El 1 de septiembre comienza el otoño climatológico, aunque el astronómico no llegará hasta bien avanzado el mes. La división en estaciones completas de tres meses —septiembre, octubre y noviembre— facilita enormemente el estudio del clima, pero cada vez refleja peor lo que realmente vivimos en España.
Septiembre conserva muchos rasgos veraniegos: días todavía largos, temperaturas elevadas, noches cálidas junto al Mediterráneo y un mar que guarda buena parte del calor acumulado durante el verano. AEMET estima que, desde la década de 1980, el verano térmico se ha alargado aproximadamente diez días por década. Es decir, septiembre sigue siendo climatológicamente otoño, pero una parte creciente del mes se comporta térmicamente como una prolongación del verano.
Y sin embargo es también, y al mismo tiempo, el mes en que se abre la temporada de las grandes lluvias mediterráneas. Esa doble condición —la de despedida del verano y la de puerta de entrada del otoño con frecuencia más violento— es lo que hace de septiembre un mes difícil de anticipar y, sobre todo, difícil de resumir en unos mapas.
Un mes de grandes contrastes
La historia reciente ofrece numerosos ejemplos de la persistencia del calor veraniego durante septiembre. Los días 1 y 2 de septiembre de 2014 se superaron los 40 °C en distintos puntos de España: Córdoba/aeropuerto alcanzó 41,8 °C y Granada/aeropuerto 41,6 °C. Todavía más excepcional fue la ola de calor del 3 al 7 de septiembre de 2016. Córdoba/aeropuerto llegó a 45,4 °C el día 6, mientras que Sevilla/aeropuerto registró 44,8 °C y Murcia 44,6 °C el día 5. Más de treinta y cinco observatorios principales batieron entonces sus récords de temperatura máxima para septiembre.
Pero septiembre es también uno de los meses más propicios para las lluvias torrenciales, especialmente en las regiones mediterráneas. Entre el 10 y el 15 de septiembre de 2019, una dana provocó inundaciones catastróficas en el sureste peninsular. Durante el episodio se acumularon 521,6 mm en Orihuela, según la red SAIH del Segura, y 482,8 mm en Gaianes, perteneciente a la red de AEMET. Más recientemente, la dana de los días 2 al 4 de septiembre de 2023 dejó 188,8 mm en San Rafael y 119 mm en Toledo. En esta última ciudad llegaron a recogerse 22,8 mm en solo diez minutos, una cantidad equivalente a una intensidad de 136,8 mm por hora si ese ritmo se hubiera mantenido.
Septiembre conserva, por tanto, un carácter marcadamente dual: puede prolongar el calor más intenso del verano y, al mismo tiempo, inaugurar la época de los grandes episodios de precipitación mediterránea y de las tormentas torrenciales en el interior peninsular. Conviene tener presente esa dualidad al leer lo que expongo a continuación, porque ninguna predicción estacional está construida para captarla adecuadamente.
Lo que anticipa la predicción subestacional
El boletín mensual publicado por AEMET el 27 de agosto, elaborado a partir del sistema de predicción subestacional del Centro Europeo, abarca del 31 de agosto al 20 de septiembre. Su señal más coherente es la de unas temperaturas medias semanales superiores a las habituales durante las tres semanas consideradas.
Anomalías previstas de precipitación acumulada (izquierda) y temperatura media a 2 metros (derecha) para las semanas del 31 de agosto al 6 de septiembre, del 7 al 13 y del 14 al 20 de septiembre de 2026. Las zonas en blanco indican que la predicción no difiere significativamente de la climatología del modelo. Fuente: AEMET, a partir del EPS subestacional del Centro Europeo.
La anomalía cálida aparece en la práctica totalidad de España, aunque cambia de intensidad y distribución de una semana a otra. Durante la primera destaca especialmente en la mitad oriental peninsular y el entorno mediterráneo; posteriormente se mantiene en amplias zonas del país y continúa siendo positiva, aunque algo más moderada, durante la tercera semana.
