26 de mayo de 2026

Grandes dorsales persistentes: entre la percepción sinóptica y la evidencia científica

 Hace ya tiempo que vengo planteando en distintas entradas de este blog una hipótesis que, al menos desde una perspectiva sinóptica y operativa, me parece difícil de ignorar: la posible recurrencia creciente de grandes dorsales atmosféricas persistentes en determinadas regiones del hemisferio norte, especialmente en el Atlántico oriental–Europa occidental y en el Pacífico occidental–Norteamérica.

Amplias dorsales subtropicales parecen extenderse cada vez con mayor frecuencia hacia latitudes medias, generando situaciones de circulación lenta, subsidencia persistente y episodios de calor extraordinariamente duraderos. En ocasiones, estas estructuras permanecen casi estacionarias durante largos periodos, configurando patrones atmosféricos de gran amplitud y escasa movilidad.

Ejemplo de dorsal subtropical extremadamente amplificada y persistente sobre Europa occidental en julio de 2019 (ECMWF).

En cualquier caso, el objetivo de este artículo no es insistir nuevamente en esa hipótesis, sino reflexionar sobre una cuestión quizá más interesante: ¿por qué resulta tan difícil trasladar esta percepción sinóptica relativamente extendida a una evidencia científica sólida, coherente y ampliamente consensuada?

Lo cierto es que, pese a la abundancia creciente de trabajos sobre dinámica atmosférica y extremos climáticos, todavía no parece existir un marco conceptual verdaderamente consolidado que describa con claridad qué está ocurriendo exactamente en la circulación extratropical.

Durante las dos últimas décadas han proliferado hipótesis e interpretaciones diversas: debilitamiento del chorro asociado a la amplificación ártica, incremento de la ondulación planetaria, resonancias cuasiestacionarias o patrones recurrentes de ondas de Rossby, entre otras. Sin embargo, los resultados siguen siendo a menudo parciales, regionales o incluso contradictorios. En algunos trabajos aparecen señales relativamente claras; en otros, las tendencias desaparecen al modificar la métrica utilizada —la manera concreta de definir y cuantificar estadísticamente estos patrones atmosféricos—, el periodo analizado o el conjunto de modelos considerados. Y quizá parte del problema resida precisamente en las propias herramientas utilizadas para describir la circulación atmosférica.

Los índices clásicos —NAO, AO o los distintos índices de bloqueo— fueron diseñados para representar ciertos modos dominantes de variabilidad atmosférica simplificando enormemente la complejidad espacial de la circulación. Son herramientas extraordinariamente útiles, pero posiblemente no capturan adecuadamente configuraciones híbridas caracterizadas por gran amplitud meridional, elevada persistencia, desplazamiento latitudinal del chorro subtropical o dorsales subtropicales semiestacionarias. Es decir, es posible que estemos intentando describir cambios dinámicos complejos mediante herramientas conceptuales relativamente simples.

De hecho, una de las cuestiones que probablemente merece revisarse es la propia definición de “bloqueo atmosférico”. Durante muchos años, gran parte de la investigación se ha centrado en determinar si el cambio climático podría estar favoreciendo un aumento de bloqueos clásicos tipo omega o rex. Sin embargo, muchas de las situaciones observadas recientemente sobre Europa occidental o Norteamérica parecen corresponder más bien a grandes expansiones persistentes de la dorsal subtropical africano-atlántica, con geopotenciales muy elevados y circulación muy lenta, aunque sin cumplir necesariamente todos los criterios dinámicos clásicos utilizados en la definición canónica de bloqueo atmosférico.

Muchas de estas configuraciones comparten algunos rasgos con situaciones de bloqueo, especialmente en términos de persistencia y ralentización de la circulación. Sin embargo, en numerosos casos el flujo zonal no aparece completamente interrumpido, sino más bien muy deformado y desplazado hacia latitudes altas, mientras que la propia dorsal parece alimentarse continuamente desde regiones subtropicales mediante intensas advecciones cálidas y procesos ondulatorios de gran escala. Desde esta perspectiva, algunas de estas situaciones podrían responder más bien a configuraciones híbridas subtropicales-extratropicales que no encajan completamente en el paradigma clásico de bloqueo desarrollado para las latitudes medias-altas. Y esa diferencia puede ser importante porque, si el fenómeno dominante no fuese exactamente un incremento de bloqueos clásicos, sino una mayor persistencia de dorsales subtropicales amplias e híbridas, parte de las métricas tradicionales podrían simplemente no estar detectándolo correctamente.

Algo parecido ocurre con el concepto de “resonancia” de ondas planetarias, muy utilizado en algunos trabajos recientes. Desde un punto de vista dinámico, una resonancia estricta implica mecanismos relativamente específicos de acoplamiento energético y amplificación sostenida. Sin embargo, muchas situaciones atmosféricas podrían responder más bien a sincronizaciones de fase entre ondas. Es decir, pueden existir ondas muy amplificadas y persistentes sin necesidad de que se trate de una resonancia estricta en sentido físico. Y creo que una parte importante de algunos debates científicos actuales gira precisamente alrededor de este matiz conceptual. En muchos de estos episodios, la dorsal no aparece simplemente como una expansión cálida subtropical aislada, sino como el resultado de una compleja interacción entre distintas ondas y circulaciones atmosféricas.

