21 de septiembre de 2026

Pressure y el valor del predictor ·en la era de la inteligencia artificial

 El reciente estreno de la película Pressure, dirigida por Anthony Maras, vuelve a poner ante el público una de las situaciones más comprometidas de la historia de la predicción meteorológica. La película, con Andrew Scott en el papel del meteorólogo James Stagg y Brendan Fraser en el de Eisenhower, se centra en las setenta y dos horas anteriores al desembarco de Normandía. Su llegada a los cines españoles ofrece una buena ocasión para reflexionar sobre la responsabilidad de quienes deben asesorar cuando el tiempo atmosférico condiciona una decisión trascendental.


No hace falta desvelar el desarrollo de la película para recordar el hecho histórico. El desembarco previsto para el 5 de junio de 1944 se aplazó al día siguiente por las condiciones meteorológicas. Stagg tuvo que integrar las valoraciones de distintos equipos, que no siempre coincidían, y trasladar su asesoramiento a Eisenhower, a quien correspondía la decisión militar. Entre esos equipos estaba el del estadounidense Irving Krick, partidario de mantener la fecha prevista y defensor de un método basado en la búsqueda de situaciones análogas en el pasado. Frente a él, los meteorólogos británicos razonaban sobre la evolución dinámica de las borrascas atlánticas. Esa tensión entre dos maneras de entender la predicción tiene hoy un eco inesperado.

Coincidiendo con la película, Andrew Charlton-Perez y sus colaboradores, entre ellos Adrian Simmons, durante muchos años en el Centro Europeo de Predicción a Plazo Medio, han publicado en Weather un estudio que reconstruye aquellas predicciones con AIFS-ENS, el sistema de predicción por conjuntos basado en inteligencia artificial del Centro Europeo. El conjunto de cincuenta miembros habría respaldado el aplazamiento, porque mostraba un riesgo real de vientos peligrosos para el día 5. Para el día 6, en cambio, alejaba la borrasca hacia el mar de Noruega con excesiva rapidez y ofrecía una mejoría más favorable de lo que finalmente fue. No ocultaba del todo el riesgo: las predicciones del día 5 aún daban en torno a un 30 % de probabilidad de viento fuerte en las playas, además de abundante nubosidad.

Los propios autores recuerdan que estos sistemas son también, en esencia, predicciones por análogos. Una red neuronal aprende de décadas de mapas observados cómo evolucionaron situaciones parecidas y proyecta esa experiencia sobre el presente. Krick no disponía de nada comparable, pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: hasta qué punto el pasado basta para anticipar una atmósfera concreta que puede comportarse de forma singular.

La reconstrucción tiene además una limitación interesante. Parte del reanálisis ERA5, que incorpora menos observaciones que las disponibles en 1944. Los autores comparan sus resultados con registros de presión de Tórshavn, en las islas Feroe, recién digitalizados, y encuentran que el reanálisis pudo subestimar la profundidad de la borrasca o situarla algo desplazada al norte de Escocia. Es decir, una parte del error podría proceder del estado inicial y no del modelo. Su análisis de sensibilidad señala precisamente esa zona como aquella donde más información habría sido valiosa.

El artículo se cierra reivindicando predictores muy preparados, capaces de examinar críticamente y combinar modelos físicos y de inteligencia artificial, con el apoyo de una red mundial de observación. Los autores consideran que esa necesidad nunca ha sido mayor. Es una conclusión sobre la que merece la pena detenerse, porque exige mucho de la meteorología operativa. Disponer de más productos no resuelve por sí solo cómo utilizarlos. El predictor necesita entender qué situación tiene delante, qué procesos pueden resultar decisivos y hasta qué punto las distintas soluciones son compatibles con lo que va mostrando la atmósfera.

La predicción por conjuntos ofrece una forma especialmente valiosa de plantear las alternativas, pero una probabilidad solo es útil si quien la recibe comprende a qué se refiere, para qué lugar y periodo se calcula y qué consecuencias tendría que se materializara. Ese 30 % de viento fuerte sobre las playas de Normandía lo ilustra bien. Eisenhower no necesitaba un porcentaje, sino saber si las lanchas podrían llegar a la costa y si la nubosidad permitiría el apoyo aéreo. Hoy ocurre lo mismo con quien debe decidir si suspende una actividad, moviliza recursos o mantiene una operación. Hace falta una conversación en la que las necesidades del usuario también orienten la interpretación meteorológica.

