26 de junio de 2026

Atribución y dinámica: dos miradas sobre la ola de calor

Mientras aún estamos analizando los mecanismos dinámicos de esta histórica ola de calor de junio de 2026 —como hacía en los dos últimos artículos de este blog—, el grupo científico World Weather Attribution (WWA) ha publicado hoy viernes, 26 de junio, un informe de atribución que merece atención. Su título no deja lugar a dudas: «Las emisiones de combustibles fósiles han empeorado rápidamente las olas de calor europeas en pocas décadas».

Topografía del geopotencial en 500 hPa (ERA5/ECMWF) sobre Europa occidental, del 19 al 30 de junio de 2026. La secuencia muestra el establecimiento y notable persistencia de la dorsal subtropical, con valores que superan los 5840 mgp en los días de mayor intensidad hasta ahora (21-23 de junio), y la presencia simultánea de la dana al oeste de la Península durante los primeros días. Los últimos paneles incorporan predicción, apuntando a una prolongación del episodio hasta final de mes.

La metodología de la WWA es conocida: se comparan dos «mundos virtuales» mediante modelos climáticos, uno con el calentamiento actual y otro sin las emisiones de gases de efecto invernadero, y se cuantifica cuánto más probable e intensa es la ola de calor en el mundo real. El resultado para este episodio es contundente: las temperaturas alcanzadas en junio de 2026 habrían resultado virtualmente imposibles en 1976. En 2003 —el año de la gran ola de calor que causó más de 70.000 muertes en Europa— un episodio como este habría sido unas diez veces menos probable durante el día y más de cien veces menos probable por la noche.

En mi opinión es un estudio legítimo y valioso, pero tiene un límite importante que conviene señalar: no analiza las causas físicas en detalle. El informe describe la situación como una advección del sur sobre un patrón de circulación en buena medida similar a los precedentes históricos, y concluye que lo que ha cambiado es el «suelo» sobre el que actúa ese patrón: la temperatura de base del clima. Eso es correcto y, probablemente, tampoco forma parte de los objetivos de la WWA ir más allá, pero deja abierta una cuestión distinta: ¿por qué esos patrones de circulación parecen cada vez más eficaces para producir episodios extremos?

Como he argumentado en este blog, hay algo más que una simple advección del sur actuando aquí. Las estructuras de circulación que dan lugar a estos episodios —dorsales subtropicales de gran amplitud meridiana, patrones de bloqueo cada vez más persistentes, acoplamientos entre sistemas como la dana y la dorsal que potencian y canalizan el flujo cálido— no solo trabajan sobre una temperatura de base más alta. Es posible que estas estructuras sean en sí mismas más frecuentes, más intensas y más duraderas precisamente como consecuencia de los cambios en la circulación general que acompañan al calentamiento de la troposfera tropical y subtropical. No es solo que la temperatura de base esté más caliente, sino que las configuraciones atmosféricas responsables de transportar y mantener ese calor también parecen estar cambiando.

A ello se añade una dimensión que merece atención específica: estas circulaciones meridianas de gran amplitud no solo transportan calor. Transportan también vapor de agua en cantidades significativas, procedente de fuentes tropicales y subtropicales cada vez más cálidas y, por tanto, más húmedas. Ese incremento de humedad en latitudes medias no es un acompañante pasivo: puede potenciar los procesos diabáticos —la liberación de calor latente en las zonas de ascenso— que a su vez contribuyen al reforzamiento y mantenimiento de las propias dorsales. Y sobre las personas, la combinación de calor y humedad elevada produce un estrés térmico real muy superior al que refleja el termómetro seco. Es una pieza del puzle que la atribución estadística tampoco recoge, y que la dinámica atmosférica clásica tiende a subestimar, pero que resulta fundamental para comprender lo que está ocurriendo realmente.

La otra dimensión que el informe sí toca, y que merece una reflexión aparte, es la de la vulnerabilidad. El análisis de la WWA sobre el estrés térmico en 854 ciudades europeas —con el 45% de ellas batiendo récords de temperatura de termómetro húmedo— pone de manifiesto algo que resulta llamativo: Europa sigue siendo un continente notablemente poco preparado para el calor extremo. 

Entre esas carencias una de las más evidentes es la todavía escasa implantación de sistemas de refrigeración en buena parte del centro y norte de Europa. Esa resistencia, comprensible quizá en otro contexto histórico, debe probablemente revisarse. La adaptación al calor extremo debe ser una prioridad absoluta para los gobiernos europeos: desde el diseño de edificios y espacios urbanos hasta los sistemas de alerta sanitaria, pasando por la revisión de infraestructuras de transporte y energía que claramente no fueron concebidas para estas condiciones. Lo que era excepcional se está convirtiendo en recurrente. Y lo recurrente exige respuestas estructurales, no improvisaciones.

La ciencia de atribución y el análisis sinóptico llegan, desde caminos distintos, a la misma conclusión de fondo: lo que estamos viviendo no es meteorología extrema en un clima estable. Es meteorología extrema en un clima que está cambiando más rápido de lo que muchos imaginaban, y cuyos mecanismos dinámicos siguen siendo uno de los grandes desafíos científicos de nuestro tiempo.





25 de junio de 2026

¿Y en España?

En un artículo reciente en este blog intenté responder a la pregunta que me parecía más pertinente de esta ola de calor de junio de 2026: ¿por qué en Francia? 

La combinación de una dana anclada al oeste de la Península y una dorsal subtropical desplazada hacia el este determinaba que el foco de calor más extremo se situara sobre territorio francés, cuando habitualmente es la Península Ibérica la que soporta el mayor peso de estos episodios. Y apuntaba a un posible mecanismo: la liberación de calor latente en el flanco ascendente del sistema podría estar contribuyendo al reforzamiento de la dorsal aguas abajo, potenciando la subsidencia sobre Francia. 

