10 de junio de 2026

El dificil camino de la predicción de fenómenos extremos

Nunca en la historia hemos dispuesto de tantas herramientas para observar y predecir la atmósfera. Satélites capaces de vigilar el planeta entero, radares que detectan el desarrollo de las tormentas en tiempo real, superordenadores que ejecutan millones de cálculos por segundo e incluso sistemas de inteligencia artificial entrenados con décadas de datos meteorológicos. Y, sin embargo, los fenómenos más extremos siguen planteando enormes dificultades de predicción.

Las predicciones meteorológicas han mejorado de forma espectacular durante las últimas décadas. Los errores en la predicción de la circulación atmosférica a varios días vista son hoy mucho menores de lo que eran hace apenas treinta años. Sin embargo, cuando descendemos a escalas muy pequeñas y tratamos de anticipar dónde caerán las precipitaciones más intensas, o dónde se desarrollará una tormenta especialmente violenta seguida de una inundación repentina, las incertidumbres aumentan considerablemente.

Durante buena parte del siglo XX los meteorólogos trabajaban sin modelos numéricos. Su principal herramienta era el análisis de mapas meteorológicos y la aplicación de principios físicos para interpretar la evolución atmosférica. Aquellos predictores eran capaces de identificar configuraciones favorables para lluvias intensas, tormentas severas o temporales importantes, pero la localización exacta de los fenómenos seguía siendo extremadamente difícil. Y uno de los mejores ejemplos de cómo llegar hasta el límite con aquellos métodos es el que desarrolló Mariano Medina con su investigación sobre la posible relación entre el tercer término de la ecuación de la vorticidad y la ocurrencia de precipitaciones intensas así como su aplicación práctica.

La llegada de los modelos numéricos cambió radicalmente el panorama. A medida que aumentaban la potencia de cálculo y la resolución espacial, la atmósfera comenzó a representarse con un detalle cada vez mayor. Hoy los modelos son capaces de reproducir con notable precisión muchas de las estructuras asociadas a los fenómenos adversos. 

Sin embargo, conforme nos acercamos a los extremos aparecen nuevos problemas. Una de las razones es que algunos procesos fundamentales continúan siendo extraordinariamente complejos. La interacción entre aerosoles y nubes, la formación de gotas de lluvia y cristales de hielo, los intercambios de calor y humedad entre el mar y la atmósfera o la organización interna de algunas estructuras convectivas son mecanismos que operan a escalas muy pequeñas y cuya representación sigue siendo imperfecta.

Ello se hace especialmente evidente en algunos episodios mediterráneos de lluvias torrenciales. Los modelos pueden captar correctamente el escenario general de riesgo y, sin embargo, subestimar la intensidad final alcanzada en una zona concreta. El episodio de Valencia de octubre de 2024 constituye un buen ejemplo de esta dificultad. Los modelos identificaron una situación potencialmente muy peligrosa y anticiparon lluvias extraordinarias. Sin embargo, en algunas áreas concretas las cantidades observadas superaron ampliamente las previsiones más extremas disponibles en tiempo real. No se trató simplemente de un fallo puntual, sino de una demostración de los límites que todavía existen cuando intentamos simular procesos atmosféricos de enorme complejidad.

Además, a todo ello se añade una característica fundamental de la atmósfera: su naturaleza caótica. Pequeñas diferencias en las condiciones iniciales pueden amplificarse con rapidez y conducir a resultados muy distintos. En los fenómenos extremos, donde intervienen numerosos procesos interactuando simultáneamente, esta sensibilidad resulta todavía más acusada. Precisamente para afrontar este problema surgieron los sistemas de predicción por conjuntos o ensembles. En lugar de generar una única predicción, los modelos se ejecutan muchas veces introduciendo pequeñas variaciones en las condiciones iniciales. El resultado no es un único futuro posible, sino una familia de escenarios. 

Esta forma de trabajar ha cambiado profundamente la filosofía de la predicción meteorológica. Cada vez resulta más importante estimar probabilidades que ofrecer una única respuesta determinista. En muchas situaciones, la cuestión clave no consiste en saber si caerán exactamente 250 o 350 milímetros de lluvia en un punto determinado, sino en identificar con suficiente antelación que existe una probabilidad significativa de que se produzca un episodio potencialmente catastrófico en una zona concreta.

En los últimos años ha aparecido además un nuevo protagonista: la inteligencia artificial. Los resultados obtenidos por algunos sistemas de aprendizaje automático han sido sorprendentes y abren perspectivas extraordinarias para el futuro de la predicción meteorológica. Sin embargo, los fenómenos extremos plantean desafíos particulares. La inteligencia artificial aprende a partir de ejemplos previos. Y precisamente los fenómenos más extremos son aquellos de los que existen menos ejemplos disponibles. Una red neuronal puede haber analizado miles de borrascas ordinarias, pero apenas unos pocos episodios verdaderamente excepcionales. Además, muchos de estos fenómenos dependen de combinaciones muy particulares de procesos atmosféricos que se producen con poca frecuencia y que aparecen escasamente representadas en los datos de entrenamiento.

Todas estas herramientas encuentran además una aplicación particularmente valiosa en la vigilancia meteorológica de fenómenos adversos. La integración en tiempo real de observaciones, radares, satélites, modelos numéricos, sistemas probabilistas e inteligencia artificial permite seguir minuto a minuto la evolución de situaciones potencialmente peligrosas y emitir avisos cada vez más precisos. En muchos episodios extremos, especialmente los asociados a tormentas severas o lluvias torrenciales, la mejora más importante no consiste únicamente en anticipar el fenómeno con varios días de antelación, sino en detectar con rapidez su intensificación cuando ya ha comenzado a desarrollarse.

Por todo ello, una de las líneas de desarrollo más prometedoras consiste en combinar el conocimiento físico acumulado durante décadas con las nuevas capacidades de aprendizaje automático. Todo parece indicar que el futuro no pertenecerá exclusivamente a los modelos tradicionales ni tampoco a la inteligencia artificial por sí sola, sino a sistemas híbridos capaces de aprovechar las fortalezas de ambos enfoques.

La historia de la meteorología puede interpretarse como una lucha permanente contra la incertidumbre. Cada generación de meteorólogos hemos dispuesto de herramientas más potentes que la anterior, pero los fenómenos más extremos siguen situándose cerca de una frontera difícil de cruzar. Quizás la predicción meteorológica no consiste únicamente en eliminar la incertidumbre. Consiste también en comprenderla, medirla y aprender a convivir con ella. Al menos por ahora, los fenómenos más violentos continúan siendo la última gran frontera de la predicción meteorológica.

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