Interacción entre ondas y circulaciones atmosféricas de gran escala durante la construcción de una dorsal persistente (EUMETSAT/Meteored)

Mientras tanto, la percepción sinóptica acumulada por muchos meteorólogos sigue sugiriendo que algo parece estar cambiando en determinados regímenes atmosféricos. No necesariamente en forma de modificaciones simples de la circulación media hemisférica, sino quizá en términos de persistencia, organización espacial y recurrencia de ciertos patrones ondulatorios. A este respecto no parece casual que en los últimos congresos internacionales, como la EGU General Assembly 2026, el foco empiece a desplazarse progresivamente hacia este tipo de cuestiones. Ello puede reflejar de modo implícito que las herramientas tradicionales quizá no basten para describir completamente ciertos cambios complejos de la circulación subtropical y extratropical.

Quizá todavía nos encontramos en una fase relativamente temprana del problema, en la que la percepción sinóptica va por delante de la formalización estadística y dinámica, algo que no sería la primera vez que ocurre en meteorología. En cualquier caso, ello no significa necesariamente que esta hipótesis termine confirmándose en todos sus aspectos. Parte de las señales observadas podrían corresponder todavía a variabilidad interna insuficientemente comprendida. Pero la propia dificultad para traducir determinadas percepciones sinópticas aparentemente robustas en un cuerpo de evidencia dinámica ampliamente consensuado constituye ya, en sí misma, una cuestión científica extraordinariamente interesante y de alto impacto social. 

24 de mayo de 2026

Temporada de huracanes 2026: ¿menos actividad o más incertidumbre?

La NOAA, el Servicio Meteorológico norteamericano, ya ha presentado su previsión para la temporada atlántica de huracanes de 2026. El organismo prevé una temporada con una actividad ligeramente inferior en un 55 % a la media: estima entre 8 y 14 tormentas con nombre, de 3 a 6 huracanes y de 1 a 3 grandes huracanes. 

Conviene recordar que estas previsiones no intentan anticipar dónde impactará un ciclón concreto ni cuándo se formará exactamente. Lo que buscan es estimar si el conjunto de la cuenca atlántica presentará unas condiciones más o menos favorables para la génesis y desarrollo de ciclones tropicales. Es decir, se trata de una previsión probabilística del “entorno climático” de la temporada.

Sin embargo, detrás de esas cifras aparentemente simples se esconde una situación atmosférica y oceánica bastante más compleja de lo habitual. Este año confluyen varios factores potencialmente contrapuestos: la muy probable evolución hacia condiciones de El Niño, que normalmente inhiben o debilitan mucho la actividad ciclónica atlántica, y al mismo tiempo unas temperaturas oceánicas relativamente elevadas en amplias zonas del Atlántico tropical.

A ello se añade otra cuestión quizá menos comentada pero científicamente muy interesante: los posibles cambios recientes observados en la estructura de la circulación atmosférica de gran escala, especialmente en el comportamiento de los chorros y de las grandes ondas planetarias de Rossby, algo a lo que me refiero frecuentemente. Y en ese contexto, la pregunta es: ¿hasta qué punto siguen funcionando igual las relaciones clásicas entre ENSO, cizalladura y huracanes en un sistema climático que parece estar mostrando ciertos cambios dinámicos de fondo?

Cabe recordar que las predicciones estacionales actuales son el resultado de combinar distintos tipos de herramientas: modelos dinámicos océano-atmósfera, métodos estadísticos basados en analogías históricas, evolución prevista del ENSO, temperatura superficial del mar y muy particularmente la evolución de la cizalladura vertical del viento sobre el océano. En las últimas décadas estas previsiones han mejorado notablemente gracias al avance de los modelos acoplados y a una observación mucho más precisa del océano tropical. Sin embargo, siguen existiendo limitaciones importantes ya que la atmósfera tropical continúa siendo un sistema altamente no lineal donde pequeñas variaciones en los patrones atmosféricos pueden alterar significativamente el resultado final de la temporada.

En cualquier caso, la principal razón por la que NOAA y otros centros prevén una temporada relativamente moderada es la probable evolución hacia condiciones de El Niño durante el verano y el otoño boreales. Durante los episodios de El Niño, el aumento de la convección sobre el Pacífico ecuatorial central y oriental modifica la circulación de Walker y favorece un incremento de los vientos del oeste en altura sobre amplias zonas del Atlántico tropical y subtropical. El resultado suele ser un aumento de la cizalladura vertical del viento. Y ese factor constituye uno de los principales enemigos de los ciclones tropicales: desorganiza la estructura convectiva del sistema, desplaza las tormentas respecto al centro de circulación ciclónica y dificulta la intensificación de los huracanes.

Sin embargo, como ya apuntaba antes, la situación este año dista mucho de ser sencilla porque el Atlántico tropical continúa mostrando anomalías cálidas y un elevado contenido de calor oceánico en algunas regiones, lo que implica una gran cantidad de energía disponible para la convección tropical. Por tanto, la cuestión es evidente: ¿hasta qué punto el efecto inhibidor del Niño puede compensar el potencial energético asociado a un Atlántico todavía muy cálido?

Anomalías de temperatura superficial del mar (NOAA, 22 mayo 2026). El calentamiento progresivo del Pacífico ecuatorial asociado a El Niño contrasta con un Atlántico tropical que continúa mostrando aguas relativamente cálidas. Sin embargo, es interesante notar alguans anomalías negativas en la zona de Cabo Verde, un área tipica de generación de ciclones tropicales junto con la caribeña.

En los últimos años se ha popularizado mucho la idea de que “océanos más cálidos equivalen automáticamente a más huracanes”. Pero la realidad física es bastante más compleja. La temperatura superficial del mar es importante, sin duda, pero no actúa de forma aislada. Además de la estructura vertical del viento, la actividad ciclónica depende también de la organización de la circulación tropical, la posición de las dorsales subtropicales o la interacción entre dinámica tropical y extratropical. Es decir, importa tanto la dinámica atmosférica como la energía oceánica disponible. Y en este aspecto las incertidumbres aumentan considerablemente. En los últimos años diversos estudios han sugerido posibles modificaciones en el comportamiento de los chorros y de las grandes ondas planetarias de Rossby, con episodios más persistentes de bloqueos y ondulaciones atmosféricas de gran amplitud.

Todavía existe un debate científico importante sobre el alcance real de estos cambios y sobre su posible relación con el calentamiento global y la amplificación ártica. Pero la cuestión empieza a ser relevante también para la meteorología tropical porque los huracanes no dependen únicamente de las condiciones locales del Atlántico tropical. Dependen también de la estructura completa de la circulación planetaria, ya que un chorro más ondulado o patrones más persistentes podrían alterar la posición y fortaleza de la dorsal subtropical atlántica, la distribución regional de la cizalladura e incluso la propagación de las ondas tropicales africanas.

La cuestión es que todavía no sabemos bien hasta qué punto estas posibles reorganizaciones dinámicas pueden modificar las relaciones clásicas entre ENSO y actividad ciclónica atlántica. Y probablemente este sea uno de los aspectos más interesantes —y más inciertos— de la situación actual. Por tanto la temporada atlántica de 2026 puede convertirse en un interesante laboratorio climático donde comprobar hasta qué punto siguen funcionando los esquemas clásicos de la meteorología tropical en un sistema atmosférico posiblemente cada vez más complejo.

Vamos a seguirla.


21 de mayo de 2026

La persistencia de las grandes dorsales


Mientras escribo estas líneas, una amplia dorsal subtropical comienza a consolidarse sobre buena parte de Europa occidental. Los modelos apuntan además hacia una situación potencialmente muy persistente, no tanto por la permanencia inalterada de una única dorsal, sino por el probable relevo sucesivo de varias estructuras anticiclónicas similares a lo largo de los próximos días. Aunque cada dorsal individual pueda debilitarse o desplazarse parcialmente, la percepción global será probablemente la de un largo episodio de tiempo estable y muy cálido.

La situación a 300 hPa, hoy 21 de mayo, según el CEPPM. Se observa ya una amplia dorsal subtropical extendiéndose hacia Europa occidental.

La posible situación dentro de una semana. Pueden existir ciertas dudas respecto a la situación sobre Escandinavia y Europa oriental, pero pocas sobre la persistencia de la dorsal sobre Europa occidental.

Situaciones como esta llevan inevitablemente a plantearse una cuestión interesante: ¿estamos observando una atmósfera más propensa a los patrones persistentes?

En un artículo anterior comentaba cómo la expansión tropical y la evolución reciente de las grandes ondas atmosféricas no parecen manifestarse mediante desplazamientos suaves y uniformes de la circulación general, sino a través de ondulaciones muy amplificadas e intrusiones meridianas cada vez más profundas. Pero quizá existe otra cuestión aún más interesante: ¿están además algunas configuraciones atmosféricas durando más tiempo que antes?

En meteorología se utiliza el término “persistencia” para describir situaciones atmosféricas que tienden a mantenerse durante periodos relativamente largos. Naturalmente, no se trata de un fenómeno nuevo. Los bloqueos anticiclónicos, las dorsales subtropicales estacionarias o las largas situaciones dominadas por determinados regímenes de circulación atlántica forman parte desde siempre de la dinámica natural de la atmósfera.

Sin embargo, muchos meteorólogos tenemos la impresión de que en las últimas décadas algunas de estas configuraciones muestran una amplitud y una persistencia especialmente llamativas. Grandes dorsales que alcanzan latitudes muy altas, bloqueos muy robustos y situaciones que parecen resistirse durante días o incluso alguna semana a cualquier cambio significativo.

Naturalmente, las percepciones personales pueden inducir a error y deben contrastarse siempre con análisis objetivos y series largas de datos. Pero quizá también convenga recordar que la atmósfera no siempre expresa sus cambios mediante variaciones suaves y uniformes. Se trata de un sistema muy ondulatorio y no lineal, donde pequeñas modificaciones en determinados equilibrios pueden traducirse en configuraciones regionales muy amplificadas.

En los últimos años numerosos estudios han analizado si el calentamiento global podría estar favoreciendo algunos patrones más persistentes de circulación atmosférica. Una de las hipótesis más conocidas relaciona el fuerte calentamiento del Ártico con un debilitamiento del gradiente térmico entre las altas y las medias latitudes. Ello podría favorecer  determinadas configuraciones más amplificadas y persistentes de la circulación atmosférica de latitudes medias del hemisferio norte. 

Sin embargo, la cuestión dista mucho de estar completamente resuelta. Otros investigadores subrayan que las observaciones todavía son relativamente cortas, que la variabilidad natural de la circulación atmosférica es enorme y que los resultados dependen mucho de las regiones estudiadas y de la metodología utilizada. De hecho, no existe actualmente un consenso claro sobre una ralentización general de la circulación atmosférica en el hemisferio norte.