En cualquier caso la pregunta complementaria merece también atención: ¿qué ha pasado en España? Y en particular en el norte de España, donde los registros de estos días han sido sencillamente históricos.

José Ángel Núñez, jefe de Climatología de AEMET en la Comunitat Valenciana y uno de los mejores climatólogos de nuestro país, acaba de publicar en el blog de AEMET un análisis exhaustivo de este episodio que recomiendo leer íntegramente. Los datos que aporta son contundentes. Cabe destacar algunos de ellos:

Los días 22 y 23 de junio han sido los más cálidos de ese mes en España desde al menos 1950, con una anomalía media peninsular de +7,1 °C. Tres días de esta ola se han situado entre los diez más cálidos de la serie histórica de junio. Y en el cómputo general de todos los días del año, el 23 de junio de 2026 quedaría provisionalmente en el puesto vigésimo primero, por detrás solo de días de julio y agosto, casi todos posteriores a 2012.

Pero lo que más llama la atención no es el sur, donde los extremos son ya familiares, sino el norte peninsular. El 23 de junio se registró el récord absoluto de temperatura máxima en Cantabria —para cualquier mes del año—, con 43,7 °C en Tama, en el valle de Liébana. En el aeropuerto de Bilbao, en tres ocasiones durante este episodio se superaron los 40 °C, algo que nunca había ocurrido en un mismo mes en toda la serie desde 1947. Y en la propia costa cantábrica, prácticamente al borde del mar, se registraron temperaturas que en cualquier otro junio habrían resultado realmente extrañas.

La tentación inmediata podría ser atribuir estos valores al efecto foehn... pero en este episodio no había un viento del sur claro que lo sustentara. En los niveles bajos de la atmósfera, el flujo dominante en esas zonas era muy débil con una cierta componente E/SE. El giro hacia una componente SSE no se producía hasta alcanzar los 700-800 hPa. 

El perfil vertical obtenido del modelo del ECMWF con validez para las 18 UTC del 23 de junio —un plazo tan corto que lo convierte prácticamente en un análisis— lo confirma visualmente. Muestra una masa extraordinariamente cálida entre el suelo y 600-700 hPa, coherente con el dato del cercano radiosondeo de Santander. 


Perfil vertical termodinámico obtenido del modelo ENS del Centro Europeo de Predicción a Plazo Medio (ECMWF), para un punto, próximo a la zona donde se registró el récord absoluto de Cantabria, con validez para el 23 de junio de 2026 a las 18 UTC. Dado el escaso plazo de predicción —18 horas desde la pasada de las 00 UTC—, el perfil puede considerarse prácticamente un análisis de la estructura real de la atmósfera. Se aprecian claramente tres elementos clave: la extraordinaria calidez de la masa de aire entre el suelo y 600-700 hPa; la presencia de humedad en niveles medios-altos, coherente con una atmósfera con abundante contenido de vapor de agua. La liberación de calor latente que habría contribuido al reforzamiento de la dorsal aguas arriba y un perfil vertical de viento poco compatible con efectos foehn o subsidencia.

Por su parte, la estructura del campo de geopotencial de 500 hPa sobre la zona tampoco apoya la posibilidad de una marcada subsidencia. 


Topografía del geopotencial de  500 hPa del 23 de junio de 2026 (ECMWF)

Por tanto la explicación que parece más sencilla y realista es que la masa de aire que llegó a esas zonas era, de por sí, una masa termodinámicamente muy cálida. Los efectos locales, cuando existieron, lo hicieron sobre una base ya extraordinaria. 

Hay un dato en el artículo de José Ángel Núñez que merece destacarse especialmente, porque va más allá de la meteorología de superficie y toca algo más profundo. En el radiosondeo de Santander, a 850 hPa —unos 1.500 metros de altitud, muy por encima de cualquier influencia urbana o local—, la temperatura en el mes de junio ha aumentado 2,7 °C desde 1989, con una significación estadística del 95 %. Un ascenso que supera incluso al registrado en las estaciones de superficie. Es un dato muy importante porque el radiosondeo mide la troposfera libre. Y ese calentamiento continuado en la atmósfera libre es la huella de un proceso global.

También diversos estudios basados en reanálisis ERA5, radiosondas y mediciones por satélite, documentan de forma coherente un calentamiento de la troposfera en todo el hemisferio norte, con una señal especialmente marcada en las latitudes medias y subtropicales. Es lo que los climatólogos denominan el «fingerprint» del cambio climático: el calentamiento troposférico acompañado de enfriamiento estratosférico. Es la firma característica del forzamiento por gases de efecto invernadero, y se distingue netamente de otros posibles forzamientos como la variabilidad solar.

Pero hay una dimensión adicional que, a mi juicio, no recibe todavía la atención que merece en el debate público. El calentamiento de la troposfera subtropical no es solo una consecuencia pasiva del cambio climático: es también un factor activo que puede estar modificando la circulación atmosférica en niveles medios y altos. Una troposfera subtropical más cálida implica gradientes térmicos alterados entre latitudes, lo que a su vez influye sobre la posición, la intensidad y el comportamiento del chorro subtropical y del chorro polar. Como he apuntado con frecuencia, existen indicios cada vez más sólidos de que estos cambios pueden estar traduciéndose en dorsales más amplias y persistentes, en un chorro con mayor tendencia a los bloqueos y en patrones de circulación más estacionarios que favorecen la repetición de episodios extremos. Dicho de otro modo: no solo el aire tropical/subtropical es más caliente cuando llega. Es que llega más a menudo, se instala durante más tiempo, y el patrón de circulación que lo trae tiende a perpetuarse más que antes. Causa y efecto se retroalimentan.

