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14 de julio de 2017

Sobre récords de temperaturas

Tal como se preveía parece que las máximas de hoy son en general ligeramente más bajas (entre 1 o 2 grados) que las de ayer. Por tanto, parece que van a ser esos valores de ayer los que hay que tener en cuenta al referirnos a los récords de este episodio de ola de calor.

A este respecto ha habido cierta controversia sobre cuál había sido la máxima más alta de ayer y si había constituido récord absoluto a nivel nacional. Hasta ayer ese récord lo ostentaba el aeropuerto de Córdoba con 46,6ºC. Pues bien, ayer ese mismo observatorio alcanzó 46,9ºC, la más alta de la red principal. ¿Quiere decir que esa era la temperatura más alta registrada en España? No exactamente; era la temperatura más alta registrada en la red básica o principal de observación de AEMET, la que cumple prioritariamente con los estándares específicos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y la que recibe una atención más prioritaria y cuidadosa, de modo que sus datos pueden ser perfectamente validados.

 Es muy probable que en otras redes de AEMET o de otras instituciones (cientos de estaciones de muy distintos tipos), y como ya ha pasado en otras ocasiones, haya habido valores más altos, pero no están, al menos hoy por hoy, validados, aunque supongo que en un estudio sosegado a posteriori podrían alcanzarse conclusiones sobre su fiabilidad.  Por tanto, con este enfoque teníamos un nuevo récord absoluto nacional de máximas: Córdoba con 46,9ºC el 13 de julio de 2017.

Pero es verdad que enseguida surgieron algunas dudas. La primera al consultar un documento on line de AEMET sobre valores extremos en España en el que el dato de 46,6 ºC de Córdoba figuraba en el ranking en segundo lugar tras un 47,2º de Murcia registrado en 1995. Si eso era así, ayer Córdoba no había batido el citado récord absoluto. Pero más tarde se constató  que el dato de Murcia pertenecía a una estación de la red secundaria. También causó algún desconcierto la máxima de ayer de Montoro con 47,3º C, ...pero también quedó claro que se trataba de nuevo de una estación secundaria.

Tweet de AEMET emitido hoy a mediodía

Por tanto mi opinión, que creo que coincide con lo que AEMET ha establecido en un tweet a última hora de la mañana, es que ayer se produjo un récord absoluto de temperatura en el observatorio de Córdoba con 46,9ºC. Es el dato oficial que cumple todos los requisitos para su homologación a nivel nacional e internacional. 

¿Se registraron ayer temperaturas más altas?: sí. Y desde luego merecería la pena que, bien por AEMET o por alguna entidad dedicada a la investigación, se las estudiara a fondo –al igual que con las mínimas absolutas- para un mejor conocimiento del clima de España y de las implicaciones que esos datos pueden tener.


Pero, más allá de que se bata o no un récord concreto, lo que debería preocuparnos fundamentalmente –y debería estar más en la política, en los debates, en las tertulias- es esta casi  sucesión creciente de episodios cálidos…¿Qué probabilidad hay de que esta tendencia se mantenga, crezca o decrezca? Y si sigue creciendo… ¿Qué estrategia energética sería la más adecuada? ¿Qué otras medidas de adecuación, mitigación o incluso de salud pública, cabría adoptar teniendo en cuenta además escenarios de posible escasez de lluvias? ¿Qué medidas deben recomendarse a la población para bajar gasto de energía y de consumo de agua? 

No dudo, no quiero dudar, de que todo esto se esté tratando a fondo en los despachos del Gobierno, pero creo que es hora ya de que toda la sociedad entre en un debate serio y sosegado sobre algo que nos importa muy, muy  de veras.

7 de julio de 2017

Hay que conocer las respuestas

Escribo todavía bajo la impresión de la trágica noticia de ayer: la muerte de varios miembros de una familia mientras hacían barranquismo, acompañados de un monitor, en un barranco del valle del Jerte. Una de las fuertes tormentas provocadas por la dana que nos afecta estos días debió provocar una avenida relámpago en el barranco sin que pudieran ponerse a salvo.

