25 de junio de 2026

¿Y en España?

En un artículo reciente en este blog intenté responder a la pregunta que me parecía más pertinente de esta ola de calor de junio de 2026: ¿por qué en Francia? 

La combinación de una dana anclada al oeste de la Península y una dorsal subtropical desplazada hacia el este determinaba que el foco de calor más extremo se situara sobre territorio francés, cuando habitualmente es la Península Ibérica la que soporta el mayor peso de estos episodios. Y apuntaba a un posible mecanismo: la liberación de calor latente en el flanco ascendente del sistema podría estar contribuyendo al reforzamiento de la dorsal aguas abajo, potenciando la subsidencia sobre Francia. 

En cualquier caso la pregunta complementaria merece también atención: ¿qué ha pasado en España? Y en particular en el norte de España, donde los registros de estos días han sido sencillamente históricos.

José Ángel Núñez, jefe de Climatología de AEMET en la Comunitat Valenciana y uno de los mejores climatólogos de nuestro país, acaba de publicar en el blog de AEMET un análisis exhaustivo de este episodio que recomiendo leer íntegramente. Los datos que aporta son contundentes. Cabe destacar algunos de ellos:

Los días 22 y 23 de junio han sido los más cálidos de ese mes en España desde al menos 1950, con una anomalía media peninsular de +7,1 °C. Tres días de esta ola se han situado entre los diez más cálidos de la serie histórica de junio. Y en el cómputo general de todos los días del año, el 23 de junio de 2026 quedaría provisionalmente en el puesto vigésimo primero, por detrás solo de días de julio y agosto, casi todos posteriores a 2012.

Pero lo que más llama la atención no es el sur, donde los extremos son ya familiares, sino el norte peninsular. El 23 de junio se registró el récord absoluto de temperatura máxima en Cantabria —para cualquier mes del año—, con 43,7 °C en Tama, en el valle de Liébana. En el aeropuerto de Bilbao, en tres ocasiones durante este episodio se superaron los 40 °C, algo que nunca había ocurrido en un mismo mes en toda la serie desde 1947. Y en la propia costa cantábrica, prácticamente al borde del mar, se registraron temperaturas que en cualquier otro junio habrían resultado realmente extrañas.

La tentación inmediata podría ser atribuir estos valores al efecto foehn... pero en este episodio no había un viento del sur claro que lo sustentara. En los niveles bajos de la atmósfera, el flujo dominante en esas zonas era muy débil con una cierta componente E/SE. El giro hacia una componente SSE no se producía hasta alcanzar los 700-800 hPa. 

El perfil vertical obtenido del modelo del ECMWF con validez para las 18 UTC del 23 de junio —un plazo tan corto que lo convierte prácticamente en un análisis— lo confirma visualmente. Muestra una masa extraordinariamente cálida entre el suelo y 600-700 hPa, coherente con el dato del cercano radiosondeo de Santander. 


Perfil vertical termodinámico obtenido del modelo ENS del Centro Europeo de Predicción a Plazo Medio (ECMWF), para un punto, próximo a la zona donde se registró el récord absoluto de Cantabria, con validez para el 23 de junio de 2026 a las 18 UTC. Dado el escaso plazo de predicción —18 horas desde la pasada de las 00 UTC—, el perfil puede considerarse prácticamente un análisis de la estructura real de la atmósfera. Se aprecian claramente tres elementos clave: la extraordinaria calidez de la masa de aire entre el suelo y 600-700 hPa; la presencia de humedad en niveles medios-altos, coherente con una atmósfera con abundante contenido de vapor de agua. La liberación de calor latente que habría contribuido al reforzamiento de la dorsal aguas arriba y un perfil vertical de viento poco compatible con efectos foehn o subsidencia.

Por su parte, la estructura del campo de geopotencial de 500 hPa sobre la zona tampoco apoya la posibilidad de una marcada subsidencia. 


Topografía del geopotencial de  500 hPa del 23 de junio de 2026 (ECMWF)

Por tanto la explicación que parece más sencilla y realista es que la masa de aire que llegó a esas zonas era, de por sí, una masa termodinámicamente muy cálida. Los efectos locales, cuando existieron, lo hicieron sobre una base ya extraordinaria. 