Pero hay otras cuestiones que este episodio plantea con fuerza y que todavía no tienen respuesta clara. Una de ellas es el papel de la humedad. El perfil antes mostrado muestra que la masa de aire no era seca en niveles medios: había contenido de vapor de agua significativo acompañando a esa columna extraordinariamente cálida. ¿Es esa humedad un simple acompañante pasivo de una atmósfera más cálida... o está jugando también un papel activo, potenciando efectos diabáticos que a su vez refuerzan la dinámica de la dorsal? En el flanco ascendente del sistema, aguas arriba sobre el Atlántico, ya veíamos en el artículo anterior indicios de que la liberación de calor latente podía estar contribuyendo al crecimiento de los geopotenciales sobre Francia. Pero su papel sobre la zona cantábrica, donde no había una subsidencia clara y organizada, es menos evidente y más difícil de discernir.

Otra pregunta es si las circulaciones meridianas de gran amplitud que cada vez dominan más estos episodios están trayendo consigo, de forma estructural y no ocasional, masas de aire más húmedas además de más cálidas, precisamente porque su origen tropical-subtropical implica un contenido de vapor mayor. Si eso es así, la componente diabática en el reforzamiento de estas dorsales no sería un factor secundario sino parte del mecanismo mismo, y estaría creciendo en paralelo con la tropicalización progresiva de las fuentes de aire que alimentan Europa occidental.

Son piezas de un puzle que estamos aprendiendo a ensamblar en tiempo real, episodio a episodio. Algunas piezas empiezan ya a encajar con bastante solidez. Sabemos que la troposfera se calienta, que las dorsales son más persistentes, que los récords se acumulan con una velocidad sin precedentes históricos. Pero el encaje completo —cómo interactúan el forzamiento radiativo, la dinámica de la circulación general y los procesos diabáticos húmedos en este nuevo régimen atmosférico— está todavía por construir. 

Cada episodio como este nos acerca un poco más. Cuando la troposfera libre sobre Santander marca casi tres grados más que hace treinta y cinco años en pleno mes de junio, y eso se refleja en récords absolutos en Cantabria y en temperaturas tan elevadas al borde del Cantábrico, estamos ante una señal que va mucho más allá de la meteorología del día. No estamos registrando anomalías. Más bien, quizás, estamos midiendo una transformación.


23 de junio de 2026

¿Por qué Francia?

 La ola de calor que afecta a Europa occidental desde mediados de junio de 2026 ha adquirido una impresionante dimensión. Francia lleva días bajo avisos rojos por calor con 49 departamentos simultáneamente en el nivel más alto de alerta —un record en sí mismo—. Según los datos que hasta ahora conozco los valores observados son excepcionales: el 22 de junio, Châteaumeillant, en la región Centro-Val de Loire, registró 43,5 °C, nuevo record absoluto para esa estación; en Île-de-France las temperaturas han superado los 40 °C en varias jornadas consecutivas, con noches que no han bajado de 20 °C. El record absoluto nacional —46,0 °C, alcanzado en Vérargues el 28 de junio de 2019— aún no ha sido superado oficialmente en el momento de escribir estas líneas.

Lo que resulta más llamativo de este episodio, más allá de los valores puntuales, es su extensión geográfica y su intensidad sobre regiones del centro, el norte y el oeste de Francia que no tienen historial comparable de calor extremo. La Península Ibérica ha registrado valores igualmente extremos, pero aquí  ya tenemos una trayectoria climática que los hace menos improbables. La pregunta que cabe formularse con claridad es ¿qué ha hecho que esta pulsación subtropical alcanzara latitudes tan altas con tal intensidad, y que se mantenga sobre Francia durante varios días?

El mecanismo de fondo es el que caracteriza los grandes episodios de calor europeos recientes: una dorsal en altura —una extensión del cinturón subtropical hacia el norte— se ha establecido sobre el suroeste de Europa con geopotenciales muy altos entre la Península Ibérica y el suroeste de Francia. Son valores poco frecuentes a estas latitudes, que definen un auténtico domo de calor. De este modo la subsidencia anticiclónica calienta adiabáticamente las capas bajas, deseca progresivamente la columna atmosférica y, con noches que no permiten recuperación térmica y suelos ya muy secos tras el episodio de mayo, genera una acumulación de calor creciente día a día.

En cualquier caso, la amplitud de la dorsal no parece que haya sido notablemente mayor que en episodios anteriores como los de junio de 2019 o junio de 2022. Y el origen del aire tampoco ha cambiado en lo esencial: procede del interior del continente africano o del Atlántico subtropical como en otros episodios. ¿Dónde está, entonces, la diferencia?

Hay un elemento que ha recibido escasa atención en los análisis de este episodio: la presencia de una dana que lleva varios días anclada sobre el Atlántico al oeste de Portugal y noroeste de Marruecos.

Imagen del canal de vapor de agua de Meteosat, de la madrugada del 23 de junio de 2026. La dana al oeste de Iberia organiza un flujo meridional de origen tropical profundo que confluye con un flujo subtropical marítimo. Sobre Francia, la subsidencia intensa asociada a la dorsal reforzada se manifiesta en la zona negra característica del aire seco en niveles medios-altos (Imagen EUMETSAT)

Las imágenes de vapor de agua de los últimos días son muy ilustrativas. En el flanco oriental y suroriental de esta dana se ha organizado un potente corredor de flujo meridional que transporta masa de aire desde latitudes muy bajas —el Sahel, Mauritania, prácticamente latitudes tropicales profundas— hacia el norte, confluyendo a continuación con el flujo subtropical más clásico. La estructura del campo de geopotencial en 500 hPa (no mostrada) lo confirma: la dana y la dorsal están prácticamente adosadas, y entre ambas estructuras  el flujo de componente sur en ese sector es intenso y bien organizado.

