31 de agosto de 2026

Septiembre, el mes que no sabemos dónde colocar: ¿qué otoño nos espera?


El 1 de septiembre comienza el otoño climatológico, aunque el astronómico no llegará hasta bien avanzado el mes. La división en estaciones completas de tres meses —septiembre, octubre y noviembre— facilita enormemente el estudio del clima, pero cada vez refleja peor lo que realmente vivimos en España.

Septiembre conserva muchos rasgos veraniegos: días todavía largos, temperaturas elevadas, noches cálidas junto al Mediterráneo y un mar que guarda buena parte del calor acumulado durante el verano. AEMET estima que, desde la década de 1980, el verano térmico se ha alargado aproximadamente diez días por década. Es decir, septiembre sigue siendo climatológicamente otoño, pero una parte creciente del mes se comporta térmicamente como una prolongación del verano.


Y sin embargo es también, y al mismo tiempo, el mes en que se abre la temporada de las grandes lluvias mediterráneas. Esa doble condición —la de despedida del verano y la de puerta de entrada del otoño con frecuencia más violento— es lo que hace de septiembre un mes difícil de anticipar y, sobre todo, difícil de resumir en unos mapas.


Un mes de grandes contrastes

La historia reciente ofrece numerosos ejemplos de la persistencia del calor veraniego durante septiembre. Los días 1 y 2 de septiembre de 2014 se superaron los 40 °C en distintos puntos de España: Córdoba/aeropuerto alcanzó 41,8 °C y Granada/aeropuerto 41,6 °C. Todavía más excepcional fue la ola de calor del 3 al 7 de septiembre de 2016. Córdoba/aeropuerto llegó a 45,4 °C el día 6, mientras que Sevilla/aeropuerto registró 44,8 °C y Murcia 44,6 °C el día 5. Más de treinta y cinco observatorios principales batieron entonces sus récords de temperatura máxima para septiembre.

Pero septiembre es también uno de los meses más propicios para las lluvias torrenciales, especialmente en las regiones mediterráneas. Entre el 10 y el 15 de septiembre de 2019, una dana provocó inundaciones catastróficas en el sureste peninsular. Durante el episodio se acumularon 521,6 mm en Orihuela, según la red SAIH del Segura, y 482,8 mm en Gaianes, perteneciente a la red de AEMET. Más recientemente, la dana de los días 2 al 4 de septiembre de 2023 dejó 188,8 mm en San Rafael y 119 mm en Toledo. En esta última ciudad llegaron a recogerse 22,8 mm en solo diez minutos, una cantidad equivalente a una intensidad de 136,8 mm por hora si ese ritmo se hubiera mantenido.

Septiembre conserva, por tanto, un carácter marcadamente dual: puede prolongar el calor más intenso del verano y, al mismo tiempo, inaugurar la época de los grandes episodios de precipitación mediterránea y de las tormentas torrenciales en el interior peninsular. Conviene tener presente esa dualidad al leer lo que expongo a continuación, porque ninguna predicción estacional está construida para captarla adecuadamente.


Lo que anticipa la predicción subestacional

El boletín mensual publicado por AEMET el 27 de agosto, elaborado a partir del sistema de predicción subestacional del Centro Europeo, abarca del 31 de agosto al 20 de septiembre. Su señal más coherente es la de unas temperaturas medias semanales superiores a las habituales durante las tres semanas consideradas.

Anomalías previstas de precipitación acumulada (izquierda) y temperatura media a 2 metros (derecha) para las semanas del 31 de agosto al 6 de septiembre, del 7 al 13 y del 14 al 20 de septiembre de 2026. Las zonas en blanco indican que la predicción no difiere significativamente de la climatología del modelo. Fuente: AEMET, a partir del EPS subestacional del Centro Europeo.

La anomalía cálida aparece en la práctica totalidad de España, aunque cambia de intensidad y distribución de una semana a otra. Durante la primera destaca especialmente en la mitad oriental peninsular y el entorno mediterráneo; posteriormente se mantiene en amplias zonas del país y continúa siendo positiva, aunque algo más moderada, durante la tercera semana.

En precipitación, el sesgo seco resulta más reconocible durante la primera semana y, con menor claridad, entre el 7 y el 13 de septiembre. En la tercera semana aparecen amplias zonas en blanco, lo que significa que el conjunto de predicciones no ofrece allí una señal estadísticamente diferenciada de la climatología del modelo. No sería correcto, por tanto, anunciar un septiembre seco en su conjunto. Podemos hablar de un comienzo probablemente cálido y con precipitaciones inferiores a las habituales, seguido de una incertidumbre creciente, especialmente en lo relativo a las lluvias.


El otoño de 2026 según Copernicus

La actualización del 10 de agosto del sistema estacional de Copernicus señala una probabilidad elevada de que el otoño sea más cálido de lo normal en gran parte de Europa.

Probabilidad de que la temperatura media del trimestre septiembre-noviembre de 2026 se sitúe entre el 20 % de los valores más cálidos de la climatología del sistema. Predicción multimodelo inicializada el 1 de agosto de 2026. Los colores representan probabilidades, no anomalías térmicas expresadas en grados. Fuente: Copernicus Climate Change Service, implementado por ECMWF.

Como se apunta, el mapa no representa directamente una anomalía en grados, sino la probabilidad de que la temperatura media del trimestre septiembre-noviembre se sitúe entre el 20 % de los valores más altos de la climatología del sistema. En gran parte de España y del sur y oeste de Europa esa probabilidad se encuentra entre el 50 y el 70 %, alcanzando valores todavía mayores en algunas zonas próximas. Se trata de una señal térmica bastante consistente. Esto no significa que todo el otoño vaya a ser continuamente cálido: podrán producirse descensos bruscos, episodios fríos e incluso heladas tempranas. La predicción se refiere únicamente al balance medio del conjunto de los tres meses.

Para el oeste y el sur de Europa aparece también una señal favorable a unas precipitaciones superiores al promedio. Sin embargo, Copernicus advierte expresamente de que, en Europa, la incertidumbre es mayor y la capacidad predictiva de la precipitación sensiblemente menor que en las regiones tropicales.

Categoría de precipitación acumulada más probable (terciles) para el trimestre septiembre-noviembre de 2026 en Europa. Los tonos indican la probabilidad de que el trimestre resulte más húmedo, más seco o próximo a lo normal respecto a la climatología del sistema, no la cuantía de la anomalía en milímetros. Las zonas sin color no presentan una categoría dominante. Predicción multimodelo inicializada el 1 de agosto de 2026. Fuente: Copernicus Climate Change Service, implementado por ECMWF.

Traducido a España, el calor es la parte más sólida de la predicción. En cuanto a las lluvias, el escenario húmedo en algunas zonas del centro y sur peninsular constituye una posibilidad que habrá que vigilar, no una certeza.


El Niño como contexto

El Niño se está intensificando. En su boletín sobre el clima estacional mundial del 31 de julio, la Organización Meteorológica Mundial indicaba que el episodio seguirá ganando fuerza de manera constante hasta convertirse en un evento de intensidad fuerte entre agosto y octubre, con anomalías medias estacionales de la temperatura superficial del mar previstas por encima de 2,9 °C en las principales regiones de monitoreo. La probabilidad de que las condiciones se mantengan al menos hasta noviembre es muy alta. La próxima actualización específica del boletín está prevista para principios de septiembre, de modo que lo que aquí se comenta corresponde a la información disponible a finales de agosto.

