Hoy, 4 de mayo, se cumplen tres meses desde que el pluviómetro de Grazalema registró 581 litros por metro cuadrado en menos de 24 horas. Un dato extraordinario, incluso en uno de los enclaves más lluviosos de la Península. Pero lo verdaderamente llamativo de aquel invierno no fue ese récord aislado, sino lo que lo precedió y lo rodeó: una sucesión de borrascas atlánticas en apenas tres semanas, lluvias persistentes y copiosas en el occidente y suroeste peninsular, y acumulaciones que en algunos puntos rozaron —y localmente pudieron superar— los 2.500 mm en el conjunto del episodio. Una secuencia que, desde el punto de vista meteorológico, resultó tan extraordinaria como difícil de encajar en los patrones habituales.
AEMET publicó hace unas semanas un informe especialmente revelador sobre lo ocurrido en aquella fase del invierno. Según ese informe, entre el 22 de enero y mediados de febrero, el chorro polar se situó de forma persistente sobre la Península Ibérica o muy próximo a ella, circulando a velocidades inusualmente altas y a latitudes más bajas de lo habitual para la época. El anticiclón atlántico, desplazado hacia el sur, quedó fuera de su posición más frecuente. Al mismo tiempo, sobre Escandinavia se instaló un anticiclón de bloqueo que actuó como un auténtico dique, impidiendo que las borrascas atlánticas progresaran hacia el norte y canalizándolas, una tras otra, hacia el suroeste europeo.
Un esquema de la potente y extensa circulación de niveles altos del día 3 de febrero de 2026. Un dia antes del impresionante registro pluviométrico de Grazalema. Converge una circulación típica de latitudes medias con otra subtropical/tropical. Mientras tanto sobre Europa del norte y buena parte del Atlántico más septentrional no se observa ninguna circulación significativa.El resultado fue lo que en meteorología se conoce como un tren de borrascas: una sucesión de estructuras ciclónicas que se forman y se desplazan por la misma región del Atlántico siguiendo trayectorias muy similares, de modo que el territorio afectado apenas tiene margen para recuperarse entre un episodio y el siguiente. Sobre ese mecanismo ya de por sí muy eficiente se añadió, además, un factor amplificador decisivo: los ríos atmosféricos, grandes corredores de vapor de agua de origen tropical y subtropical que alcanzaron la Península con una carga húmeda excepcional, favoreciendo precipitaciones de enorme eficiencia.
Hasta aquí, el marco sinóptico general está razonablemente bien establecido y el informe de AEMET lo documenta con detalle. La cuestión más interesante empieza un paso más atrás: ¿qué favoreció esa configuración y, sobre todo, por qué persistió durante tantas semanas?
Este artículo no pretende ofrecer una respuesta cerrada, sino ordenar algunas hipótesis físicamente plausibles que merecerían un análisis más detallado.
Desde finales de noviembre de 2025, el vórtice polar estratosférico había mostrado señales de inestabilidad, con al menos un episodio claro de calentamiento estratosférico y posteriores reorganizaciones que probablemente alteraron su estructura y favorecieron un estado menos compacto y más susceptible a perturbaciones. Cuando el vórtice polar se debilita o se desorganiza, sus efectos no siempre quedan confinados a la estratosfera. Esa señal puede propagarse hacia abajo y modificar la circulación troposférica en escalas de varios días o una o dos semanas, alterando la posición y geometría del chorro polar y favoreciendo, en determinadas configuraciones, desplazamientos hacia latitudes más bajas.
Es razonable plantear que ese forzamiento estratosférico pudo ser una condición de contorno importante, quizá una de las más relevantes, para entender lo que ocurrió después. Un vórtice polar menos estable habría favorecido un chorro más desplazado al sur, facilitando el establecimiento de un bloqueo escandinavo y, con ello, el encauzamiento repetido de borrascas hacia la Península. La secuencia es físicamente coherente. Pero por sí sola no basta para explicar un episodio de esta magnitud.