Todo apunta a que, en este caso, la dana está actuando, no tanto como perturbación clásica generadora de inestabilidad, sino como un mecanismo de canalización del flujo tropical hacia el norte, con una eficiencia que una dorsal "sencilla", sin esa circulación ciclónica adosada, no tendría por sí sola.

A partir de aquí me permito esbozar una hipótesis que tendrá que ser, o no, confirmada: En ese flujo meridional cálido y húmedo que asciende en el flanco oriental de la dana existe liberación de calor latente al condensarse la humedad en la troposfera media y alta. Este calentamiento diabático de la columna puede reforzar la dorsal aguas abajo, hacia el noreste, contribuyendo a elevarla en latitud más allá de lo que le correspondería por el forzamiento dinámico puro.

La imagen de vapor de agua de la madrugada del 23 de junio muestra sobre Francia una zona de tonos muy oscuros —señal característica del aire muy seco en la troposfera media y alta— que puede significar subsidencia intensa. La posición de esa zona de subsidencia, centrada precisamente sobre las regiones que han registrado las temperaturas más extremas, es coherente con la hipótesis que presento de un refuerzo de la dorsal por mecanismo diabático corriente abajo de la dana.

Por supuesto, esta hipótesis necesitaría verificación con análisis de vorticidad potencial y datos de reanálisis una vez concluido el episodio. En este momento es solo una interpretación plausible de lo que muestran las imágenes, físicamente coherente pero no demostrada.

En cualquier caso no está finalizado en absoluto. Es posible que el calor se mantenga sobre Francia algunos días, aunque quizás con algunos mecanismos físicos distintos. En cualquier caso, y al menos para esta primera parte del episodio, parece razonable sostener es que la coexistencia de la dorsal subtropical con una dana bien posicionada en su flanco occidental ha generado condiciones sinópticas especialmente favorables para un transporte meridional de energía desde el trópico africano hacia latitudes inusualmente altas, con un posible refuerzo diabático de la dorsal que podría explicar, al menos en parte, por qué Francia ha sido el escenario de los valores más extremos.

Cuando los datos de reanálisis estén disponibles, quizás valga la pena volver sobre ello. Los episodios extremos merecen análisis a posteriori rigurosos, no solo porque ayudan a entender lo que ha ocurrido, sino porque pueden arrojar luz sobre los mecanismos que, en un clima en transformación, hacen posible que sucedan.

19 de junio de 2026

Una dorsal africana de gran amplitud vuelve a extenderse por Europa

 

Los modelos meteorológicos apuntan a que ya desde hoy y durante los próximos días buena parte de Europa occidental y central se verá afectada por una intensa ola de calor. Las temperaturas alcanzarán valores excepcionalmente elevados para la época del año, como muestran tanto el Índice Extremo de Predicción (EFI) del Centro Europeo como otros productos probabilistas que señalan anomalías muy significativas sobre amplias regiones del continente.


Índice Extremo de Predicción (EFI) de temperatura máxima a 2 metros para el periodo 21-22 de junio de 2026. Los tonos rojos indican temperaturas excepcionalmente altas respecto a la climatología habitual del modelo para estas fechas. Los valores cercanos a 1 señalan una elevada probabilidad de que se alcancen registros situados entre los más extremos observados a finales de junio en amplias zonas de Europa occidental y central. (ECMWF).

La configuración atmosférica viene dominada por una potente dorsal subtropical que se extiende desde el norte de África hacia la Península Ibérica, Francia y buena parte de Europa occidental, mientras una dana permanece al oeste de Portugal y el chorro se sitúa sobre el norte de Europa. El resultado es una reorganización de la circulación atmosférica a escala continental que favorece distintos procesos de calentamiento.


Mapa previsto de 500 hPa para el 23 de junio de 2026. La imagen muestra una nueva extensión hacia el norte de una gran dorsal africana, que alcanza gran parte de Europa occidental y central. Es un ejemplo más de esas configuraciones de gran amplitud que, en varias ocasiones recientes, han permitido que masas de aire y características propias de las latitudes subtropicales se extiendan hasta muy al norte del continente. (ECMWF).

Sin embargo, detrás de este episodio no se encuentra un único mecanismo físico. Al observar los mapas de niveles medios y altos de la atmósfera aparece una situación mucho más interesante: el calor llegará por caminos diferentes según las regiones afectadas.

(Infografía realizada a través de IA)

En Europa central parece predominar el calentamiento asociado a la subsidencia. Bajo la dorsal, el aire desciende lentamente desde niveles medios de la atmósfera. Este descenso genera una inversión de subsidencia que actúa como una auténtica tapadera atmosférica. El aire de las capas bajas encuentra dificultades para ascender y renovarse, quedando atrapado cerca del suelo.

La consecuencia es importante. Bajo cielos despejados, la intensa insolación de finales de junio calienta el terreno durante horas. Ese calor se transmite al aire próximo al suelo, pero la inversión dificulta su dispersión vertical. El resultado es una acumulación progresiva de aire muy cálido en las capas bajas que puede dar lugar a jornadas especialmente sofocantes.

