5 de noviembre de 2026

El Atlántico toma el relevo: lluvias de ábregos y atención a Canarias

Las retrogresiones —esos desplazamientos de algunas estructuras atmosféricas hacia el oeste, a contracorriente de la circulación habitual— suelen participar en reorganizaciones importantes de la circulación en nuestro entorno. Su interés no se limita, por tanto, al recorrido de una determinada borrasca: también está en la nueva disposición de vaguadas y dorsales y en los caminos que se abren para el transporte de aire cálido y húmedo.

Algo de eso estamos viendo estos días. Tras la retrogresión que situó una baja sobre el Cantábrico, y en interacción con la evolución que está teniendo lugar sobre Norteamérica y el Atlántico, vamos pasando de una situación con protagonismo de las lluvias mediterráneas a otra de carácter atlántico. A partir del próximo fin de semana, los frentes y los vientos de poniente y suroeste irán adquiriendo importancia sobre la Península. Mientras tanto, bastante más al sur, hay que seguir la evolución de una borrasca que podría terminar afectando a Canarias.

Las imágenes simuladas del canal de vapor de agua del modelo del Centro Europeo permiten contemplar esa evolución con una perspectiva amplia. 


Imagen simulada del canal de vapor de agua para el viernes 6 de noviembre a mediodía. Se señalan una vaguada sobre Norteamérica (V), una borrasca atlántica de latitudes medias (A), un desarrollo ciclónico en latitudes subtropicales (B) y una extensa banda húmeda y nubosa (BB). 

En la imagen del viernes destaca una gran banda, señalada como BB, que se extiende desde el entorno del Caribe y del norte de Sudamérica hacia el Atlántico oriental y la Península. Es la expresión visual de una conexión entre latitudes tropicales y subtropicales y la circulación de latitudes medias, aunque la imagen por sí sola no permite determinar de dónde procede toda la humedad que contiene.

La borrasca A participa en la organización de ese flujo. Podríamos decir, de forma coloquial, que está «tirando» de la banda hacia latitudes más altas. Pero quizás esa descripción no sea del todo exacta. Estas estructuras húmedas pueden intervenir activamente en la evolución de la circulación porque cuando se producen ascensos y condensación, la liberación de calor modifica el entorno atmosférico y puede reforzar o reorganizar su dinámica. Se plantea así una cuestión interesante: cuánto de esa conexión responde a la circulación organizada por las borrascas de latitudes medias y cuánto contribuyen los propios procesos que se desarrollan en la banda a modificarla. Probablemente, en muchas situaciones estamos ante una interacción. En cualquier caso, determinar cómo se establece en este caso exigiría seguir con más detalle los campos de viento, humedad y calentamiento.

Al oeste de la banda aparece también el desarrollo señalado como B. El Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos está vigilando esta estructura, en principio no tropical, situada al sur de Bermuda que podría adquirir características subtropicales durante su desplazamiento hacia el este. Ese seguimiento no significa necesariamente que vaya a llegar a Canarias como ciclón subtropical, pero sí indica que nos encontramos ante un sistema cuya evolución merece atención.

Imagen simulada para las 00 UTC del domingo 8 de noviembre. La banda húmeda alcanza el entorno peninsular, integrada en la circulación de la borrasca A, mientras el desarrollo B aparece más organizado sobre el Atlántico central. 

Durante la madrugada del domingo, la imagen prevista muestra una evolución notable. La circulación atlántica alcanza ya la Península, mientras la banda húmeda forma ya parte de  los sistemas frontales asociados a A. B, por su parte, presenta una estructura mucho más organizada, aunque todavía se encuentra lejos de Canarias.

Para la Península se abre así un periodo de lluvias atlánticas, con sucesivos pasos frontales y vientos de componente oeste y suroeste. Es el ambiente de las lluvias ligadas a los vientos ábregos: aire húmedo que penetra desde el Atlántico y encuentra condiciones favorables para precipitar en la vertiente occidental y, sobre todo, en los relieves expuestos a esos flujos. Así, el mapa de acumulación previsto hasta el miércoles permite apreciar esa distribución.


Precipitación acumulada prevista entre el jueves 5 de noviembre a las 12 UTC y el jueves 12 a las 00 UTC, por lo que incluye todo el miércoles 11. Destacan las cantidades del oeste y suroeste peninsulares y de algunos relieves expuestos al flujo atlántico. Fuente: ECMWF/Meteored.