En cualquier caso, la influencia directa de El Niño sobre la Península Ibérica es mucho menos clara que sobre las regiones tropicales. Puede modificar la circulación atmosférica a gran escala y favorecer determinados patrones, pero no permite afirmar por sí solo que el otoño español vaya a ser lluvioso, seco o especialmente tormentoso. Cada episodio es diferente, y sus posibles efectos sobre Europa dependen de la interacción con otros elementos: la circulación del Atlántico norte, la posición y la ondulación del chorro, los bloqueos, las temperaturas superficiales del Atlántico y del Mediterráneo y la propia evolución de la circulación subtropical.


La pregunta que los mapas no responden

Hasta aquí, los productos. Pero un mapa de probabilidades estacionales dice qué balance es más probable; no dice cómo se llegaría a él. Y en España, sobre todo en septiembre y octubre, esa diferencia lo es todo.

Un otoño lluvioso no implica necesariamente precipitaciones frecuentes y bien repartidas. Unos pocos episodios intensos pueden decidir el balance de toda la estación, y de hecho es lo que suele ocurrir en la fachada mediterránea. La señal húmeda de Copernicus, si llega a verificarse, podría concretarse en dos o tres situaciones de lluvias intensas. El resto del trimestre podría ser perfectamente anodino.

En cualquier caso, no cabe dar por supuesto de qué clase de lluvias hablamos. La señal húmeda se concentra en los dos tercios septentrionales de la Península y apenas alcanza a Andalucía, y ese reparto no es el que cabría esperar de un otoño dominado por los episodios mediterráneos, que afectan sobre todo a la fachada oriental y al sureste. Encajaría mejor con una circulación del oeste relativamente activa, con paso de frentes atlánticos y precipitaciones más repartidas y menos concentradas.

No es una conclusión, y conviene decirlo con claridad. Los límites de una previsión estacional no son fronteras físicas, y la escasa fiabilidad de la precipitación en nuestras latitudes desaconseja apurar demasiado el argumento geográfico. Pero sirve para recordar algo que a menudo se olvida: un otoño más húmedo de lo normal en España puede llegar por vías muy distintas, y la atlántica y la mediterránea responden a configuraciones de la circulación en altura prácticamente opuestas. El mapa nos dice que probablemente llueva más de lo habitual; no nos dice por cuál de las dos.

En el caso de la vía mediterránea, que es la que más consecuencias suele tener, merece la pena preguntarse qué tendría que ocurrir para que se materialice. Y aquí conviene separar, como he hecho tantas veces, el combustible del motor.

El combustible está asegurado, y de una calidad excepcional. El Mediterráneo llega a septiembre con anomalías térmicas muy elevadas, después de un verano en el que la Península ha permanecido buena parte del tiempo bajo un flujo subtropical húmedo del suroeste en niveles medios. Aire cálido y muy húmedo en las capas bajas - y más si también es así en capas medias- es exactamente lo que alimenta un episodio torrencial una vez desencadenado.

Pero el combustible, por sí solo, no hace nada. Hace falta el motor: la dinámica de los niveles altos, la advección de vorticidad, la divergencia en altura que libera el desarrollo y permite que toda la energía almacenada abajo se ponga en movimiento. Un mar cálido no genera una dana; garantiza que, cuando llegue, disponga de más recursos.

De este modo la pregunta pertinente para las próximas semanas no es cuánto calor queda en el Mediterráneo, sino cuándo y cómo se reorganiza la circulación en altura. Habrá que vigilar tres cosas. La primera, si la dorsal subtropical, desplazada hacia el Mediterráneo durante gran parte del verano, se retira, se debilita o simplemente cambia de posición. La segunda, cuándo llegan las primeras irrupciones frías significativas en niveles altos, porque serán las que encuentren un mar todavía en condiciones veraniegas. Y la tercera, cómo se comporta la circulación subtropical, todavía expandida hacia el norte al final del verano. Si esa configuración se mantiene, cabe la posibilidad de que algunas de las vaguadas que se desarrollen en ella se aproximen alcancen nuestras latitudes y lleguen a interaccionar con el Mediterráneo, con precipitaciones que podrían ser significativas. No es un mecanismo que pueda darse por establecido, ni algo que ocurra de manera sistemática, pero sí una de las cosas que conviene seguir con atención en las próximas semanas.

De todo lo expuesto queda claro por qué la señal cálida de las predicciones estacionales es mucho más robusta que la húmeda. La temperatura responde al balance medio, y un balance medio es justamente lo que un modelo estacional sabe estimar. La precipitación, en cambio, se juega en unos pocos acontecimientos discretos que ningún sistema estacional resuelve. No es un defecto: es la naturaleza del problema.


Un otoño con bastantes zonas quemadas

Hay una circunstancia añadida que este año no se puede pasar por alto. Los grandes incendios de julio en Madrid, Ávila y Toledo dejaron extensas superficies sin cubierta vegetal y con suelos alterados, mucho menos capaces de retener el agua. Cuando lleguen las primeras tormentas otoñales de cierta entidad, no encontrarán el terreno de siempre. No hace falta ir muy lejos para ver de qué hablamos. El episodio del río Meruelo, el pasado 15 de agosto, mostró con toda crudeza lo que una tromba localizada puede provocar sobre una cuenca quemada el año anterior: una riada súbita, con dos víctimas mortales, generada por cantidades de agua que sobre un terreno íntegro habrían tenido consecuencias mucho menores.

Es un aspecto que merecería tratamiento propio. Baste señalar aquí que, en las zonas afectadas por los incendios de este verano, el umbral de precipitación capaz de causar daños ha bajado de manera apreciable, y que conviene tenerlo presente durante todo el otoño y no solo durante los episodios más espectaculares.


En resumen

El mensaje inicial del otoño podría formularse así. Septiembre comienza con una prolongación bastante clara del calor veraniego. El conjunto de la estación presenta una señal cálida fuerte y una posible tendencia húmeda considerablemente más incierta. Mientras tanto, como demuestra la historia reciente, septiembre puede pasar en muy pocos días del calor extremo a las lluvias torrenciales. Este año, además, sobre un terreno que en algunas comarcas ya no es el que era.


21 de agosto de 2026

Una atmósfera preparada para los "reventones"

Durante la tarde de ayer, 20 de agosto, se desarrollaron potentes tormentas en distintas zonas de las comunidades de Murcia y Valencia. Algunas de ellas produjeron lluvias torrenciales, granizo y, sobre todo, violentas ráfagas descendentes que, al alcanzar el suelo, se expandieron horizontalmente y ocasionaron daños importantes.


La imagen visible muestra los potentes cumulonimbos desarrollados sobre Murcia y el interior de Valencia durante la tarde. Sus compactas y brillantes cimas revelan el gran desarrollo vertical alcanzado por unas tormentas que después avanzaron hacia las comarcas valencianas y el litoral. De ellas descendieron las violentas corrientes de aire que originaron los reventones.

En la provincia de Valencia se registraron rachas de hasta 149 km/h en Sumacàrcer y 143 km/h en Alzira, además de valores superiores a 100 km/h en otras localidades de La Ribera. En Polinyà de Xúquer, el paso de la tormenta hizo descender la temperatura casi veinte grados, desde 37,7 hasta 18,1 ºC. En Murcia, las tormentas dejaron también fuertes aguaceros y rachas que alcanzaron los 92 km/h en Jumilla.