Más al oeste, especialmente sobre la Península Ibérica y zonas próximas del Atlántico oriental, parece imponerse otro mecanismo distinto. Aquí el protagonismo corresponde a la advección de aire muy cálido procedente del norte de África. El flujo de componente sur y sureste transporta hacia nuestras latitudes masas de aire extremadamente cálidas y secas, acompañadas probablemente de polvo sahariano en suspensión.

En estas regiones el calor no se genera únicamente sobre el territorio afectado, sino que llega continuamente desde latitudes más meridionales, reforzando el calentamiento local producido por la radiación solar.

Entre ambas áreas aparece una amplia zona de transición donde pueden coexistir en distintos grados la subsidencia, la advección cálida y el calentamiento diabático del suelo. La combinación de estos mecanismos explica la gran extensión espacial prevista para el episodio.

Las consecuencias no se limitarán a las altas temperaturas. La llegada de polvo sahariano puede favorecer cielos blanquecinos u ocres y reducir la visibilidad en algunas regiones. Además, la aproximación posterior de la dana atlántica podría favorecer la formación de tormentas de base alta y escasa precipitación, acompañadas de abundante aparato eléctrico. En estas situaciones los rayos pueden convertirse en un factor importante de riesgo de incendios forestales, especialmente si coinciden con ambientes muy secos y con episodios de viento moderado asociados al gradiente entre la dana y la dorsal.

Todo apunta a que la situación alcanzará su máxima intensidad entre comienzos y mediados de la próxima semana. Posteriormente, la progresiva aproximación de la dana hacia la Península podría introducir aire algo más fresco e inestable, favoreciendo un cierto descenso de las temperaturas.

Más allá de este episodio concreto, resulta difícil no observar una vez más cómo masas de aire y configuraciones atmosféricas típicamente subtropicales consiguen proyectarse muy al norte, alcanzando regiones europeas donde históricamente estos episodios eran menos frecuentes o menos intensos. Un único caso no permite extraer conclusiones definitivas, pero la repetición de estas situaciones durante los últimos años constituye, sin duda, un fenómeno digno de seguimiento y reflexión tal como he apuntado desde hace tiempo en sucesivas entradas de este blog.

17 de junio de 2026

El Niño 2026: la señal se refuerza... y las incógnitas también

En mayo pasado publiqué un artículo en este blog sobre la posibilidad de que 2026 nos deparara un gran episodio de El Niño, y dejé la entrada abierta a la espera de las predicciones estacionales de junio del Centro Europeo. Ya salieron, y creo que merece la pena hacer una breve actualización de aquella entrada.

La señal del Niño se ha reforzado de manera notable. En mayo, los modelos apuntaban hacia un evento fuerte pero mantenían una dispersión considerable, lógica dado que las predicciones de primavera son las menos fiables del ciclo ENSO por razones bien conocidas. Ahora esa incertidumbre se ha reducido apreciablemente. En base a las nuevas predicciones la Organización Meteorológica Mundial (OMM) indicó a primeros de este mes una probabilidad de alrededor del 80% de que se desarrollen condiciones de El Niño entre junio y agosto, porcentaje que aumenta conforme avanza el año. Y el 11 de junio, NOAA emitió un aviso oficial declarando el inicio de condiciones de El Niño.

Las predicciones del ECMWF para los próximos meses muestran anomalías de temperatura superficial del mar que superan los dos grados centígrados en toda la región ENSO durante el verano, y con valores que podrían alcanzar o superar los tres grados hacia finales de año en algunos miembros del conjunto de predicción. Si se cumplen, nos situaríamos en el rango de los episodios más intensos observados desde que existen registros fiables.

Predicción multimodelo C3S (Copernicus Climate Change Service) de la anomalía media de temperatura superficial del mar para el trimestre julio-agosto-septiembre de 2026, inicializada el 1 de junio.  El dominio de los tonos rojos y granates en el Pacífico ecuatorial central y oriental refleja las anomalías positivas características de El Niño, con valores que superan los dos grados centígrados en el núcleo del episodio.  (Copernicus Climate Change Service / ECMWF).

Por otra parte hay una novedad interesante que vale la pena mencionar y que enlaza con algo que señalé en la entrada anterior. El Centro Europeo ha introducido desde el 1 de junio un nuevo índice, el llamado "Relative Niño", desarrollado con el apoyo de la OMM, que compara las anomalías de temperatura en la región Niño 3.4 no con un promedio histórico fijo, sino con el resto del trópico en el mismo momento. En cierto modo, este nuevo índice intenta responder a una cuestión cada vez más relevante: cómo distinguir la señal propia de El Niño del calentamiento generalizado que afecta al conjunto de los océanos tropicales. Pues bien, incluso con ese ajuste, que típicamente reduce las anomalías en torno a medio grado, los modelos siguen apuntando a un episodio inusualmente intenso.




Predicciones estacionales del ECMWF (plumas) inicializadas el 1 de junio de 2026 para la anomalía de temperatura superficial del mar en la región Niño 3.4. Arriba el índice clásico, referenciado a la climatología ERA5 del período 1991-2020. Abajo, el nuevo índice relativo, que descuenta el calentamiento global de fondo comparando el Pacífico ecuatorial con el conjunto del trópico. La diferencia entre ambos gráficos —en torno a medio grado en los valores máximos— refleja precisamente el efecto del calentamiento de fondo que el nuevo índice elimina. Aun así, la práctica totalidad de los miembros apunta a un evento de gran intensidad hacia finales de 2026 (ECMWF)

Eso es precisamente lo que hace que este Niño sea difícil de situar en perspectiva histórica. Los grandes referentes que solemos manejar —1997-98, 2015-16— se desarrollaron sobre un océano global sensiblemente más frío que el actual. La pregunta que dejé abierta en mayo sigue siendo importante: ¿responde hoy la atmósfera global de la misma manera a un gran forzamiento tropical que hace veinte o treinta años? 