Probablemente el problema sea más complejo. La circulación atmosférica no depende únicamente del Ártico. También influyen las temperaturas oceánicas, la evolución de los trópicos, las interacciones entre océano y atmósfera o incluso los intercambios entre la troposfera y la estratosfera.

Desde una perspectiva sinóptica, parece observarse con creciente frecuencia la aparición de estructuras complejas de chorros múltiples o ramificados, en las que distintas ramas intensas de la circulación del oeste interactúan sobre un amplio rango latitudinal. En ocasiones, las circulaciones subtropical y polar parecen incluso entrar parcialmente en fase, reforzando conjuntamente grandes dorsales persistentes y bloqueos muy robustos. Quizá la expansión tropical no se esté manifestando únicamente mediante desplazamientos medios de la circulación, sino también a través de una reorganización más compleja y continua del conjunto del sistema de chorros atmosféricos.

Estas configuraciones podrían favorecer además episodios de circulación cuasi resonante, en los que determinadas ondas planetarias permanecen muy amplificadas y casi estacionarias durante largos periodos, favoreciendo así episodios extremos persistentes.

Y aquí aparece probablemente la cuestión más importante. Aunque los cambios dinámicos fueran relativamente modestos, una atmósfera más cálida amplifica enormemente las consecuencias de cualquier situación persistente. Una dorsal subtropical estacionaria produce hoy olas de calor más intensas; una situación de lluvias persistentes descarga sobre mares más cálidos y atmósferas con mayor contenido de vapor de agua; y una sequía prolongada encuentra unos suelos más recalentados y secos que hace algunas décadas.

Quizá la cuestión importante no sea si la atmósfera se mueve menos, sino si determinadas configuraciones tienen hoy más facilidad para amplificarse, reforzarse mutuamente y permanecer ancladas durante largos periodos. Es una cuestión todavía abierta, pero también una de las más interesantes de la meteorología actual.

17 de mayo de 2026

Entre la física y los algoritmos: el futuro de la predicción meteorológica

La irrupción de la inteligencia artificial en la predicción meteorológica constituye probablemente el cambio conceptual más importante en este campo desde el desarrollo de los modelos numéricos modernos. Durante décadas, la mejora de las predicciones estuvo ligada casi exclusivamente al aumento de resolución, la mejora de los sistemas de observación y el perfeccionamiento de los modelos físicos que resuelven las ecuaciones de la atmósfera. Sin embargo, en muy pocos años han aparecido modelos basados en aprendizaje automático capaces de competir con los sistemas numéricos clásicos en numerosos parámetros y horizontes temporales.

No se trata ya de experimentos académicos marginales. Sistemas como GraphCast, Pangu-Weather o el reciente AIFS del ECMWF muestran que una parte importante de la predictibilidad atmosférica puede ser aprendida estadísticamente a partir de enormes volúmenes de datos históricos. La cuestión ya no es si la inteligencia artificial tendrá un papel importante en meteorología, porque eso parece fuera de duda. La verdadera cuestión es cómo transformará el propio concepto de predicción meteorológica y cuál será el papel futuro de los predictores humanos en un entorno crecientemente automatizado.

En algunos aspectos, las capacidades de estos sistemas resultan extraordinarias. Su velocidad de cálculo, su bajo coste computacional y su capacidad para generar enormes conjuntos probabilistas abren posibilidades impensables hace muy pocos años. Además, la evolución reciente está siendo extremadamente rápida. Los primeros modelos basados en IA podían ser vistos esencialmente como sistemas estadísticos sofisticados, muy eficaces en determinados contextos, pero relativamente ajenos a la comprensión física del sistema atmosférico. Sin embargo, esa frontera empieza ya a difuminarse.

Cada vez aparecen más arquitecturas híbridas que incorporan restricciones dinámicas, conservación de magnitudes físicas o esquemas de aprendizaje guiados por principios físicos. Todo indica que el futuro más probable no será una sustitución pura de la modelización dinámica tradicional, sino una creciente hibridación entre modelos físicos e inteligencia artificial.

La inteligencia artificial podría incluso acabar desempeñando un papel relevante no solo en la predicción, sino también en el descubrimiento físico, identificando regularidades, acoplamientos o comportamientos emergentes difíciles de detectar mediante aproximaciones tradicionales. Es posible que estemos entrando en una nueva etapa de síntesis entre dinámica atmosférica, estadística avanzada y aprendizaje automático.

En este contexto comienza a emerger un debate especialmente delicado: ¿qué valor diferencial podrá seguir aportando el predictor humano?

La respuesta no resulta sencilla. Durante décadas, el predictor humano desempeñó un papel esencial en un entorno donde los modelos presentaban limitaciones importantes. Sin embargo, a medida que los sistemas automáticos mejoran, parte del valor añadido tradicional de la intervención humana puede ir reduciéndose, al menos en situaciones rutinarias.

Y sin embargo, tampoco parece razonable concluir que el predictor humano vaya a desaparecer. La atmósfera sigue siendo un sistema extraordinariamente complejo, especialmente en situaciones extremas, raras o poco representadas en los datos históricos donde los modelos IA actuales siguen mostrando algunas limitaciones importantes. Es precisamente en esos escenarios donde la comprensión física profunda, la interpretación dinámica y la capacidad para detectar incoherencias pueden seguir teniendo un enorme valor.

Quizá el problema ya no sea “IA frente a predictor humano”, sino otro muy distinto: qué tipo de predictor humano podrá seguir siendo útil en la era de la inteligencia artificial. Y aquí aparece una paradoja preocupante. Cuanto mejores son los sistemas automáticos, menos se ejercita en ocasiones el razonamiento físico profundo de los predictores. La automatización creciente puede acabar debilitando precisamente aquellas capacidades necesarias para supervisar críticamente a la propia inteligencia artificial.

Durante décadas, la meteorología sinóptica obligaba a construir mentalmente la evolución atmosférica a partir de observaciones, diagnosis dinámicas e interpretación física. Ese entrenamiento generaba una cierta autonomía intelectual frente a los modelos. Sin embargo, si la práctica operativa deriva progresivamente hacia la simple interpretación de productos ya procesados por algoritmos, el predictor puede acabar convirtiéndose en un mero intermediario entre la máquina y el usuario final.

Y entonces surge una cuestión esencial: ¿cómo podrá cuestionarse una salida automática si ya no existe una comprensión física suficientemente sólida para hacerlo?

Paradójicamente, la inteligencia artificial podría no reducir las necesidades de formación avanzada de los meteorólogos, sino aumentarlas. En un entorno crecientemente automatizado, quizá sobreviva menos el predictor rutinario y mucho más el meteorólogo con gran capacidad dinámica, probabilista y crítica. El predictor del futuro podría parecerse menos al generador artesanal de pronósticos y mucho más a un analista de incertidumbre, supervisor de sistemas complejos e intérprete físico de modelos cada vez más sofisticados y parcialmente opacos.

Así lo ve la IA...

Eso exigirá probablemente reforzar conocimientos en dinámica atmosférica, meteorología sinóptica, teoría de la predictibilidad, análisis probabilista o diagnóstico físico de modelos. Pero también obligará a incorporar nuevos conocimientos relacionados con el aprendizaje automático, la gestión masiva de datos y la interpretación crítica de sistemas IA. La formación del futuro predictor deberá combinar así comprensión física profunda de la atmósfera con capacidad para interpretar críticamente sistemas automáticos cada vez más complejos.

La transición ya ha comenzado y probablemente transformará profundamente no solo las herramientas de predicción, sino también la propia manera de entender qué significa hoy ‘predecir’ la atmósfera.

13 de mayo de 2026

Chorros atmosféricos en reorganización: ¿qué papel podría desempeñar la AMOC?

 La reciente publicación en Science Advances de un trabajo que apunta a un posible debilitamiento mucho más intenso de la AMOC (Atlantic Meridional Overturning Circulation) ha vuelto a situar en primer plano una cuestión fundamental para la dinámica climática del hemisferio norte: ¿podría estar entrando el Atlántico Norte en una fase de cambio estructural importante? 

Como suele ocurrir, algunos titulares han derivado rápidamente hacia escenarios de “colapso” de la circulación atlántica. Sin embargo, la cuestión científica real es bastante más compleja —y probablemente más interesante— que una simple dicotomía entre estabilidad y colapso.

En varias entradas recientes de este blog he comentado que la circulación atmosférica del hemisferio norte parece estar mostrando desde hace algunos años comportamientos difíciles de interpretar únicamente desde una visión lineal y gradualista del cambio climático y que podrían apuntar a procesos más complejos de reorganización dinámica de escala hemisférica. Y es precisamente aquí donde el nuevo debate sobre la AMOC adquiere especial interés.


Anomalías térmicas persistentes en el Atlántico Norte y configuraciones recientes de doble chorro podrían formar parte de un marco dinámico hemisférico más complejo de lo que tradicionalmente se asumía. La posible relación entre ambos procesos sigue siendo por ahora altamente especulativa.

La AMOC suele describirse de forma simplificada como una gigantesca cinta transportadora oceánica que lleva aguas cálidas superficiales hacia el Atlántico Norte y devuelve aguas profundas frías hacia el sur. Pero físicamente representa bastante más que eso: la circulación atlántica constituye uno de los grandes organizadores térmicos del hemisferio norte. No solo redistribuye calor: ayuda a configurar gradientes térmicos oceánicos y atmosféricos que condicionan la posición, intensidad y estructura de los grandes chorros atmosféricos y de las trayectorias ciclónicas atlánticas.

Por ello, un debilitamiento importante de la AMOC no implicaría únicamente “menos calor hacia Europa”, sino probablemente modificaciones más amplias en la organización de la dinámica hemisférica.

La hipótesis de un debilitamiento de la circulación atlántica no es nueva. Desde hace décadas muchos modelos climáticos sugieren que el calentamiento global y el aporte creciente de agua dulce procedente del deshielo groenlandés tenderían a dificultar la formación de aguas profundas en el Atlántico Norte. Sin embargo, demostrar observacionalmente ese debilitamiento resulta mucho más complicado.

Las observaciones directas relativamente completas de la AMOC comienzan en 2004 con el sistema RAPID situado en torno a 26.5ºN. Y poco más de veinte años constituyen una serie demasiado corta para un sistema caracterizado por una enorme variabilidad natural multidecenal. Buena parte de las evidencias provienen de indicadores indirectos tales como patrones de temperatura superficial del Atlántico, cambios de salinidad, reconstrucciones paleoclimáticas, variaciones regionales del nivel del mar, o el conocido “warming hole” subpolar atlántico.

De acuerdo con todo ello muchos trabajos apuntan hacia una AMOC más débil que a mediados del siglo XX, aunque siguen existiendo incertidumbres importantes sobre la magnitud real del debilitamiento, la separación entre variabilidad natural y tendencia forzada, y la posible proximidad -o no- a umbrales críticos.

En este contexto, el nuevo trabajo publicado en Science Advances no resulta especialmente novedoso por afirmar que la AMOC pueda debilitarse. Sí lo es, en cambio, el enfoque utilizado: los autores restringen los modelos climáticos mediante observaciones reales del Atlántico Norte, seleccionando aquellos que mejor reproducen determinados patrones observados de temperatura y salinidad oceánica. El hallazgo clave es que precisamente esos modelos —los más fieles a las observaciones actuales— son los que proyectan un debilitamiento más intenso de la AMOC durante este siglo, que podría acercarse al 50% hacia finales de siglo bajo escenarios de altas emisiones. 

El artículo sugiere, por tanto, que la media de los modelos climáticos podría estar subestimando la vulnerabilidad real de la circulación atlántica. Aunque el artículo no identifica ningún umbral crítico concreto, sí se enmarca en un contexto científico donde crece el interés por posibles respuestas no lineales y cambios de régimen en grandes componentes del sistema climático. Conviene recordar, no obstante, que las proyecciones más intensas del estudio corresponden a escenarios de emisiones muy elevadas, cuya plausibilidad como trayectoria central del siglo XXI es actualmente objeto de creciente debate.

Sin embargo, quizá la cuestión más interesante no sea únicamente cuánto podría debilitarse la AMOC, sino cómo interactuaría dicha evolución con otros grandes cambios actualmente observados en el sistema climático.

Desde hace años numerosos trabajos sugieren una expansión de la atmósfera tropical y un desplazamiento hacia latitudes más altas de circulaciones tropicales y subtropicales. En principio, este proceso tendería a favorecer una cierta migración hacia los polos de los chorros así como una expansión de la dinámica subtropical. Pero, a la vez, un debilitamiento significativo de la AMOC podría introducir en el Atlántico Norte efectos regionales parcialmente distintos como enfriamientos, reorganización de gradientes térmicos, aumento regional de la baroclinidad o alteraciones en la propagación de ondas planetarias. De este modo, la circulación hemisférica podría estar respondiendo no a un único forzamiento dominante, sino a la interacción compleja entre procesos dinámicos parcialmente contrapuestos.

En cualquier caso cabe insistir que esta hipótesis es altamente especulativa. La expansión tropical está relativamente bien documentada y el posible debilitamiento futuro de la AMOC resulta cada vez más plausible en numerosos modelos. Pero la existencia de señales observacionales robustas de debilitamiento actual sigue siendo debatida, y su posible influencia concreta sobre la reorganización reciente de los chorros atmosféricos continúa siendo todavía muy incierta. Todo ello podría sugerir no tanto una simple tendencia lineal, sino una creciente complejidad estructural del sistema atmosférico hemisférico.

Tal vez el gran desafío actual no consista únicamente en cuantificar cuánto cambia el clima, sino en comprender cómo podrían reorganizarse los propios mecanismos dinámicos que estructuran la circulación general. Y quizá esa sea precisamente una de las cuestiones más sugerentes que plantea el nuevo debate sobre la AMOC: no solo cuánto puede cambiar la circulación atlántica, sino cómo su evolución podría interactuar con otros procesos globales dentro de un sistema climático profundamente acoplado y potencialmente cada vez más no lineal.



10 de mayo de 2026

¿Está cambiando el debate climático?


Un reciente artículo publicado en Geoscientific Model Development (GMD) sobre el diseño experimental de CMIP7 —la próxima generación de simulaciones climáticas internacionales— parece confirmar un cambio de enfoque que ya venía apuntándose desde hace algunos años. El escenario SSP5-8.5, durante mucho tiempo ampliamente utilizado como referencia principal de altas emisiones, pierde protagonismo frente a trayectorias consideradas hoy más plausibles y ligadas a políticas actuales, mientras adquieren mayor importancia escenarios de estabilización y sobrepasamiento temporal (‘overshoot’) de determinados umbrales térmicos.(Véase especialmente la discusión sobre los escenarios Fast Track y la selección de trayectorias prioritarias en CMIP7)

Como meteorólogo y observador desde hace muchos años de la dinámica atmosférica, creo que merece la pena detenerse un momento a analizar qué hay realmente detrás de estas afirmaciones.

Durante bastante tiempo, el escenario RCP8.5 ocupó un lugar central en numerosos estudios climáticos. Se trataba de una trayectoria de emisiones muy elevada, basada en un crecimiento muy intenso y sostenido del uso de combustibles fósiles, especialmente del carbón. Aunque originalmente fue concebido como un escenario extremo o de referencia alta, con el paso de los años acabó utilizándose con frecuencia casi como escenario de referencia.

Sin embargo, diversos investigadores vienen señalando desde hace tiempo que esa trayectoria parece hoy menos plausible que hace una década. La expansión de las energías renovables, la electrificación, algunos cambios tecnológicos y la propia evolución demográfica mundial hacen pensar que el crecimiento extremo y continuado de emisiones implícito en SSP5-8.5 podría no llegar a producirse.

El propio diseño de los escenarios que se utilizarán en CMIP7, la próxima gran generación de experimentos climáticos internacionales, parece reflejar ya este cambio de enfoque. Los escenarios extremos siguen existiendo, pero pierden protagonismo frente a trayectorias consideradas más compatibles con las políticas y tendencias actuales.

