Un reciente artículo publicado en Geoscientific Model Development (GMD) sobre el diseño experimental de CMIP7 —la próxima generación de simulaciones climáticas internacionales— parece confirmar un cambio de enfoque que ya venía apuntándose desde hace algunos años. El escenario SSP5-8.5, durante mucho tiempo ampliamente utilizado como referencia principal de altas emisiones, pierde protagonismo frente a trayectorias consideradas hoy más plausibles y ligadas a políticas actuales, mientras adquieren mayor importancia escenarios de estabilización y sobrepasamiento temporal (‘overshoot’) de determinados umbrales térmicos.(Véase especialmente la discusión sobre los escenarios Fast Track y la selección de trayectorias prioritarias en CMIP7)
Como meteorólogo y observador desde hace muchos años de la dinámica atmosférica, creo que merece la pena detenerse un momento a analizar qué hay realmente detrás de estas afirmaciones.
Durante bastante tiempo, el escenario RCP8.5 ocupó un lugar central en numerosos estudios climáticos. Se trataba de una trayectoria de emisiones muy elevada, basada en un crecimiento muy intenso y sostenido del uso de combustibles fósiles, especialmente del carbón. Aunque originalmente fue concebido como un escenario extremo o de referencia alta, con el paso de los años acabó utilizándose con frecuencia casi como escenario de referencia.
Sin embargo, diversos investigadores vienen señalando desde hace tiempo que esa trayectoria parece hoy menos plausible que hace una década. La expansión de las energías renovables, la electrificación, algunos cambios tecnológicos y la propia evolución demográfica mundial hacen pensar que el crecimiento extremo y continuado de emisiones implícito en SSP5-8.5 podría no llegar a producirse.
El propio diseño de los escenarios que se utilizarán en CMIP7, la próxima gran generación de experimentos climáticos internacionales, parece reflejar ya este cambio de enfoque. Los escenarios extremos siguen existiendo, pero pierden protagonismo frente a trayectorias consideradas más compatibles con las políticas y tendencias actuales.
Hasta aquí podría parecer que las noticias son relativamente tranquilizadoras. Pero la realidad es más compleja. Si, paradójicamente, algunos escenarios extremos de emisiones parecen menos probables, la evolución reciente de las temperaturas globales está siendo extraordinariamente rápida. El planeta ha registrado en los últimos años anomalías térmicas muy elevadas y se ha aproximado temporalmente al umbral de +1,5 ºC respecto al período de referencia preindustrial utilizado habitualmente por el IPCC (1850-1900).
Parte de esta aceleración puede explicarse por factores conocidos: el episodio de El Niño, el aumento continuo de gases de efecto invernadero o la reducción reciente de aerosoles atmosféricos asociada a cambios en los combustibles marítimos. Pero existe también un debate creciente sobre si algunos procesos del sistema climático podrían estar respondiendo de forma más intensa o compleja de lo esperado.
Y aquí es donde, en mi opinión, aparecen algunas de las cuestiones más interesantes. La temperatura media global es un indicador fundamental, pero la atmósfera real no funciona únicamente a base de medias globales. Los meteorólogos convivimos diariamente con estructuras dinámicas complejas: chorros, ondas planetarias, bloqueos, descuelgues fríos, dorsales persistentes, reorganizaciones de la circulación hemisférica…Y precisamente algunos de los fenómenos más llamativos observados en los últimos años parecen estar relacionados no solo con un aumento uniforme del calor, sino con cambios en la persistencia y configuración de ciertos patrones atmosféricos.
No está nada claro todavía hasta qué punto los modelos climáticos actuales representan correctamente estas respuestas dinámicas regionales. De hecho, muchos modelos reproducen razonablemente bien la evolución térmica global, pero muestran más incertidumbres cuando se trata de circulación atmosférica, bloqueos o comportamiento de los chorros.
Por eso quizá el debate climático de los próximos años ya no girará únicamente alrededor de preguntas como ¿alcanzaremos 2,5 ºC o 4 ºC en 2100? sino ¿cómo está cambiando la dinámica atmosférica?, ¿están aumentando ciertos patrones persistentes? o ¿estamos subestimando algunos mecanismos regionales?
No creo que nadie tenga todavía la respuesta a estas cuestiones, pero sí creo que conviene evitar dos simplificaciones opuestas. La primera sería pensar que, porque algunos escenarios extremos de emisiones pierdan plausibilidad, el problema climático estaba exagerado y deja de ser preocupante. La segunda sería transmitir una sensación de certeza absoluta sobre procesos atmosféricos y oceánicos que siguen siendo extraordinariamente complejos.
Quizá el momento actual exige precisamente algo que no siempre abunda en el debate público: prudencia, observación y capacidad para convivir con la incertidumbre científica sin dejar de tomar en serio las señales que muestra la atmósfera real. Más allá de gráficos, escenarios y debates académicos, la atmósfera sigue hablándonos cada día y algunos de sus mensajes recientes merecen, al menos, atención.