Nadie lo sabe con certeza. Lo que sí podemos decir es que los próximos meses van a ser muy importantes desde un punto de vista científico. El Niño suele alcanzar su máxima intensidad en otoño e invierno del hemisferio norte, precisamente cuando sus efectos sobre la circulación extratropical son más pronunciados. 

Por su parte, el Joint Research Centre (JRC) de la Comisión Europea acaba de publicar un análisis de los posibles impactos del episodio en distintas regiones del mundo: calor extremo en los trópicos y subtrópicos a partir de septiembre, perturbaciones en la producción agrícola en África subsahariana, India, Australia y Brasil, presión al alza sobre los precios del trigo duro y el maíz, riesgos humanitarios en zonas ya frágiles. Sobre Europa el informe se limita a señalar, de forma genérica, que un episodio muy intenso podría favorecer temperaturas superiores a lo normal, con un calentamiento que se prolongaría hasta la primavera de 2027. España no aparece mencionada, lo cual tampoco sorprende: como ya se explicaba en la entrada anterior, la influencia del ENSO sobre la Península es indirecta y modulada por otros patrones atmosféricos, y resulta mucho más difícil de cuantificar que sus efectos sobre las regiones tropicales y subtropicales. 

En cualquier caso conviene señalar que, aún siendo fundamentales para una adecuada prevención, ese tipo de proyecciones de impacto se construyen sobre las relaciones estadísticas observadas en episodios anteriores, y si este Niño resulta ser de uno de los más intensos de la era instrumental, esas relaciones se están aplicando precisamente donde su validez es más incierta. La excepcionalidad del evento es, paradójicamente, el principal límite de cualquier estimación de sus consecuencias. Lo que sí podemos decir con confianza es que los próximos meses nos van a enseñar mucho, tanto sobre el Niño como sobre la capacidad de la atmósfera actual para responder a él de formas que quizás no conozcamos. 

10 de junio de 2026

El dificil camino de la predicción de fenómenos extremos

Nunca en la historia hemos dispuesto de tantas herramientas para observar y predecir la atmósfera. Satélites capaces de vigilar el planeta entero, radares que detectan el desarrollo de las tormentas en tiempo real, superordenadores que ejecutan millones de cálculos por segundo e incluso sistemas de inteligencia artificial entrenados con décadas de datos meteorológicos. Y, sin embargo, los fenómenos más extremos siguen planteando enormes dificultades de predicción.

Las predicciones meteorológicas han mejorado de forma espectacular durante las últimas décadas. Los errores en la predicción de la circulación atmosférica a varios días vista son hoy mucho menores de lo que eran hace apenas treinta años. Sin embargo, cuando descendemos a escalas muy pequeñas y tratamos de anticipar dónde caerán las precipitaciones más intensas, o dónde se desarrollará una tormenta especialmente violenta seguida de una inundación repentina, las incertidumbres aumentan considerablemente.

Durante buena parte del siglo XX los meteorólogos trabajaban sin modelos numéricos. Su principal herramienta era el análisis de mapas meteorológicos y la aplicación de principios físicos para interpretar la evolución atmosférica. Aquellos predictores eran capaces de identificar configuraciones favorables para lluvias intensas, tormentas severas o temporales importantes, pero la localización exacta de los fenómenos seguía siendo extremadamente difícil. Y uno de los mejores ejemplos de cómo llegar hasta el límite con aquellos métodos es el que desarrolló Mariano Medina con su investigación sobre la posible relación entre el tercer término de la ecuación de la vorticidad y la ocurrencia de precipitaciones intensas así como su aplicación práctica.

La llegada de los modelos numéricos cambió radicalmente el panorama. A medida que aumentaban la potencia de cálculo y la resolución espacial, la atmósfera comenzó a representarse con un detalle cada vez mayor. Hoy los modelos son capaces de reproducir con notable precisión muchas de las estructuras asociadas a los fenómenos adversos. 

Sin embargo, conforme nos acercamos a los extremos aparecen nuevos problemas. Una de las razones es que algunos procesos fundamentales continúan siendo extraordinariamente complejos. La interacción entre aerosoles y nubes, la formación de gotas de lluvia y cristales de hielo, los intercambios de calor y humedad entre el mar y la atmósfera o la organización interna de algunas estructuras convectivas son mecanismos que operan a escalas muy pequeñas y cuya representación sigue siendo imperfecta.

Ello se hace especialmente evidente en algunos episodios mediterráneos de lluvias torrenciales. Los modelos pueden captar correctamente el escenario general de riesgo y, sin embargo, subestimar la intensidad final alcanzada en una zona concreta. El episodio de Valencia de octubre de 2024 constituye un buen ejemplo de esta dificultad. Los modelos identificaron una situación potencialmente muy peligrosa y anticiparon lluvias extraordinarias. Sin embargo, en algunas áreas concretas las cantidades observadas superaron ampliamente las previsiones más extremas disponibles en tiempo real. No se trató simplemente de un fallo puntual, sino de una demostración de los límites que todavía existen cuando intentamos simular procesos atmosféricos de enorme complejidad.