La señal es clara en cuanto al protagonismo de la vertiente atlántica, aunque las cantidades y sus máximos locales podrán cambiar en las siguientes actualizaciones. También hay que recordar que este mapa acumula varios días: no indica por sí mismo la intensidad con la que caerá la lluvia en cada momento, y una parte de su periodo de acumulación es anterior al fin de semana.

Mientras tanto, habrá que mantener la mirada en la evolución de B.


 Imagen simulada para la tarde del martes 10 de noviembre. El sistema identificado como B aparece en el entorno de Canarias y del noroeste africano. Más al oeste se insinúa otro desarrollo ciclónico, señalado como C, cuya evolución posterior es todavía incierta. Fuente: modelo del Centro Europeo; anotaciones del autor.

En esta salida del modelo, el martes la perturbación afecta al entorno canario y al noroeste africano. Su trayectoria concreta y la disposición de las bandas de precipitación serán decisivas para determinar cómo se reparten las lluvias entre las islas.

Más que la denominación concreta que termine recibiendo la borrasca, interesa su capacidad para organizar ascensos y transportar humedad hacia el archipiélago. La interacción de ese flujo con el relieve puede favorecer acumulaciones importantes en determinadas zonas del archipiélago.

 Precipitación acumulada prevista desde el jueves 5 de noviembre a las 00 UTC hasta el jueves 12 a las 00 UTC. La salida mostrada destaca La Palma y sectores de otras islas de mayor relieve. Las cantidades y su distribución dependerán de la trayectoria final del sistema. Fuente: ECMWF/Meteored.

Pero la imagen del martes contiene además otro detalle sugerente: al oeste aparece una nueva circulación ciclónica, marcada como C. Podría representar una continuación de la actividad en ese corredor tropical/subtropical, aunque sería todavía un poco prematuro dar por hecho que seguirá el mismo camino o que llegará también a Canarias pocos días después. Todo ello invita a observar con atención los transportes de humedad. Si se organizan corredores estrechos e intensos, podríamos estar ante ríos atmosféricos. Para confirmarlo habría que examinar el transporte integrado de vapor de agua: la continuidad de una banda en estas imágenes resulta orientativa, pero no basta para identificarlo.

Quedan, además, dos preguntas de fondo.

La primera tiene que ver con el océano. Tras una temporada atlántica muy escasa en huracanes, cabe plantearse si su menor actividad podría haber contribuido a conservar parte del calor de las capas superiores en determinadas zonas, y si estas nuevas borrascas encontrarán allí una fuente apreciable de calor y humedad. Es una hipótesis por contrastar. Comparar la temperatura del mar y sus anomalías actuales con las de hace un mes, a lo largo de las trayectorias previstas, sería un primer paso. Después habría que conocer la profundidad de las aguas cálidas y los intercambios de calor con la atmósfera. La presencia de anomalías cálidas apoyaría la existencia de condiciones térmicas favorables, aunque no demostraría por sí sola que se deban a la escasez de huracanes.

La segunda pregunta nos lleva al Pacífico: ¿puede estar influyendo el intenso episodio de El Niño en este marco de circulación? Su influencia sobre la actividad de los huracanes atlánticos es conocida. También existen investigaciones que relacionan El Niño con cambios en la organización e interacción de los chorros, incluidos el atlántico y el subtropical africano. Esa conexión ofrece una vía de estudio, pero no permite atribuirle directamente las borrascas que ahora estamos siguiendo.

Por el momento, lo más concreto es el cambio de escenario: el Atlántico toma el relevo y abre una etapa de lluvias atlánticas en la Península, mientras Canarias merece una atención especial. Las próximas actualizaciones permitirán precisar las trayectorias, la persistencia de los flujos húmedos y las zonas donde la lluvia pueda acumularse con mayor eficacia. Será también una buena ocasión para seguir observando cómo se relacionan la circulación tropical, las borrascas de latitudes medias y el océano que las alimenta.

3 de noviembre de 2026

La Safor, 3 de noviembre de 1987: un diluvio del que todavía aprendemos

El 3 de noviembre de 1987, hace hoy 39 años, la comarca valenciana de La Safor vivió uno de los episodios de lluvia más extraordinarios registrados en España. La intensidad del aguacero inundó calles y viviendas, desbordó barrancos e interrumpió carreteras, comunicaciones y suministros.