Por eso la reivindicación del predictor debe ir acompañada de una exigencia de formación. Quien trabaja con estos sistemas necesita conocer sus posibilidades y sus limitaciones, y mantener vivo el conocimiento de la dinámica atmosférica. La formación sinóptica tiene aquí un lugar esencial. Mirar un mapa debería llevarnos a formular preguntas sobre la evolución de la atmósfera. Cuando varias soluciones coinciden, hay que preguntarse qué sostiene esa coincidencia; cuando divergen, qué proceso explica la diferencia y qué observaciones ayudarían a aclararla, como las de aquella estación de las Feroe. La incorporación de la inteligencia artificial debería reforzar esa curiosidad y esa capacidad de diagnóstico, no sustituirlas.

Esa exigencia alcanza también a las instituciones meteorológicas. Si consideramos necesario ese criterio profesional, debemos dedicar recursos a formarlo y a conservarlo. Eso implica dar tiempo para estudiar situaciones y contrastar lo previsto con lo sucedido, facilitar la relación entre investigación y predicción operativa y cuidar la transmisión de experiencia entre generaciones. Implica también seguir invirtiendo en observación, y no solo en la actual: el propio estudio muestra cuánto puede enseñarnos todavía el rescate de registros antiguos. La disponibilidad de una herramienta avanzada es solo el comienzo de su incorporación efectiva a un servicio.

Pressure puede servir así como punto de partida para una reflexión que va mucho más allá de aquel episodio histórico. En la madrugada del 5 de junio de 1944, Stagg tuvo que explicar lo que sabía, reconocer lo que todavía no sabía y ayudar a decidir bajo incertidumbre. Ese debería ser también el horizonte de nuestra relación con la inteligencia artificial: aprovechar su capacidad para que el asesoramiento meteorológico sea cada vez más sólido, comprensible y útil. Ahí sigue habiendo un trabajo humano que debemos cuidar.


17 de septiembre de 2026

Lluvias torrenciales: entre el aviso y la decisión


Las lluvias de las últimas horas en distintas zonas de Cataluña, la Comunidad Valenciana y Murcia han vuelto a dejar inundaciones, rescates y alteraciones importantes de la vida cotidiana. Y han vuelto a suscitar una pregunta que, por repetida, debería llevarnos a una reflexión profunda: ¿estamos aprovechando suficientemente la anticipación que nos ofrecen las predicciones y los avisos meteorológicos?

Desde el punto de vista atmosférico, la situación merece algún comentario. En septiembre es relativamente frecuente que el paso de una vaguada —asociada a una entrada de aire más frío en altura— favorezca tormentas fuertes en el área mediterránea, especialmente en Cataluña y, según su configuración, también en la Comunidad Valenciana y otras zonas. Pero no todas las vaguadas se estructuran de la misma manera.

En esta ocasión, lo que llamaba la atención era el desarrollo en su seno de un pequeño vórtice frío: una circulación ciclónica más concentrada, que reforzaba las condiciones favorables para la formación de tormentas intensas. Ayer me refería a ello en X como una estructura prácticamente equivalente, en algunos de sus efectos, a una dana. Era una forma de hacer comprensible su posible importancia, aunque conviene precisar la diferencia: una circulación cerrada en altura no basta, por sí sola, para hablar de una dana. En este caso, el vórtice seguía integrado en la vaguada y participaba de su traslación.

Imagen del canal infrarrojo de Meteosat de ayer 16 de septiembre a las 21 horas locales. En esos momentos se estaban registrando lluvias torrenciales en varias zonas y en especial en el área de Valencia

El matiz tiene interés porque ayuda a entender por qué una situación aparentemente no muy llamativa puede producir precipitaciones muy intensas. Ese pequeño centro puede organizar y reforzar mucho los ascensos del aire. Si encuentra humedad suficiente y condiciones favorables en las capas bajas, la respuesta tormentosa puede ser considerable. Su tamaño reducido no implica unos efectos menores.

Un factor que contribuyó a limitar la persistencia de las lluvias fue el desplazamiento de la vaguada con ese núcleo asociado. Aunque avanzaba lentamente, con ella iban cambiando las zonas más favorables para los ascensos y las precipitaciones. Tampoco parece haberse establecido una marcada circulación ciclónica en superficie que mantuviera un flujo de levante intenso y duradero hacia la costa. La permanencia del forzamiento en altura sobre una misma zona, combinada con esa alimentación húmeda sostenida en capas bajas, habría favorecido acumulaciones mayores.