A la vista de todos las predicciones y avisos emitidos por AEMET y alertas de Protección Civil, de los mensajes de los comunicadores meteorológicos repetidos en los últimos días sobre la potencial peligrosidad de esta situación, de la posibilidad de consultar por móvil, ya casi minuto a minuto, la evolución de las tormentas, la pregunta que cabe formular es ¿qué falló?, ¿Qué información recibieron –o no recibieron- las personas afectadas?...Y si la recibieron..¿la entendieron adecuadamente?...Y si la entendieron adecuadamente…¿por qué salieron? Creo que no nos vale con suponer cuáles serían las respuestas: hay que conocerlas directamente de aquellos que han sufrido el problema en ellos mismos -si es posible- o en sus propios bienes. 

Si no conocemos la contestación a estas preguntas, y no se hace un análisis adecuado de las respuestas, por muchas inversiones en tecnología y avances en modelos que puedan hacerse, no será fácil conseguir una mejor prevención. Por tanto, mi propuesta es que cada vez que ocurra un fenómeno de este tipo, se haga una investigación de oficio por psicólogos sociales sobre estos extremos, además de otras que puedan corresponder.  De este modo se puede ir formando una base de conocimiento con la que, en un trabajo que debería ser conjunto, meteorólogos, técnicos de protección civil, psicólogos sociales y comunicadores meteorológicos deberían llegar a un consenso  sobre cómo realizar, emitir y difundir avisos y alertas. Y todo ello en el contexto, de la a mi juicio, necesaria revisión en profundidad de Meteoalerta.  


El radar es una herramienta crucial en caso de tormentas junto con los avisos y alertas actualizadas. Si se potenciaran y divulgaran adecuadamente las aplicaciones para móviles con estos datos en tiempo real creo que se mejoraría sustancialmente la prevención. 

Mientras tanto, creo que sería necesario desarrollar más y divulgar insistentemente las aplicaciones móviles de avisos y de imágenes radar con mensajes específicos para la zona geográfica donde la persona se encuentre. Y por supuesto, mucha, mucha más atención de los medios de comunicación, al menos los de titularidad pública a una mejor formación del público sobre fenómenos adversos, avisos y alertas. 

5 de julio de 2017

El calor extremo de junio y Climate Central

Me he referido con frecuencia en este blog a las dificultades que entrañaba dar una contestación a los periodistas cuando preguntaban por la relación que podía existir existir entre un fenómeno atmosférico adverso concreto y su relación con el calentamiento global. También me he referido en otra entrada al gran avance que supuso la puesta en marcha de estudios de atribución en los que, mediante enfoques estadísticos o de modelización numérica, se puede establecer la mayor o menor probabilidad de la existencia de esa relación. Y en ese contexto me pareció un gran avance la publicación anual desde hace cinco o seis años por parte de la American Meteorological Society de un número especial de su Bulletin dedicado precisamente a estudios de atribución sobre los fenómenos más inusuales y/o adversos del año anterior ocurridos en distintas partes del mundo.

Sin embargo, desde el punto de vista de la información, divulgación y concienciación de la sociedad, tener que esperar entre uno y dos años para informar sobre esa posible relación es un inconveniente y una penalización muy fuerte.  La noticia -y la experiencia- ya han pasado en gran medida y la interesante historia que podría haberse contado se ha hecho vieja y, con frecuencia, ha sido sustituida por otra. Pues bien, a este problema se ha respondido en Estados Unidos con la creación de Climate Central, una organización independiente de científicos y periodistas de prestigio dedicados a investigar sobre el cambio climático y sus impactos y a divulgar sus resultados y hallazgos de una manera clara y eficaz.

Uno de los servicios que presta Climate Central es el denominado World Weather Atribution (WWA), que tiene precisamente como cometido la realización inmediata de esos estudios de atribución y la difusión pública de los resultados, algo que viene a remediar en gran medida ese importante inconveniente a que antes me refería. En ese contexto el equipo de WWA ha hecho público ya un interesante estudio de atribución sobre las temperaturas récord de junio en Europa occidental y lo ha llevado a cabo tanto por metodología estadística como por las simulaciones efectuadas con modelos climáticos.


Introducción del estudio de WWA sobre junio de 2017 en Europa.