Además, a todo ello se añade una característica fundamental de la atmósfera: su naturaleza caótica. Pequeñas diferencias en las condiciones iniciales pueden amplificarse con rapidez y conducir a resultados muy distintos. En los fenómenos extremos, donde intervienen numerosos procesos interactuando simultáneamente, esta sensibilidad resulta todavía más acusada. Precisamente para afrontar este problema surgieron los sistemas de predicción por conjuntos o ensembles. En lugar de generar una única predicción, los modelos se ejecutan muchas veces introduciendo pequeñas variaciones en las condiciones iniciales. El resultado no es un único futuro posible, sino una familia de escenarios. 

Esta forma de trabajar ha cambiado profundamente la filosofía de la predicción meteorológica. Cada vez resulta más importante estimar probabilidades que ofrecer una única respuesta determinista. En muchas situaciones, la cuestión clave no consiste en saber si caerán exactamente 250 o 350 milímetros de lluvia en un punto determinado, sino en identificar con suficiente antelación que existe una probabilidad significativa de que se produzca un episodio potencialmente catastrófico en una zona concreta.

En los últimos años ha aparecido además un nuevo protagonista: la inteligencia artificial. Los resultados obtenidos por algunos sistemas de aprendizaje automático han sido sorprendentes y abren perspectivas extraordinarias para el futuro de la predicción meteorológica. Sin embargo, los fenómenos extremos plantean desafíos particulares. La inteligencia artificial aprende a partir de ejemplos previos. Y precisamente los fenómenos más extremos son aquellos de los que existen menos ejemplos disponibles. Una red neuronal puede haber analizado miles de borrascas ordinarias, pero apenas unos pocos episodios verdaderamente excepcionales. Además, muchos de estos fenómenos dependen de combinaciones muy particulares de procesos atmosféricos que se producen con poca frecuencia y que aparecen escasamente representadas en los datos de entrenamiento.

Todas estas herramientas encuentran además una aplicación particularmente valiosa en la vigilancia meteorológica de fenómenos adversos. La integración en tiempo real de observaciones, radares, satélites, modelos numéricos, sistemas probabilistas e inteligencia artificial permite seguir minuto a minuto la evolución de situaciones potencialmente peligrosas y emitir avisos cada vez más precisos. En muchos episodios extremos, especialmente los asociados a tormentas severas o lluvias torrenciales, la mejora más importante no consiste únicamente en anticipar el fenómeno con varios días de antelación, sino en detectar con rapidez su intensificación cuando ya ha comenzado a desarrollarse.

Por todo ello, una de las líneas de desarrollo más prometedoras consiste en combinar el conocimiento físico acumulado durante décadas con las nuevas capacidades de aprendizaje automático. Todo parece indicar que el futuro no pertenecerá exclusivamente a los modelos tradicionales ni tampoco a la inteligencia artificial por sí sola, sino a sistemas híbridos capaces de aprovechar las fortalezas de ambos enfoques.

La historia de la meteorología puede interpretarse como una lucha permanente contra la incertidumbre. Cada generación de meteorólogos hemos dispuesto de herramientas más potentes que la anterior, pero los fenómenos más extremos siguen situándose cerca de una frontera difícil de cruzar. Quizás la predicción meteorológica no consiste únicamente en eliminar la incertidumbre. Consiste también en comprenderla, medirla y aprender a convivir con ella. Al menos por ahora, los fenómenos más violentos continúan siendo la última gran frontera de la predicción meteorológica.

3 de junio de 2026

Otra forma de mirar la atmósfera

Durante los últimos años se está haciendo cada vez más evidente la enorme importancia que tienen las grandes dorsales atmosféricas en muchos de los fenómenos extremos que estamos observando. Olas de calor persistentes, bloqueos atmosféricos de larga duración, episodios de estabilidad extrema o incluso determinadas configuraciones favorables para fenómenos convectivos severos aparecen una y otra vez asociados a gigantescas ondulaciones de la circulación atmosférica que, en ocasiones, llegan a extenderse desde el norte de África hasta Escandinavia.

La imagen se ha vuelto ya familiar. Una enorme cúpula anticiclónica domina buena parte de Europa mientras las borrascas circulan muy al norte o quedan bloqueadas lejos de la Península Ibérica. Bajo esas dorsales se acumula el calor, el aire desciende lentamente, se comprime y se recalienta, favoreciendo temperaturas extraordinariamente altas durante días o incluso semanas. En muchos casos, además, estas estructuras muestran una persistencia llamativa, casi desconcertante, que está generando un creciente interés científico.

Sin embargo, cuanto más se estudian estas grandes dorsales, más evidente resulta que seguimos teniendo dificultades importantes para comprender completamente su origen, su amplificación y, sobre todo, su persistencia. Sabemos describirlas bastante bien desde el punto de vista sinóptico. Podemos observarlas en los mapas de geopotencial, seguir la posición del chorro polar o analizar la evolución de las ondas planetarias. Pero otra cuestión muy distinta es entender por qué determinadas ondulaciones terminan amplificándose de forma extraordinaria mientras otras no lo hacen, o por qué algunas estructuras permanecen prácticamente estacionarias durante tanto tiempo.

En los últimos años han surgido distintas hipótesis para tratar de explicar este comportamiento. Algunas investigaciones apuntan hacia la pérdida de hielo ártico y la disminución del gradiente térmico meridional. Otras ponen el foco en el calentamiento del Atlántico norte, en el deshielo de Groenlandia o en posibles modificaciones de la circulación oceánica. También se estudia cada vez más la interacción entre los trópicos y las latitudes medias, especialmente el papel que podrían desempeñar las intrusiones subtropicales y determinados patrones de convección tropical en la amplificación de las ondas atmosféricas.