En precipitación, el sesgo seco resulta más reconocible durante la primera semana y, con menor claridad, entre el 7 y el 13 de septiembre. En la tercera semana aparecen amplias zonas en blanco, lo que significa que el conjunto de predicciones no ofrece allí una señal estadísticamente diferenciada de la climatología del modelo. No sería correcto, por tanto, anunciar un septiembre seco en su conjunto. Podemos hablar de un comienzo probablemente cálido y con precipitaciones inferiores a las habituales, seguido de una incertidumbre creciente, especialmente en lo relativo a las lluvias.
El otoño de 2026 según Copernicus
La actualización del 10 de agosto del sistema estacional de Copernicus señala una probabilidad elevada de que el otoño sea más cálido de lo normal en gran parte de Europa.
Como se apunta, el mapa no representa directamente una anomalía en grados, sino la probabilidad de que la temperatura media del trimestre septiembre-noviembre se sitúe entre el 20 % de los valores más altos de la climatología del sistema. En gran parte de España y del sur y oeste de Europa esa probabilidad se encuentra entre el 50 y el 70 %, alcanzando valores todavía mayores en algunas zonas próximas. Se trata de una señal térmica bastante consistente. Esto no significa que todo el otoño vaya a ser continuamente cálido: podrán producirse descensos bruscos, episodios fríos e incluso heladas tempranas. La predicción se refiere únicamente al balance medio del conjunto de los tres meses.
Para el oeste y el sur de Europa aparece también una señal favorable a unas precipitaciones superiores al promedio. Sin embargo, Copernicus advierte expresamente de que, en Europa, la incertidumbre es mayor y la capacidad predictiva de la precipitación sensiblemente menor que en las regiones tropicales.
Traducido a España, el calor es la parte más sólida de la predicción. En cuanto a las lluvias, el escenario húmedo en algunas zonas del centro y sur peninsular constituye una posibilidad que habrá que vigilar, no una certeza.
El Niño como contexto
El Niño se está intensificando. En su boletín sobre el clima estacional mundial del 31 de julio, la Organización Meteorológica Mundial indicaba que el episodio seguirá ganando fuerza de manera constante hasta convertirse en un evento de intensidad fuerte entre agosto y octubre, con anomalías medias estacionales de la temperatura superficial del mar previstas por encima de 2,9 °C en las principales regiones de monitoreo. La probabilidad de que las condiciones se mantengan al menos hasta noviembre es muy alta. La próxima actualización específica del boletín está prevista para principios de septiembre, de modo que lo que aquí se comenta corresponde a la información disponible a finales de agosto.
En cualquier caso, la influencia directa de El Niño sobre la Península Ibérica es mucho menos clara que sobre las regiones tropicales. Puede modificar la circulación atmosférica a gran escala y favorecer determinados patrones, pero no permite afirmar por sí solo que el otoño español vaya a ser lluvioso, seco o especialmente tormentoso. Cada episodio es diferente, y sus posibles efectos sobre Europa dependen de la interacción con otros elementos: la circulación del Atlántico norte, la posición y la ondulación del chorro, los bloqueos, las temperaturas superficiales del Atlántico y del Mediterráneo y la propia evolución de la circulación subtropical.
La pregunta que los mapas no responden
Hasta aquí, los productos. Pero un mapa de probabilidades estacionales dice qué balance es más probable; no dice cómo se llegaría a él. Y en España, sobre todo en septiembre y octubre, esa diferencia lo es todo.
Un otoño lluvioso no implica necesariamente precipitaciones frecuentes y bien repartidas. Unos pocos episodios intensos pueden decidir el balance de toda la estación, y de hecho es lo que suele ocurrir en la fachada mediterránea. La señal húmeda de Copernicus, si llega a verificarse, podría concretarse en dos o tres situaciones de lluvias intensas. El resto del trimestre podría ser perfectamente anodino.
En cualquier caso, no cabe dar por supuesto de qué clase de lluvias hablamos. La señal húmeda se concentra en los dos tercios septentrionales de la Península y apenas alcanza a Andalucía, y ese reparto no es el que cabría esperar de un otoño dominado por los episodios mediterráneos, que afectan sobre todo a la fachada oriental y al sureste. Encajaría mejor con una circulación del oeste relativamente activa, con paso de frentes atlánticos y precipitaciones más repartidas y menos concentradas.