En Oliva se registraron 817 litros por metro cuadrado entre las ocho de la mañana del día 3 y las ocho del día 4, hora local. Este valor sigue figurando en las publicaciones de AEMET como récord nacional oficial de precipitación en un día. En Gandía se anotaron 720 litros en el día pluviométrico del 3 y otros 144 en la lectura precedente. Una revisión posterior publicada por AEMET, basada en testimonios, plantea que esos 144 litros también cayeron durante la mañana del día 3, antes de la primera lectura: de ser así, los 864 litros de ambas mediciones se habrían acumulado en menos de 24 horas.


En aquella situación, una baja fría se encontraba en las proximidades del golfo de Cádiz, mientras una vaguada se extendía sobre Europa y las altas presiones se reforzaban en el entorno de las Islas Británicas. La lenta evolución de estas estructuras contribuía a mantener durante muchas horas un marco atmosférico favorable a la precipitación en el este peninsular. En niveles bajos, el flujo de levante y nordeste aportaba aire húmedo desde el Mediterráneo hacia la costa valenciana.


Pero la situación general, aun siendo propicia, no explicaba por sí sola por qué la lluvia alcanzó semejante magnitud en una zona tan concreta. Para comprenderlo había que observar la organización de los sistemas convectivos y los procesos que actuaban a escalas más pequeñas.


Imagen IR realzada de Meteosat correspondiente a las 6,30 UTC del 3 de noviembre de 1987. Este sistema convectivo quedó "anclado"durante más de 30 horas en la zona central de la provincia de Valencia y originó una precipitación total de unos 1000 mm en Gandía

Hacia las 03:30 UTC del día 3 apareció un núcleo convectivo frente al golfo de Valencia, dentro de una banda nubosa que avanzaba hacia el nordeste. Aquel núcleo quedó rezagado respecto de la banda y se aproximó lentamente a la costa. Durante la mañana se organizó un sistema convectivo en el entorno de Gandía, mientras otros se desarrollaban más al sur.

El sistema principal permaneció casi estacionario sobre la región y, durante la noche, interactuó con otros sistemas que se aproximaban desde el suroeste. La estructura convectiva persistió hasta el día 4. Eso no quiere decir que cada tormenta estuviera inmóvil ni que la lluvia más intensa durara todo ese tiempo: se fueron formando y evolucionando distintos núcleos dentro de una organización que permanecía aproximadamente sobre la misma zona.

Ricardo Riosalido, Francisco Martín León y yo mismo estudiamos poco después esta evolución mediante los análisis disponibles y las imágenes del Meteosat. La combinación de persistencia, suministro de aire húmedo y elevada intensidad de precipitación resultaba esencial para entender los acumulados.

En un estudio posterior, publicado en 2000, Romualdo Romero, Charles Doswell y Climent Ramis abordaron el episodio mediante un modelo numérico de mesoescala. Su objetivo no era solo reproducir la lluvia, sino investigar qué procesos podían haber contribuido a mantener y concentrar el sistema convectivo.

La simulación, cuya malla más detallada tenía una separación de 20 kilómetros, situó razonablemente el área principal de precipitación y reprodujo su persistencia, pero quedó muy por debajo de las cantidades observadas: su máximo fue de 231 litros por metro cuadrado en las 36 horas simuladas. Los autores realizaron después experimentos de sensibilidad, modificando o suprimiendo ciertos factores para observar cómo respondía la simulación. Uno de ellos se refería a la cordillera del Atlas: al interaccionar con el flujo atmosférico, el relieve africano favorecía una baja a sotavento, en el entorno de la costa argelina. En los experimentos, esta baja reforzaba el flujo de levante y la convergencia de aire húmedo hacia la costa valenciana, ayudando a concentrar la lluvia en aquella zona.

Otra aportación se refería al posible papel de la propia convección. La simulación desarrolló una baja de mesoescala sobre el área valenciana, próxima a las precipitaciones más intensas. Los investigadores plantearon que la liberación de calor latente asociada a la condensación en las nubes podía contribuir a esa perturbación; a su vez, la baja favorecería la convergencia en niveles bajos y el aporte de aire húmedo, ayudando a sostener la convección y la lluvia. Se trataría, por tanto, de una posible realimentación entre el sistema convectivo y la circulación que lo alimentaba.

Cabe recordar a este respecto que, en nuestro trabajo original, al examinar los análisis de las 12 UTC del 4 de noviembre, observamos un pequeño núcleo cálido en 500 hPa y una débil dorsal en 300 hPa sobre la zona de Gandía. Planteamos entonces que podían estar relacionados con la perturbación inducida por el propio sistema convectivo y con la liberación de calor latente.