Pero ¿por qué la atmósfera estaba tan predispuesta a producir este tipo de fenómenos?

Durante los días anteriores habíamos seguido la evolución de una dana situada al suroeste de la Península. A lo largo del jueves dejó de comportarse como una depresión aislada y fue progresivamente capturada y absorbida por la circulación del chorro extratropical.


Imagen del canal de vapor de agua de Meteosat durante las horas centrales del 20 de agosto. La antigua dana atravesaba el sureste peninsular mientras comenzaba a ser capturada por la circulación del chorro extratropical. A su paso encontró abundante humedad en niveles medios y aportó el impulso dinámico que activó el rápido desarrollo de las tormentas.

En ese proceso, la perturbación cruzó el sureste peninsular durante las horas centrales del día y primeras de la tarde. Su llegada aportó el impulso dinámico necesario para favorecer los movimientos ascendentes y vencer la inhibición que hasta entonces había dificultado el desarrollo de tormentas profundas. La dana actuó, por tanto, como el mecanismo que puso en marcha la convección, pero encontró una atmósfera que ya acumulaba mucha energía y, sobre todo, una gran cantidad de humedad.

Como había comentado en una entrada anterior, durante estos últimos días se había producido una importante llegada de aire húmedo desde latitudes tropicales y subtropicales. Buena parte de esa humedad se encontraba en niveles medios de la troposfera, mientras que en las capas más próximas al suelo persistía un aire extremadamente cálido y relativamente seco.

En ese contexto los grandes cumulonimbos que se desarrollaron contenían abundante agua y hielo. Al comenzar las precipitaciones, una parte de esa agua cayó a través de una capa inferior muy cálida y relativamente seca. La evaporación de las gotas enfrió el aire circundante, lo hizo más denso y favoreció su descenso. A ello se añadieron el peso de la propia precipitación y el arrastre hacia abajo del aire contenido en la tormenta. La corriente descendente fue acelerándose hasta chocar con el suelo y extenderse violentamente en todas direcciones. Eso es, en esencia, un reventón o downburst.

Cuando buena parte de la precipitación se evapora antes de alcanzar la superficie hablamos de un reventón seco. Cuando la corriente descendente llega acompañada por un fuerte aguacero se trata de un reventón húmedo. Entre ambos existen situaciones intermedias, y una misma organización tormentosa puede producir comportamientos diferentes a medida que atraviesa zonas con distintas condiciones de humedad.

En buena parte de Valencia predominaron claramente los reventones húmedos: hubo precipitaciones intensas y descensos térmicos muy acusados. En otras zonas, donde la capa inferior era más seca o la precipitación menos abundante, pudieron producirse reventones secos o mixtos.

Ya el sondeo atmosférico de Murcia de las 00 UTC del día 20 mostraban muy bien cómo se estaba preparando la situación. En el aparecía una importante cantidad de humedad en niveles medios, suficiente para alimentar nubes de gran desarrollo vertical, mientras que por debajo existía una capa profunda, cálida y bastante más seca. Las bases de las nubes podían situarse en torno a los 3000 metros, dejando un largo recorrido durante el cual la precipitación podía evaporarse y acelerar las corrientes descendentes.

El sondeo de Murcia de las 00 UTC mostraba, varias horas antes de las tormentas, una atmósfera muy predispuesta a producir fuertes corrientes descendentes: abundante humedad en niveles medios sobre una profunda capa inferior cálida y relativamente seca. El DCAPE superaba los 1700 J/kg, un valor muy elevado. La “escopeta” estaba cargada; el paso de la dana actuó después como gatillo.

La inestabilidad disponible para los ascensos era suficiente, aunque no extraordinaria. El dato verdaderamente llamativo estaba en la predisposición para los descensos. Uno de los índices utilizados para valorar este potencial, el DCAPE, superaba los 1700 J/kg, un valor muy elevado que indicaba la posibilidad de corrientes descendentes especialmente intensas.

También el contenido total de vapor de agua de la columna atmosférica era considerable, próximo a 37 mm de agua precipitable. La combinación era, por tanto, muy eficaz: bastante humedad para generar cumulonimbos y precipitación abundante, pero una capa inferior profunda y seca capaz de evaporar parte de esa precipitación y acelerar el aire hacia el suelo.

Estos índices no anunciaban por sí solos una racha concreta de 100 o 150 km/h ni aseguraban que los reventones fueran a producirse. Mostraban una fuerte predisposición. Hacía falta además que se desarrollaran tormentas suficientemente potentes, y ese impulso llegó con el paso de la antigua dana y su incorporación a la circulación general.

Lo ocurrido fue, por tanto, el resultado de la coincidencia de varios ingredientes: calor extremo en superficie, abundante humedad disponible en niveles medios, una capa inferior cálida y relativamente seca y, finalmente, el forzamiento dinámico aportado por la antigua dana.

La perturbación levantó los grandes cumulonimbos, pero fueron la estructura vertical de humedad y temperatura y la gran energía potencial para los movimientos descendentes las que convirtieron algunas de aquellas tormentas en auténticas máquinas productoras de viento. No era tanto una atmósfera excepcionalmente “cargada” para los ascensos como una atmósfera extraordinariamente preparada para descargar hacia abajo.

20 de agosto de 2026

Una borrasca casi tropical en agosto: anatomía de una seclusión cálida

 La secuencia de cuatro imágenes que acompaña a esta entrada corresponde a la evolución prevista por el modelo del Centro Europeo de Predicción a Medio Plazo  para una pequeña perturbación situada inicialmente en pleno Atlántico vista a través de la simulación de imágenes del canal de absorción de vapor de agua de Meteosat. Su desarrollo resulta bastante singular, tanto por la época del año como por la rapidez con que se organiza y se desplaza hacia la Península Ibérica.

En agosto, cuando aparece una borrasca de aspecto casi tropical moviéndose hacia Europa, lo más habitual es que proceda de la recurva de un ciclón tropical formado mucho más al sur. No es este el caso. La perturbación nace en latitudes medias, dentro de la propia circulación atlántica, y experimenta una rápida transformación que probablemente llegará a alcanzar el rango de ciclogénesis explosiva.


En la imagen "real" de primera hora de esta tarde todavía aparece cómo una onda en proceso de organización. Sin embargo, ya puede distinguirse al oeste una entrada de aire seco asociada a una perturbación en niveles altos. En el canal de vapor de agua, esa zona oscura no representa solamente una masa seca: también permite seguir el descenso de aire desde las proximidades de la tropopausa y la correspondiente anomalía de vorticidad potencial, que actúa como germen dinámico de la ciclogénesis.


Si utilizamos ahora las imágenes simuladas observamos como durante el viernes la perturbación se organiza rápidamente. La intrusión seca penetra por su parte posterior y comienza a arrollarse alrededor del centro, mientras que por delante se intensifican los ascensos, la nubosidad y la precipitación. El proceso continúa durante las horas siguientes y da lugar el sábado a una estructura extraordinariamente compacta, con una apariencia que recuerda a la de un pequeño ciclón tropical.


Sin embargo, el aparente “ojo” no es necesariamente un ojo tropical. Se trata fundamentalmente del aire seco y descendente que ha terminado envolviendo el centro de la circulación, mientras una banda nubosa muy activa se arrolla a su alrededor.