El estudio me ha parecido importante y bien realizado y animo mucho a su lectura. Aunque ofrece mucha información, algunas conclusiones son la rareza del fenómeno en buena parte de Europa occidental, pero sobre todo en Europa y Portugal con periodos de retorno muy altos; la amplia coincidencia entre lo sucedido y lo que muestran los modelos de evolución climática cuando se introduce en ellos el calentamiento antropogénico o la constatación de que el calentamiento global lleva a que estas situaciones sean diez veces más probables en España y Portugal, así como que se vayan extendiendo a meses fuera del estricto trimestre veraniego. 

Es verdad que la rápida publicación de estos resultados no permiten llevar a cabo el proceso típico de publicación de un artículo científico, con sus revisiones anónimas e independientes. Desde luego, esta situación da para ello y estoy seguro de que existirán esos estudios. Sin embargo, me parece irrenunciable y fundamental el camino emprendido por Climate Central: si queremos una mayor concienciación pública y una mayor presión social sobre los gobernantes y toma de medidas eficaces, este tipo de informaciones tienen que obtenerse y difundirse con rapidez, algo que no está reñido -y este estudio creo que lo demuestra- con la seriedad y la sensatez. Eso si: debe quedar claro que es un estudio de alcance hecho en ese contexto y necesidad y, además, los resultados deben difundirse con su probabilidad asociada, porque de ese tipo son los que nos ofrecen una y otra metodología. 

Cuestión distinta es cómo los medios generalistas difundan esa información y con qué titulares. La búsqueda del impacto es difícil de evitar. Sin embargo, creo que iniciativas como la de Climate Central, donde sus periodistas cuidan mucho la comunicación adecuada y cercana de los resultados científicos, van a ir corrigiendo poco a poco ese problema.  

Y por cierto...¿cuando un "Climate Central" español como un proyecto conjunto de nuestras universidades y nuestros comunicadores?


14 de junio de 2017

"Tormentas de calor"


Vuelven a surgir estos días en los medios expresiones como "tormentas de calor propiciadas por las altas temperaturas", algo que, en mi opinión, no es muy adecuado desde el punto de vista conceptual. Por eso me parece oportuno transcribir a continuación algo que ya escribí en este blog hace cinco años, aunque con algún ligero retoque.


En el tiempo veraniego el chorro polar asciende de latitud y por tanto es difícil que sus borrascas afecten a la Península Ibérica. Lo habitual es que predomine sobre ella una gran masa de aire cálido y estable extendiéndose desde el norte de África y dando lugar a un tiempo seco y caluroso. En superficie reina el anticiclón, si bien sobre el centro de la Península la presión baja algo por efecto de ese calor lo que origina una entrada de aire del este-sureste, el llamado viento “solano” en el interior peninsular, que con su sequedad aviva aún mas la sensación de agobio. A veces, el extremo de un frente frío roza el área Cantábrica pudiendo afectar ocasionalmente al resto de la mitad norte. Si lo hace, aparecen tormentas y las temperaturas se suavizan un par de días.

Sin embargo hay una situación veraniega que es la que origina las incidencias meteorológicas más significativas y que, además es la que suele dar más problemas a los predictores. Tiene lugar cuando una débil vaguada o pequeña dana atlántica en niveles medios-altos de la atmósfera, proveniente de un remonte tropical-subtropical, o descolgada de la circulación del chorro que queda muy al norte, y con algo de aire frío en su interior, se acerca lentamente desde el área de Azores-Madeira hacia la Península. Delante de ella predominan los vientos del sur con aire cálido de carácter tropical o subtropical. Si la vaguada está lo suficientemente cerca, este aire proviene del norte de África y llega muy seco con polvo en suspensión. El cielo se torna blanco-plomizo y la sensación de bochorno y agobio es total. Se suelen registrar temperaturas muy altas que, normalmente, pueden ser las más altas del verano si la situación ocurre en la segunda quincena de julio o en los primeros días de agosto.

Unas veces la vaguada se queda estacionaria en esa posición y se suceden los días de temperaturas muy altas: estamos en una ola de calor o, al menos en un periodo de temperatura elevadas. Otras, la vaguada se mueve hacia el oeste o noroeste de la Península con dirección hacia Francia o las Islas Británicas dando lugar a que, tras ella, entre sobre España aire atlántico más fresco limpiando el ambiente y suavizando las temperaturas. La tercera posibilidad es que la vaguada o pequeña (pequeñísima a veces) dana se acerque mucho o finalmente se decida a atravesar la Península dando lugar a una amplia y potente actividad tormentosa.

