17 de septiembre de 2026

Lluvias torrenciales: entre el aviso y la decisión


Las lluvias de las últimas horas en distintas zonas de Cataluña, la Comunidad Valenciana y Murcia han vuelto a dejar inundaciones, rescates y alteraciones importantes de la vida cotidiana. Y han vuelto a suscitar una pregunta que, por repetida, debería llevarnos a una reflexión profunda: ¿estamos aprovechando suficientemente la anticipación que nos ofrecen las predicciones y los avisos meteorológicos?

Desde el punto de vista atmosférico, la situación merece algún comentario. En septiembre es relativamente frecuente que el paso de una vaguada —asociada a una entrada de aire más frío en altura— favorezca tormentas fuertes en el área mediterránea, especialmente en Cataluña y, según su configuración, también en la Comunidad Valenciana y otras zonas. Pero no todas las vaguadas se estructuran de la misma manera.

En esta ocasión, lo que llamaba la atención era el desarrollo en su seno de un pequeño vórtice frío: una circulación ciclónica más concentrada, que reforzaba las condiciones favorables para la formación de tormentas intensas. Ayer me refería a ello en X como una estructura prácticamente equivalente, en algunos de sus efectos, a una dana. Era una forma de hacer comprensible su posible importancia, aunque conviene precisar la diferencia: una circulación cerrada en altura no basta, por sí sola, para hablar de una dana. En este caso, el vórtice seguía integrado en la vaguada y participaba de su traslación.

Imagen del canal infrarrojo de Meteosat de ayer 16 de septiembre a las 21 horas locales. En esos momentos se estaban registrando lluvias torrenciales en varias zonas y en especial en el área de Valencia

El matiz tiene interés porque ayuda a entender por qué una situación aparentemente no muy llamativa puede producir precipitaciones muy intensas. Ese pequeño centro puede organizar y reforzar mucho los ascensos del aire. Si encuentra humedad suficiente y condiciones favorables en las capas bajas, la respuesta tormentosa puede ser considerable. Su tamaño reducido no implica unos efectos menores.

Un factor que contribuyó a limitar la persistencia de las lluvias fue el desplazamiento de la vaguada con ese núcleo asociado. Aunque avanzaba lentamente, con ella iban cambiando las zonas más favorables para los ascensos y las precipitaciones. Tampoco parece haberse establecido una marcada circulación ciclónica en superficie que mantuviera un flujo de levante intenso y duradero hacia la costa. La permanencia del forzamiento en altura sobre una misma zona, combinada con esa alimentación húmeda sostenida en capas bajas, habría favorecido acumulaciones mayores.

En mi opinión, ahí está una de las claves de que las lluvias no hayan alcanzado la persistencia y las acumulaciones de otros grandes temporales mediterráneos, aunque sí intensidades parecidas. En cualquier caso, basta una precipitación muy concentrada en el tiempo para ocasionar problemas graves. En Cartagena, por ejemplo, las informaciones publicadas esta mañana hablan de más de sesenta litros por metro cuadrado en una hora, con inundaciones y rescates. El total del episodio cuenta, pero también cuánto cae en pocos minutos y sobre qué territorio.

Y aquí aparece la otra cuestión. Se han recogido quejas de ciudadanos de Cataluña y de la Comunidad Valenciana porque los mensajes de alerta llegaron cuando ya se estaban produciendo inundaciones. Para valorar cada actuación será necesario conocer la cronología completa, la información disponible y las decisiones adoptadas. Pero esas quejas plantean un problema general que merece atención.

¿Debe esperarse a un aviso rojo para adoptar determinadas medidas de protección? A mi juicio, un aviso naranja por lluvias intensas debería abrir ya un proceso efectivo de decisión, ajustado a la vulnerabilidad de cada zona y a las actividades previstas. No me refiero a una paralización general cada vez que aparezca ese color. Me refiero a valorar con antelación qué situaciones pueden convertirse rápidamente en peligrosas y qué medidas proporcionadas pueden evitarlo.

Cerrar un paso inundable, limitar actividades en una rambla, revisar la celebración de un acto multitudinario o informar con claridad sobre los desplazamientos previstos son decisiones diferentes, con costes y exigencias distintos. Algunas necesitan horas de preparación. Si su valoración comienza cuando el agua está entrando en las calles, una parte de la oportunidad preventiva ya se ha perdido.

Conviene distinguir, además, el aviso meteorológico de la decisión de protección civil. El primero informa del peligro previsto; la segunda debe incorporar también la exposición de las personas, las características de las cuencas, los puntos vulnerables y la evolución observada. El color es una información fundamental, pero la decisión necesita todo ese contexto.

Como he planteado en otras ocasiones, esa conexión requiere trabajo previo y vigilancia continua: predicción, radar, observaciones de lluvia, respuesta de barrancos y ramblas e información local. También requiere mensajes comprensibles, que expliquen qué puede suceder, dónde y qué conducta se pide a la población. Y todo ello exige, a mi juicio, un trabajo conjunto, coordinado y en tiempo real de meteorólogos, hidrólogos, técnicos de protección civil y comunicadores especializados en riesgos. He insistido muchas veces en esa necesidad y creo que sigue siendo una cuestión central.

La incertidumbre forma parte de la predicción, especialmente cuando hablamos de tormentas muy localizadas. Esperar a que desaparezca puede significar esperar a que el fenómeno ya esté ocurriendo. El reto es decidir qué precauciones razonables pueden tomarse mientras todavía hay tiempo.

¿Deben adoptarse medidas que alteren de forma importante la vida cotidiana con un aviso naranja, aun sabiendo que las lluvias más intensas podrían afectar solo a una parte de la zona avisada y que todavía no podemos precisar cuál? ¿Cómo graduar esas medidas según sus consecuencias y el peligro que se pretende evitar? ¿Hay que esperar a un aviso rojo que, en situaciones de evolución rápida, puede llegar con escaso margen para actuar o cuando el fenómeno ya se está produciendo?

Ese es el espacio de decisión bajo incertidumbre en el que un trabajo conjunto entre expertos puede ayudar mucho. Y para abordarlo hace falta también explicar mejor a la población por qué se toman determinadas medidas preventivas y qué limitaciones tiene la predicción. Que finalmente no ocurra nada grave en una localidad no significa necesariamente que la precaución estuviera injustificada: las decisiones deben valorarse también a la luz de la información disponible cuando se adoptaron.

Un aviso debe ayudarnos a actuar antes de que el peligro se convierta en daño. Esa es la reflexión que estas lluvias vuelven a suscitar una vez más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario