26 de junio de 2026

Atribución y dinámica: dos miradas sobre la ola de calor

Mientras aún estamos analizando los mecanismos dinámicos de esta histórica ola de calor de junio de 2026 —como hacía en los dos últimos artículos de este blog—, el grupo científico World Weather Attribution (WWA) ha publicado hoy viernes, 26 de junio, un informe de atribución que merece atención. Su título no deja lugar a dudas: «Las emisiones de combustibles fósiles han empeorado rápidamente las olas de calor europeas en pocas décadas».

Topografía del geopotencial en 500 hPa (ERA5/ECMWF) sobre Europa occidental, del 19 al 30 de junio de 2026. La secuencia muestra el establecimiento y notable persistencia de la dorsal subtropical, con valores que superan los 5840 mgp en los días de mayor intensidad hasta ahora (21-23 de junio), y la presencia simultánea de la dana al oeste de la Península durante los primeros días. Los últimos paneles incorporan predicción, apuntando a una prolongación del episodio hasta final de mes.

La metodología de la WWA es conocida: se comparan dos «mundos virtuales» mediante modelos climáticos, uno con el calentamiento actual y otro sin las emisiones de gases de efecto invernadero, y se cuantifica cuánto más probable e intensa es la ola de calor en el mundo real. El resultado para este episodio es contundente: las temperaturas alcanzadas en junio de 2026 habrían resultado virtualmente imposibles en 1976. En 2003 —el año de la gran ola de calor que causó más de 70.000 muertes en Europa— un episodio como este habría sido unas diez veces menos probable durante el día y más de cien veces menos probable por la noche.

En mi opinión es un estudio legítimo y valioso, pero tiene un límite importante que conviene señalar: no analiza las causas físicas en detalle. El informe describe la situación como una advección del sur sobre un patrón de circulación en buena medida similar a los precedentes históricos, y concluye que lo que ha cambiado es el «suelo» sobre el que actúa ese patrón: la temperatura de base del clima. Eso es correcto y, probablemente, tampoco forma parte de los objetivos de la WWA ir más allá, pero deja abierta una cuestión distinta: ¿por qué esos patrones de circulación parecen cada vez más eficaces para producir episodios extremos?

Como he argumentado en este blog, hay algo más que una simple advección del sur actuando aquí. Las estructuras de circulación que dan lugar a estos episodios —dorsales subtropicales de gran amplitud meridiana, patrones de bloqueo cada vez más persistentes, acoplamientos entre sistemas como la dana y la dorsal que potencian y canalizan el flujo cálido— no solo trabajan sobre una temperatura de base más alta. Es posible que estas estructuras sean en sí mismas más frecuentes, más intensas y más duraderas precisamente como consecuencia de los cambios en la circulación general que acompañan al calentamiento de la troposfera tropical y subtropical. No es solo que la temperatura de base esté más caliente, sino que las configuraciones atmosféricas responsables de transportar y mantener ese calor también parecen estar cambiando.

A ello se añade una dimensión que merece atención específica: estas circulaciones meridianas de gran amplitud no solo transportan calor. Transportan también vapor de agua en cantidades significativas, procedente de fuentes tropicales y subtropicales cada vez más cálidas y, por tanto, más húmedas. Ese incremento de humedad en latitudes medias no es un acompañante pasivo: puede potenciar los procesos diabáticos —la liberación de calor latente en las zonas de ascenso— que a su vez contribuyen al reforzamiento y mantenimiento de las propias dorsales. Y sobre las personas, la combinación de calor y humedad elevada produce un estrés térmico real muy superior al que refleja el termómetro seco. Es una pieza del puzle que la atribución estadística tampoco recoge, y que la dinámica atmosférica clásica tiende a subestimar, pero que resulta fundamental para comprender lo que está ocurriendo realmente.

La otra dimensión que el informe sí toca, y que merece una reflexión aparte, es la de la vulnerabilidad. El análisis de la WWA sobre el estrés térmico en 854 ciudades europeas —con el 45% de ellas batiendo récords de temperatura de termómetro húmedo— pone de manifiesto algo que resulta llamativo: Europa sigue siendo un continente notablemente poco preparado para el calor extremo. 

Entre esas carencias una de las más evidentes es la todavía escasa implantación de sistemas de refrigeración en buena parte del centro y norte de Europa. Esa resistencia, comprensible quizá en otro contexto histórico, debe probablemente revisarse. La adaptación al calor extremo debe ser una prioridad absoluta para los gobiernos europeos: desde el diseño de edificios y espacios urbanos hasta los sistemas de alerta sanitaria, pasando por la revisión de infraestructuras de transporte y energía que claramente no fueron concebidas para estas condiciones. Lo que era excepcional se está convirtiendo en recurrente. Y lo recurrente exige respuestas estructurales, no improvisaciones.

La ciencia de atribución y el análisis sinóptico llegan, desde caminos distintos, a la misma conclusión de fondo: lo que estamos viviendo no es meteorología extrema en un clima estable. Es meteorología extrema en un clima que está cambiando más rápido de lo que muchos imaginaban, y cuyos mecanismos dinámicos siguen siendo uno de los grandes desafíos científicos de nuestro tiempo.





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