Este tipo de tormentas no ligadas a frentes o a borrascas frías se las llama a veces “tormentas de calor”. La idea popular que subyace en esa denominación es que “ha hecho tanto calor que al final las tormentas han saltado”. No es así; en una masa de aire cálida y estable a todos los niveles no “saltan” espontáneamente las tormentas.  En ese caso tendríamos tormentas en muchos o todos los días del verano. Lo que a veces ha llevado a esa conclusión es que, justamente durante los dos o tres días anteriores, las temperaturas han sido muy altas  al reforzarse la entrada de aire del  sur o del sureste por el acercamiento de la perturbación en altura.

Un  recordado meteorólogo español -García de Pedraza- decía que las tormentas necesitan “pies calientes y cabeza fría”. Es decir, es necesario que aparezca algo de aire más frío -aunque no sea mucho ni extenso- por las capas medias y altas de la atmósfera de modo que el aire cálido de  las capas bajas pueda ascender y formar las nubes tormentosas. A veces, incluso ocurriendo esto, la humedad del aire que asciende es tan baja que las nubes que se forman tienen su base muy alta y difuminada entre la calima y sólo aparecen algunos amagos tormentosos con  alguna  actividad eléctrica… los también mal llamados “relámpagos de calor” o "fucilazos".  

Esta imagen es de hace dos o tres años, pero ayuda a explicar el concepto. Bajo una amplia dorsal anticiclónica surge toda una familia de tormentas "de calor" eficazmente ayudadas por un débil embolsamiento frío en niveles medios en el seno de una también débil circulación del oest-suroeste.

Por tanto, desde mi punto de vista, no hay estrictamente “tormentas de calor”. Hace falta además que algo ocurra “por arriba” que ayude a subir a la masa cálida de "abajo". Lo que pasa es que a veces es tan poco definido que sólo se ve si se hace un análisis adecuado de los mapas previstos a más de 9000 metros de altura o, sobre todo, mediante una eficaz interpretación de las imágenes de Meteosat, sobre todo en el canal de absorción de vapor de agua. Es probable, por tanto, que el término se acuñase  en tiempos anteriores a los satélites al no disponer de informaciones que pudieran explicar la génesis de estas tormentas en un ambiente aparentemente anticiclónico a todos los niveles. 

En cualquier caso las “tormentas de calor” y los “relámpagos de calor” forman parte de la tradición veraniega española. Esas denominaciones tienen su encanto, -a mi me gustan- y no es mi intención luchar contra ellas. Deseo únicamente que no den lugar a conceptos equivocados.



12 de junio de 2017

Verano en junio

Aunque es verdad que desde el punto de vista climatológico el trimestre veraniego es el formado por los meses de junio, julio y agosto, y que el verano astronómico empieza hacia el 21 de junio, en la calle se identifican como veraniegos los meses de junio y julio.

Sin embargo, al ver la situación de altas temperaturas que ya ha empezado, y que va a afectar durante toda la semana a una buena parte de la Península y Baleares, y teniendo en cuenta otras situaciones de este tipo, uno empieza a pensar si la percepción de la calle no va a acabar coincidiendo con el criterio de los climatólogos, ya que, por supuesto, el de los astrónomos es inamovible. Algunos estudios han ido apuntando a que en la Península Ibérica, el tiempo veraniego se va extendiendo a los meses de junio y septiembre, y por mi parte añadiría que algún zarpazo se ha notado ya también en algún mayo cercano.

Para ver, aunque no sea de una forma del todo científica, esta expansión hacia junio, me ha parecido oportuno consultar la tabla de olas de calor registradas en la Península y Baleares desde 1976 hasta la actualidad de acuerdo con los trabajos de César Rodriguez Ballesteros recogidos en su página web y en el calendario meteorológico de 2016. Con la utilización de esos datos lo que pretendo es disponer de un indicador objetivo de la aparición de periodos muy cálidos durante el mes de junio, sin que ello me lleve a afirmar por el momento si el periodo actual es una ola de calor, -que seguramente lo va a ser en bastantes provincias- algo que ya se verá cuando AEMET presente el correspondiente informe.