En mi opinión, ahí está una de las claves de que las lluvias no hayan alcanzado la persistencia y las acumulaciones de otros grandes temporales mediterráneos, aunque sí intensidades parecidas. En cualquier caso, basta una precipitación muy concentrada en el tiempo para ocasionar problemas graves. En Cartagena, por ejemplo, las informaciones publicadas esta mañana hablan de más de sesenta litros por metro cuadrado en una hora, con inundaciones y rescates. El total del episodio cuenta, pero también cuánto cae en pocos minutos y sobre qué territorio.

Y aquí aparece la otra cuestión. Se han recogido quejas de ciudadanos de Cataluña y de la Comunidad Valenciana porque los mensajes de alerta llegaron cuando ya se estaban produciendo inundaciones. Para valorar cada actuación será necesario conocer la cronología completa, la información disponible y las decisiones adoptadas. Pero esas quejas plantean un problema general que merece atención.

¿Debe esperarse a un aviso rojo para adoptar determinadas medidas de protección? A mi juicio, un aviso naranja por lluvias intensas debería abrir ya un proceso efectivo de decisión, ajustado a la vulnerabilidad de cada zona y a las actividades previstas. No me refiero a una paralización general cada vez que aparezca ese color. Me refiero a valorar con antelación qué situaciones pueden convertirse rápidamente en peligrosas y qué medidas proporcionadas pueden evitarlo.

Cerrar un paso inundable, limitar actividades en una rambla, revisar la celebración de un acto multitudinario o informar con claridad sobre los desplazamientos previstos son decisiones diferentes, con costes y exigencias distintos. Algunas necesitan horas de preparación. Si su valoración comienza cuando el agua está entrando en las calles, una parte de la oportunidad preventiva ya se ha perdido.

Conviene distinguir, además, el aviso meteorológico de la decisión de protección civil. El primero informa del peligro previsto; la segunda debe incorporar también la exposición de las personas, las características de las cuencas, los puntos vulnerables y la evolución observada. El color es una información fundamental, pero la decisión necesita todo ese contexto.

Como he planteado en otras ocasiones, esa conexión requiere trabajo previo y vigilancia continua: predicción, radar, observaciones de lluvia, respuesta de barrancos y ramblas e información local. También requiere mensajes comprensibles, que expliquen qué puede suceder, dónde y qué conducta se pide a la población. Y todo ello exige, a mi juicio, un trabajo conjunto, coordinado y en tiempo real de meteorólogos, hidrólogos, técnicos de protección civil y comunicadores especializados en riesgos. He insistido muchas veces en esa necesidad y creo que sigue siendo una cuestión central.

La incertidumbre forma parte de la predicción, especialmente cuando hablamos de tormentas muy localizadas. Esperar a que desaparezca puede significar esperar a que el fenómeno ya esté ocurriendo. El reto es decidir qué precauciones razonables pueden tomarse mientras todavía hay tiempo.

¿Deben adoptarse medidas que alteren de forma importante la vida cotidiana con un aviso naranja, aun sabiendo que las lluvias más intensas podrían afectar solo a una parte de la zona avisada y que todavía no podemos precisar cuál? ¿Cómo graduar esas medidas según sus consecuencias y el peligro que se pretende evitar? ¿Hay que esperar a un aviso rojo que, en situaciones de evolución rápida, puede llegar con escaso margen para actuar o cuando el fenómeno ya se está produciendo?

Ese es el espacio de decisión bajo incertidumbre en el que un trabajo conjunto entre expertos puede ayudar mucho. Y para abordarlo hace falta también explicar mejor a la población por qué se toman determinadas medidas preventivas y qué limitaciones tiene la predicción. Que finalmente no ocurra nada grave en una localidad no significa necesariamente que la precaución estuviera injustificada: las decisiones deben valorarse también a la luz de la información disponible cuando se adoptaron.

Un aviso debe ayudarnos a actuar antes de que el peligro se convierta en daño. Esa es la reflexión que estas lluvias vuelven a suscitar una vez más.

15 de septiembre de 2026

Un Atlántico sin huracanes (de momento): dónde está y cómo actúa la cizalladura

A mediados de septiembre, superada ya la fecha del máximo climatológico de la temporada, el Atlántico sigue sin haber generado ningún huracán. Las tormentas tropicales que se han formado no han alcanzado esa categoría. Es una situación muy poco habitual que invita a preguntarse qué está impidiendo que las perturbaciones tropicales progresen, incluso cuando encuentran aguas suficientemente cálidas.

