Existe, a mi juicio, una paradoja en la comunicación del cambio climático. La ciencia lleva décadas documentando con rigor cómo se está transformando nuestra atmósfera, y la sociedad, en su mayoría, acepta ya que ese cambio es real. Y sin embargo, hay una desconexión profunda entre lo que la gente vive —los veranos cada vez más agobiantes, las sequías que no terminan, los episodios de lluvias extremas que se repiten— y el relato científico que llega a los medios. ¿Por qué? A mi juicio, la respuesta tiene mucho que ver con cómo funciona físicamente la atmósfera, y con cómo la ciencia "mide" esa física.
Uno de los fenómenos mejor documentados del cambio climático actual es la expansión de la célula de Hadley: el gran sistema de circulación atmosférica que domina los trópicos y subtrópicos. El aire cálido y húmedo asciende cerca del ecuador, viaja hacia los polos en la alta troposfera, y desciende seco y estabilizador en las latitudes subtropicales, generando los grandes desiertos del planeta.
Pues bien, todo parece indicar que ese cinturón subtropical se está desplazando hacia latitudes más altas. Los estudios recientes cifran esa expansión en torno a 20-25 kilómetros por cada grado de calentamiento global. Una cifra que, presentada así, no parece impactante. Y aquí está un primer reto de comunicación: la atmósfera no se comporta como un cinturón que se desplaza uniformemente. Se comporta como un fluido que oscila, que forma ondas, que produce intrusiones profundas e irregulares. Es decir, la expansión tropical real no ocurre como un movimiento suave y gradual. Ello ocurre principalmente a través de dorsales de gran amplitud: enormes anticiclones que se extienden desde las latitudes subtropicales hasta las polares. Son esas estructuras las que traen semanas de calor extremo a Europa, o las que bloquean la llegada de lluvias al Mediterráneo, u obligan a los chorros a discurrir por latitudes anormalmente bajas, por poner ejemplos muy cercanos.
La otra cara de estas dorsales son las vaguadas, bolsas de aire frío que descienden desde latitudes septentrionales. Pero hay una asimetría crucial: las dorsales son cada vez más cálidas y las vaguadas, cada vez menos frías. El Ártico se ha calentado desproporcionadamente —el doble o el triple que el promedio global— y ya no exporta aire tan frío como antes. El resultado es que los extremos cálidos se intensifican mucho más de lo que se moderan los fríos.
Estas estructuras son las denominadas ondas de Rossby, ondas planetarias que recorren la atmósfera de oeste a este modulando el chorro extratropical. Cuando el gradiente de temperatura entre los trópicos y el Ártico se reduce —como está ocurriendo— estas ondas tienden a hacerse más lentas, más amplias y más persistentes. Un estudio reciente que analiza datos de 1950 a 2024 concluye que la frecuencia de eventos de resonancia de estas ondas planetarias se ha triplicado desde 1950.
En este contexto los índices estándar de la climatología —posición media del chorro, anchura media de la célula de Hadley, temperatura media global— están diseñados para detectar tendencias marcadas y comparables entre modelos. Son herramientas excelentes para la ciencia…pero ¿lo son para comunicar al público?
Las personas no vivimos en los promedios. Vivimos la ola de calor de julio, la dana de octubre, la inundación de Grazalema, las, a veces, continuadas sequías…. Y cuando se responde a esos eventos con cautela estadística como "no podemos atribuir ningún evento individual al cambio climático" o “probablemente estas lluvias han sido cinco veces más cuantiosas en el contexto del cambio climático”, se puede generar una desconexión entre el relato oficial y la experiencia real, algo que, paradójicamente, puede alimentar la confusión más que la claridad.
Hay además un problema técnico de fondo: los modelos climáticos han subestimado sistemáticamente la frecuencia de los bloqueos atmosféricos. Si el modelo infravalora los bloqueos, infravalora los extremos, y el mensaje que llega al público a partir de ellos, también los infravalora. En este contexto una investigación muy reciente está empezando a identificar por qué los efectos radiativos de las nubes juegan un papel más importante de lo que se pensaba en la generación de bloqueos sobre el área euroatlántica, ¿podemos y debemos explicar e introducir estos avances en la comprensión del fenómeno en el relato público y hacer ver cómo la inyección creciente de vapor desde los trópicos hacia las latitudes medias puede jugar un papel importante en la aparición de estos bloqueos que tanto nos afectan?
En ningún caso se trata de abandonar el rigor. Se trata de añadir un nivel de narrativa que hoy no existe de forma sistemática: la traducción en tiempo real de lo que ocurre en la atmósfera día a día al contexto climático que lo explica.
Cuando una dorsal de bloqueo lleva diez días estacionaria sobre la Península Ibérica, quizás habría que estar explicando públicamente y con claridad: qué es esa estructura, por qué está ahí, cuánto tiempo habría durado hace treinta años, y qué tiene que ver con los cambios en la circulación atmosférica que se están documentando. No tanto como probabilidad, sino como contexto físico comprensible.
Ese tipo de narrativa —entre la meteorología del presente y la climatología del cambio— es la que puede conectar la experiencia vivida con el conocimiento científico. Y, a mi juicio, es, todavía, la gran asignatura pendiente de la comunicación climática.

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