Hasta aquí podría parecer que las noticias son relativamente tranquilizadoras. Pero la realidad es más compleja. Si, paradójicamente, algunos escenarios extremos de emisiones parecen menos probables, la evolución reciente de las temperaturas globales está siendo extraordinariamente rápida. El planeta ha registrado en los últimos años anomalías térmicas muy elevadas y se ha aproximado temporalmente al umbral de +1,5 ºC respecto al período de referencia preindustrial utilizado habitualmente por el IPCC (1850-1900).

Parte de esta aceleración puede explicarse por factores conocidos: el episodio de El Niño, el aumento continuo de gases de efecto invernadero o la reducción reciente de aerosoles atmosféricos asociada a cambios en los combustibles marítimos. Pero existe también un debate creciente sobre si algunos procesos del sistema climático podrían estar respondiendo de forma más intensa o compleja de lo esperado.

Y aquí es donde, en mi opinión, aparecen algunas de las cuestiones más interesantes. La temperatura media global es un indicador fundamental, pero la atmósfera real no funciona únicamente a base de medias globales. Los meteorólogos convivimos diariamente con estructuras dinámicas complejas: chorros, ondas planetarias, bloqueos, descuelgues fríos, dorsales persistentes, reorganizaciones de la circulación hemisférica…Y precisamente algunos de los fenómenos más llamativos observados en los últimos años parecen estar relacionados no solo con un aumento uniforme del calor, sino con cambios en la persistencia y configuración de ciertos patrones atmosféricos.

NASA's Goddard Space Flight Center 

No está nada claro todavía hasta qué punto los modelos climáticos actuales representan correctamente estas respuestas dinámicas regionales. De hecho, muchos modelos reproducen razonablemente bien la evolución térmica global, pero muestran más incertidumbres cuando se trata de circulación atmosférica, bloqueos o comportamiento de los chorros.

Por eso quizá el debate climático de los próximos años ya no girará únicamente alrededor de preguntas como ¿alcanzaremos 2,5 ºC o 4 ºC en 2100? sino ¿cómo está cambiando la dinámica atmosférica?,  ¿están aumentando ciertos patrones persistentes? o ¿estamos subestimando algunos mecanismos regionales?

No creo que nadie tenga todavía la respuesta a estas cuestiones, pero sí creo que conviene evitar dos simplificaciones opuestas. La primera sería pensar que, porque algunos escenarios extremos de emisiones pierdan plausibilidad, el problema climático estaba exagerado y deja de ser preocupante. La segunda sería transmitir una sensación de certeza absoluta sobre procesos atmosféricos y oceánicos que siguen siendo extraordinariamente complejos.

Quizá el momento actual exige precisamente algo que no siempre abunda en el debate público: prudencia, observación y capacidad para convivir con la incertidumbre científica sin dejar de tomar en serio las señales que muestra la atmósfera real. Más allá de gráficos, escenarios y debates académicos, la atmósfera sigue hablándonos cada día y algunos de sus mensajes recientes merecen, al menos, atención.

7 de mayo de 2026

Cuando los trópicos reorganizan la atmósfera: el posible gran Niño de 2026

Las últimas predicciones estacionales del Centro Europeo de Predicción a Medio Plazo (ECMWF) apuntan con bastante claridad hacia la formación de un episodio fuerte de El Niño durante la segunda mitad de 2026. Los mapas producidos por el sistema SEAS5, el modelo estacional por conjuntos del ECMWF, muestran anomalías muy positivas en la región Niño 3.4, con varios escenarios que alcanzan valores propios de un evento intenso durante el próximo otoño e invierno. 

Predicción estacional de anomalías de temperatura superficial del mar (SST) para el trimestre agosto-septiembre-octubre de 2026. El modelo proyecta un calentamiento muy intenso y extendido del Pacífico ecuatorial oriental y central, característico de un episodio fuerte de El Niño, sobre un contexto oceánico global ya de por sí anómalamente cálido.

Evolución prevista de las anomalías en la región Niño 3.4 según el mismo modelo. La mayoría de los miembros apuntan hacia un episodio fuerte de El Niño durante el otoño del hemisferio norte de 2026, aunque persiste una dispersión asociada a la incertidumbre propia de las predicciones ENSO realizadas en primavera.

En cualquier caso, el propio ECMWF ha insistido recientemente en la necesidad de interpretar estas predicciones con prudencia. Aunque los mapas muestran una señal robusta hacia condiciones El Niño, el grado final de intensidad sigue siendo incierto debido, entre otras razones, a la conocida barrera de predictibilidad primaveral del sistema ENSO (El Niño/Southern Oscillation). Además, el Centro Europeo subraya una cuestión especialmente relevante: el calentamiento global no implica necesariamente episodios de El Niño más frecuentes o intensos, pero sí océanos globalmente más cálidos sobre los que esos episodios pueden amplificar sus impactos.

Durante décadas El Niño fue entendido de una forma relativamente simple: un calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial oriental capaz de alterar la circulación atmosférica tropical y generar teleconexiones planetarias más o menos previsibles. Esa visión sigue siendo válida en lo esencial, pero hoy sabemos que el sistema es bastante más complejo de lo que parecía hace apenas veinte años.

En primer lugar, ya no se habla de un único tipo de El Niño. Las investigaciones de las últimas décadas han mostrado que existen configuraciones muy distintas del fenómeno. En algunos episodios —los denominados Eastern Pacific o “clásicos”— el máximo calentamiento se extiende hacia el Pacífico oriental, cerca de las costas sudamericanas. En otros —los conocidos como Modoki o Central Pacific— las anomalías cálidas se concentran mucho más hacia el Pacífico central. Y esa diferencia puede modificar profundamente la respuesta atmosférica global.

