Las últimas predicciones estacionales del Centro Europeo de Predicción a Medio Plazo (ECMWF) apuntan con bastante claridad hacia la formación de un episodio fuerte de El Niño durante la segunda mitad de 2026. Los mapas producidos por el sistema SEAS5, el modelo estacional por conjuntos del ECMWF, muestran anomalías muy positivas en la región Niño 3.4, con varios escenarios que alcanzan valores propios de un evento intenso durante el próximo otoño e invierno.
Predicción estacional de anomalías de temperatura superficial del mar (SST) para el trimestre agosto-septiembre-octubre de 2026. El modelo proyecta un calentamiento muy intenso y extendido del Pacífico ecuatorial oriental y central, característico de un episodio fuerte de El Niño, sobre un contexto oceánico global ya de por sí anómalamente cálido.Evolución prevista de las anomalías en la región Niño 3.4 según el mismo modelo. La mayoría de los miembros apuntan hacia un episodio fuerte de El Niño durante el otoño del hemisferio norte de 2026, aunque persiste una dispersión asociada a la incertidumbre propia de las predicciones ENSO realizadas en primavera.
En cualquier caso, el propio ECMWF ha insistido recientemente en la necesidad de interpretar estas predicciones con prudencia. Aunque los mapas muestran una señal robusta hacia condiciones El Niño, el grado final de intensidad sigue siendo incierto debido, entre otras razones, a la conocida barrera de predictibilidad primaveral del sistema ENSO (El Niño/Southern Oscillation). Además, el Centro Europeo subraya una cuestión especialmente relevante: el calentamiento global no implica necesariamente episodios de El Niño más frecuentes o intensos, pero sí océanos globalmente más cálidos sobre los que esos episodios pueden amplificar sus impactos.
Durante décadas El Niño fue entendido de una forma relativamente simple: un calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial oriental capaz de alterar la circulación atmosférica tropical y generar teleconexiones planetarias más o menos previsibles. Esa visión sigue siendo válida en lo esencial, pero hoy sabemos que el sistema es bastante más complejo de lo que parecía hace apenas veinte años.
En primer lugar, ya no se habla de un único tipo de El Niño. Las investigaciones de las últimas décadas han mostrado que existen configuraciones muy distintas del fenómeno. En algunos episodios —los denominados Eastern Pacific o “clásicos”— el máximo calentamiento se extiende hacia el Pacífico oriental, cerca de las costas sudamericanas. En otros —los conocidos como Modoki o Central Pacific— las anomalías cálidas se concentran mucho más hacia el Pacífico central. Y esa diferencia puede modificar profundamente la respuesta atmosférica global.
La atmósfera tropical no responde simplemente a aguas superficiales más cálidas, sino sobre todo a la reorganización de la convección profunda asociada a esas anomalías térmicas. Allí donde se desarrolla la gran actividad convectiva tropical cambia también la liberación de calor latente en la troposfera alta, la divergencia en altura y la estructura de la circulación tropical. Y esas perturbaciones no permanecen confinadas a los trópicos.
La divergencia en niveles altos asociada a grandes regiones convectivas tropicales puede actuar como fuente de perturbaciones de escala planetaria capaces de modificar los patrones de circulación extratropical. Dicho de otro modo: el sistema atmosférico responde al forzamiento convectivo tropical reorganizando la propagación de ondas de Rossby, alterando la posición e intensidad de los chorros subtropicales y modulando la circulación de latitudes medias y altas. Por tanto, El Niño no influye sobre otras regiones del planeta únicamente porque el Pacífico se caliente, sino porque reorganiza geográficamente la energía liberada por la convección tropical que alimenta buena parte de la circulación atmosférica global.
En este punto, la cuestión se vuelve especialmente interesante para Europa. Durante mucho tiempo se consideró que la influencia del ENSO sobre el continente europeo era relativamente débil o errática. Frente a las respuestas mucho más claras observadas en el Pacífico y Norteamérica, Europa parecía quedar demasiado lejos y dominada por una variabilidad interna atlántica capaz de enmascarar la señal tropical. Sin embargo, esa visión ha cambiado de forma importante en los últimos años.