A primeras horas de la tarde de hoy, 15 de septiembre, no hay signos de desarrollos ciclónicos en el Atlántico tropical. Solo una pequeña zona de bajas presiones (señalada por la flecha roja) tiene algunas posibilidades de convertirse en una depresión tropical (imagen METEORED) 

Una de las principales explicaciones es la presencia de una fuerte cizalladura vertical del viento, favorecida por El Niño. Pero esa explicación puede resultar desconcertante para quien examine los mapas de niveles altos y no encuentre sobre la región de formación ningún chorro especialmente intenso. ¿Cómo puede haber tanta cizalladura sin vientos extraordinarios? Y, sobre todo, ¿cómo dificulta esa cizalladura el desarrollo de un ciclón tropical?

Para responder conviene detenerse primero en cómo se organiza y se alimenta uno de estos sistemas.

En una borrasca de latitudes medias, los contrastes horizontales de temperatura constituyen una fuente fundamental de energía, y las perturbaciones de niveles altos desempeñan un papel destacado en su desarrollo. El ciclón tropical funciona de otra manera: obtiene su energía principalmente del intercambio de calor y humedad con el océano y necesita organizar la convección alrededor de una circulación propia.

El viento favorece la evaporación e incorpora humedad a las capas bajas. Ese aire converge hacia el centro y asciende en las nubes tormentosas, donde la condensación libera calor. El calentamiento, la circulación ascendente y la evacuación de masa en altura participan en el mantenimiento de un núcleo cálido y de bajas presiones. Si el sistema se organiza adecuadamente, los vientos se refuerzan y aumentan los intercambios con el mar, alimentando de nuevo la convección. Se establece así una realimentación capaz de mantener e intensificar el ciclón. 

Pero para que arranque no basta con disponer de agua cálida. Hace falta una perturbación inicial con suficiente rotación, un entorno húmedo y unas condiciones que permitan concentrar la actividad convectiva durante cierto tiempo. En el Atlántico, las ondas del este procedentes de África proporcionan muchas de esas perturbaciones, aunque no son su único origen.

Tanto la formación como el mantenimiento requieren que la dinámica y la termodinámica trabajen conjuntamente. Y uno de los factores que pueden dificultar esa coordinación es la cizalladura.

La cizalladura vertical expresa cuánto cambia el viento con la altura, tanto en intensidad como en dirección. Para valorar el entorno de los ciclones tropicales se utiliza con frecuencia la diferencia vectorial entre los vientos de 850 y 200 hectopascales, aproximadamente en la parte baja y alta de la troposfera. Pensemos en un ejemplo sencillo. Si a 850 hectopascales sopla un viento del este de 20 nudos y a 200 uno del oeste de 25, la diferencia entre ambos alcanza los 45 nudos. Ninguno de esos vientos resulta extraordinario por separado, pero sus sentidos opuestos producen una cizalladura muy fuerte. Por tanto, no hace falta encontrar una corriente en chorro llamativa para identificar un ambiente hostil al desarrollo tropical. Hay que comparar los vientos de distintos niveles. Un mapa de 200 hectopascales, por sí solo, no permite resolver esa cuestión.

La imagen que acompaña a estas líneas muestra la cizalladura media prevista por el modelo del Centro Europeo para el periodo del 15 al 20 de septiembre. En amplios sectores del Atlántico tropical aparecen valores de 40 a 50 nudos, con anomalías positivas muy acusadas. Es una señal clara de condiciones poco favorables para la organización de las perturbaciones.


Cizalladura media del viento entre 850 y 200 hPa prevista por el modelo del Centro Europeo para el periodo del 15 al 20 de septiembre de 2026. Las isolíneas indican el valor medio en nudos y el sombreado su anomalía respecto a la climatología, también en nudos. Sobre la franja tropical del Atlántico, entre los 10 y los 20 grados de latitud norte, la cizalladura se sitúa entre 40 y 50 nudos, con anomalías de 20 a 30 nudos por encima de lo normal. Los vectores señalan la dirección de esa anomalía: apuntan hacia el este, lo que refleja el carácter de componente oeste del flujo anómalo en los niveles altos. Al sur de los 10 grados, en cambio, los valores se aproximan a lo habitual. Fuente: Tropical Tidbits.