Hay un dato en el artículo de José Ángel Núñez que merece destacarse especialmente, porque va más allá de la meteorología de superficie y toca algo más profundo. En el radiosondeo de Santander, a 850 hPa —unos 1.500 metros de altitud, muy por encima de cualquier influencia urbana o local—, la temperatura en el mes de junio ha aumentado 2,7 °C desde 1989, con una significación estadística del 95 %. Un ascenso que supera incluso al registrado en las estaciones de superficie. Es un dato muy importante porque el radiosondeo mide la troposfera libre. Y ese calentamiento continuado en la atmósfera libre es la huella de un proceso global.

También diversos estudios basados en reanálisis ERA5, radiosondas y mediciones por satélite, documentan de forma coherente un calentamiento de la troposfera en todo el hemisferio norte, con una señal especialmente marcada en las latitudes medias y subtropicales. Es lo que los climatólogos denominan el «fingerprint» del cambio climático: el calentamiento troposférico acompañado de enfriamiento estratosférico. Es la firma característica del forzamiento por gases de efecto invernadero, y se distingue netamente de otros posibles forzamientos como la variabilidad solar.

Pero hay una dimensión adicional que, a mi juicio, no recibe todavía la atención que merece en el debate público. El calentamiento de la troposfera subtropical no es solo una consecuencia pasiva del cambio climático: es también un factor activo que puede estar modificando la circulación atmosférica en niveles medios y altos. Una troposfera subtropical más cálida implica gradientes térmicos alterados entre latitudes, lo que a su vez influye sobre la posición, la intensidad y el comportamiento del chorro subtropical y del chorro polar. Como he apuntado con frecuencia, existen indicios cada vez más sólidos de que estos cambios pueden estar traduciéndose en dorsales más amplias y persistentes, en un chorro con mayor tendencia a los bloqueos y en patrones de circulación más estacionarios que favorecen la repetición de episodios extremos. Dicho de otro modo: no solo el aire tropical/subtropical es más caliente cuando llega. Es que llega más a menudo, se instala durante más tiempo, y el patrón de circulación que lo trae tiende a perpetuarse más que antes. Causa y efecto se retroalimentan.

Pero hay otras cuestiones que este episodio plantea con fuerza y que todavía no tienen respuesta clara. Una de ellas es el papel de la humedad. El perfil antes mostrado muestra que la masa de aire no era seca en niveles medios: había contenido de vapor de agua significativo acompañando a esa columna extraordinariamente cálida. ¿Es esa humedad un simple acompañante pasivo de una atmósfera más cálida... o está jugando también un papel activo, potenciando efectos diabáticos que a su vez refuerzan la dinámica de la dorsal? En el flanco ascendente del sistema, aguas arriba sobre el Atlántico, ya veíamos en el artículo anterior indicios de que la liberación de calor latente podía estar contribuyendo al crecimiento de los geopotenciales sobre Francia. Pero su papel sobre la zona cantábrica, donde no había una subsidencia clara y organizada, es menos evidente y más difícil de discernir.

Otra pregunta es si las circulaciones meridianas de gran amplitud que cada vez dominan más estos episodios están trayendo consigo, de forma estructural y no ocasional, masas de aire más húmedas además de más cálidas, precisamente porque su origen tropical-subtropical implica un contenido de vapor mayor. Si eso es así, la componente diabática en el reforzamiento de estas dorsales no sería un factor secundario sino parte del mecanismo mismo, y estaría creciendo en paralelo con la tropicalización progresiva de las fuentes de aire que alimentan Europa occidental.

Son piezas de un puzle que estamos aprendiendo a ensamblar en tiempo real, episodio a episodio. Algunas piezas empiezan ya a encajar con bastante solidez. Sabemos que la troposfera se calienta, que las dorsales son más persistentes, que los récords se acumulan con una velocidad sin precedentes históricos. Pero el encaje completo —cómo interactúan el forzamiento radiativo, la dinámica de la circulación general y los procesos diabáticos húmedos en este nuevo régimen atmosférico— está todavía por construir. 

Cada episodio como este nos acerca un poco más. Cuando la troposfera libre sobre Santander marca casi tres grados más que hace treinta y cinco años en pleno mes de junio, y eso se refleja en récords absolutos en Cantabria y en temperaturas tan elevadas al borde del Cantábrico, estamos ante una señal que va mucho más allá de la meteorología del día. No estamos registrando anomalías. Más bien, quizás, estamos midiendo una transformación.


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