Ya en 2018, Carlos Santos, Agustí Jansà y colaboradores revisaron el episodio comparando predicciones de la época con reconstrucciones mediante HARMONIE-AROME, de 2,5 kilómetros de resolución, y un sistema de predicción por conjuntos de 12 miembros. La mayor resolución permitía representar explícitamente la convección profunda y describir con más detalle el relieve. Los resultados fueron reveladores. La simulación determinista representó mejor la segunda fase del episodio, con importantes precipitaciones ligadas al relieve, pero no reprodujo adecuadamente el sistema convectivo de la primera fase que afectó a la costa de La Safor. En el conjunto, algunos miembros sí apuntaban a esa posibilidad, aunque con gran incertidumbre y con una intensidad costera subestimada.

La comparación ilustra tanto el avance de la predicción numérica como la dificultad que sigue planteando anticipar dónde se organizará y persistirá un sistema convectivo muy localizado. Un modelo puede advertir de un entorno favorable y de la posibilidad de lluvias extraordinarias, y aun así no acertar con precisión su ubicación o intensidad.

La comparación con las inundaciones del 29 de octubre de 2024 resulta inevitable, pero exige distinguir entre la cantidad total de lluvia y su concentración en el tiempo. En Turís, AEMET registró 771,8 litros por metro cuadrado en 24 horas, con máximos de 184,6 en una hora, 620,6 en seis horas y 720,4 en doce. El acumulado diario quedó por debajo de los 817 litros de Oliva, mientras que los registros de una, seis y doce horas establecieron nuevos récords nacionales documentados.

¿Pudieron alcanzarse o incluso superarse aquellas intensidades horarias en Gandía u Oliva en 1987? No podemos saberlo con los datos disponibles. Carecemos de un registro pluviográfico continuo en esos puntos que permita reconstruir cómo se distribuyó la lluvia. Los testimonios recopilados por AEMET indican que gran parte del total de Oliva cayó durante unas seis horas de la mañana, entre las 8:30 y las 14:30. Por tanto, no fue únicamente un episodio de larga duración: hubo también una extraordinaria concentración de la precipitación.

Pero ni esos testimonios ni el acumulado diario permiten deducir cuánto llovió en la hora más intensa. Tampoco la persistencia del sistema convectivo durante más de treinta horas implica una precipitación uniforme durante todo ese tiempo. No podemos, por tanto, establecer cuál de los dos episodios alcanzó la mayor intensidad horaria real. En Turís tenemos una medida; en La Safor, una laguna de observación de intensidad. 

También desde el punto de vista dinámico la comparación resulta sugerente. En mis comentarios sobre octubre de 2024, especialmente en «El diluvio visto desde satélite», destaqué el posible papel de un máximo de viento en altura en la intensificación de la convección, una hipótesis que planteé para su investigación.

En el estudio de Romero y colaboradores, el forzamiento sinóptico de los ascensos sobre Valencia aparecía relativamente débil, mientras adquirían protagonismo la persistencia del flujo húmedo, las convergencias de mesoescala y la posible realimentación entre la convección y la circulación que la alimentaba. Esto no significa que faltara dinámica en 1987, sino que los mecanismos que organizaban y sostenían los ascensos podían actuar de manera distinta. Ambos episodios invitan a estudiar cómo se combinan esos procesos, sin presuponer que lluvias de magnitud comparable tengan que responder exactamente a la misma organización atmosférica.

Aquella inundación de La Safor nos recuerda que los episodios de lluvia extrema nacen de la interacción entre escalas: una situación atmosférica propicia, temperatura del mar, el transporte de humedad, la orografía y la propia organización de la convección, con su capacidad de modificar el entorno mediante la liberación de calor latente. También muestra el valor de observar, estudiar y volver sobre los casos del pasado con nuevas herramientas.

En 1987, las imágenes de Meteosat y el trabajo de los observadores fueron esenciales para entender qué había sucedido; los experimentos posteriores han ayudado a formular con más detalle por qué pudo suceder. La comparación con 2024 añade otra enseñanza: necesitamos conocer no solo cuánta agua cae, sino también cómo se distribuye en el espacio y en el tiempo. Y, cuando esa información falta, reconocer sus límites forma parte de la explicación científica.