La ola de calor que afecta a Europa occidental desde mediados de junio de 2026 ha adquirido una impresionante dimensión. Francia lleva días bajo avisos rojos por calor con 49 departamentos simultáneamente en el nivel más alto de alerta —un record en sí mismo—. Según los datos que hasta ahora conozco los valores observados son excepcionales: el 22 de junio, Châteaumeillant, en la región Centro-Val de Loire, registró 43,5 °C, nuevo record absoluto para esa estación; en Île-de-France las temperaturas han superado los 40 °C en varias jornadas consecutivas, con noches que no han bajado de 20 °C. El record absoluto nacional —46,0 °C, alcanzado en Vérargues el 28 de junio de 2019— aún no ha sido superado oficialmente en el momento de escribir estas líneas.
Lo que resulta más llamativo de este episodio, más allá de los valores puntuales, es su extensión geográfica y su intensidad sobre regiones del centro, el norte y el oeste de Francia que no tienen historial comparable de calor extremo. La Península Ibérica ha registrado valores igualmente extremos, pero aquí ya tenemos una trayectoria climática que los hace menos improbables. La pregunta que cabe formularse con claridad es ¿qué ha hecho que esta pulsación subtropical alcanzara latitudes tan altas con tal intensidad, y que se mantenga sobre Francia durante varios días?
El mecanismo de fondo es el que caracteriza los grandes episodios de calor europeos recientes: una dorsal en altura —una extensión del cinturón subtropical hacia el norte— se ha establecido sobre el suroeste de Europa con geopotenciales muy altos entre la Península Ibérica y el suroeste de Francia. Son valores poco frecuentes a estas latitudes, que definen un auténtico domo de calor. De este modo la subsidencia anticiclónica calienta adiabáticamente las capas bajas, deseca progresivamente la columna atmosférica y, con noches que no permiten recuperación térmica y suelos ya muy secos tras el episodio de mayo, genera una acumulación de calor creciente día a día.
En cualquier caso, la amplitud de la dorsal no parece que haya sido notablemente mayor que en episodios anteriores como los de junio de 2019 o junio de 2022. Y el origen del aire tampoco ha cambiado en lo esencial: procede del interior del continente africano o del Atlántico subtropical como en otros episodios. ¿Dónde está, entonces, la diferencia?
Hay un elemento que ha recibido escasa atención en los análisis de este episodio: la presencia de una dana que lleva varios días anclada sobre el Atlántico al oeste de Portugal y noroeste de Marruecos.
Imagen del canal de vapor de agua de Meteosat, de la madrugada del 23 de junio de 2026. La dana al oeste de Iberia organiza un flujo meridional de origen tropical profundo que confluye con un flujo subtropical marítimo. Sobre Francia, la subsidencia intensa asociada a la dorsal reforzada se manifiesta en la zona negra característica del aire seco en niveles medios-altos (Imagen EUMETSAT)
Las imágenes de vapor de agua de los últimos días son muy ilustrativas. En el flanco oriental y suroriental de esta dana se ha organizado un potente corredor de flujo meridional que transporta masa de aire desde latitudes muy bajas —el Sahel, Mauritania, prácticamente latitudes tropicales profundas— hacia el norte, confluyendo a continuación con el flujo subtropical más clásico. La estructura del campo de geopotencial en 500 hPa (no mostrada) lo confirma: la dana y la dorsal están prácticamente adosadas, y entre ambas estructuras el flujo de componente sur en ese sector es intenso y bien organizado.
Todo apunta a que, en este caso, la dana está actuando, no tanto como perturbación clásica generadora de inestabilidad, sino como un mecanismo de canalización del flujo tropical hacia el norte, con una eficiencia que una dorsal "sencilla", sin esa circulación ciclónica adosada, no tendría por sí sola.
A partir de aquí me permito esbozar una hipótesis que tendrá que ser, o no, confirmada: En ese flujo meridional cálido y húmedo que asciende en el flanco oriental de la dana existe liberación de calor latente al condensarse la humedad en la troposfera media y alta. Este calentamiento diabático de la columna puede reforzar la dorsal aguas abajo, hacia el noreste, contribuyendo a elevarla en latitud más allá de lo que le correspondería por el forzamiento dinámico puro.
La imagen de vapor de agua de la madrugada del 23 de junio muestra sobre Francia una zona de tonos muy oscuros —señal característica del aire muy seco en la troposfera media y alta— que puede significar subsidencia intensa. La posición de esa zona de subsidencia, centrada precisamente sobre las regiones que han registrado las temperaturas más extremas, es coherente con la hipótesis que presento de un refuerzo de la dorsal por mecanismo diabático corriente abajo de la dana.
Por supuesto, esta hipótesis necesitaría verificación con análisis de vorticidad potencial y datos de reanálisis una vez concluido el episodio. En este momento es solo una interpretación plausible de lo que muestran las imágenes, físicamente coherente pero no demostrada.
En cualquier caso no está finalizado en absoluto. Es posible que el calor se mantenga sobre Francia algunos días, aunque quizás con algunos mecanismos físicos distintos. En cualquier caso, y al menos para esta primera parte del episodio, parece razonable sostener es que la coexistencia de la dorsal subtropical con una dana bien posicionada en su flanco occidental ha generado condiciones sinópticas especialmente favorables para un transporte meridional de energía desde el trópico africano hacia latitudes inusualmente altas, con un posible refuerzo diabático de la dorsal que podría explicar, al menos en parte, por qué Francia ha sido el escenario de los valores más extremos.
Cuando los datos de reanálisis estén disponibles, quizás valga la pena volver sobre ello. Los episodios extremos merecen análisis a posteriori rigurosos, no solo porque ayudan a entender lo que ha ocurrido, sino porque pueden arrojar luz sobre los mecanismos que, en un clima en transformación, hacen posible que sucedan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario