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26 de abril de 2012

Petra... ¿qué Petra?


Ahora que “Petra”, o lo que queda de ella, se aleja ya muy debilitada por el interior de Europa, es el momento de hacer algunas consideraciones sobre la asignación de nombres propios a determinadas estructuras atmosféricas.

Aunque parece que hay algún precedente en Australia a principios del siglo XX, la historia comienza cuando tras la Segunda Guerra Mundial, la Armada norteamericana asume definitivamente una práctica informal que se había venido haciendo durante la contienda: asignar nombres a los ciclones tropicales con el fin de distinguir unos de otros, ya que, debido a su duración, podía darse el caso de que existiera mas de uno simultáneamente, algo que ocurre con cierta frecuencia. Mas adelante, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) instauró oficialmente esta práctica y a partir de este momento es este organismo de la ONU el que establece las listas de nombres de los ciclones tropicales para cada estación de una forma organizada y con unos criterios específicos que deben ser asumidos y respetados por todos los Servicios Meteorológicos. Un resumen histórico de esta cuestión puede encontrarse aquí.

De modo más informal, algunos Servicios Meteorológicos utilizan letras o números para “personalizar” a los frentes ya que en un mismo mapa también pueden existir varios de ellos y es conveniente poderse referirse de forma individual a cada uno de ellos.

Sin embargo, la actividad más singular a este respecto es la llevada a cabo por el Departamento de Meteorología de la Universidad Libre de Berlín. Hace ya muchos años, en 1954, decidió asignar nombres propios a vórtices atmosféricos (borrascas y anticiclones) de acuerdo con una lista establecida. En esta lista en los años pares las borrascas tienen nombre femenino y los anticiclones masculino y al  revés en los años impares. Se publica antes de la temporada típica de aparición de borrascas –a principios de otoño- y posibilita que cualquier persona que lo desee pueda “apadrinar” a  una borrasca o a un anticiclón respetando unas ciertas reglas y pagando unos cientos de euros que se emplean para sufragar algunos de los gastos del Departamento. Es curioso que resulta más caro apadrinar un anticiclón que una borrasca; supongo que es por la mayor abundancia de éstas últimas.

Si bien esta práctica lleva desarrollándose muchos años, las borrascas “con nombre” se popularizan a mi juicio cuando, en diciembre de 1999, tres de ellas: “Anatole”, “Lothar” y “Martin” -probablemente alguna o algunas de ellas también de tipo “explosivo”- afectan a buena parte de Europa occidental y central dejando a su paso bastantes víctimas y grandes destrozos y con la singularidad de que las dos últimas pasaron en dos días consecutivos. El impacto mediático fue tan fuerte que los tres, y sobre todo los dos últimos nombres, se hicieron muy populares. Una primera consecuencia de estas situaciones fue la toma de conciencia por parte de los Servicios Meteorológicos europeos de que era necesario que los avisos llegaran mejor al público mejorando su comprensión y difusión. Ahí se inició el proceso que dio lugar unos años después a un sistema de avisos homogéneos y coordinados para toda Europa denominado “Meteoalarm” que hoy está plenamente en uso y cuya presentación internacional tuvo lugar en El Escorial coincidiendo con la celebración del Día Meteorológico Mundial de 2007.

Pues bien, desde aquella situación de 1999 se ha ido utilizando cada vez más por aficionados y medios de comunicación los nombres asignados por la Universidad de Berlín, sobre todo para borrascas asociadas a ciclogénesis explosivas o en general con fuertes vientos. Esta práctica está ya totalmente asentada y además da un punto de cercanía curioso e interesante de la sociedad hacia los fenómenos atmosféricos.

Sin embargo, justamente por la popularidad creciente de estas borrascas “bautizadas”, su importante impacto mediático, el hecho de estar ligadas a fenómenos potencialmente muy destructivos y porque su recorrido afecta a varios países y zonas marítimas, pienso que el tema debería ser estudiado, y en su caso asumido, por la Organización Meteorológica Mundial, tal como en su día asumió la iniciativa de la Armada norteamericana. Si fuera así, la OMM debería establecer criterios y umbrales objetivos de modo que fueran seguidos sin problemas por todos los Servicios Meteorológicos. Se evitarían así  posibles incoherencias y descoordinaciones y además tendría la ventaja de que todos llamaríamos igual a lo que es un mismo fenómeno.

Lo que ya no tengo tan claro es si la Universidad Libre de Berlín podría continuar con su “padrinazgo”…

1 comentario:

  1. Hola,
    Súper interesante tu blog, para mi demasiado complejo a veces porque yo de física no tengo ni papa claro...pero me gusta mucho cómo explicas las cosas y el toque que le das a los posts. Es diferente :)
    Sólo para que supieras que me paso a leerte de vez en cuando y me gusta mucho :)
    Un saludo

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