La reciente publicación en Science Advances de un trabajo que apunta a un posible debilitamiento mucho más intenso de la AMOC (Atlantic Meridional Overturning Circulation) ha vuelto a situar en primer plano una cuestión fundamental para la dinámica climática del hemisferio norte: ¿podría estar entrando el Atlántico Norte en una fase de cambio estructural importante?
Como suele ocurrir, algunos titulares han derivado rápidamente hacia escenarios de “colapso” de la circulación atlántica. Sin embargo, la cuestión científica real es bastante más compleja —y probablemente más interesante— que una simple dicotomía entre estabilidad y colapso.
En varias entradas recientes de este blog he comentado que la circulación atmosférica del hemisferio norte parece estar mostrando desde hace algunos años comportamientos difíciles de interpretar únicamente desde una visión lineal y gradualista del cambio climático y que podrían apuntar a procesos más complejos de reorganización dinámica de escala hemisférica. Y es precisamente aquí donde el nuevo debate sobre la AMOC adquiere especial interés.
La AMOC suele describirse de forma simplificada como una gigantesca cinta transportadora oceánica que lleva aguas cálidas superficiales hacia el Atlántico Norte y devuelve aguas profundas frías hacia el sur. Pero físicamente representa bastante más que eso: la circulación atlántica constituye uno de los grandes organizadores térmicos del hemisferio norte. No solo redistribuye calor: ayuda a configurar gradientes térmicos oceánicos y atmosféricos que condicionan la posición, intensidad y estructura de los grandes chorros atmosféricos y de las trayectorias ciclónicas atlánticas.
Por ello, un debilitamiento importante de la AMOC no implicaría únicamente “menos calor hacia Europa”, sino probablemente modificaciones más amplias en la organización de la dinámica hemisférica.
La hipótesis de un debilitamiento de la circulación atlántica no es nueva. Desde hace décadas muchos modelos climáticos sugieren que el calentamiento global y el aporte creciente de agua dulce procedente del deshielo groenlandés tenderían a dificultar la formación de aguas profundas en el Atlántico Norte. Sin embargo, demostrar observacionalmente ese debilitamiento resulta mucho más complicado.
Las observaciones directas relativamente completas de la AMOC comienzan en 2004 con el sistema RAPID situado en torno a 26.5ºN. Y poco más de veinte años constituyen una serie demasiado corta para un sistema caracterizado por una enorme variabilidad natural multidecenal. Buena parte de las evidencias provienen de indicadores indirectos tales como patrones de temperatura superficial del Atlántico, cambios de salinidad, reconstrucciones paleoclimáticas, variaciones regionales del nivel del mar, o el conocido “warming hole” subpolar atlántico.
De acuerdo con todo ello muchos trabajos apuntan hacia una AMOC más débil que a mediados del siglo XX, aunque siguen existiendo incertidumbres importantes sobre la magnitud real del debilitamiento, la separación entre variabilidad natural y tendencia forzada, y la posible proximidad -o no- a umbrales críticos.
En este contexto, el nuevo trabajo publicado en Science Advances no resulta especialmente novedoso por afirmar que la AMOC pueda debilitarse. Sí lo es, en cambio, el enfoque utilizado: los autores restringen los modelos climáticos mediante observaciones reales del Atlántico Norte, seleccionando aquellos que mejor reproducen determinados patrones observados de temperatura y salinidad oceánica. El hallazgo clave es que precisamente esos modelos —los más fieles a las observaciones actuales— son los que proyectan un debilitamiento más intenso de la AMOC durante este siglo, que podría acercarse al 50% hacia finales de siglo bajo escenarios de altas emisiones.
El artículo sugiere, por tanto, que la media de los modelos climáticos podría estar subestimando la vulnerabilidad real de la circulación atlántica. Aunque el artículo no identifica ningún umbral crítico concreto, sí se enmarca en un contexto científico donde crece el interés por posibles respuestas no lineales y cambios de régimen en grandes componentes del sistema climático. Conviene recordar, no obstante, que las proyecciones más intensas del estudio corresponden a escenarios de emisiones muy elevadas, cuya plausibilidad como trayectoria central del siglo XXI es actualmente objeto de creciente debate.
Sin embargo, quizá la cuestión más interesante no sea únicamente cuánto podría debilitarse la AMOC, sino cómo interactuaría dicha evolución con otros grandes cambios actualmente observados en el sistema climático.
Desde hace años numerosos trabajos sugieren una expansión de la atmósfera tropical y un desplazamiento hacia latitudes más altas de circulaciones tropicales y subtropicales. En principio, este proceso tendería a favorecer una cierta migración hacia los polos de los chorros así como una expansión de la dinámica subtropical. Pero, a la vez, un debilitamiento significativo de la AMOC podría introducir en el Atlántico Norte efectos regionales parcialmente distintos como enfriamientos, reorganización de gradientes térmicos, aumento regional de la baroclinidad o alteraciones en la propagación de ondas planetarias. De este modo, la circulación hemisférica podría estar respondiendo no a un único forzamiento dominante, sino a la interacción compleja entre procesos dinámicos parcialmente contrapuestos.
En cualquier caso cabe insistir que esta hipótesis es altamente especulativa. La expansión tropical está relativamente bien documentada y el posible debilitamiento futuro de la AMOC resulta cada vez más plausible en numerosos modelos. Pero la existencia de señales observacionales robustas de debilitamiento actual sigue siendo debatida, y su posible influencia concreta sobre la reorganización reciente de los chorros atmosféricos continúa siendo todavía muy incierta. Todo ello podría sugerir no tanto una simple tendencia lineal, sino una creciente complejidad estructural del sistema atmosférico hemisférico.
Tal vez el gran desafío actual no consista únicamente en cuantificar cuánto cambia el clima, sino en comprender cómo podrían reorganizarse los propios mecanismos dinámicos que estructuran la circulación general. Y quizá esa sea precisamente una de las cuestiones más sugerentes que plantea el nuevo debate sobre la AMOC: no solo cuánto puede cambiar la circulación atlántica, sino cómo su evolución podría interactuar con otros procesos globales dentro de un sistema climático profundamente acoplado y potencialmente cada vez más no lineal.