Esta configuración puede dar lugar a lo que se denomina una seclusión cálida. En la fase madura de algunas borrascas extratropicales, el aire relativamente cálido que inicialmente ocupaba su sector delantero acaba rodeando el centro y queda aislado allí, envuelto por aire más frío. Se forma así un pequeño núcleo cálido en niveles bajos y la borrasca puede adquirir durante unas horas una estructura bastante simétrica y un aspecto casi tropical.

La temperatura anómalamente elevada de amplias zonas del Atlántico probablemente favorece este proceso. Un océano más cálido aporta más humedad y energía, refuerza la convección y permite que la liberación de calor latente contribuya decisivamente a la profundización de la baja. Pero ese aporte oceánico no es el origen primero de la perturbación, que continúa ligado a la circulación en altura y a una anomalía fría de niveles medios y altos.

El diagrama de fases previsto a partir del modelo del Centro Europeo apoya esta evolución. La borrasca comienza como una estructura fría, frontal y muy asimétrica. Después desarrolla un núcleo cálido en niveles bajos, pierde gran parte de su asimetría e incluso entra brevemente en el sector correspondiente a una circulación cálida y casi simétrica.


Diagrama de fases previsto a partir del modelo del Centro Europeo para la evolución de esta borrasca. El eje horizontal indica si su núcleo es frío —valores negativos— o cálido —positivos— en la capa comprendida entre 900 y 600 hPa. El eje vertical mide su asimetría térmica: valores altos corresponden a una circulación frontal y claramente extratropical, mientras que por debajo de 10 aproximadamente la estructura se considera casi simétrica. La trayectoria comienza en A como una depresión fría y muy asimétrica, evoluciona después hacia un núcleo cálido en niveles bajos y llega a entrar fugazmente en el cuadrante cálido y simétrico, antes de finalizar en Z recuperando cierta asimetría. Este breve paso no significa que se convierta en un ciclón tropical: el gráfico solo representa los niveles bajos y medios, mientras que en niveles superiores persiste una depresión fría. El conjunto es característico de una seclusión cálida o de una corta fase híbrida, pero no de un ciclón tropical de núcleo cálido profundo. Fuente: Cyclone Phase Space, Florida State University.

¿Por qué no llega entonces a convertirse en un verdadero ciclón tropical? Porque ese núcleo cálido es poco profundo y transitorio. En niveles medios y altos continúa presente una depresión fría, y la circulación sigue relacionada con el chorro y con los contrastes térmicos propios de una ciclogénesis extratropical. Además, las aguas sobre las que se desplaza, aunque anómalamente cálidas, no alcanzan las temperaturas tropicales y el sistema dispone de muy poco tiempo para reorganizar toda su estructura vertical.

Por tanto, en este caso, lo más adecuado sería hablar de una ciclogénesis extratropical muy rápida, intensamente reforzada por procesos convectivos y diabáticos, que atraviesa una breve fase de seclusión cálida y adquiere algunas características híbridas. Se aproxima mucho a una estructura subtropical, pero no parece completar la transformación hacia un ciclón de núcleo cálido profundo.


El domingo pierde ya su espectacular aspecto compacto y queda integrado en una depresión fría al oeste de la Península. Una evolución rápida, poco frecuente en agosto y especialmente interesante por mostrar hasta qué punto pueden aproximarse —sin llegar a confundirse por completo— los mecanismos extratropicales y tropicales.

En cualquier caso, y más allá de su naturaleza física concreta esta borrasca va a generar en las zonas afectadas vientos fuertes y precipitaciones abundantes y a veces intensas. Conviene estar muy al tanto de las predicciones y avisos de AEMET.

19 de agosto de 2026

Un verano "pesado": la firma del aire subtropical húmedo


Creo que este verano se está hablando menos de récords y más de sensaciones. El comentario más frecuente no es tanto «¡qué barbaridad de temperaturas!» como «¡qué verano tan pesado!». Y las dos percepciones contienen una parte importante de verdad.

Las temperaturas máximas, aun siendo muy elevadas, no han alcanzado los registros absolutos de otros veranos recientes. El valor más alto de julio en la red principal de AEMET fueron los 44,2 grados de Murcia, lejos de los 46 o 47 grados alcanzados en algunos grandes episodios anteriores. Y, sin embargo, julio de 2026, empatado con el de 2022, ha sido el mes más cálido de toda la serie histórica, con una temperatura media peninsular de 25,7 grados.

Un mes récord en su temperatura media que no lo es en sus máximas absolutas puede parecer una contradicción. No lo es. Es, ante todo, la firma de un calor muy persistente, con escasos alivios y noches que en muchas zonas apenas han permitido recuperarse. Pero cabe preguntarse si existe además otro rasgo característico: una atmósfera más húmeda de lo habitual que, sin elevar necesariamente las máximas hasta valores extremos, haya contribuido a sostener temperaturas nocturnas muy altas y a producir esa sensación de bochorno continuo. Esa es la hipótesis que quiero plantear.

Conviene precisar de entrada que este verano ha tenido, al menos hasta ahora, dos regímenes algo diferentes. La gran ola de finales de junio respondió en buena medida a una situación clásica: una dorsal potente sobre la Península, aire muy cálido y predominantemente seco, fuerte subsidencia, insolación abundante y temperaturas máximas disparadas muy por encima de lo normal.

A partir de julio, y quizá de una manera todavía más perceptible durante agosto, la configuración ha sido distinta en bastantes ocasiones. La dorsal subtropical de niveles altos —esa gran elevación cálida de la troposfera que gobierna buena parte de nuestros veranos— no se ha situado siempre directamente sobre la Península, sino desplazada con frecuencia hacia el Mediterráneo occidental. España ha quedado entonces en su flanco occidental, bajo una circulación de componente sur o suroeste en niveles medios y altos.

Se trataba de aire cálido de origen subtropical, pero no siempre de la masa sahariana seca que asociamos a las máximas más extremas. En diferentes episodios, las imágenes de vapor de agua y los perfiles verticales han mostrado la llegada de aire con un contenido apreciable de humedad en niveles medios, aproximadamente entre 600 y 700 hPa. En algunos casos se podían seguir incluso bandas o pulsaciones húmedas que remontaban desde latitudes tropicales y subtropicales por el oeste de África y alcanzaban la Península.

En la modulación de ese flujo han intervenido también algunas danas situadas al oeste, sobre el Atlántico próximo. Mientras permanecían en esa zona, su circulación contribuía a canalizar hacia la Península el aire subtropical húmedo por su flanco delantero. Algunas de esas depresiones podrían encajar en lo que en mi libro sobre las danas denominé danas de carácter subtropical, aunque esta es otra cuestión que requeriría una discusión más amplia.

Los desplazamientos y pasos de esas danas han proporcionado también refrescamientos pasajeros y, cuando la dinámica ha sido suficiente, episodios tormentosos importantes como hemos comprobado muy recientemente. Por su parte, las vaguadas más claramente ligadas a la circulación polar han bajado poco de latitud durante gran parte del verano. Solo ahora, ya avanzada la segunda mitad de agosto, comenzamos a recibir masas de aire y perturbaciones conectadas de una forma más directa con el chorro polar.

¿Por qué una atmósfera más húmeda puede producir un verano tan pesado sin provocar necesariamente máximas de 46 o 47 grados?

Durante la noche, la superficie pierde calor mediante la emisión de radiación infrarroja. Si la atmósfera está seca y el cielo permanece despejado, esa pérdida radiativa es más eficaz. En cambio, una troposfera cálida y húmeda —especialmente en las capas bajas y con mayor eficacia todavía cuando aparecen velos o nubes— aumenta la radiación infrarroja que la atmósfera devuelve hacia la superficie. Es la llamada contrarradiación atmosférica. La pérdida neta de calor se reduce y el enfriamiento nocturno se hace más lento.