Y ahí entra una segunda pieza, probablemente relevante: el Atlántico tropical y subtropical presentaba en esos meses anomalías cálidas persistentes. Su efecto más inmediato es fácil de entender: temperaturas superficiales más altas implican más evaporación, una atmósfera con mayor contenido de vapor de agua y, por tanto, ríos atmosféricos potencialmente más intensos. Esa parte del mecanismo es relativamente robusta.
Más interesante —y también más incierto— es su posible efecto dinámico. La convección profunda sobre océanos anómalamente cálidos no se limita a redistribuir calor y humedad en los trópicos: también puede generar perturbaciones en altura capaces de propagarse hacia latitudes medias y altas en forma de trenes de ondas de Rossby. En los últimos años, varios trabajos han sugerido que este tipo de forzamientos tropicales puede, en determinadas circunstancias, modular la circulación euroatlántica y contribuir al inicio o refuerzo de bloqueos en latitudes altas, incluido el escandinavo, en escalas subestacionales. No es una relación simple ni plenamente resuelta, pero sí una hipótesis físicamente plausible y cada vez mejor sustentada.
Pues bien, si ese mecanismo contribuyó de algún modo en enero y febrero de 2026, el episodio no habría respondido a un único forzamiento, sino a la convergencia de al menos dos: uno descendente, desde la estratosfera hacia la troposfera, y otro ascendente y tropical, desde un Atlántico cálido hacia las latitudes altas a través de la propagación de ondas. Dos mecanismos distintos, actuando en escalas diferentes, pero potencialmente alineados en la misma dirección.
A partir de aquí, el debate deja de ser solo meteorológico y pasa a ser también climático: la cuestión de fondo no sería únicamente qué desencadenó este episodio, sino si la probabilidad de que coincidan configuraciones de este tipo está aumentando.
Un Atlántico tropical más cálido favorece, con bastante claridad, una atmósfera más húmeda y ríos atmosféricos más intensos. La respuesta del vórtice polar a la amplificación ártica, en cambio, sigue siendo objeto de debate, aunque algunos trabajos apuntan a posibles efectos sobre su estabilidad y sobre su acoplamiento con la troposfera. Algo parecido ocurre con el chorro polar: su posible mayor ondulación, persistencia o desplazamiento meridional en ciertos patrones es una hipótesis plausible, pero todavía discutida.
Eso obliga a ser prudentes. No hay base suficiente para afirmar que el episodio del invierno de 2026 sea una manifestación directa del cambio climático. Pero tampoco sería prudente dejarlo pasar como una simple anomalía. Lo razonable es tratarlo como lo que probablemente fue: un episodio extremo en el que coincidieron varios mecanismos físicamente compatibles, algunos bien establecidos y otros todavía abiertos a discusión, cuya coincidencia pudo verse favorecida por un fondo climático más cálido y más energético.
Conviene, por tanto, estudiar, con herramientas que hoy ya están disponibles, al menos tres cuestiones: la posible propagación de energía desde los trópicos hacia el bloqueo escandinavo; el papel de la variabilidad estratosférica en la reorganización del chorro; y cuánto aportó el calentamiento del Atlántico a la carga húmeda de los ríos atmosféricos que alcanzaron la Península.
En este contexto, la pregunta que deja este invierno es algo incómoda, pero difícil de eludir: ¿fue la coincidencia excepcional de un vórtice polar inestable, un bloqueo escandinavo persistente y unos ríos atmosféricos de intensidad anómala una rareza estadística casi irrepetible, o estamos viendo ya el tipo de episodio que una atmósfera más cálida puede hacer menos improbable?
La respuesta es importante porque si la segunda posibilidad es correcta, el occidente peninsular —y quizá buena parte de la Península— no solo tendrá que prepararse para veranos más secos y calurosos, sino también para algunos inviernos en los que una parte creciente de la lluvia anual pueda concentrarse en apenas unas semanas.