Hoy existe bastante consenso en que El Niño sí puede modular la circulación euroatlántica, especialmente durante el invierno, aunque de una forma mucho menos lineal y más dependiente del contexto atmosférico que en otras regiones del planeta. El vínculo más estudiado ha sido probablemente su relación con la Oscilación del Atlántico Norte (NAO), ya que algunos episodios intensos de El Niño parecen favorecer con mayor frecuencia patrones próximos a una NAO negativa, asociados a bloqueos, desplazamientos del chorro y cambios importantes en la circulación invernal europea. Pero esa relación no es tan sencilla porque la respuesta europea depende de varios factores: el tipo concreto de Niño, la distribución longitudinal de las anomalías cálidas, el estado térmico del Atlántico tropical, la actividad convectiva intraestacional, la Oscilación Cuasibienal (QBO) e incluso la situación del vórtice polar estratosférico.
En este contexto hoy se sabe que algunos episodios intensos de El Niño pueden favorecer una mayor propagación vertical de ondas planetarias hacia la estratosfera, aumentando la probabilidad de perturbaciones del vórtice polar y de calentamientos estratosféricos súbitos. Esa alteración puede propagarse posteriormente hacia abajo, modulando el comportamiento del chorro y los patrones de circulación en superficie sobre el Atlántico Norte y Europa. Por tanto, parte de la influencia del ENSO sobre Europa podría no producirse tanto por una vía troposférica directa, sino a través de modificaciones en la dinámica estratosférica y en la circulación de ondas planetarias del hemisferio norte.
Las predicciones actuales resultan especialmente interesantes porque el episodio que parece querer desarrollarse durante 2026 presenta, al menos por ahora, una estructura más próxima a un Niño clásico del Pacífico oriental que a un Modoki puro. Las anomalías cálidas previstas se extienden de forma continua hacia el Pacífico oriental ecuatorial, una configuración históricamente más asociada a teleconexiones hemisféricas robustas y a una reorganización intensa de la circulación tropical. Sin embargo, existe una diferencia fundamental respecto a muchos de los grandes episodios del siglo XX: el calentamiento global de fondo. Esto implica que el posible Niño se desarrollaría sobre unos océanos globalmente mucho más cálidos que hace apenas unas décadas. Y ello nos lleva a una cuestión fundamental: ¿responde hoy la atmósfera del mismo modo a un gran episodio de El Niño que hace treinta o cuarenta años?
Una atmósfera más cálida contiene más vapor de agua, más energía disponible y probablemente una mayor sensibilidad a determinados forzamientos convectivos tropicales. Quizá el problema ya no sea únicamente la intensidad del Niño, sino cómo interactúa ese gran forzamiento tropical con un sistema atmosférico global que también está cambiando, una posibilidad sobre la que he venido insistiendo en distintos artículos de este blog. Tal vez no estemos asistiendo a la aparición de mecanismos atmosféricos completamente nuevos, sino a patrones ya conocidos —bloqueos persistentes, dorsales de gran amplitud, dobles chorros, trenes de borrascas o episodios convectivos muy eficientes— actuando sobre una atmósfera más cálida, húmeda y energética.
En regiones especialmente sensibles a la interacción entre circulación tropical y extratropical, como Canarias, este tipo de reorganizaciones puede resultar particularmente relevante. Cambios relativamente modestos en la posición de las dorsales subtropicales, los chorros o la actividad convectiva tropical pueden alterar de forma significativa los patrones de estabilidad atmosférica, intrusiones cálidas o episodios de lluvias intensas en el archipiélago
Si el Niño previsto para la segunda mitad de este año termina consolidándose, los próximos meses ofrecerán probablemente una oportunidad muy interesante para observar hasta qué punto las teleconexiones tropicales siguen comportándose como lo hacían en el clima del pasado reciente o si, por el contrario, empiezan a interactuar de forma distinta con una circulación hemisférica en transformación.


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