Pues bien, de acuerdo con esa tabla, en el periodo 1976-2016, los años cuyos meses de junio han tenido periodos cálidos considerados como olas de calor han sido 1981, 1994, 2001, 2003, 2004, 2011, 2012 y 2015. Como se ve predominan claramente los registrados en el siglo XXI, ya que de 1976 al 2000 sólo hubo dos, mientras que en los 16 años de este siglo llevamos ya seis. Pero también es interesante constatar que, sólo con una excepción, la fecha más temprana de aparición de esos periodos es el 20 de junio. Sólo el año 1981 la ola empezó el día 11 de junio y se extendió hasta el 16.

Por tanto, salvo esa excepción de 1981, los datos indican una progresión de los periodos muy cálidos desde julio hacia junio y quizás -aunque habrá que confirmarlo en próximos años- ya hacia la primera quincena del mes.

Si consideramos la situación actual desde el punto de vista de la circulación atmosférica en el hemisferio norte, vemos que ya en estos días la configuración es muy veraniega con un chorro ondulado, pero alto de latitud, y cuyas ondulaciones -las que nos llegan- lo hacen sin profundizar mucho hacia el interior de la Península. Sólo cabe esperar -salvo la llegada de una vaguada muy profunda, que todavía podría ocurrir durante la segunda mitad del mes- a que nos alcance alguna baja subtropical emigrada desde el sur o alguna débil dana formada por el estrangulamiento de alguna vaguada atlántica. En esos casos  las tormentas y el aire marino refrescarían algo el ambiente.

La situación de la circulación a 500 hPa en la pasada noche (11 al 12 de junio). Es una imagen que podría ser muy típica de los meses de julio o agosto.  Aunque frecuentemente la masa cálida parece provenir de África, las retrotrayectorias nos indican que muchas veces no es así, y que lo que nos llega es una masa de aire tropical-subtropical marítima. A mi juicio, el problema, y lo de algún modo diferente, no es que en junio llegue esa masa, ni que lo haga con esa temperatura (aunque habría que ver si es climatológicamente normal), sino que permanezca tantos días sobre nosotros.
A la vista de los mapas de temperatura de 850 hPa previstos para el próximo domingo por el sistema EPS del Centro Europeo, parece que es todavía bastante posible que la isoterma de 24ºC -que suele ser el umbral para que se alcancen los 40ºC en algunos observatorios- pueda afectar todavía a la mitad sur peninsular. La mayor incertidumbre aparece por el cuadrante nordeste sin que se pueda precisar aún lo que podría dar de sí una entrada de aire relativamente fresco desde el interior del continente. En cualquier caso, es la persistencia de los periodos cálidos, mas que las temperaturas que puedan alcanzarse, lo que creo que debe preocuparnos -y ocuparnos- más

Y de nuevo surge la cuestión: ¿pura variabilidad de la atmósfera -con periodos más o menos largos de retorno- o efecto del cambio climático? No pretendo entrar ahora en debate pero sí creo que el aumento de este tipo de configuraciones de chorro alto y ondulado va en la linea de lo que las proyecciones de los modelos de cambio climático nos dicen.  Y creo que ese aumento podría estar yendo más allá de lo que la variabilidad natural apoyaría.

Es un tema que hay que tomarlo muy seriamente en el marco de las políticas de cambio climático, y ya casi más en el marco de la mitigación, aunque hay que seguir batallando en el de la prevención. Cuanto  me agradaría ver a los políticos debatiendo con seriedad estas cuestiones y planificando acciones concretas.

8 de junio de 2017

El ministro, los meteorólogos y las probabilidades

Hace unos días han sido noticia las declaraciones del ministro ruso de Situaciones de Emergencia con ocasión de la situación de lluvia intensa y vientos muy fuertes que afectó a Moscú la semana anterior dejando varios muertos y grandes pérdidas materiales. En esa declaración el ministro planteaba estructurar un sistema de responsabilidad económica ante predicciones fallidas o mal comunicadas. Es decir, multar a los meteorólogos -¿o a los organismos correspondientes?- cuando fallen en sus pronósticos o no los comuniquen bien. 