La atmósfera tropical no responde simplemente a aguas superficiales más cálidas, sino sobre todo a la reorganización de la convección profunda asociada a esas anomalías térmicas. Allí donde se desarrolla la gran actividad convectiva tropical cambia también la liberación de calor latente en la troposfera alta, la divergencia en altura y la estructura de la circulación tropical. Y esas perturbaciones no permanecen confinadas a los trópicos.

La divergencia en niveles altos asociada a grandes regiones convectivas tropicales puede actuar como fuente de perturbaciones de escala planetaria capaces de modificar los patrones de circulación extratropical. Dicho de otro modo: el sistema atmosférico responde al forzamiento convectivo tropical reorganizando la propagación de ondas de Rossby, alterando la posición e intensidad de los chorros subtropicales y modulando la circulación de latitudes medias y altas. Por tanto, El Niño no influye sobre otras regiones del planeta únicamente porque el Pacífico se caliente, sino porque reorganiza geográficamente la energía liberada por la convección tropical que alimenta buena parte de la circulación atmosférica global.

En este punto, la cuestión se vuelve especialmente interesante para Europa. Durante mucho tiempo se consideró que la influencia del ENSO sobre el continente europeo era relativamente débil o errática. Frente a las respuestas mucho más claras observadas en el Pacífico y Norteamérica, Europa parecía quedar demasiado lejos y dominada por una variabilidad interna atlántica capaz de enmascarar la señal tropical. Sin embargo, esa visión ha cambiado de forma importante en los últimos años.

Hoy existe bastante consenso en que El Niño sí puede modular la circulación euroatlántica, especialmente durante el invierno, aunque de una forma mucho menos lineal y más dependiente del contexto atmosférico que en otras regiones del planeta. El vínculo más estudiado ha sido probablemente su relación con la Oscilación del Atlántico Norte (NAO), ya que algunos episodios intensos de El Niño parecen favorecer con mayor frecuencia patrones próximos a una NAO negativa, asociados a bloqueos, desplazamientos del chorro y cambios importantes en la circulación invernal europea. Pero esa relación no es tan sencilla porque la respuesta europea depende de varios factores: el tipo concreto de Niño, la distribución longitudinal de las anomalías cálidas, el estado térmico del Atlántico tropical, la actividad convectiva intraestacional, la Oscilación Cuasibienal (QBO) e incluso la situación del vórtice polar estratosférico.

En este contexto hoy se sabe que algunos episodios intensos de El Niño pueden favorecer una mayor propagación vertical de ondas planetarias hacia la estratosfera, aumentando la probabilidad de perturbaciones del vórtice polar y de calentamientos estratosféricos súbitos. Esa alteración puede propagarse posteriormente hacia abajo, modulando el comportamiento del chorro y los patrones de circulación en superficie sobre el Atlántico Norte y Europa. Por tanto, parte de la influencia del ENSO sobre Europa podría no producirse tanto por una vía troposférica directa, sino a través de modificaciones en la dinámica estratosférica y en la circulación de ondas planetarias del hemisferio norte.

Las predicciones actuales resultan especialmente interesantes porque el episodio que parece querer desarrollarse durante 2026 presenta, al menos por ahora, una estructura más próxima a un Niño clásico del Pacífico oriental que a un Modoki puro. Las anomalías cálidas previstas se extienden de forma continua hacia el Pacífico oriental ecuatorial, una configuración históricamente más asociada a teleconexiones hemisféricas robustas y a una reorganización intensa de la circulación tropical. Sin embargo, existe una diferencia fundamental respecto a muchos de los grandes episodios del siglo XX: el calentamiento global de fondo. Esto implica que el posible Niño se desarrollaría sobre unos océanos globalmente mucho más cálidos que hace apenas unas décadas. Y ello nos lleva a una cuestión fundamental:  ¿responde hoy la atmósfera del mismo modo a un gran episodio de El Niño que hace treinta o cuarenta años?

Una atmósfera más cálida contiene más vapor de agua, más energía disponible y probablemente una mayor sensibilidad a determinados forzamientos convectivos tropicales. Quizá el problema ya no sea únicamente la intensidad del Niño, sino cómo interactúa ese gran forzamiento tropical con un sistema atmosférico global que también está cambiando, una posibilidad sobre la que he venido insistiendo en distintos artículos de este blogTal vez no estemos asistiendo a la aparición de mecanismos atmosféricos completamente nuevos, sino a patrones ya conocidos —bloqueos persistentes, dorsales de gran amplitud, dobles chorros, trenes de borrascas o episodios convectivos muy eficientes— actuando sobre una atmósfera más cálida, húmeda y energética.

En regiones especialmente sensibles a la interacción entre circulación tropical y extratropical, como Canarias, este tipo de reorganizaciones puede resultar particularmente relevante. Cambios relativamente modestos en la posición de las dorsales subtropicales, los chorros o la actividad convectiva tropical pueden alterar de forma significativa los patrones de estabilidad atmosférica, intrusiones cálidas o episodios de lluvias intensas en el archipiélago

Si el Niño previsto para la segunda mitad de este año termina consolidándose, los próximos meses ofrecerán probablemente una oportunidad muy interesante para observar hasta qué punto las teleconexiones tropicales siguen comportándose como lo hacían en el clima del pasado reciente o si, por el contrario, empiezan a interactuar de forma distinta con una circulación hemisférica en transformación.