulándose y separándose de la circulación general: nace así un vórtice cerrado con su núcleo de aire frío, una dana. Mi intuición de muchos años de predictor me dice que esa fase de formación es especialmente activa y peligrosa.
Conviene aclarar que el cierre no es en sí mismo un mecanismo dinámico: es la manifestación visible de una evolución continua del flujo. Pero suele coincidir con una configuración muy favorable para la convección profunda: la corriente de viento en altura que rodea la base de la vaguada gira de forma cada vez más brusca y puede concentrar una fuerte divergencia sobre el flanco delantero del vórtice que está naciendo; el aire frío recién llegado a los niveles medios y altos dispara la energía disponible; y el ascenso general del aire va erosionando en poco tiempo la "tapadera" estable que normalmente inhibe la convección. Los ascensos que provoca directamente la dinámica son relativamente modestos: las violentas corrientes que levantan un cumulonimbo de trece o catorce kilómetros en media hora las produce la flotabilidad, el aire cálido y húmedo que asciende por sí mismo como un globo. El papel del motor sería, pues, el de un detonador: la dinámica "quita el corcho" y la flotabilidad hace el resto. Insisto, en todo caso, en que esta especial peligrosidad de la fase de formación es, hoy por hoy, más una intuición profesional que un hecho científicamente establecido; sobre ello volveré al final.
Lo que sí parece claro es que aquel sábado la dana recién nacida hizo su trabajo de motor: durante buena parte del día se desarrolló una convección generalizada sobre una amplia zona del cuadrante noroeste peninsular. Pero aquí viene el eslabón siguiente de la cadena, y quizá el más instructivo. Cuando estalló la célula que seguimos, hacia las 19:30 hora local, el cierre del vórtice llevaba ya varias horas consumado. La imagen visible del final de la tarde es muy reveladora: entre grandes estructuras convectivas, la tormenta en cuestión aparece como una torre solitaria y pequeñísima —su gran desarrollo vertical lo delata la larga sombra que proyecta con el sol ya poniente—, rodeada incluso de zonas relativamente despejadas. Esa no es la señal de una convección forzada directamente por la dinámica de altura; es la de una célula tardía y aislada, disparada por algo mucho más local.
¿Qué pudo ser ese algo? Lo más probable es que fueran las propias tormentas anteriores. Cada una de ellas, al descargar, genera corrientes descendentes que se extienden por el suelo como pequeños frentes fríos: los frentes de racha. Cuando dos de esos frentes chocan entre sí, o cuando uno de ellos embiste una ladera bien orientada, fuerzan un ascenso concentrado y violento del aire de niveles bajos que aún no había sido utilizado por la convección previa. Si ese aire conserva todo su calor y su humedad, el resultado es una torre explosiva y aislada, exactamente como la que muestran las imágenes. Y es a última hora de la tarde, cuando las interacciones entre células están en su apogeo, cuando este mecanismo puede resultar más eficaz.
Esta es, creo, la enseñanza central del episodio: hubo dos escalas encadenadas. La escala sinóptica, la dana, creó el entorno —enfrió la troposfera media y alta, disparó la energía disponible, eliminó la inhibición— y sembró de tormentas una amplia zona geográfica. Y fue la mesoescala —las interacciones de esas tormentas entre sí y con el terreno en las capas bajas— la que decidió dónde y cuándo se concentraría al final del día la célula extrema. La dana fue la causa del brote; el disparo concreto de este cumulonimbo, en ese lugar y a esa hora, pertenece a la mesoescala y era, en la práctica, imposible de localizar de antemano. Atribuir al eslabón sinóptico lo que pertenece al mesoescalar sería tan erróneo como ignorar que, sin la dana, aquella célula no habría existido.
De ello se desprende una conclusión de valor práctico. En jornadas en que una dana joven actúa sobre una masa cálida y húmeda, la convección extrema puede aparecer en cualquier punto de su sector delantero. Y puesto que el punto y la hora exactos del disparo pertenecen a la mesoescala y son en la práctica impredecibles, la vigilancia estrecha de todo ese sector —satélite (muy en especial las imágenes del canal de vapor de agua), echotops, descargas— es la única herramienta real de que dispone el predictor, y debe mantenerse hasta el final del episodio.
Debo reconocer, en todo caso, que mi valoración de la fase de formación como la más peligrosa del ciclo de vida de una dana tiene todavía mucho de intuición profesional. Hasta donde conozco, no existe un estudio que haya establecido de forma sistemática la relación entre las fases de ese ciclo de vida y las precipitaciones más intensas que producen.
No sería, desde luego, un estudio sencillo: exigiría distinguir entre las danas que permanecen como estructuras casi puras de niveles altos —como la de este episodio— y las que acaban generando ciclogénesis en superficie u organizando flujos húmedos potentes en capas bajas, como ocurre tan a menudo en el Mediterráneo, donde los máximos de precipitación pueden llegar bastante después del cierre; y exigiría además tener en cuenta los máximos secundarios de viento que pueden aparecer en la circulación de la dana en cualquier fase de su vida y reactivarla, unas estructuras que no siempre resultan fáciles de localizar en los análisis. Pero precisamente por esa complejidad sería una investigación de gran interés científico y operativo: permitiría saber en qué tipo de danas y en qué fase de su vida debe extremarse la vigilancia.
Por tanto, no cabe pensar que, una vez cerrado el vórtice, el peligro queda atrás. En el Mediterráneo, lo verdaderamente determinante suele llegar cuando la zona delantera de la dana hace caer la presión sobre el mar y se establece un flujo potente y persistente de viento húmedo de levante que alimenta la convección desde las capas bajas. Y eso puede ocurrir bastante tiempo después de que la dana se haya cerrado, con el vórtice ya perfectamente constituido. Dicho con el esquema de siempre: en el Mediterráneo el combustible puede seguir llegando —y renovándose— durante mucho tiempo, y ahí es donde se gestan los grandes episodios de precipitaciones torrenciales de nuestra fachada oriental.
En el caso de los montes Aquilianos, la meteorología puso la tromba, pero la magnitud de la catástrofe la decidió también el terreno: unas cuencas muy pequeñas, de fuerte pendiente y con muy poca vegetación tras los incendios del año pasado, incapaz de retener nada de lo que cayó. Es un recordatorio de que el riesgo real no lo define solo la lluvia, sino el estado del territorio que la recibe; el último eslabón de la cadena ya no era atmosférico. Pero esa es otra reflexión que merece espacio propio. Quede aquí, de momento, la idea central: cuando los mapas previstos anuncien que una vaguada está a punto de cerrarse sobre una masa cálida y húmeda, conviene mirar con especial atención su zona delantera. Puede que allí, durante unas horas, la atmósfera disponga de uno de sus motores más potentes.