No significa que la humedad de 600 o 700 hPa determine por sí sola la temperatura mínima. Intervienen también el viento, la nubosidad, la humedad de las capas próximas al suelo, la temperatura de partida y las características de cada lugar. Pero una columna cálida y húmeda en profundidad crea condiciones mucho menos favorables para que la noche refresque. Las mínimas se mantienen elevadas y se encadenan noches tropicales o tórridas sin apenas recuperación.

Durante el día, el efecto puede ser diferente. Las máximas más extraordinarias requieren normalmente una combinación muy concreta: el eje de la dorsal sobre la Península, fuerte subsidencia, aire sahariano muy seco, cielo despejado y una capa de mezcla profunda y reseca. Es la situación que permite aprovechar al máximo la insolación y llevar las temperaturas hasta los valores más extremos.

Con la dorsal desplazada hacia el Mediterráneo y la Península bajo un flujo húmedo del sur o suroeste, esa receta no se ha dado con la misma pureza. La humedad en niveles medios ha favorecido en ocasiones velos, bancos de altocúmulos y nubosidad de origen subtropical. A ello se han sumado distintas intrusiones de polvo africano. Nubes y calima pueden reducir parcialmente la radiación solar que alcanza la superficie y contener algo las temperaturas máximas, aunque estas continúen siendo muy elevadas.

El resultado podría ser una menor amplitud térmica diaria: máximas muy altas, pero no necesariamente excepcionales, combinadas con mínimas persistentemente elevadas. Es una posibilidad que habrá que comprobar cuando dispongamos del balance completo del verano y podamos comparar por separado las anomalías de las máximas y las mínimas.

Existe además otro mecanismo, menos evidente, que puede explicar por qué la sensación de bochorno ha llegado también al interior peninsular.

Durante las horas centrales del día, la capa límite convectiva crece y mezcla el aire próximo al suelo con el situado por encima. Cuando sobre ella se encuentra la masa sahariana seca clásica, esa mezcla reseca las capas bajas y hace caer los puntos de rocío durante la tarde. Es el calor seco tradicional de la Meseta: muy duro, pero con una evaporación del sudor relativamente eficaz y con frecuencia acompañado de un enfriamiento nocturno más apreciable.

Pero si el aire que la capa de mezcla incorpora desde arriba contiene más humedad, ese secado se debilita. La humedad de niveles medios no necesita «bajar» activamente hasta el suelo: le basta con que el aire mezclado desde arriba deje de ser tan seco como de costumbre. Los puntos de rocío pueden mantenerse más elevados durante la tarde y la evaporación del sudor pierde eficacia. El cuerpo permanece húmedo y el calor se hace mucho más difícil de soportar, incluso aunque el termómetro marque algunos grados menos que durante una gran entrada sahariana.

A esa contribución desde niveles medios se ha añadido otra desde abajo. El Mediterráneo ha presentado este verano temperaturas superficiales extraordinariamente altas. Un mar tan cálido aporta calor y vapor de agua a las capas bajas y favorece noches especialmente duras en Baleares y en toda la fachada mediterránea.

Además, en esta época veraniega se suele observar una débil circulación de componente este en las capas más bajas sobre parte del interior peninsular. Está relacionada con la baja térmica que se forma sobre la Península durante el verano: un pequeño régimen de circulación térmica, casi monzónica, que aspira hacia el interior aire procedente del área mediterránea. Es una aportación somera y su alcance depende mucho de la orografía y de la situación de cada día, pero puede sumarse al flujo húmedo existente en niveles medios.

De ese modo, por dos caminos diferentes, la columna atmosférica puede ir enriqueciéndose en humedad: desde arriba, mediante la circulación subtropical del sur o suroeste, y desde abajo, por las brisas y los flujos marítimos procedentes de un Mediterráneo excepcionalmente cálido. El bochorno que sentimos en superficie sería el resultado final de esa combinación.


Podría pensarse que una atmósfera tan cálida y húmeda debería haber producido muchas más tormentas. Sin embargo, la humedad es solo uno de los ingredientes. Durante buena parte del tiempo ha faltado un mecanismo suficientemente eficaz de disparo: una vaguada, una dana bien situada, una fuerte advección de vorticidad o una línea de convergencia que pusiera en marcha el desarrollo convectivo. Además, la propia subsidencia asociada a la dorsal puede establecer una especie de tapadera en niveles medios e impedir que la convección se desarrolle libremente. Ha habido humedad y, en ocasiones, bastante energía potencial, pero con poco motor y a veces también con una tapadera difícil de romper. El resultado ha sido abundancia de velos, altocúmulos, calima, alguna tormenta seca o poco eficiente y una atmósfera espesa y pesada. Cuando el motor dinámico ha aparecido, aunque solo fuera durante unas horas al paso de una dana o de una línea de inestabilidad, se ha comprobado lo que podía dar de sí esa columna cálida y húmeda: grandes desarrollos tormentosos, fuertes rachas de viento y precipitaciones localmente muy intensas.

Los datos publicados por AEMET muestran ya la persistencia extraordinaria del calor. Julio fue el mes más cálido de la serie histórica sin que ninguna estación principal superase los 44,2 grados. En una de cada tres estaciones se batió el récord de temperatura media mensual de julio y, en una de cada seis, fueron récord simultáneamente la media de las máximas y la de las mínimas. La señal nocturna resulta especialmente llamativa en el área mediterránea. Distintos observatorios de Mallorca y Menorca registraron como tropicales las 31 noches del mes. Capdepera contabilizó 26 noches tórridas, con mínimas superiores a 25 grados, cuando lo normal son solo tres. Son cifras que expresan mejor que ninguna máxima aislada la falta de descanso térmico que ha caracterizado este verano.

En cualquier caso, la comprobación más detallada de la hipótesis queda pendiente. Los reanálisis deberán mostrar si durante julio y agosto existió realmente una anomalía positiva de humedad específica o de contenido de vapor en torno a 700 hPa sobre la Península. También habrá que comprobar si los puntos de rocío de las tardes del interior fueron superiores a los habituales y si, descontando el episodio más seco y clásico de finales de junio, la anomalía de las temperaturas mínimas superó a la de las máximas o se redujo de manera significativa la amplitud térmica diaria. De este modo, el avance climático de agosto y el balance completo del verano permitirán saber hasta qué punto los datos confirman esta interpretación.

Y queda la pregunta de fondo, relacionada con lo que vengo comentando desde hace tiempo en este blog: si la reorganización de las circulaciones de niveles altos —dorsales desplazadas, danas semiestacionarias por el flanco atlántico y corredores de humedad que remontan desde latitudes tropicales y subtropicales— puede favorecer que se repitan veranos de este tipo. Veranos que quizá no batan récords absolutos de temperatura máxima, pero sí de temperatura media y de persistencia; menos abrasadores durante unas pocas horas de la tarde, pero más asfixiantes durante todo el día y, sobre todo, durante toda la noche.

Si fuera así, tendríamos que empezar a valorar nuestros veranos no solo por lo que marcan los termómetros a las cuatro de la tarde, sino también por lo que dejan de bajar a las seis de la mañana.

