8 de julio de 2026

El aerosol que desaparece y el debate que se abre sobre nuestras olas de calor

 Llevamos años dando por hecho que menos contaminación es, sin matices, una buena noticia. Y lo es, desde luego, para nuestra salud. Pero la ciencia del clima está encontrando algo más incómodo: una parte de esa contaminación —los llamados aerosoles de azufre, esas partículas diminutas que salen de quemar combustibles fósiles— llevaba décadas actuando, sin que nadie lo buscara, como una especie de sombrilla parcial frente al calentamiento global. Al retirar esa sombrilla, no estamos frenando el cambio climático; estamos, en cierto modo, destapando una parte de él que llevaba tiempo escondida.

Y lo más interesante para quienes seguimos la dinámica atmosférica de cerca es que esta idea ha empezado a usarse para explicar algo muy concreto: por qué están apareciendo dorsales de calor tan extremas y persistentes en los últimos años, tanto en Europa como en otras partes del hemisferio norte.

Todo arrancó, sin que nadie lo planeara como tal, con una normativa de tráfico marítimo. En 2020 entró en vigor una regulación internacional que obligaba a los grandes barcos a usar combustible con mucho menos azufre, pensando en la salud de la población que vive cerca de puertos y costas. Pero ese azufre, al quemarse, generaba partículas que hacían las nubes marinas algo más blancas y reflectantes. Al reducir el azufre, las nubes se oscurecieron ligeramente, y llegó algo más de energía solar a la superficie del planeta.

En 2023, un investigador estadounidense fue el primero en detectar este efecto con claridad, analizando imágenes de satélite sobre una ruta marítima muy transitada. Le siguieron varios estudios en 2024 que se preguntaron algo más ambicioso: ¿puede esto adelantar el calentamiento global? Un grupo de investigadores británicos calculó que sí, que el efecto pudo adelantar el calentamiento entre dos y tres años, y lo conectaron con el hecho de que 2023 fuera un año de calor tan extraordinario. Otros estudios, más cautos, calcularon un efecto real pero más modesto. Y hay quien, todavía en 2025, argumenta que ese efecto es tan pequeño que cuesta distinguirlo de la variabilidad natural del clima. Es decir: ni siquiera este primer hallazgo está totalmente cerrado, y eso es importante tenerlo presente.

Este mismo razonamiento —menos aerosol, más calor— acaba de aplicarse a un terreno mucho más cercano a nuestro día a día: por qué Europa se calienta en verano más rápido de lo que predicen los modelos climáticos. Un equipo español del Barcelona Supercomputing Center, junto con el Met Office británico, ha publicado recientemente un estudio que reúne piezas muy sugerentes. Desde 1980, Europa ha reducido mucho las emisiones de azufre, sobre todo en la parte occidental, de forma más rápida que en la oriental. Esa diferencia habría creado un desequilibrio térmico entre el oeste y el este del continente que, según los autores, termina reforzando un patrón de circulación atmosférica muy concreto: una especie de desequilibrio en el flujo de aire de altura que favorece dorsales más marcadas justamente sobre la Europa occidental y central.

Lo más llamativo del estudio es un detalle técnico con implicaciones grandes: los modelos climáticos detectan esta señal, pero la subestiman muchísimo, como si la “escucharan” con el volumen muy bajo. Cuando los investigadores corrigen ese problema, la cifra cambia de forma notable: de atribuir solo un 17% del aumento de estas dorsales al aerosol, pasan a atribuirle un 65%. Es decir, buena parte de lo que parecía “ruido” o azar climático podría ser, en realidad, una respuesta directa —y en parte predecible— a la reducción de contaminación.

Aquí es donde entra la parte que más me interesa, porque es también donde la ciencia todavía no ofrece una respuesta cerrada. El estudio europeo identifica muy bien un tipo concreto de señal: cambios en los patrones de circulación de verano sobre Europa, vinculados a la reducción de aerosoles en el propio continente. Pero, por cómo está planteado, no puede descartar del todo otra posibilidad: que esas dorsales tan extremas formen parte también de una reorganización más amplia de la circulación hemisférica, ligada a la expansión de la franja tropical y subtropical de la atmósfera en un planeta más cálido.

¿Por qué merece la pena mantener abierta esta segunda vía? Porque estructuras muy parecidas —dorsales muy persistentes, alargadas y de gran amplitud meridiana— se han observado también en regiones alejadas entre sí, como California, el oeste de Norteamérica o el norte de China, con historias de contaminación por aerosoles muy distintas. Eso no invalida la hipótesis del aerosol europeo, pero sí sugiere que quizá no basta por sí sola para explicar toda la familia de dorsales extremas que estamos viendo.

En otras palabras: puede que en Europa la reducción de aerosoles haya reforzado una respuesta regional concreta, pero esa respuesta podría estar superpuesta a un cambio más general de la circulación del hemisferio norte. Y ahí entran otros mecanismos: expansión subtropical, ondas casi estacionarias, acoplamientos con el chorro y episodios de inyección cálida y húmeda desde latitudes bajas.


Por tanto, aparecen aquí dos ideas científicas serias conviviendo. Una dice que el calor extra en Europa —o buena parte de él— nace de un desequilibrio térmico creado por la reducción de contaminación sobre el propio continente. La otra sugiere que lo que estamos viendo es una pieza más de una reorganización mucho más grande, de escala hemisférica, ligada a la expansión de los trópicos, que se manifiesta en forma de grandes ondas atmosféricas y que explicaría por qué el mismo tipo de fenómeno aparece casi a la vez en continentes muy alejados entre sí.

De hecho, otro estudio reciente sostiene que la frecuencia de los eventos de resonancia de ondas planetarias en verano se ha triplicado aproximadamente desde mediados del siglo XX, un periodo que coincide con el aumento de los extremos estivales persistentes en el hemisferio norte. Este tipo de resultado no resuelve por sí solo el debate, pero refuerza la idea de que las dorsales extremas no deberían analizarse únicamente como fenómenos regionales aislados.

Ninguna de las dos ideas está cerrada, y probablemente no tengan por qué excluirse. La reducción de aerosoles puede estar reforzando determinados patrones regionales en Europa, mientras que el calentamiento global y la expansión subtropical pueden estar favoreciendo una atmósfera más propicia para dorsales cálidas, persistentes y muy amplificadas en distintas regiones del hemisferio norte.

Lo que sí parece claro es que el aire que respiramos y la contaminación que decidimos limpiar —con toda la razón, por salud— tienen consecuencias sobre la circulación atmosférica que apenas empezamos a entender del todo. Un tema, sin duda, que seguirá dando que hablar en los próximos años, y que seguiremos de cerca.



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