Efectos del temporal en Moscú (foto: AP)

Creo que en esta cuestión cabe distinguir dos aspectos. El primero es que los meteorólogos, como los demás trabajadores, son responsables de cumplir su cometido siguiendo los protocolos establecidos por su empresa u organismo, y si se demostrara una clara negligencia en ello deben recibir el apercibimiento o la sanción correspondiente. Esto es evidente y no cabe darle muchas más vueltas. 

Sin embargo, en predicción meteorológica, las cosas no suelen en general ir por ahí. El fallo proviene normalmente de algún error en los modelos de predicción o de la no idoneidad de protocolos de trabajo o de comunicación, que deberían ser renovados con bastante frecuencia respondiendo a las demandas sociales o a las evoluciones tecnológicas. Y en este contexto hay algo a lo que debe prestarse gran atención y que, a mi juicio, debe ser incluido más pronto que tarde en los protocolos técnicos, y sobre todo de comunicación, en situaciones de fenómenos adversos. Me refiero, como no puede ser de otro modo, a la predicción probabilística. 

No conozco en detalle la situación atmosférica que afectó a Moscú, ni que modelos o técnicas emplearon los predictores, o si el problema fue estrictamente de comunicación. En cualquier caso lo sucedido me recuerda a otra situación en Nueva York -en este caso de nevadas- donde ocurrió también un importante fallo de predicción y que hizo que Louis Uccellini, el director del National Weather Service, reconociera que las cosas hubieran ido mejor si se hubieran tenido más en cuenta las predicciones probabilísticas.  

Conviene recordar a este respecto que los distintos escenarios, normalmente no más de tres o cuatro, que nos ofrecen estos modelos, no nos sirven sólo para atribuir un valor porcentual de ocurrencia a la evolución más probable. Nos ofrecen también otros escenarios con menor probabilidad pero también posibles, de los que hay que estar al tanto -y de los que hay que avisar de forma adecuada- sobre todo si presentan caracteres potencialmente adversos.

Creo que este planteamiento debe introducirse cuanto antes en las rutinas de trabajo de los centros meteorológicos -en buena medida en varios de ellos lo está- pero sobre todo en los protocolos de comunicación hacia autoridades y público. Soy consciente de las resistencias y temores que provoca esta cuestión por miedo al rechazo o a una mala comprensión. No estoy seguro de que eso ocurriera si se hacen las cosas bien pero, en cualquier caso, si el reconocido mejor modelo del mundo informa de la probabilidad -aunque sea baja- de que ocurra un fenómeno adverso importante en una zona concreta, el público afectado debe saberlo y saber también la probabilidad, sea la que sea, de modo que se le facilite la toma de decisiones responsables. 

También es posible que este fenómeno de Moscú, pudiera por sus dimensiones, no haber sido bien resuelto por un modelo de relativa -solo relativa- baja resolución como es el del Centro Europeo. Sin embargo,  los modelos probabilísticos de mesoescala van estando ya disponibles ya en algunos países, y en España es probable que los tengamos también muy pronto. Si es así, creo que habría que preparar ya los protocolos de comunicación adecuados para aprovechar toda su capacidad predictiva en el campo sobre todo de los fenómenos adversos.  

Por tanto, creo que el ministro debería exigir más probabilidades que multas. Es el camino a seguir si realmente se quiere informar mejor en este campo.

2 de junio de 2017

Tormentas...¿qué más podemos hacer?

Las imágenes de las últimas e intensas tormentas en Ágreda, Teruel y Minglanilla...y las que me temo que todavía podamos ver durante este fin de semana, me plantean algunas reflexiones y preguntas sobre sí podríamos hacer algo más en cuanto a un conocimiento más profundo de estos fenómenos en nuestro país así como para aumentar la autoprotección de la población. 

Granizada de Ágreda (foto: El Mirón de Soria)
Destrozos por la tormenta en Teruel (foto: El Heraldo)
Inundación relámpago en Minglanilla (foto: Cadena SER)

Cuando se ven  esas tremendas inundaciones "relámpago", o las ingentes cantidades de granizo caídas en muy poco tiempo, las preguntas que uno tiende a hacerse son: ¿tenemos cada vez más tormentas? ¿son más intensas que antes?... Una primera e inmediata respuesta es que, ahora, lo que hay son muchas más posibilidades de observación y de comunicación. De este modo, muchas tormentas que antes pasaban desapercibidas ahora no lo hacen y, por tanto, la gran cantidad de información sobre ellas no quiere decir necesariamente que estén aumentando en número o en intensidad. Y puede que sea así..., pero sería interesante intentar comprobarlo.

Es muy difícil llevar a cabo una climatología de tormentas, algo que sería la única forma de estudiar su evolución, y sobre todo sus tendencias. No cabe hacerlo sino por sus fenómenos asociados. En el ámbito de la teledetección pueden serlo las descargas eléctricas o mediante su caracterización y clasificación por datos de radar y satélite. Y por lo que se refiere a datos más convencionales pueden utilizarse las medidas de las intensidades de precipitación, y, en el caso de algunas tormentas severas, la observación directa o indirecta de tornados, algo que ya se inició algunos años y que espero que continúe. 

En relación a los métodos de teledetección, AEMET lleva ya bastantes años desarrollando una climatología de rayos que ha ofrecido y puede seguir ofreciendo informaciones muy importantes sobre la caracterización y tendencia de la actividad eléctrica ligada a tormentas. Creo que son informaciones que deberían difundirse más hacia los medios -adecuadamente comentadas- a través, quizás, de algunas de las ruedas de prensa periódicas que ofrece la Agencia y por supuesto de su web.

Por lo que se refiere a otro indicador indirecto, pero tambièn de gran importancia, como es el de la intensidad de las precipitaciones, es verdad que,  hasta hace no mucho tiempo, la poca densidad de estaciones dotadas de este tipo de medida y lo complejo de su caracterización y normalización, hacía muy difícil trabajar con ese indicador, y aún así, algunos trabajos existen. Sin embargo, muchas estaciones automáticas ofrecen ya este dato de modo sistemático y por otra parte son también muchas las estaciones de redes de aficionados que lo miden. ¿Sería por tanto posible la preparación de un protocolo de observación y recepción de estos datos por parte de AEMET? Se construiría así una nutrida base de datos de intensidades que permitiera el desarrollo de estudios climatológicos más profundos sobre su evolución en tiempo y espacio. Sé que es complejo, pero pienso sinceramente que es importante disponer de una actualización continuada de esas informaciones para múltiples actividades y proyectos, y más en el contexto del cambio climático. 

Cuestión aparte es el tema de la prevención. Está claro que, aunque existan avisos, no hay forma de salvar cosechas o evitar grandes destrozos urbanos cuando se presentan trombas de estas características. Pero sí creo que con una utilización más intensiva de las informaciones de la red de radares de AEMET y de los teléfonos móviles, podría avanzarse en la autoprotección de las personas y de bastantes bienes domésticos, algo difícil de lograr con la actual sistemática de avisos convencionales que, en cualquier caso, necesita una revisión.

Actualmente ya existen en la web de AEMET y accesibles por móvil imágenes radar.  Existe también una app comercial para móviles que también las proporciona, y que incluso puede enviarnos un mensaje cuando la precipitación se encuentra a una cierta distancia de nuestra ubicación. 

Pues bien, creo que se podría ir más allá. Existen algoritmos que, aún con sus fallos, nos indican el desplazamiento más probable de esas precipitaciones en los próximos quince o treinta minutos, una información que puede difundirse tanto como imagen o como datos. Por tanto, al igual que ya se hace con muchos otros temas de interés público, podría desarrollarse -creo que por parte de AEMET- una aplicación para móviles que enviara imágenes reales y previstas (informando claramente de sus limitaciones) a cualquier persona interesada añadiendo incluso algún consejo o recomendación desde el punto de vista de la autoprotección.

Naturalmente, un uso amplio, adecuado y útil de estas informaciones, exigiría una acción continuada de difusión y divulgación por televisión y redes sociales. Además, una acción de este tipo iría abriendo camino a la futura difusión de avisos probabilísticos a muy corto plazo, quizás con una sistemática muy distinta a la actual, que serán posibles una vez que AEMET tenga en operación su sistema de predicción probabilística a muy corto plazo. 

Vamos a intentarlo. Merece la pena.