15 de septiembre de 2026

Un Atlántico sin huracanes (de momento): dónde está y cómo actúa la cizalladura

A mediados de septiembre, superada ya la fecha del máximo climatológico de la temporada, el Atlántico sigue sin haber generado ningún huracán. Las tormentas tropicales que se han formado no han alcanzado esa categoría. Es una situación muy poco habitual que invita a preguntarse qué está impidiendo que las perturbaciones tropicales progresen, incluso cuando encuentran aguas suficientemente cálidas.

A primeras horas de la tarde de hoy, 15 de septiembre, no hay signos de desarrollos ciclónicos en el Atlántico tropical. Solo una pequeña zona de bajas presiones (señalada por la flecha roja) tiene algunas posibilidades de convertirse en una depresión tropical (imagen METEORED) 

Una de las principales explicaciones es la presencia de una fuerte cizalladura vertical del viento, favorecida por El Niño. Pero esa explicación puede resultar desconcertante para quien examine los mapas de niveles altos y no encuentre sobre la región de formación ningún chorro especialmente intenso. ¿Cómo puede haber tanta cizalladura sin vientos extraordinarios? Y, sobre todo, ¿cómo dificulta esa cizalladura el desarrollo de un ciclón tropical?

Para responder conviene detenerse primero en cómo se organiza y se alimenta uno de estos sistemas.

En una borrasca de latitudes medias, los contrastes horizontales de temperatura constituyen una fuente fundamental de energía, y las perturbaciones de niveles altos desempeñan un papel destacado en su desarrollo. El ciclón tropical funciona de otra manera: obtiene su energía principalmente del intercambio de calor y humedad con el océano y necesita organizar la convección alrededor de una circulación propia.

El viento favorece la evaporación e incorpora humedad a las capas bajas. Ese aire converge hacia el centro y asciende en las nubes tormentosas, donde la condensación libera calor. El calentamiento, la circulación ascendente y la evacuación de masa en altura participan en el mantenimiento de un núcleo cálido y de bajas presiones. Si el sistema se organiza adecuadamente, los vientos se refuerzan y aumentan los intercambios con el mar, alimentando de nuevo la convección. Se establece así una realimentación capaz de mantener e intensificar el ciclón. 

Pero para que arranque no basta con disponer de agua cálida. Hace falta una perturbación inicial con suficiente rotación, un entorno húmedo y unas condiciones que permitan concentrar la actividad convectiva durante cierto tiempo. En el Atlántico, las ondas del este procedentes de África proporcionan muchas de esas perturbaciones, aunque no son su único origen.

Tanto la formación como el mantenimiento requieren que la dinámica y la termodinámica trabajen conjuntamente. Y uno de los factores que pueden dificultar esa coordinación es la cizalladura.

La cizalladura vertical expresa cuánto cambia el viento con la altura, tanto en intensidad como en dirección. Para valorar el entorno de los ciclones tropicales se utiliza con frecuencia la diferencia vectorial entre los vientos de 850 y 200 hectopascales, aproximadamente en la parte baja y alta de la troposfera. Pensemos en un ejemplo sencillo. Si a 850 hectopascales sopla un viento del este de 20 nudos y a 200 uno del oeste de 25, la diferencia entre ambos alcanza los 45 nudos. Ninguno de esos vientos resulta extraordinario por separado, pero sus sentidos opuestos producen una cizalladura muy fuerte. Por tanto, no hace falta encontrar una corriente en chorro llamativa para identificar un ambiente hostil al desarrollo tropical. Hay que comparar los vientos de distintos niveles. Un mapa de 200 hectopascales, por sí solo, no permite resolver esa cuestión.

La imagen que acompaña a estas líneas muestra la cizalladura media prevista por el modelo del Centro Europeo para el periodo del 15 al 20 de septiembre. En amplios sectores del Atlántico tropical aparecen valores de 40 a 50 nudos, con anomalías positivas muy acusadas. Es una señal clara de condiciones poco favorables para la organización de las perturbaciones.


Cizalladura media del viento entre 850 y 200 hPa prevista por el modelo del Centro Europeo para el periodo del 15 al 20 de septiembre de 2026. Las isolíneas indican el valor medio en nudos y el sombreado su anomalía respecto a la climatología, también en nudos. Sobre la franja tropical del Atlántico, entre los 10 y los 20 grados de latitud norte, la cizalladura se sitúa entre 40 y 50 nudos, con anomalías de 20 a 30 nudos por encima de lo normal. Los vectores señalan la dirección de esa anomalía: apuntan hacia el este, lo que refleja el carácter de componente oeste del flujo anómalo en los niveles altos. Al sur de los 10 grados, en cambio, los valores se aproximan a lo habitual. Fuente: Tropical Tidbits.

Conviene precisar qué representa: es una predicción para esos cinco días, no una reconstrucción de toda la temporada. Además, sus flechas muestran anomalías de la diferencia vectorial entre ambos niveles, no el viento de altura considerado aisladamente. Para establecer cuánto contribuye cada nivel habría que consultar también sus mapas respectivos.


¿Qué hace esa diferencia de vientos a una perturbación tropical?

La imagen habitual de un sistema al que el viento «descabeza» transmite una idea de desorganización, pero deja fuera buena parte de la explicación. La cizalladura puede inclinar la circulación, separar los centros de distintos niveles y desplazar las tormentas respecto al centro de niveles bajos. De ese modo, el calor liberado por la convección queda peor situado para reforzar una estructura común.

A ello puede añadirse otro proceso importante: la incorporación de aire ambiental más seco al interior del sistema. Una circulación bien organizada puede mantener una región central muy húmeda y relativamente protegida de su entorno. Ese aislamiento nunca es perfecto, pero facilita que la convección se regenere cerca del centro. Cuando la cizalladura altera la estructura, puede favorecer la entrada de aire de menor contenido energético y dificultar la conservación de ese núcleo húmedo.

Si el aire entrante es seco, parte de las gotas de lluvia se evapora al mezclarse con él. La evaporación enfría el aire y puede reforzar corrientes descendentes que transportan hacia las capas bajas aire con menor temperatura potencial equivalente; es decir, con una combinación de temperatura y humedad menos favorable para alimentar convección profunda.

El efecto puede alcanzar así al propio suministro del ciclón. El aire que converge hacia el centro llega en peores condiciones para sostener las tormentas que lo refuerzan. Los intercambios con el océano pueden ayudar a recuperarlo, pero, si la entrada de aire desfavorable persiste, esa recuperación puede ser insuficiente.

Esta «ventilación» del sistema es uno de los mecanismos por los que la cizalladura dificulta su desarrollo. Su importancia depende de la humedad del entorno, de la estructura de los vientos y del grado de organización de la perturbación. La inclinación del vórtice y el desplazamiento de la convección también pueden perjudicarlo sin que podamos identificar una intrusión seca como causa dominante.

Una perturbación incipiente suele ser más vulnerable que un huracán ya organizado, capaz de mantener una circulación intensa y un núcleo húmedo. Pero tampoco existe una respuesta automática: algunos ciclones consiguen reorganizarse e intensificarse bajo cizalladura, mientras otros fracasan con valores menores si concurren condiciones adicionales desfavorables.


¿Dónde entra El Niño en todo esto?

El desplazamiento de la actividad convectiva sobre el Pacífico ecuatorial modifica la circulación tropical a gran escala. Una de sus consecuencias habituales es favorecer anomalías de viento del oeste en la alta troposfera sobre el Caribe y parte del Atlántico tropical, que pueden aumentar la diferencia respecto a los vientos de niveles bajos. También puede propiciar movimientos descendentes y un ambiente más seco y estable en determinadas zonas.

Esos efectos pueden actuar conjuntamente: una mayor cizalladura dificulta la organización de las perturbaciones y un entorno seco puede agravar sus consecuencias. Sin embargo, su distribución cambia con la región y el momento. El Niño establece un contexto favorable a la reducción de la actividad atlántica, pero no determina por sí solo el destino de cada onda tropical.

En la situación actual, la fuerte cizalladura prevista es coherente con ese contexto y constituye un obstáculo importante para nuevos desarrollos. Demostrar hasta qué punto explica la escasa actividad acumulada requiere examinar también los análisis de semanas anteriores y la evolución de las perturbaciones, incluyendo su humedad y la distribución de la convección. El mapa ilustra bien el obstáculo; no permite reconstruir por sí solo toda la cadena causal de la temporada.

Quedan todavía semanas en las que pueden aparecer condiciones más favorables. La persistencia de El Niño no implica que la cizalladura se mantenga igual en toda la cuenca ni que desaparezcan las ventanas de desarrollo.

Y una temporada poco activa tampoco garantiza que no se produzca un episodio grave. Basta con que un solo sistema encuentre condiciones favorables y siga una trayectoria hacia una zona vulnerable. La ausencia de huracanes hasta ahora es llamativa; lo que suceda después sigue requiriendo una estricta vigilancia.



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