Conviene precisar qué representa: es una predicción para esos cinco días, no una reconstrucción de toda la temporada. Además, sus flechas muestran anomalías de la diferencia vectorial entre ambos niveles, no el viento de altura considerado aisladamente. Para establecer cuánto contribuye cada nivel habría que consultar también sus mapas respectivos.


¿Qué hace esa diferencia de vientos a una perturbación tropical?

La imagen habitual de un sistema al que el viento «descabeza» transmite una idea de desorganización, pero deja fuera buena parte de la explicación. La cizalladura puede inclinar la circulación, separar los centros de distintos niveles y desplazar las tormentas respecto al centro de niveles bajos. De ese modo, el calor liberado por la convección queda peor situado para reforzar una estructura común.

A ello puede añadirse otro proceso importante: la incorporación de aire ambiental más seco al interior del sistema. Una circulación bien organizada puede mantener una región central muy húmeda y relativamente protegida de su entorno. Ese aislamiento nunca es perfecto, pero facilita que la convección se regenere cerca del centro. Cuando la cizalladura altera la estructura, puede favorecer la entrada de aire de menor contenido energético y dificultar la conservación de ese núcleo húmedo.

Si el aire entrante es seco, parte de las gotas de lluvia se evapora al mezclarse con él. La evaporación enfría el aire y puede reforzar corrientes descendentes que transportan hacia las capas bajas aire con menor temperatura potencial equivalente; es decir, con una combinación de temperatura y humedad menos favorable para alimentar convección profunda.

El efecto puede alcanzar así al propio suministro del ciclón. El aire que converge hacia el centro llega en peores condiciones para sostener las tormentas que lo refuerzan. Los intercambios con el océano pueden ayudar a recuperarlo, pero, si la entrada de aire desfavorable persiste, esa recuperación puede ser insuficiente.

Esta «ventilación» del sistema es uno de los mecanismos por los que la cizalladura dificulta su desarrollo. Su importancia depende de la humedad del entorno, de la estructura de los vientos y del grado de organización de la perturbación. La inclinación del vórtice y el desplazamiento de la convección también pueden perjudicarlo sin que podamos identificar una intrusión seca como causa dominante.

Una perturbación incipiente suele ser más vulnerable que un huracán ya organizado, capaz de mantener una circulación intensa y un núcleo húmedo. Pero tampoco existe una respuesta automática: algunos ciclones consiguen reorganizarse e intensificarse bajo cizalladura, mientras otros fracasan con valores menores si concurren condiciones adicionales desfavorables.


¿Dónde entra El Niño en todo esto?

El desplazamiento de la actividad convectiva sobre el Pacífico ecuatorial modifica la circulación tropical a gran escala. Una de sus consecuencias habituales es favorecer anomalías de viento del oeste en la alta troposfera sobre el Caribe y parte del Atlántico tropical, que pueden aumentar la diferencia respecto a los vientos de niveles bajos. También puede propiciar movimientos descendentes y un ambiente más seco y estable en determinadas zonas.

Esos efectos pueden actuar conjuntamente: una mayor cizalladura dificulta la organización de las perturbaciones y un entorno seco puede agravar sus consecuencias. Sin embargo, su distribución cambia con la región y el momento. El Niño establece un contexto favorable a la reducción de la actividad atlántica, pero no determina por sí solo el destino de cada onda tropical.

En la situación actual, la fuerte cizalladura prevista es coherente con ese contexto y constituye un obstáculo importante para nuevos desarrollos. Demostrar hasta qué punto explica la escasa actividad acumulada requiere examinar también los análisis de semanas anteriores y la evolución de las perturbaciones, incluyendo su humedad y la distribución de la convección. El mapa ilustra bien el obstáculo; no permite reconstruir por sí solo toda la cadena causal de la temporada.

Quedan todavía semanas en las que pueden aparecer condiciones más favorables. La persistencia de El Niño no implica que la cizalladura se mantenga igual en toda la cuenca ni que desaparezcan las ventanas de desarrollo.

Y una temporada poco activa tampoco garantiza que no se produzca un episodio grave. Basta con que un solo sistema encuentre condiciones favorables y siga una trayectoria hacia una zona vulnerable. La ausencia de huracanes hasta ahora es llamativa; lo que suceda después sigue requiriendo una estricta vigilancia.