17 de agosto de 2026

De la dana a la riada de los montes Aquilianos

La tarde del pasado sábado 15 de agosto, entre las 19 y las 19:30 horas, una precipitación torrencial descargó sobre varias pequeñas cabeceras de los Montes Aquilianos, muy cerca de Ponferrada. En Manzanedo de Valdueza, situado en un valle lateral de la cuenca del río Oza, una avenida de agua, barro y derrubios alcanzó el pueblo y causó la muerte de dos personas. Al mismo tiempo, en la vecina cuenca del Meruelo, el río se desbordó a su paso por Bouzas y ocasionó importantes daños materiales. En ambas zonas, las laderas habían perdido buena parte de su vegetación como consecuencia de los incendios del año pasado.

En la imagen de satélite de esa hora puede identificarse —de forma aproximada— el cumulonimbo responsable: una nube pequeña en extensión horizontal, pero cuyo desarrollo vertical era extraordinario, como mostraban en ese momento los "echotops" del radar de AEMET, con topes que muy probablemente superaban los doce kilómetros de altura.


 Imagen del canal visible del Meteosat en la tarde del sábado 15 de agosto hacia las 19,20 horas. La flecha señala —con localización necesariamente aproximada— el cumulonimbo, quizá más de uno, que descargó la tromba en cuestión. Obsérvese su reducida extensión horizontal en comparación con los grandes conjuntos nubosos que lo rodean. Sin embargo, la sombra que proyecta a su derecha indica un potente desarrollo vertical.


 Producto "echotops" del radar de AEMET a esa misma hora, que muestra la altura máxima alcanzada por los ecos. Los píxeles morados inmediatos a Ponferrada corresponden a topes que superaban probablemente los doce kilómetros. Llama la atención que, en cambio, la reflectividad de las capas bajas fuera en esos momentos —y siguiera siéndolo en las imágenes posteriores— poco significativa. La explicación podría ser que la zona queda lejos de los radares de A Coruña y de Palencia y parcialmente apantallada por las montañas que rodean el Bierzo: a esas distancias, el haz más bajo del radar muestrea ya a tres o cuatro kilómetros de altura y no "ve" lo que ocurre por debajo. Una vigilancia que atendiera únicamente a la reflectividad no habría encontrado motivo de especial alarma; eran los echotops los que revelaban la verdadera magnitud de lo que estaba ocurriendo.


¿Dónde y por qué se formó una tormenta así? Los análisis de altura de ese día ofrecen la clave: el episodio se produjo en la zona delantera de una dana que se había "cerrado" a lo largo de esa misma mañana, como muestran los análisis de 500 hPa de seis en seis horas y confirman, dentro de lo que permite una atmósfera tan convectiva, las imágenes de vapor de agua. Lo ocurrido aquella tarde es, a mi modo de ver, un magnífico ejemplo de cómo una catástrofe de este tipo no la produce un solo mecanismo, sino una cadena de acontecimientos en la que intervienen escalas atmosféricas muy distintas —y, al final, hasta el propio estado del terreno—. Recorrer esa cadena, eslabón a eslabón, es el propósito de esta entrada.





Análisis del geopotencial de 500 hPa del modelo del Centro Europeo de las 18 UTC del sábado 15. La dana aparece ya cerrada sobre el oeste peninsular con una circulación propia pero débil, mientras la corriente general del oeste discurre muy al norte, sobre las Islas Británicas. El episodio de la pequeña cuenca del Meruelo se gestó en su zona delantera, sobre el cuadrante noroeste peninsular.


Quienes siguen este blog conocen ya el esquema que utilizo habitualmente para explicar las grandes precipitaciones: hace falta un combustible, que es el aire cálido y húmedo de las capas bajas, y hace falta un motor, que es la dinámica de los niveles altos de la troposfera, capaz de poner ese aire en movimiento ascendente y de mantenerlo. La tarde del sábado 15 el combustible estaba garantizado por unos días previos muy calurosos. La cuestión interesante estaba en el motor, y en este caso el motor era una dana en su primer día de vida.

Recordemos el proceso de formación. Una vaguada de los niveles altos —ese entrante de aire frío que en los mapas de 300 o 500 hPa se dibuja como una "V" apuntando hacia el sur— puede profundizarse tanto que su parte más meridional acaba estrangulándose y separándose de la circulación general: nace así un vórtice cerrado con su núcleo de aire frío, una dana. Mi intuición de muchos años de predictor me dice que esa fase de formación es especialmente activa y peligrosa. 

Conviene aclarar que el cierre no es en sí mismo un mecanismo dinámico: es la manifestación visible de una evolución continua del flujo. Pero suele coincidir con una configuración muy favorable para la convección profunda: la corriente de viento en altura que rodea la base de la vaguada gira de forma cada vez más brusca y puede concentrar una fuerte divergencia sobre el flanco delantero del vórtice que está naciendo; el aire frío recién llegado a los niveles medios y altos dispara la energía disponible; y el ascenso general del aire va erosionando en poco tiempo la "tapadera" estable que normalmente inhibe la convección. Los ascensos que provoca directamente la dinámica son relativamente modestos: las violentas corrientes que levantan un cumulonimbo de trece o catorce kilómetros en media hora las produce la flotabilidad, el aire cálido y húmedo que asciende por sí mismo como un globo. El papel del motor sería, pues, el de un detonador: la dinámica "quita el corcho" y la flotabilidad hace el resto. Insisto, en todo caso, en que esta especial peligrosidad de la fase de formación es, hoy por hoy, más una intuición profesional que un hecho científicamente establecido; sobre ello volveré al final.

Lo que sí parece claro es que aquel sábado la dana recién nacida hizo su trabajo de motor: durante buena parte del día se desarrolló una convección generalizada sobre una amplia zona del cuadrante noroeste peninsular. Pero aquí viene el eslabón siguiente de la cadena, y quizá el más instructivo. Cuando estalló la célula que seguimos, hacia las 19:30 hora local, el cierre del vórtice llevaba ya varias horas consumado. La imagen visible del final de la tarde es muy reveladora: entre grandes estructuras convectivas, la tormenta en cuestión aparece como una torre solitaria y pequeñísima —su gran desarrollo vertical lo delata la larga sombra que proyecta con el sol ya poniente—, rodeada incluso de zonas relativamente despejadas. Esa no es la señal de una convección forzada directamente por la dinámica de altura; es la de una célula tardía y aislada, disparada por algo mucho más local.

¿Qué pudo ser ese algo? Lo más probable es que fueran las propias tormentas anteriores. Cada una de ellas, al descargar, genera corrientes descendentes que se extienden por el suelo como pequeños frentes fríos: los frentes de racha. Cuando dos de esos frentes chocan entre sí, o cuando uno de ellos embiste una ladera bien orientada, fuerzan un ascenso concentrado y violento del aire de niveles bajos que aún no había sido utilizado por la convección previa. Si ese aire conserva todo su calor y su humedad, el resultado es una torre explosiva y aislada, exactamente como la que muestran las imágenes. Y es a última hora de la tarde, cuando las interacciones entre células están en su apogeo, cuando este mecanismo puede resultar más eficaz.