No es una conclusión, y conviene decirlo con claridad. Los límites de una previsión estacional no son fronteras físicas, y la escasa fiabilidad de la precipitación en nuestras latitudes desaconseja apurar demasiado el argumento geográfico. Pero sirve para recordar algo que a menudo se olvida: un otoño más húmedo de lo normal en España puede llegar por vías muy distintas, y la atlántica y la mediterránea responden a configuraciones de la circulación en altura prácticamente opuestas. El mapa nos dice que probablemente llueva más de lo habitual; no nos dice por cuál de las dos.
En el caso de la vía mediterránea, que es la que más consecuencias suele tener, merece la pena preguntarse qué tendría que ocurrir para que se materialice. Y aquí conviene separar, como he hecho tantas veces, el combustible del motor.
El combustible está asegurado, y de una calidad excepcional. El Mediterráneo llega a septiembre con anomalías térmicas muy elevadas, después de un verano en el que la Península ha permanecido buena parte del tiempo bajo un flujo subtropical húmedo del suroeste en niveles medios. Aire cálido y muy húmedo en las capas bajas - y más si también es así en capas medias- es exactamente lo que alimenta un episodio torrencial una vez desencadenado.
Pero el combustible, por sí solo, no hace nada. Hace falta el motor: la dinámica de los niveles altos, la advección de vorticidad, la divergencia en altura que libera el desarrollo y permite que toda la energía almacenada abajo se ponga en movimiento. Un mar cálido no genera una dana; garantiza que, cuando llegue, disponga de más recursos.
De este modo la pregunta pertinente para las próximas semanas no es cuánto calor queda en el Mediterráneo, sino cuándo y cómo se reorganiza la circulación en altura. Habrá que vigilar tres cosas. La primera, si la dorsal subtropical, desplazada hacia el Mediterráneo durante gran parte del verano, se retira, se debilita o simplemente cambia de posición. La segunda, cuándo llegan las primeras irrupciones frías significativas en niveles altos, porque serán las que encuentren un mar todavía en condiciones veraniegas. Y la tercera, cómo se comporta la circulación subtropical, todavía expandida hacia el norte al final del verano. Si esa configuración se mantiene, cabe la posibilidad de que algunas de las vaguadas que se desarrollen en ella se aproximen alcancen nuestras latitudes y lleguen a interaccionar con el Mediterráneo, con precipitaciones que podrían ser significativas. No es un mecanismo que pueda darse por establecido, ni algo que ocurra de manera sistemática, pero sí una de las cosas que conviene seguir con atención en las próximas semanas.
De todo lo expuesto queda claro por qué la señal cálida de las predicciones estacionales es mucho más robusta que la húmeda. La temperatura responde al balance medio, y un balance medio es justamente lo que un modelo estacional sabe estimar. La precipitación, en cambio, se juega en unos pocos acontecimientos discretos que ningún sistema estacional resuelve. No es un defecto: es la naturaleza del problema.
Un otoño con bastantes zonas quemadas
Hay una circunstancia añadida que este año no se puede pasar por alto. Los grandes incendios de julio en Madrid, Ávila y Toledo dejaron extensas superficies sin cubierta vegetal y con suelos alterados, mucho menos capaces de retener el agua. Cuando lleguen las primeras tormentas otoñales de cierta entidad, no encontrarán el terreno de siempre. No hace falta ir muy lejos para ver de qué hablamos. El episodio del río Meruelo, el pasado 15 de agosto, mostró con toda crudeza lo que una tromba localizada puede provocar sobre una cuenca quemada el año anterior: una riada súbita, con dos víctimas mortales, generada por cantidades de agua que sobre un terreno íntegro habrían tenido consecuencias mucho menores.
Es un aspecto que merecería tratamiento propio. Baste señalar aquí que, en las zonas afectadas por los incendios de este verano, el umbral de precipitación capaz de causar daños ha bajado de manera apreciable, y que conviene tenerlo presente durante todo el otoño y no solo durante los episodios más espectaculares.
En resumen
El mensaje inicial del otoño podría formularse así. Septiembre comienza con una prolongación bastante clara del calor veraniego. El conjunto de la estación presenta una señal cálida fuerte y una posible tendencia húmeda considerablemente más incierta. Mientras tanto, como demuestra la historia reciente, septiembre puede pasar en muy pocos días del calor extremo a las lluvias torrenciales. Este año, además, sobre un terreno que en algunas comarcas ya no es el que era.
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