Mientras escribo estas líneas, una amplia dorsal subtropical comienza a consolidarse sobre buena parte de Europa occidental. Los modelos apuntan además hacia una situación potencialmente muy persistente, no tanto por la permanencia inalterada de una única dorsal, sino por el probable relevo sucesivo de varias estructuras anticiclónicas similares a lo largo de los próximos días. Aunque cada dorsal individual pueda debilitarse o desplazarse parcialmente, la percepción global será probablemente la de un largo episodio de tiempo estable y muy cálido.
La posible situación dentro de una semana. Pueden existir ciertas dudas respecto a la situación sobre Escandinavia y Europa oriental, pero pocas sobre la persistencia de la dorsal sobre Europa occidental.
Situaciones como esta llevan inevitablemente a plantearse una cuestión interesante: ¿estamos observando una atmósfera más propensa a los patrones persistentes?
En un artículo anterior comentaba cómo la expansión tropical y la evolución reciente de las grandes ondas atmosféricas no parecen manifestarse mediante desplazamientos suaves y uniformes de la circulación general, sino a través de ondulaciones muy amplificadas e intrusiones meridianas cada vez más profundas. Pero quizá existe otra cuestión aún más interesante: ¿están además algunas configuraciones atmosféricas durando más tiempo que antes?
En meteorología se utiliza el término “persistencia” para describir situaciones atmosféricas que tienden a mantenerse durante periodos relativamente largos. Naturalmente, no se trata de un fenómeno nuevo. Los bloqueos anticiclónicos, las dorsales subtropicales estacionarias o las largas situaciones dominadas por determinados regímenes de circulación atlántica forman parte desde siempre de la dinámica natural de la atmósfera.
Sin embargo, muchos meteorólogos tenemos la impresión de que en las últimas décadas algunas de estas configuraciones muestran una amplitud y una persistencia especialmente llamativas. Grandes dorsales que alcanzan latitudes muy altas, bloqueos muy robustos y situaciones que parecen resistirse durante días o incluso alguna semana a cualquier cambio significativo.
Naturalmente, las percepciones personales pueden inducir a error y deben contrastarse siempre con análisis objetivos y series largas de datos. Pero quizá también convenga recordar que la atmósfera no siempre expresa sus cambios mediante variaciones suaves y uniformes. Se trata de un sistema muy ondulatorio y no lineal, donde pequeñas modificaciones en determinados equilibrios pueden traducirse en configuraciones regionales muy amplificadas.
En los últimos años numerosos estudios han analizado si el calentamiento global podría estar favoreciendo algunos patrones más persistentes de circulación atmosférica. Una de las hipótesis más conocidas relaciona el fuerte calentamiento del Ártico con un debilitamiento del gradiente térmico entre las altas y las medias latitudes. Ello podría favorecer determinadas configuraciones más amplificadas y persistentes de la circulación atmosférica de latitudes medias del hemisferio norte.
Sin embargo, la cuestión dista mucho de estar completamente resuelta. Otros investigadores subrayan que las observaciones todavía son relativamente cortas, que la variabilidad natural de la circulación atmosférica es enorme y que los resultados dependen mucho de las regiones estudiadas y de la metodología utilizada. De hecho, no existe actualmente un consenso claro sobre una ralentización general de la circulación atmosférica en el hemisferio norte.
Probablemente el problema sea más complejo. La circulación atmosférica no depende únicamente del Ártico. También influyen las temperaturas oceánicas, la evolución de los trópicos, las interacciones entre océano y atmósfera o incluso los intercambios entre la troposfera y la estratosfera.
Desde una perspectiva sinóptica, parece observarse con creciente frecuencia la aparición de estructuras complejas de chorros múltiples o ramificados, en las que distintas ramas intensas de la circulación del oeste interactúan sobre un amplio rango latitudinal. En ocasiones, las circulaciones subtropical y polar parecen incluso entrar parcialmente en fase, reforzando conjuntamente grandes dorsales persistentes y bloqueos muy robustos. Quizá la expansión tropical no se esté manifestando únicamente mediante desplazamientos medios de la circulación, sino también a través de una reorganización más compleja y continua del conjunto del sistema de chorros atmosféricos.
Estas configuraciones podrían favorecer además episodios de circulación cuasi resonante, en los que determinadas ondas planetarias permanecen muy amplificadas y casi estacionarias durante largos periodos, favoreciendo así episodios extremos persistentes.
Y aquí aparece probablemente la cuestión más importante. Aunque los cambios dinámicos fueran relativamente modestos, una atmósfera más cálida amplifica enormemente las consecuencias de cualquier situación persistente. Una dorsal subtropical estacionaria produce hoy olas de calor más intensas; una situación de lluvias persistentes descarga sobre mares más cálidos y atmósferas con mayor contenido de vapor de agua; y una sequía prolongada encuentra unos suelos más recalentados y secos que hace algunas décadas.
Quizá la cuestión importante no sea si la atmósfera se mueve menos, sino si determinadas configuraciones tienen hoy más facilidad para amplificarse, reforzarse mutuamente y permanecer ancladas durante largos periodos. Es una cuestión todavía abierta, pero también una de las más interesantes de la meteorología actual.


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