La Agencia Estatal de Meteorología se encuentra en un momento especialmente relevante de su historia. La reciente modificación de su estructura y la inminente designación de una nueva dirección técnica abren una oportunidad —quizá inaplazable— para replantear su papel en una sociedad cada vez más expuesta a peligros meteorológicos y climáticos.
Desde una perspectiva necesariamente externa al día a día operativo de la Agencia, pero basada en muchos años de experiencia y de observación continuada de la evolución de la meteorología mundial, me parece oportuno aportar algunas reflexiones sobre su posible evolución en el corto y medio plazo.
Los dos últimos años han sido especialmente exigentes. La sucesión de episodios adversos —danas de gran impacto, olas de calor persistentes, sequías prolongadas y fenómenos extremos cada vez más frecuentes e intensos— ha puesto a prueba tanto la capacidad operativa de AEMET como el propio sistema de avisos. Al mismo tiempo, se han abordado iniciativas relevantes como la elaboración del Plan Estratégico 2025–2029, el desarrollo de un nuevo Estatuto que redefine su estructura organizativa y diversos esfuerzos orientados al refuerzo de personal. Todo ello refleja una institución en proceso de adaptación, pero también sometida a una presión creciente que ha evidenciado algunas de sus limitaciones estructurales.
Durante décadas, AEMET ha desarrollado con notable éxito su función principal, aunque ni mucho menos la única: la predicción meteorológica y la vigilancia de fenómenos adversos. Sistemas como Meteoalerta han supuesto avances significativos en la anticipación y comunicación del peligro. Sin embargo, el contexto actual ha cambiado de forma profunda. El aumento de fenómenos extremos, la complejidad de los impactos asociados y la irrupción de nuevas tecnologías, especialmente la inteligencia artificial, obligan a ir más allá del modelo tradicional.
Uno de los principales retos es la transición desde un sistema basado en la predicción de fenómenos potencialmente adversos hacia otro centrado en la evaluación de impactos. La sociedad no necesita únicamente conocer la intensidad prevista de un fenómeno, sino comprender qué consecuencias puede tener en su entorno. Este cambio de enfoque no es trivial y requiere integrar conocimientos meteorológicos con información sobre vulnerabilidad, exposición y capacidad de respuesta.
En este proceso, el papel del predictor sigue siendo esencial. Su conocimiento del fenómeno, de su evolución y de su incertidumbre constituye la base sobre la que debe construirse cualquier evaluación de impacto. No obstante, esa evaluación requiere también la aportación de otros ámbitos —gestión de emergencias, hidrología, infraestructuras, comunicación— en un marco de colaboración estrecha y operativa. Solo a través de esa interacción es posible avanzar hacia avisos verdaderamente orientados al riesgo.
En paralelo, la irrupción de la inteligencia artificial y de importantes recursos tecnológicos en el ámbito mundial de la predicción plantea un desafío adicional. AEMET difícilmente podrá competir en velocidad de cálculo o en determinados productos puramente predictivos. Su valor diferencial debe situarse en otro ámbito: la calidad de los datos, la fiabilidad institucional y, sobre todo, reforzar su papel como elemento clave en la interpretación del impacto social de sus predicciones, en colaboración con los organismos competentes en la gestión del riesgo.
Esto exige reforzar varios pilares. En primer lugar, la predicción operativa, que sigue siendo el núcleo del sistema, debe evolucionar hacia un modelo más experto, basado en un mayor manejo de la incertidumbre y apoyado en herramientas avanzadas, incluyendo la inteligencia artificial. En segundo lugar, es imprescindible mejorar la formación de los predictores, ampliando su capacidad para trabajar en entornos cada vez más probabilísticos y multidisciplinares.
Junto a ello, la climatología debe adquirir un papel todavía más central. No solo como disciplina de análisis del pasado, sino como herramienta operativa para la toma de decisiones. En este sentido, la continuidad, calidad y homogeneidad de las redes de observación constituyen un elemento esencial, ya que sustentan tanto el conocimiento del clima como la detección de cambios y tendencias. A su vez, el desarrollo de servicios climáticos orientados a sectores como la energía, la agricultura, el agua o la salud constituye una línea estratégica de primer orden -que ya se está desarrollando- y en la que se debe progresar. Por otra parte, en un contexto de cambio climático, AEMET puede y debe mantenerse como el referente nacional en la provisión de información climática aplicada, integrando proyecciones, escenarios y datos históricos en productos útiles para la planificación y la adaptación.
En este mismo marco, resulta imprescindible reforzar la investigación coordinada en España sobre los cambios que se están produciendo en las circulaciones atmosféricas de niveles altos. La evolución de los chorros polar y subtropical, la mayor persistencia de determinados patrones de bloqueo, la posible modificación en la frecuencia e intensidad de las danas o los cambios en la interacción entre masas de aire son cuestiones de enorme relevancia. Estos procesos, aún no completamente comprendidos, tienen un impacto directo en la génesis y comportamiento de muchos de nuestros fenómenos adversos. AEMET, en colaboración con universidades y centros de investigación, debería desempeñar un papel dinamizador en este ámbito, orientando la investigación hacia problemas concretos de interés operativo y facilitando la transferencia efectiva de conocimiento hacia la predicción y los sistemas de aviso.
Pero probablemente el cambio más profundo no sea tecnológico, sino cultural. La evolución hacia un sistema verdaderamente orientado a impactos requiere una nueva cultura operativa basada en el trabajo conjunto, el lenguaje común y la toma de decisiones compartida. Esto implica superar inercias organizativas y avanzar hacia modelos más integrados.
En este sentido, cabe plantear la conveniencia de estructuras operativas multidisciplinares que permitan esa integración en tiempo real, tal como el proyecto CEVRA (Centro Estatal de Vigilancia de Riesgos Ambientales) que propuse tras las inundaciones de Valencia de octubre de 2024. No obstante, en un sistema descentralizado como el español, esta aproximación debería complementarse necesariamente con estructuras análogas de ámbito regional, estrechamente conectadas con el nivel estatal. El conocimiento local, la proximidad al territorio y la responsabilidad operativa en la gestión de las emergencias hacen imprescindible que la evaluación de impactos se realice en gran medida en ese nivel. En este contexto, un modelo en red, que combine un nodo estatal de integración, planificación, coordinación, formación y estudio con nodos regionales operativos, podría ofrecer una respuesta más eficaz y adaptada a la complejidad de nuestro territorio.
Finalmente, no puede olvidarse el papel de la comunicación. La información sobre riesgos debe ser clara, comprensible y orientada a la acción. No basta con informar; es necesario que el mensaje sea entendido y utilizado correctamente por la población y por los responsables de la toma de decisiones.
La llegada de una nueva dirección en AEMET constituye, por tanto, una ocasión idónea para abordar estos retos. No se trata de cuestionar lo realizado hasta ahora, sino de construir sobre ello un sistema más integrado, más útil y adaptado a las necesidades actuales.
En definitiva, AEMET no debe limitarse a predecir el tiempo. Debe aspirar a reforzar su papel como elemento clave en la interpretación del impacto social de sus predicciones, en colaboración con los organismos competentes en la gestión del riesgo; consolidar su papel en la climatología aplicada, impulsar la investigación atmosférica relevante y contribuir de forma decisiva, desde su ámbito competencial, a la mejora del sistema de gestión del riesgo meteorológico y climático en España. Ese es el verdadero salto cualitativo que, a mi juicio, el momento actual demanda.
