Creo que este verano se está hablando menos de récords y más de sensaciones. El comentario más frecuente no es tanto «¡qué barbaridad de temperaturas!» como «¡qué verano tan pesado!». Y las dos percepciones contienen una parte importante de verdad.
Las temperaturas máximas, aun siendo muy elevadas, no han alcanzado los registros absolutos de otros veranos recientes. El valor más alto de julio en la red principal de AEMET fueron los 44,2 grados de Murcia, lejos de los 46 o 47 grados alcanzados en algunos grandes episodios anteriores. Y, sin embargo, julio de 2026, empatado con el de 2022, ha sido el mes más cálido de toda la serie histórica, con una temperatura media peninsular de 25,7 grados.
Un mes récord en su temperatura media que no lo es en sus máximas absolutas puede parecer una contradicción. No lo es. Es, ante todo, la firma de un calor muy persistente, con escasos alivios y noches que en muchas zonas apenas han permitido recuperarse. Pero cabe preguntarse si existe además otro rasgo característico: una atmósfera más húmeda de lo habitual que, sin elevar necesariamente las máximas hasta valores extremos, haya contribuido a sostener temperaturas nocturnas muy altas y a producir esa sensación de bochorno continuo. Esa es la hipótesis que quiero plantear.
Conviene precisar de entrada que este verano ha tenido, al menos hasta ahora, dos regímenes algo diferentes. La gran ola de finales de junio respondió en buena medida a una situación clásica: una dorsal potente sobre la Península, aire muy cálido y predominantemente seco, fuerte subsidencia, insolación abundante y temperaturas máximas disparadas muy por encima de lo normal.
A partir de julio, y quizá de una manera todavía más perceptible durante agosto, la configuración ha sido distinta en bastantes ocasiones. La dorsal subtropical de niveles altos —esa gran elevación cálida de la troposfera que gobierna buena parte de nuestros veranos— no se ha situado siempre directamente sobre la Península, sino desplazada con frecuencia hacia el Mediterráneo occidental. España ha quedado entonces en su flanco occidental, bajo una circulación de componente sur o suroeste en niveles medios y altos.
Se trataba de aire cálido de origen subtropical, pero no siempre de la masa sahariana seca que asociamos a las máximas más extremas. En diferentes episodios, las imágenes de vapor de agua y los perfiles verticales han mostrado la llegada de aire con un contenido apreciable de humedad en niveles medios, aproximadamente entre 600 y 700 hPa. En algunos casos se podían seguir incluso bandas o pulsaciones húmedas que remontaban desde latitudes tropicales y subtropicales por el oeste de África y alcanzaban la Península.
En la modulación de ese flujo han intervenido también algunas danas situadas al oeste, sobre el Atlántico próximo. Mientras permanecían en esa zona, su circulación contribuía a canalizar hacia la Península el aire subtropical húmedo por su flanco delantero. Algunas de esas depresiones podrían encajar en lo que en mi libro sobre las danas denominé danas de carácter subtropical, aunque esta es otra cuestión que requeriría una discusión más amplia.
Los desplazamientos y pasos de esas danas han proporcionado también refrescamientos pasajeros y, cuando la dinámica ha sido suficiente, episodios tormentosos importantes como hemos comprobado muy recientemente. Por su parte, las vaguadas más claramente ligadas a la circulación polar han bajado poco de latitud durante gran parte del verano. Solo ahora, ya avanzada la segunda mitad de agosto, comenzamos a recibir masas de aire y perturbaciones conectadas de una forma más directa con el chorro polar.
¿Por qué una atmósfera más húmeda puede producir un verano tan pesado sin provocar necesariamente máximas de 46 o 47 grados?
Durante la noche, la superficie pierde calor mediante la emisión de radiación infrarroja. Si la atmósfera está seca y el cielo permanece despejado, esa pérdida radiativa es más eficaz. En cambio, una troposfera cálida y húmeda —especialmente en las capas bajas y con mayor eficacia todavía cuando aparecen velos o nubes— aumenta la radiación infrarroja que la atmósfera devuelve hacia la superficie. Es la llamada contrarradiación atmosférica. La pérdida neta de calor se reduce y el enfriamiento nocturno se hace más lento.
No significa que la humedad de 600 o 700 hPa determine por sí sola la temperatura mínima. Intervienen también el viento, la nubosidad, la humedad de las capas próximas al suelo, la temperatura de partida y las características de cada lugar. Pero una columna cálida y húmeda en profundidad crea condiciones mucho menos favorables para que la noche refresque. Las mínimas se mantienen elevadas y se encadenan noches tropicales o tórridas sin apenas recuperación.
Durante el día, el efecto puede ser diferente. Las máximas más extraordinarias requieren normalmente una combinación muy concreta: el eje de la dorsal sobre la Península, fuerte subsidencia, aire sahariano muy seco, cielo despejado y una capa de mezcla profunda y reseca. Es la situación que permite aprovechar al máximo la insolación y llevar las temperaturas hasta los valores más extremos.
Con la dorsal desplazada hacia el Mediterráneo y la Península bajo un flujo húmedo del sur o suroeste, esa receta no se ha dado con la misma pureza. La humedad en niveles medios ha favorecido en ocasiones velos, bancos de altocúmulos y nubosidad de origen subtropical. A ello se han sumado distintas intrusiones de polvo africano. Nubes y calima pueden reducir parcialmente la radiación solar que alcanza la superficie y contener algo las temperaturas máximas, aunque estas continúen siendo muy elevadas.
El resultado podría ser una menor amplitud térmica diaria: máximas muy altas, pero no necesariamente excepcionales, combinadas con mínimas persistentemente elevadas. Es una posibilidad que habrá que comprobar cuando dispongamos del balance completo del verano y podamos comparar por separado las anomalías de las máximas y las mínimas.
Existe además otro mecanismo, menos evidente, que puede explicar por qué la sensación de bochorno ha llegado también al interior peninsular.
Durante las horas centrales del día, la capa límite convectiva crece y mezcla el aire próximo al suelo con el situado por encima. Cuando sobre ella se encuentra la masa sahariana seca clásica, esa mezcla reseca las capas bajas y hace caer los puntos de rocío durante la tarde. Es el calor seco tradicional de la Meseta: muy duro, pero con una evaporación del sudor relativamente eficaz y con frecuencia acompañado de un enfriamiento nocturno más apreciable.
Pero si el aire que la capa de mezcla incorpora desde arriba contiene más humedad, ese secado se debilita. La humedad de niveles medios no necesita «bajar» activamente hasta el suelo: le basta con que el aire mezclado desde arriba deje de ser tan seco como de costumbre. Los puntos de rocío pueden mantenerse más elevados durante la tarde y la evaporación del sudor pierde eficacia. El cuerpo permanece húmedo y el calor se hace mucho más difícil de soportar, incluso aunque el termómetro marque algunos grados menos que durante una gran entrada sahariana.
A esa contribución desde niveles medios se ha añadido otra desde abajo. El Mediterráneo ha presentado este verano temperaturas superficiales extraordinariamente altas. Un mar tan cálido aporta calor y vapor de agua a las capas bajas y favorece noches especialmente duras en Baleares y en toda la fachada mediterránea.
Además, en esta época veraniega se suele observar una débil circulación de componente este en las capas más bajas sobre parte del interior peninsular. Está relacionada con la baja térmica que se forma sobre la Península durante el verano: un pequeño régimen de circulación térmica, casi monzónica, que aspira hacia el interior aire procedente del área mediterránea. Es una aportación somera y su alcance depende mucho de la orografía y de la situación de cada día, pero puede sumarse al flujo húmedo existente en niveles medios.
De ese modo, por dos caminos diferentes, la columna atmosférica puede ir enriqueciéndose en humedad: desde arriba, mediante la circulación subtropical del sur o suroeste, y desde abajo, por las brisas y los flujos marítimos procedentes de un Mediterráneo excepcionalmente cálido. El bochorno que sentimos en superficie sería el resultado final de esa combinación.
Podría pensarse que una atmósfera tan cálida y húmeda debería haber producido muchas más tormentas. Sin embargo, la humedad es solo uno de los ingredientes. Durante buena parte del tiempo ha faltado un mecanismo suficientemente eficaz de disparo: una vaguada, una dana bien situada, una fuerte advección de vorticidad o una línea de convergencia que pusiera en marcha el desarrollo convectivo. Además, la propia subsidencia asociada a la dorsal puede establecer una especie de tapadera en niveles medios e impedir que la convección se desarrolle libremente. Ha habido humedad y, en ocasiones, bastante energía potencial, pero con poco motor y a veces también con una tapadera difícil de romper. El resultado ha sido abundancia de velos, altocúmulos, calima, alguna tormenta seca o poco eficiente y una atmósfera espesa y pesada. Cuando el motor dinámico ha aparecido, aunque solo fuera durante unas horas al paso de una dana o de una línea de inestabilidad, se ha comprobado lo que podía dar de sí esa columna cálida y húmeda: grandes desarrollos tormentosos, fuertes rachas de viento y precipitaciones localmente muy intensas.
Los datos publicados por AEMET muestran ya la persistencia extraordinaria del calor. Julio fue el mes más cálido de la serie histórica sin que ninguna estación principal superase los 44,2 grados. En una de cada tres estaciones se batió el récord de temperatura media mensual de julio y, en una de cada seis, fueron récord simultáneamente la media de las máximas y la de las mínimas. La señal nocturna resulta especialmente llamativa en el área mediterránea. Distintos observatorios de Mallorca y Menorca registraron como tropicales las 31 noches del mes. Capdepera contabilizó 26 noches tórridas, con mínimas superiores a 25 grados, cuando lo normal son solo tres. Son cifras que expresan mejor que ninguna máxima aislada la falta de descanso térmico que ha caracterizado este verano.
En cualquier caso, la comprobación más detallada de la hipótesis queda pendiente. Los reanálisis deberán mostrar si durante julio y agosto existió realmente una anomalía positiva de humedad específica o de contenido de vapor en torno a 700 hPa sobre la Península. También habrá que comprobar si los puntos de rocío de las tardes del interior fueron superiores a los habituales y si, descontando el episodio más seco y clásico de finales de junio, la anomalía de las temperaturas mínimas superó a la de las máximas o se redujo de manera significativa la amplitud térmica diaria. De este modo, el avance climático de agosto y el balance completo del verano permitirán saber hasta qué punto los datos confirman esta interpretación.
Y queda la pregunta de fondo, relacionada con lo que vengo comentando desde hace tiempo en este blog: si la reorganización de las circulaciones de niveles altos —dorsales desplazadas, danas semiestacionarias por el flanco atlántico y corredores de humedad que remontan desde latitudes tropicales y subtropicales— puede favorecer que se repitan veranos de este tipo. Veranos que quizá no batan récords absolutos de temperatura máxima, pero sí de temperatura media y de persistencia; menos abrasadores durante unas pocas horas de la tarde, pero más asfixiantes durante todo el día y, sobre todo, durante toda la noche.
Si fuera así, tendríamos que empezar a valorar nuestros veranos no solo por lo que marcan los termómetros a las cuatro de la tarde, sino también por lo que dejan de bajar a las seis de la mañana.
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