8 de septiembre de 2026

De la riada de Cebolla a la del Bierzo: vigilar cuencas, no solo tormentas

El sábado 8 de septiembre de 2018, durante las fiestas patronales, una avenida súbita de agua y barro recorrió en pocos minutos la localidad toledana de Cebolla. El arroyo Sangüesa, canalizado a través del casco urbano, se convirtió en un torrente que anegó viviendas y establecimientos, cortó carreteras y arrastró vehículos por las calles centrales del pueblo. 

(El Correo/R.C.)

No hubo fallecidos, aunque sí dos heridos, y los daños superaron los dos millones de euros. Ocho años después, el recuerdo de aquella tarde sigue siendo una buena ocasión para preguntarnos si, ante este tipo de inundaciones relámpago, podemos hacer algo más que anunciar con varias horas de antelación que en una zona relativamente extensa pueden producirse tormentas fuertes.

La pregunta ha vuelto a cobrar actualidad este mismo verano. El 15 de agosto de 2026, una riada de agua, barro y piedras afectó a Manzanedo de Valdueza y Bouzas, en el municipio de Ponferrada. Murieron dos mujeres que se encontraban en una bodega y resultaron heridas varias personas, entre ellas dos menores de corta edad. La provincia de León estaba bajo aviso por tormentas fuertes y muy fuertes, y la Agencia de Protección Civil y Emergencias de la Junta había declarado la alerta el día anterior. Sin embargo, una vez más, la tragedia se concentró en muy poco espacio y se desarrolló con enorme rapidez. Al parecer, las primeras llamadas al 112 se recibieron a las 19:38, cuando la avenida ya estaba en marcha. La situación atmosférica general era conocida; lo verdaderamente difícil fue precisar dónde y cuándo una tormenta concreta iba a transformarse en una amenaza inmediata para una pequeña población.

Cebolla y Manzanedo no fueron episodios idénticos. En Cebolla el elemento decisivo fue la respuesta rapidísima de la pequeña cuenca del Sangüesa a una tormenta muy intensa situada, al menos durante parte del episodio, aguas arriba del pueblo. En los Montes Aquilianos, la fuerte pendiente, la abundancia de materiales sueltos y, probablemente, la huella de los incendios del verano anterior favorecieron una avenida cargada de barro, piedras y restos calcinados. Expuse entonces la hipótesis de que el crecimiento explosivo de la célula convectiva estuviera relacionado con la interacción de frentes de racha entre sí o con la orografía: la dana creó el entorno inestable y la mesoescala decidió el lugar y el momento. Pero ambos casos comparten lo esencial: cuencas pequeñas, tiempos de respuesta muy cortos, gran concentración espacial de los daños y un margen mínimo para reaccionar.


Lo que ocurrió en Cebolla

La situación sinóptica del 8 de septiembre de 2018 estaba protagonizada por una dana centrada en las proximidades de Lisboa con una amplia zona de difluencia sobre la Península. Los modelos señalaban un ambiente muy inestable y la posibilidad de precipitaciones intensas, aunque distribuidas de manera irregular. A lo largo del día se desarrollaron numerosas tormentas en el interior peninsular.

Topografía de 500 hPa/T850 hPa correspondiente a las 12 UTC del sábado 8 de septiembre (ECMWF)

Las imágenes del radar mostraron cómo, entre Toledo y Talavera, una célula inicialmente poco llamativa creció con rapidez a primeras horas de la tarde. Aumentaron las reflectividades y la estructura adquirió rasgos compatibles con una tormenta severa; otras informaciones de la época apuntaron incluso a una posible supercélula.

Ampliación de la imagen de reflectividad radar de las 16,10 horas locales (AEMET)

Cebolla no disponía de una estación meteorológica que permitiera medir de forma oficial y representativa la precipitación del episodio. Una presentación posterior de Protección Civil cita 36 milímetros en el pluviómetro de una cooperativa situada al sur del municipio, pero la distribución real de la lluvia sobre la pequeña cuenca del Sangüesa solo puede reconstruirse mediante estimaciones. Esta incertidumbre es significativa: la precipitación más intensa pudo caer aguas arriba y escapar a la observación pluviométrica directa. El agua no tiene por qué caer sobre quien va a sufrirla. Puede precipitar varios kilómetros aguas arriba, concentrarse con rapidez en un barranco o arroyo y alcanzar la población cuando allí la tormenta ya parece haber pasado o apenas se percibe. Por eso, para anticipar una inundación relámpago no basta con vigilar el cielo sobre el municipio: hay que vigilar la cuenca que desemboca en él.