Esta es, creo, la enseñanza central del episodio: hubo dos escalas encadenadas. La escala sinóptica, la dana, creó el entorno —enfrió la troposfera media y alta, disparó la energía disponible, eliminó la inhibición— y sembró de tormentas una amplia zona geográfica. Y fue la mesoescala —las interacciones de esas tormentas entre sí y con el terreno en las capas bajas— la que decidió dónde y cuándo se concentraría al final del día la célula extrema. La dana fue la causa del brote; el disparo concreto de este cumulonimbo, en ese lugar y a esa hora, pertenece a la mesoescala y era, en la práctica, imposible de localizar de antemano. Atribuir al eslabón sinóptico lo que pertenece al mesoescalar sería tan erróneo como ignorar que, sin la dana, aquella célula no habría existido.

De ello se desprende una conclusión de valor práctico. En jornadas en que una dana joven actúa sobre una masa cálida y húmeda, la convección extrema puede aparecer en cualquier punto de su sector delantero. Y puesto que el punto y la hora exactos del disparo pertenecen a la mesoescala y son en la práctica impredecibles, la vigilancia estrecha de todo ese sector —satélite (muy en especial las imágenes del canal de vapor de agua), echotops, descargas— es la única herramienta real de que dispone el predictor, y debe mantenerse hasta el final del episodio.

Debo reconocer, en todo caso, que mi valoración de la fase de formación como la más peligrosa del ciclo de vida de una dana tiene todavía mucho de intuición profesional. Hasta donde conozco, no existe un estudio que haya establecido de forma sistemática la relación entre las fases de ese ciclo de vida y las precipitaciones más intensas que producen. 

No sería, desde luego, un estudio sencillo: exigiría distinguir entre las danas que permanecen como estructuras casi puras de niveles altos —como la de este episodio— y las que acaban generando ciclogénesis en superficie u organizando flujos húmedos potentes en capas bajas, como ocurre tan a menudo en el Mediterráneo, donde los máximos de precipitación pueden llegar bastante después del cierre; y exigiría además tener en cuenta los máximos secundarios de viento que pueden aparecer en la circulación de la dana en cualquier fase de su vida y reactivarla, unas estructuras que no siempre resultan fáciles de localizar en los análisis. Pero precisamente por esa complejidad sería una investigación de gran interés científico y operativo: permitiría saber en qué tipo de danas y en qué fase de su vida debe extremarse la vigilancia.

Por tanto, no cabe pensar que, una vez cerrado el vórtice, el peligro queda atrás. En el Mediterráneo, lo verdaderamente determinante suele llegar cuando la zona delantera de la dana hace caer la presión sobre el mar y se establece un flujo potente y persistente de viento húmedo de levante que alimenta la convección desde las capas bajas. Y eso puede ocurrir bastante tiempo después de que la dana se haya cerrado, con el vórtice ya perfectamente constituido. Dicho con el esquema de siempre: en el Mediterráneo el combustible puede seguir llegando —y renovándose— durante mucho tiempo, y ahí es donde se gestan los grandes episodios de precipitaciones torrenciales de nuestra fachada oriental.

En el caso de los montes Aquilianos, la meteorología puso la tromba, pero la magnitud de la catástrofe la decidió también el terreno: unas cuencas muy pequeñas, de fuerte pendiente y con muy poca vegetación tras los incendios del año pasado, incapaz de retener nada de lo que cayó. Es un recordatorio de que el riesgo real no lo define solo la lluvia, sino el estado del territorio que la recibe; el último eslabón de la cadena ya no era atmosférico. Pero esa es otra reflexión que merece espacio propio. Quede aquí, de momento, la idea central: cuando los mapas previstos anuncien que una vaguada está a punto de cerrarse sobre una masa cálida y húmeda, conviene mirar con especial atención su zona delantera. Puede que allí, durante unas horas, la atmósfera disponga de uno de sus motores más potentes.

14 de agosto de 2026

El Niño 2026: aumenta la probabilidad de un episodio histórico

El pasado 17 de junio publiqué en este blog una breve actualización sobre la evolución de El Niño 2026. La señal se había reforzado claramente, la barrera de predecibilidad de la primavera empezaba a quedar atrás y los modelos apuntaban ya hacia un episodio de gran intensidad durante el otoño y el invierno. Sin embargo, todavía quedaba abierta la cuestión fundamental: ¿hasta dónde podría llegar realmente?

El nuevo informe publicado por NOAA el 13 de agosto supone un paso importante en la respuesta. Considera que El Niño continuará fortaleciéndose hasta finales de año y atribuye una probabilidad superior al 90 por ciento a que alcance la categoría de “muy fuerte” durante el otoño y el invierno de 2026-2027.

En cualquier caso el dato verdaderamente novedoso es otro: para el trimestre octubre-noviembre-diciembre, NOAA estima en un 69 por ciento la probabilidad de que el episodio alcance un valor igual o superior a +2,5 °C en el índice RONI. De cumplirse, superaría la intensidad de todos los episodios anteriores incluidos en la serie histórica que comienza en 1950.

Conviene detenerse brevemente en este índice porque es importante para interpretar correctamente la predicción. El RONI (Relative Oceanic Niño Index) mide la anomalía térmica media durante tres meses en la región Niño 3.4 del Pacífico ecuatorial, pero resta previamente el calentamiento medio del conjunto de los océanos tropicales. Después se reajusta su variabilidad para que resulte comparable con el índice tradicional.

Dicho de una manera sencilla, el RONI no informa  únicamente sobre cuánto más caliente de lo normal está el Pacífico ecuatorial, sino cuánto más caliente está en relación con el resto de los trópicos. De ese modo intenta separar mejor la señal específica de El Niño del calentamiento generalizado de los océanos. Ya comenté esta cuestión en la entrada anterior, cuando el Centro Europeo comenzaba a incorporar este tipo de índice relativo en sus predicciones estacionales.

Por tanto, la posibilidad de alcanzar +2,5 °C resulta especialmente significativa: no sería simplemente la consecuencia de que el océano global está hoy más caliente que hace treinta o cuarenta años. Incluso descontando ese calentamiento tropical de fondo, la señal propia de El Niño podría superar a la de los grandes episodios anteriores. En la serie histórica del RONI, el Niño de 1982-83 alcanzó un máximo trimestral de +2,4 °C, mientras que los de 1997-98 y 2015-16 llegaron a +2,3 °C.

Anomalías relativas de la temperatura superficial del mar durante julio de 2026. El calentamiento se extiende por el Pacífico ecuatorial central y oriental, con valores superiores a +2 °C en amplias zonas. Fuente: NOAA/CPC.

Además, el nuevo informe muestra que ya no estamos únicamente ante una predicción de los modelos. Durante julio, el índice mensual de la región Niño 3.4 alcanzó +1,4 °C, mientras que Niño 3 llegó a +1,7 °C y Niño 1+2, junto a las costas sudamericanas, a +2,9 °C. Al mismo tiempo ha seguido aumentando el contenido de calor bajo la superficie del Pacífico ecuatorial, con anomalías locales de hasta +10 °C en profundidad y una termoclina situada claramente por debajo de su posición habitual.

Según el informe, la atmósfera también está respondiendo. Se observan anomalías de viento del oeste en niveles bajos y del este en altura, un aumento de la convección y las precipitaciones sobre el Pacífico central y oriental y una disminución sobre Indonesia. Los índices de la Oscilación del Sur fueron durante julio intensamente negativos. En conjunto, océano y atmósfera muestran ya el acoplamiento característico de un episodio de El Niño en rápido fortalecimiento.

