El 3 de noviembre de 1987, hace hoy 39 años, la comarca valenciana de La Safor vivió uno de los episodios de lluvia más extraordinarios registrados en España. La intensidad del aguacero inundó calles y viviendas, desbordó barrancos e interrumpió carreteras, comunicaciones y suministros.
En Oliva se registraron 817 litros por metro cuadrado entre las ocho de la mañana del día 3 y las ocho del día 4, hora local. Este valor sigue figurando en las publicaciones de AEMET como récord nacional oficial de precipitación en un día. En Gandía se anotaron 720 litros en el día pluviométrico del 3 y otros 144 en la lectura precedente. Una revisión posterior publicada por AEMET, basada en testimonios, plantea que esos 144 litros también cayeron durante la mañana del día 3, antes de la primera lectura: de ser así, los 864 litros de ambas mediciones se habrían acumulado en menos de 24 horas.
En aquella situación, una baja fría se encontraba en las proximidades del golfo de Cádiz, mientras una vaguada se extendía sobre Europa y las altas presiones se reforzaban en el entorno de las Islas Británicas. La lenta evolución de estas estructuras contribuía a mantener durante muchas horas un marco atmosférico favorable a la precipitación en el este peninsular. En niveles bajos, el flujo de levante y nordeste aportaba aire húmedo desde el Mediterráneo hacia la costa valenciana.
Hacia las 03:30 UTC del día 3 apareció un núcleo convectivo frente al golfo de Valencia, dentro de una banda nubosa que avanzaba hacia el nordeste. Aquel núcleo quedó rezagado respecto de la banda y se aproximó lentamente a la costa. Durante la mañana se organizó un sistema convectivo en el entorno de Gandía, mientras otros se desarrollaban más al sur.
El sistema principal permaneció casi estacionario sobre la región y, durante la noche, interactuó con otros sistemas que se aproximaban desde el suroeste. La estructura convectiva persistió hasta el día 4. Eso no quiere decir que cada tormenta estuviera inmóvil ni que la lluvia más intensa durara todo ese tiempo: se fueron formando y evolucionando distintos núcleos dentro de una organización que permanecía aproximadamente sobre la misma zona.
Ricardo Riosalido, Francisco Martín León y yo mismo estudiamos poco después esta evolución mediante los análisis disponibles y las imágenes del Meteosat. La combinación de persistencia, suministro de aire húmedo y elevada intensidad de precipitación resultaba esencial para entender los acumulados.
En un estudio posterior, publicado en 2000, Romualdo Romero, Charles Doswell y Climent Ramis abordaron el episodio mediante un modelo numérico de mesoescala. Su objetivo no era solo reproducir la lluvia, sino investigar qué procesos podían haber contribuido a mantener y concentrar el sistema convectivo.
La simulación, cuya malla más detallada tenía una separación de 20 kilómetros, situó razonablemente el área principal de precipitación y reprodujo su persistencia, pero quedó muy por debajo de las cantidades observadas: su máximo fue de 231 litros por metro cuadrado en las 36 horas simuladas. Los autores realizaron después experimentos de sensibilidad, modificando o suprimiendo ciertos factores para observar cómo respondía la simulación. Uno de ellos se refería a la cordillera del Atlas: al interaccionar con el flujo atmosférico, el relieve africano favorecía una baja a sotavento, en el entorno de la costa argelina. En los experimentos, esta baja reforzaba el flujo de levante y la convergencia de aire húmedo hacia la costa valenciana, ayudando a concentrar la lluvia en aquella zona.
Otra aportación se refería al posible papel de la propia convección. La simulación desarrolló una baja de mesoescala sobre el área valenciana, próxima a las precipitaciones más intensas. Los investigadores plantearon que la liberación de calor latente asociada a la condensación en las nubes podía contribuir a esa perturbación; a su vez, la baja favorecería la convergencia en niveles bajos y el aporte de aire húmedo, ayudando a sostener la convección y la lluvia. Se trataría, por tanto, de una posible realimentación entre el sistema convectivo y la circulación que lo alimentaba.
Cabe recordar a este respecto que, en nuestro trabajo original, al examinar los análisis de las 12 UTC del 4 de noviembre, observamos un pequeño núcleo cálido en 500 hPa y una débil dorsal en 300 hPa sobre la zona de Gandía. Planteamos entonces que podían estar relacionados con la perturbación inducida por el propio sistema convectivo y con la liberación de calor latente.
Ya en 2018, Carlos Santos, Agustí Jansà y colaboradores revisaron el episodio comparando predicciones de la época con reconstrucciones mediante HARMONIE-AROME, de 2,5 kilómetros de resolución, y un sistema de predicción por conjuntos de 12 miembros. La mayor resolución permitía representar explícitamente la convección profunda y describir con más detalle el relieve. Los resultados fueron reveladores. La simulación determinista representó mejor la segunda fase del episodio, con importantes precipitaciones ligadas al relieve, pero no reprodujo adecuadamente el sistema convectivo de la primera fase que afectó a la costa de La Safor. En el conjunto, algunos miembros sí apuntaban a esa posibilidad, aunque con gran incertidumbre y con una intensidad costera subestimada.
La comparación ilustra tanto el avance de la predicción numérica como la dificultad que sigue planteando anticipar dónde se organizará y persistirá un sistema convectivo muy localizado. Un modelo puede advertir de un entorno favorable y de la posibilidad de lluvias extraordinarias, y aun así no acertar con precisión su ubicación o intensidad.
La comparación con las inundaciones del 29 de octubre de 2024 resulta inevitable, pero exige distinguir entre la cantidad total de lluvia y su concentración en el tiempo. En Turís, AEMET registró 771,8 litros por metro cuadrado en 24 horas, con máximos de 184,6 en una hora, 620,6 en seis horas y 720,4 en doce. El acumulado diario quedó por debajo de los 817 litros de Oliva, mientras que los registros de una, seis y doce horas establecieron nuevos récords nacionales documentados.
¿Pudieron alcanzarse o incluso superarse aquellas intensidades horarias en Gandía u Oliva en 1987? No podemos saberlo con los datos disponibles. Carecemos de un registro pluviográfico continuo en esos puntos que permita reconstruir cómo se distribuyó la lluvia. Los testimonios recopilados por AEMET indican que gran parte del total de Oliva cayó durante unas seis horas de la mañana, entre las 8:30 y las 14:30. Por tanto, no fue únicamente un episodio de larga duración: hubo también una extraordinaria concentración de la precipitación.
Pero ni esos testimonios ni el acumulado diario permiten deducir cuánto llovió en la hora más intensa. Tampoco la persistencia del sistema convectivo durante más de treinta horas implica una precipitación uniforme durante todo ese tiempo. No podemos, por tanto, establecer cuál de los dos episodios alcanzó la mayor intensidad horaria real. En Turís tenemos una medida; en La Safor, una laguna de observación de intensidad.
También desde el punto de vista dinámico la comparación resulta sugerente. En mis comentarios sobre octubre de 2024, especialmente en «El diluvio visto desde satélite», destaqué el posible papel de un máximo de viento en altura en la intensificación de la convección, una hipótesis que planteé para su investigación.
En el estudio de Romero y colaboradores, el forzamiento sinóptico de los ascensos sobre Valencia aparecía relativamente débil, mientras adquirían protagonismo la persistencia del flujo húmedo, las convergencias de mesoescala y la posible realimentación entre la convección y la circulación que la alimentaba. Esto no significa que faltara dinámica en 1987, sino que los mecanismos que organizaban y sostenían los ascensos podían actuar de manera distinta. Ambos episodios invitan a estudiar cómo se combinan esos procesos, sin presuponer que lluvias de magnitud comparable tengan que responder exactamente a la misma organización atmosférica.
Aquella inundación de La Safor nos recuerda que los episodios de lluvia extrema nacen de la interacción entre escalas: una situación atmosférica propicia, temperatura del mar, el transporte de humedad, la orografía y la propia organización de la convección, con su capacidad de modificar el entorno mediante la liberación de calor latente. También muestra el valor de observar, estudiar y volver sobre los casos del pasado con nuevas herramientas.
En 1987, las imágenes de Meteosat y el trabajo de los observadores fueron esenciales para entender qué había sucedido; los experimentos posteriores han ayudado a formular con más detalle por qué pudo suceder. La comparación con 2024 añade otra enseñanza: necesitamos conocer no solo cuánta agua cae, sino también cómo se distribuye en el espacio y en el tiempo. Y, cuando esa información falta, reconocer sus límites forma parte de la explicación científica.




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