Sin embargo, el debate sigue abierto y probablemente eso esté indicando algo importante: quizá no se trate únicamente de encontrar nuevos mecanismos físicos, sino también de revisar parcialmente la forma en que estamos observando la propia circulación atmosférica, y sobre esta cuestión ya apunté algunas reflexiones en una entrada anterior del blog.

La meteorología moderna se ha desarrollado fundamentalmente bajo una perspectiva denominada "euleriana". Dicho de forma sencilla, esta visión estudia lo que ocurre en puntos fijos de la atmósfera. Observamos cómo cambian en cada lugar variables como el viento, la temperatura, la presión o la humedad. Los mapas clásicos de geopotencial, isotacas o anomalías pertenecen a esta forma de mirar la atmósfera. Es una aproximación extraordinariamente útil y ha permitido el enorme desarrollo de la predicción meteorológica moderna. Pero algunos fenómenos atmosféricos complejos, especialmente aquellos relacionados con grandes reorganizaciones del flujo, parecen resistirse parcialmente a esta visión más estática y local.

Tal vez una forma sencilla de entenderlo sea imaginar una autopista vista desde un satélite. Una imagen fija nos permite observar dónde hay más tráfico o dónde existen grandes concentraciones de vehículos. Pero esa fotografía no explica necesariamente cómo se están organizando los desplazamientos, qué trayectorias siguen los coches, dónde se forman los bloqueos o qué corredores de movimiento dominan realmente el sistema. Ahí es donde entra en juego la denominada perspectiva lagrangiana (Rivoire et al., 2026)

De alguna manera, podría decirse que la visión euleriana describe la atmósfera mediante “fotografías” sucesivas del flujo. Observamos cómo cambian el viento, la temperatura o la presión en lugares concretos y en momentos determinados. En cambio, la perspectiva lagrangiana introduce de forma natural la evolución temporal porque trata de seguir el propio movimiento de las masas de aire. Ya no interesa únicamente qué ocurre sobre un punto fijo del mapa a las 12 UTC o a las 18 UTC, sino reconstruir las trayectorias atmosféricas, analizar de dónde procede el aire, cómo se desplaza durante varios días y qué estructuras dinámicas organizan realmente ese transporte.

En lugar de estudiar únicamente lo que sucede en puntos fijos de la atmósfera, la visión lagrangiana sigue el movimiento de las propias masas de aire. Lo importante ya no es solamente dónde se encuentra el viento más intenso en un instante determinado, sino cómo se desplazan las trayectorias atmosféricas, cómo se deforman, cómo se organizan y cómo transportan energía, humedad o vorticidad a lo largo del tiempo. Y este cambio de perspectiva puede resultar especialmente relevante para estudiar las grandes dorsales atmosféricas.

Desde esta nueva visión, una dorsal deja de ser únicamente una zona de altas presiones o una simple ondulación del chorro polar. Pasa a interpretarse como una estructura dinámica organizada por corredores persistentes de transporte atmosférico. Lo importante ya no es solamente la posición instantánea de la dorsal, sino el conjunto de trayectorias que alimentan continuamente esa estructura, la mantienen y reorganizan el flujo a gran escala.

La siguiente ilustración generada por inteligencia artificial compara ambas perspectivas aplicadas a una gran dorsal euro-africana:


Esto permite analizar cuestiones que desde la visión clásica aparecen de forma mucho más difusa. Por ejemplo, cómo determinadas intrusiones subtropicales son capaces de inyectar aire cálido y momento hacia latitudes altas, cómo se forman auténticos corredores persistentes de transporte atmosférico o cómo ciertas estructuras actúan como barreras dinámicas que limitan la mezcla entre masas de aire diferentes.

En los últimos años han comenzado a desarrollarse nuevas métricas destinadas precisamente a estudiar este comportamiento. Algunas de ellas analizan la rapidez con la que se separan las trayectorias atmosféricas, otras intentan identificar estructuras coherentes del flujo o regiones donde el transporte atmosférico permanece organizado durante largos periodos. También se estudian cada vez más los filamentos de vorticidad potencial, las zonas de fuerte deformación atmosférica o la persistencia dinámica de determinadas ondulaciones del chorro. Todo ello está dibujando una imagen de la atmósfera mucho más dinámica y compleja de lo que sugerían las representaciones clásicas.

Probablemente la cuestión más interesante de todas sea que este enfoque no contradice la meteorología tradicional, sino que la complementa. La visión euleriana sigue siendo imprescindible para la predicción operativa y para describir el estado instantáneo de la atmósfera. Pero la perspectiva lagrangiana podría ayudar a comprender mejor cómo se organizan realmente ciertas estructuras de gran escala y por qué determinados patrones extremos adquieren tanta persistencia.

Esta "otra forma de mirar" puede ser especialmente importante en un contexto de cambio climático, porque si el calentamiento global está alterando gradientes térmicos, modificando los intercambios entre trópicos y latitudes medias o favoreciendo nuevas configuraciones de transporte atmosférico, entonces quizá muchas de las respuestas no estén únicamente en medir cuánto aumenta la temperatura media del planeta, sino en comprender mejor cómo cambia la propia organización dinámica de la circulación atmosférica.

Tal vez el gran reto de la meteorología de las próximas décadas no sea solamente disponer de modelos más potentes o de mayor resolución, sino desarrollar una nueva forma de interpretar la atmósfera. Una visión menos estática, menos centrada en imágenes instantáneas del flujo y más orientada a comprender las trayectorias, las conexiones y las estructuras dinámicas que organizan realmente la circulación hemisférica.

Posiblemente las grandes dorsales no sean simplemente enormes zonas de altas presiones. Quizás sean la manifestación visible de mecanismos de organización atmosférica cuya dinámica profunda todavía estamos empezando a comprender.