Esta es quizás la diferencia fundamental respecto a lo señalado  hace dos meses. Entonces los modelos indicaban la posibilidad de un gran episodio, pero todavía existía una incertidumbre apreciable sobre su evolución. Ahora El Niño está plenamente establecido, la respuesta atmosférica resulta evidente y la incertidumbre principal ya no se refiere tanto a su desarrollo como a la intensidad máxima que pueda alcanzar.

Probabilidades oficiales de las distintas categorías de intensidad de El Niño previstas por NOAA. Para octubre-noviembre-diciembre, la probabilidad de un episodio muy fuerte supera ampliamente el 90 por ciento. Fuente: NOAA/CPC.

Naturalmente, una probabilidad del 69 por ciento no constituye una certeza. Tampoco un Niño excepcionalmente intenso garantiza que sus impactos sean excepcionales en todas las regiones. La propia NOAA recuerda que, cuanto mayor es la intensidad del episodio, mayor suele ser la probabilidad de que aparezcan sus efectos característicos, pero la relación nunca es automática. Esta cautela resulta especialmente necesaria en Europa y en España, donde la influencia de El Niño es mucho más indirecta y está modulada por la situación del Atlántico, la circulación euroatlántica, la estratosfera y otros muchos factores. No podemos deducir todavía cómo será nuestro próximo otoño o invierno únicamente a partir de la intensidad prevista de El Niño.

En cualquier caso, un calentamiento tan intenso del Pacífico ecuatorial puede provocar una profunda reorganización de la convección tropical y de la liberación de calor latente hacia la alta troposfera. Desde allí, sus efectos pueden propagarse mediante ondas planetarias, modificar los chorros y terminar influyendo en la circulación de latitudes medias. Por eso los próximos meses tendrán un enorme interés meteorológico y climático.

Sigue abierta, por tanto, la pregunta que se planteaba entonces: ¿responderá la atmósfera actual de la misma manera que durante los grandes episodios del siglo XX? El posible Niño de 2026-27 se desarrollará sobre unos océanos globalmente mucho más cálidos y en una atmósfera más húmeda y energética. Observar cómo interactúan ambos factores puede ser una de las cuestiones científicas más interesantes de los próximos meses.

27 de julio de 2026

Una nueva ola de calor y una vieja pregunta: ¿dónde empiezan a construirse las grandes dorsales?

 Hace unos días publiqué en este blog una reflexión titulada "¿Nacen las olas de calor europeas en los trópicos?". La idea era sencilla: quizá muchas de las grandes dorsales subtropicales que terminan dominando el tiempo europeo no nacen exclusivamente dentro de la circulación de latitudes medias, sino que reciben una aportación importante de calor y humedad procedente de latitudes mucho más bajas.

La situación que comienza a desarrollarse estos días vuelve a ofrecer un ejemplo especialmente interesante. No constituye una demostración de esa hipótesis, sino un episodio que merece ser seguido con atención porque permite observar, casi paso a paso, cómo podría establecerse esa conexión.

Los modelos prevén una nueva ola de calor que podría prolongarse varios días sobre buena parte de Europa occidental y central. El índice EFI del Centro Europeo muestra una señal muy elevada sobre Francia, Alemania y otros países vecinos, además de amplias zonas de la Península Ibérica. Todo indica que volveremos a hablar de temperaturas excepcionalmente altas. La cuestión vuelve a ser la misma: ¿dónde empieza realmente a construirse la dorsal responsable de esta situación?

Predicción del Extreme Forecast Index para las 00UTC del viernes 31 de julio (ECMWF)

La secuencia de las imágenes del canal de vapor de agua desde el día 24 hasta hoy mismo permiten seguir una evolución muy llamativa. Todo parece comenzar con un intenso desarrollo convectivo sobre el Atlántico tropical oriental. Posteriormente, esa enorme reserva de humedad no permanece ligada al sistema convectivo, sino que parece ser capturada por una pequeña circulación ciclónica situada ya en latitudes subtropicales (DS). Desde ese momento la lengua húmeda (señalada por una flecha roja) comienza a organizarse y a curvarse progresivamente hacia el nordeste.

                                                            Día 24

                                                            Día 25

                                                            Día  26

                                                  Día 27

No sabemos todavía cuál es exactamente el mecanismo físico responsable de esta transición. Mi intención no es proponer una explicación cerrada, sino llamar la atención sobre un aspecto que quizá estamos simplificando un poco. Entre la convección tropical y la circulación de latitudes medias podrían existir estructuras subtropicales intermedias —pequeñas depresiones subtropicales, ondas de Rossby de menor escala u otras perturbaciones poco estudiadas— capaces de reorganizar la enorme reserva de calor y humedad tropical antes de transferirla al flujo subtropical y, posteriormente, a la circulación de latitudes medias.

Las imágenes previstas del canal de vapor de agua para mañana y pasado sugieren que esa circulación subtropical acaba integrándose en una onda de mayor escala, reforzada además por una vaguada secundaria atlántica. Si esta evolución se confirma, la pluma húmeda quedará incorporada al flujo de gran escala y la dorsal comenzará a amplificarse sobre Europa occidental.

Simulación de imagen del canal de vapor de agua prevista para el martes a las 09 UTC


Simulación de imagen del canal de vapor de agua prevista para el miércoles a las 09 UTC

Por otra parte, resulta especialmente llamativa la rapidez con la que la isohipsa de 5920 mgp (línea más negra) asciende desde el entorno del sur de la Península hasta el sur de Francia  en apenas unas horas. Coincidiendo con la llegada de la pulsación cálida y húmeda desde latitudes subtropicales, el geopotencial aumenta con gran rapidez y la dorsal se amplifica de forma muy notable. La dinámica de la onda, la advección cálida, la subsidencia y el calentamiento diabático probablemente contribuyen conjuntamente a esa evolución, aunque el peso relativo de cada proceso sigue siendo una cuestión abierta.

Geopotencial de 500 hPa y temperatura a 850hPa de hoy lunes a las 06 UTC

Geopotencial de 500 hPa y temperatura a 850hPa previsto para mañana martes a las 00 UTC

Por supuesto, no pretendo afirmar que ésta sea la explicación de todas las grandes dorsales subtropicales. Tampoco que este episodio constituya una demostración definitiva. Lo que sí creo es que invita a mirar con más atención la franja tropical-subtropical. Durante décadas hemos estudiado con enorme detalle la dinámica de las latitudes medias. Sin embargo, quizá todavía conocemos mucho menos los mecanismos que conectan los trópicos con esas latitudes. Y es posible que precisamente en esa zona de transición se encuentre una parte importante del eslabón que aún nos falta para comprender cómo algunas grandes pulsaciones de calor y humedad tropical terminan contribuyendo a la formación de dorsales persistentes y, con ellas, de algunas de las olas de calor más importantes que afectan a Europa.

Esta cuestión adquiere, además, una importancia creciente en el contexto del calentamiento global. Unos océanos tropicales cada vez más cálidos y con mayor contenido de energía proporcionan más vapor de agua a la atmósfera y, por tanto, permiten que estas pulsaciones transporten cantidades mayores de humedad y calor latente hacia las latitudes subtropicales y medias. No sabemos todavía si este tipo de procesos será necesariamente más frecuente, porque eso dependerá también de la evolución de la circulación atmosférica y de sus mecanismos de acoplamiento. Pero sí parece razonable pensar que, cuando se produzcan, podrían ser más intensos y desempeñar un papel cada vez más importante en la rápida amplificación de grandes dorsales y en algunas olas de calor europeas. Comprenderlos y vigilarlos mejor será, por tanto, cada vez más necesario.