Aquel día existía un aviso amarillo de AEMET por tormentas. Era un aviso coherente con la información disponible a la escala de la predicción: en una zona amplia podían desarrollarse estructuras organizadas, lluvias localmente fuertes, viento intenso o granizo, con la posibilidad de que puntualmente se superaran los umbrales previstos. El problema no es que ese primer aviso fuera innecesario o incorrecto. El problema es que un aviso meteorológico general no puede ser el último eslabón de la cadena cuando, unas horas después, el radar empieza a revelar dónde se está organizando la amenaza.

De la predicción a la vigilancia y al impacto

Los modelos numéricos han mejorado de manera extraordinaria, pero todavía no pueden señalar con muchas horas de antelación el punto exacto sobre el que descargará una célula convectiva aislada. Pueden delimitar el entorno favorable, estimar la probabilidad de tormentas intensas e incluso sugerir qué sectores presentan mayor riesgo. La localización final depende con frecuencia de mecanismos de mesoescala: una convergencia, un frente de racha, un relieve, una modificación local de la humedad o una interacción entre células.

Esa limitación no significa que, una vez iniciada la convección, no podamos ir más allá. El radar permite seguir la evolución de las células cada pocos minutos, estimar la lluvia acumulada y observar su propagación o regeneración. Si esa información se proyecta sobre las cuencas hidrográficas, y no solo sobre un mapa administrativo, puede en principio calcularse cuánta precipitación podría estar recibiendo la cabecera de un arroyo, cuál es la humedad previa del suelo, cuánto tardaría la escorrentía en alcanzar una población y qué calles, puentes, campings, sótanos o recintos festivos quedarían expuestos.

La cuestión, por tanto, consiste en organizar una vigilancia que vaya estrechando progresivamente el foco: primero una zona potencialmente favorable; después una tormenta observada por radar; a continuación una cuenca concreta que empieza a acumular agua con rapidez; finalmente, una población y unos elementos vulnerables a los que debe llegar una instrucción clara. Es una cadena meteorológica, hidrológica y de protección civil, no tres trabajos independientes.

Un sistema posible en España

España no tendría que empezar desde cero, ni mucho menos. AEMET dispone de radares, ahora muy modernos, modelos numéricos, datos de rayos y personal de vigilancia; las Confederaciones Hidrográficas mantienen redes hidrológicas y sistemas automáticos de información; los centros 112 coordinan las emergencias; Copernicus aporta indicadores europeos de inundación repentina; y ES-Alert permite enviar mensajes geolocalizados a los teléfonos de una zona sin que el ciudadano haya instalado ninguna aplicación.

 Tampoco falta el marco normativo. La nueva directriz básica de planificación de protección civil ante el riesgo de inundaciones, aprobada el pasado mes de abril, atribuye a AEMET la información y los avisos meteorológicos; a los organismos de cuenca, la información y los avisos hidrológicos en sus puntos de control; y a las autoridades autonómicas de protección civil, la declaración de las alertas hidrológicas atendiendo al impacto esperado. En el caso de Cebolla interviene la Confederación Hidrográfica del Tajo, que dispone del SAIH Tajo, con datos en tiempo real de lluvia, niveles y caudales y umbrales de aviso en sus puntos de control al superarse determinados umbrales, y que participa además, junto con la Junta de Castilla-La Mancha, en las obras de canalización del Sangüesa. En el del Bierzo interviene la Confederación Hidrográfica del Miño-Sil, que cuenta con un sistema equivalente. No estamos hablando, por tanto, de organismos inactivos ni carentes de medios de vigilancia y aviso. El problema específico de una inundación relámpago es que puede originarse en una cabecera muy pequeña, sin estación de aforo, y alcanzar una población antes de que la crecida quede reflejada en los puntos de medida situados aguas abajo.

El margen de mejora no consiste en crear otra red paralela, sino en enlazar mejor lo que ya existe y extender su capacidad a pequeñas cuencas de respuesta rápida: incorporar la lluvia observada por radar, transformarla en una estimación hidrológica aun donde no haya aforo, cruzarla con la exposición local y acelerar el paso desde la vigilancia técnica hasta la decisión de Protección Civil. La detección y la priorización pueden automatizarse; la emisión de una alerta pública debe integrarse en un protocolo muy claro entre meteorólogos, hidrólogos y responsables de emergencias. Esta es, precisamente, la función que vengo atribuyendo al Centro Estatal de Vigilancia de Riesgos Ambientales (CEVRA) que he propuesto en otras ocasiones: no un organismo que sustituya a nadie ni asuma competencias ajenas, sino un nodo permanente de integración y apoyo a la decisión, que asegure que la información meteorológica, la hidrológica y la valoración de impactos formen una sola cadena operativa en tiempo real.

Un aviso, por otra parte, solo salva vidas si se recibe, se comprende, se cree y conduce a una acción útil. Los municipios más expuestos deberían realizar campañas periódicas, señalizar rutas y zonas seguras, practicar simulacros y explicar que puede llegar una riada aunque no esté lloviendo sobre el pueblo. Y después de cada episodio habría que revisar aciertos, fallos, falsas alarmas, tiempos de decisión y respuesta ciudadana, porque un sistema de este tipo solo se afina con la experiencia real.


No es una idea futurista

La Organización Meteorológica Mundial impulsa desde hace años el Flash Flood Guidance System, que combina estimaciones de precipitación por radar y satélite con modelos hidrológicos y permite incorporar la experiencia del predictor y las observaciones locales. Su objetivo es precisamente facilitar avisos de inundación repentina en cuencas pequeñas y mejorar la cooperación entre los servicios meteorológicos, hidrológicos y de emergencias.

Tampoco es futurista el último eslabón. El mensaje geolocalizado a los teléfonos existe y ya se ha empleado en España; lo que se discutió tras la catástrofe de Valencia de octubre de 2024 no fue la disponibilidad de la herramienta, sino el momento en que se decidió utilizarla. La cuestión, una vez más, no es tecnológica.

No parece razonable pensar que un país como España no pueda asumir un sistema así. La parte más costosa de la infraestructura básica ya existe. No sería imprescindible construir una nueva red nacional paralela, sino integrar datos y responsabilidades, desarrollar la modelización de pequeñas cuencas, reforzar la vigilancia operativa, instalar sensores donde aporten verdadero valor y preparar protocolos municipales.

Conviene añadir que los avisos no sustituyen a las obras hidráulicas, a la ordenación del territorio ni a la restauración de las cuencas. En Cebolla se están invirtiendo alrededor de cinco millones de euros en soterrar unos seiscientos metros del Sangüesa y proteger el casco urbano, en obras que aún continúan. Era necesario. Pero ninguna obra elimina por completo el riesgo, del mismo modo que ningún aviso evita por sí solo una inundación. Las medidas estructurales reducen la amenaza; la vigilancia y la comunicación reducen la exposición cuando el episodio ya está en marcha. Son defensas complementarias.


Ocho años después

Nunca podremos garantizar con muchas horas de antelación que una tormenta concreta descargará exactamente sobre la cabecera de un pequeño arroyo. Tampoco podremos evitar por completo las falsas alarmas, que son el precio inevitable de cualquier sistema de este tipo y que habrá que administrar con cuidado, porque una alerta que se repite sin consecuencias deja pronto de atenderse. Pero la incertidumbre no debería obligarnos a detenernos en un mapa amarillo o naranja que abarca decenas de municipios. Cuando el radar confirma que una célula se intensifica y permanece sobre una cuenca vulnerable, la naturaleza del problema ha cambiado, y el sistema de avisos debería cambiar con ella.

A veces el margen será solo de unas decenas de minutos, y en otras ocasiones aún menor. Puede parecer poco, pero puede bastar para cortar una carretera, desalojar una planta baja, impedir el acceso a un garaje, suspender una actividad festiva o alejar a varias personas del cauce. En una inundación relámpago, ganar unos minutos y emplearlos bien puede ser la diferencia entre un gran susto y una tragedia.

Cebolla enseñó en 2018 que la riada puede llegar cuando en el propio pueblo apenas llueve. Manzanedo de Valdueza ha recordado este verano que un aviso provincial, aunque necesario, no siempre se convierte a tiempo en una alarma local. Entre ambos extremos hay un espacio concreto para mejorar: vigilar las pequeñas cuencas, integrar meteorología e hidrología, traducir el peligro en impactos y hacer llegar instrucciones inequívocas a quienes están en riesgo. La tecnología existe y las instituciones y las redes básicas también. Lo que falta es organizar el tránsito desde la predicción general hasta la protección concreta de un pueblo.

Ocho años después de Cebolla, la cuestión ya no es si podemos hacerlo, sino cuánto tardaremos en decidirnos.